18 enero 2010

Entrevistas casuales

Juanito fue toda su vida un vividor en sentido figuradamente literario porque, todos los que vivimos, lo somos en sentido literal. Golfo, corrupto, infiel, oportunista, fumador, bebedor, irónico, gracioso y, en general, advenedizo tardío, pero con voluntad, a vicios más modernos, descubiertos ya en la vejez. Tenía el buen Juanito más tachas que un discurso político. Sin embargo, por esas coincidencias, casualidades, naturaleza, genética o vaya usted a saber, llegó Juanito, sin ningún buen propósito ni mérito propio, a una edad provecta.
Sobrevivió, sin lealtad alguna, a amigos formales, a queridas, a amantes pasajeras, a parejas convencionales y amigas de vida muy sana, a muchos conocidos adheridos temprana o tardíamente a las prácticas deportivas, a la mayoría de sus contemporáneos pendientes del colesterol, a sus amigos médicos que tanto y tan bien le aconsejaban, y… por sobrevivir, sobrevivió incluso a su mujer, tan comedida ella. Y, sí, se vio solo y viejo, cuidado por un par de mujeres inmigrantes a las que metía mano, sin demasiado disimulo ni entusiasmo, por una especie de acuerdo tácito: a cambio de darles carta blanca para organizar fiestas multirraciales en su piso y tolerarles, parcialmente, controlar sus finanzas. Todo, claro está, interactivo y con consenso.
Toda su vida fue una burla a lo convencional, a lo correcto, a las buenas costumbres, al amor verdadero, a las religiones, a lo predicado como sano, a los políticos… como si fuera un adelantado, un diplomático de la República de la Burla, del Reino del Escepticismo, de la Dictadura de la Carne, del Caudillaje de los Placeres, de la Confederación de los Vicios…
Y, descendiendo a lo trivial, era el que más chistes contaba en los velatorios y el que, indefectiblemente, hacía alguna proposición velada, bueno, más o menos, a las recientes viudas que quedaban, según su criterio y gusto, aún en buen uso.
Harto de comer y beber, una noche de Navidad, mientras un hatajo de familiares cantaban villancicos, ebrios de espíritu navideño y gregario y también de copas, se salió conmigo a la terraza de su casa y, tras mofarse de las vicetiples y de los tenores navideños, de los que hizo una descripción cruel, pormenorizada e irónica, nos tomamos, de postre y para bajar la cena en medio del fresquito reinante, un par de botellas de champán. No cejó, mientras duraron las libaciones, de descojonarse, con mi aquiescencia más bien atónita, de la población de tontos que pululaban por el mundo. Eso me dijo, al menos, mientras me ilustraba con ejemplos sacados de su ajetreada y larga vida.
Era yo joven entonces, pero su actitud me llamó la atención porque me parecía, paradójicamente, el más normal de los adultos que me rodeaban. Opuesto a toda la teatralidad que se les da a tantos actos de la vida, a los que se reviste de una pretendida trascendencia, me pareció un tipo normal. Alguien que tenía más claras las cosas que el común de los vecinos.
Estaba amaneciendo cuando nos recogimos y, con las primeras luces del alba escarchada, aparecieron por el parque, al que daba su terraza, tres corredores jadeando con pinta de atletas abnegados.
- ¿Dónde vais? ¡Gilipollas! ¡Qué os vais a morir igual, pero más cansaos! –les espetó.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

¿Juanito es un ejemplo de "tocapelotas"?
(de todos modos me reí con el comentario final, gústenos o no, el tipo tenía razón)

Soros dijo...

No, Juanito no era un tocapelotas. Bajo mi punto de vista era una persona más adaptada a la vida que el resto de sus comtemporáneos.