21 enero 2010

Carta abierta a una esposa diputada

Querida Mª Mercedes del Arco Iris:
Estarás de acuerdo conmigo en que, durante todos estos años de matrimonio, he procurado tratarte tan correctamente como he podido. En ningún momento te he hecho siquiera pregunta alguna cuya respuesta pudiera haberte resultado difícil de articular o responder y, mucho menos, he tenido contigo un comportamiento abusivo en ninguno de los sentidos. Todo en mí ha sido respeto a la dignidad de tu persona y a tu albedrío.
Nosotros éramos y somos personas religiosas. ¿Tanto te habría costado seguir manteniendo la fe o, al menos, la costumbre? Tú sabes que nuestra religión es comprensiva para todo lo humano, siempre, naturalmente, que el interesado ponga de su parte un arrepentimiento frecuente y espontáneo. Y que, de ese modo, se arreglan, y han venido arreglándose desde siglos, las conciencias. Porque el perdón, al lavar las culpas, se lleva entre su bendita espuma la mala rebaba que dejan los errores humanos, por placenteros que éstos sean. ¿Es que no has participado nunca de esto? ¿Es que no lo has entendido? ¿Tanto te costaba seguir estas normas útiles y sencillas?
Por otro lado, ¿qué necesidad tenías de criticar tan estentóreamente las infidelidades de nuestros vecinos políticos de allende los mares? ¿Qué necesidad tenías de significarte de aquella manera? Claro, ahora lo comprendo, era un modo de reforzar mi idea y la de cuantos nos rodeaban de tu propia integridad suprema. Un disimulo cínico, uno más de los que ahora se me hacen evidentes y que, por tu mala cabeza, nos han arrastrado hasta aquí. ¡Señor, qué falta de tacto!
Quizás pensabas que no sería yo capaz de entender tus deseos. ¿Cómo has podido tenerme por tan torpe, inhumano, imprevisor y estúpido? ¡Qué falta de confianza! Nada más lejos de la realidad. Nuestros primeros años de casados fueron felices y así los recuerdo. Tras ellos, logramos situarnos en una buena posición en el partido. Sin embargo, soy consciente de que, para nuestras relaciones personales, los años sucesivos supusieron un desgaste. Tantas reuniones, tantas ausencias, tantos días cada uno por su lado, tantas noches solitarias, tanto sacrificio por el partido y en pro de la nación… Yo conocía, querida, cómo no, tu temperamento ardiente. ¿Crees que no llegaron a mis oídos tus escarceos con Miguel Aidapus, tu compañero diputado? Sin embargo, sabía que lo importante era preservar nuestra relación. Ningún escándalo iba a beneficiar nuestro futuro político pero, mucho menos, a destrozarlo, si de mi responsabilidad y entereza dependía. Tantos sacrificios no podían empañarse por los polvos pasajeros de unas debilidades esporádicas. Porque pasajero había de ser el asunto, siendo Aidapus ultraconservador, como nosotros, y casado. Así que me sacrifiqué y, no sólo no te hice un solo reproche, sino que ni siguiera te formulé pregunta alguna. Lo nuestro estaba por encima de esas nimiedades, de esos rumores que, malintencionadamente, me hacían llegar de modo reiterado. Ni siquiera merecía la pena el molestarte.
He de reconocer, sin embargo, que me incomodó infinitamente más el asunto en el que te enredaste con el carnicero. Al principio me pareció que fue un “aquí te pillo, aquí te mato” porque, claro, os lo montasteis en la trastienda de la carnicería, entre vísceras y olores a despiece y a sangre, y me pareció un capricho brutal y zafio, pero pasajero también, debido a la voluptuosa líbido siempre tan imaginativa y caprichosa. Pero, claro, cuando llegó a mis oídos que las sesiones pasaron a las tardes noches de los martes y los jueves, en el apartamento vacío que el carnicero tenía en Alcobendas, pues me supo mal. Otra cosa no puedo decirte, me sabes incapaz de mentir y menos aún de disimular. Sí, me supo muy mal. Aquello tenía visos de formalidad y, esas cosas, derivan y se hacen emocionales. Tú no deberías haber permitido que ocurriera. Además, eso de que los encuentros duraran un mínimo de tres horas me llenó de justa indignación por la… por la… por la enorme... la enorme banalidad de… de tu proceder, maldita sea.
Claro, por irresponsable, pasó lo que tenía que pasar: te vinculaste afectivamente a él y cuando, por desgracia, naturalmente, murió, no pudiste resistir la tentación de echar una mano a su hijo.
Seguramente ahora te darás cuenta de tu error. El muchacho, al principio, aceptó encantado y se vio respaldado por tu influencia como edil y diputada y por los fondos que le procuraste. ¿Ves cómo el peligro es el afecto? ¿Ves cómo te implicaste profesionalmente en cuanto los afectos mediaron? Si hubieras hecho como con el padre, simplemente sexo, las cosas no habrían llegado a estos extremos.
Y, considera, cómo la inconsecuencia de tus acciones y tu afán desmedido de placer, que no es malo, mezclado con afecto, que todo lo enturbia, han dado lugar a este escándalo en el que nos vemos implicados y del que tu mismo amado quiso salirse, antes de que estallara, diciéndote que tenía un cáncer de cojones.
Y, ya termino, lo peor de todo es que tengo que dimitir porque la gente no se cree que un alto cargo como yo no supiera durante tantos años lo que pasaba contigo. Lógicamente inducen que, si lo sabía, mis tragaderas exceden las tallas morales al uso y no soy digno de liderar partidos ni gobiernos. Y, si me fingiera ignorante, aún me despreciarían más y se negarían a seguir en manos de semejante tuerceesquinas.
Así que ya ves, querida, el mal al que nos has avocado y en qué tesitura me has puesto. ¡Con lo bien que estábamos! ¿Pero qué necesidad teníamos de esto?
Buscaremos un equipo de abogados y un buen y reputado médico psiquiatra. A ver si lo tuyo puede pasar por una adicción mezclada con desequilibrios mentales; y lo mío por un amor irrefrenable, que todo lo disculpa. Vamos, algo así como lo de doña Juana La Loca. Al menos un precedente histórico tenemos. Pero, hija, en menudo papelón que me has metido. A veces pienso que lo suyo es que tú fueras hombre y yo fuera mujer. Hay más costumbre.
Con ese amor idealista y desinteresado que aún te guardo, desde mi retiro espiritual, te deseo una pronta recuperación, querida.
Tuyo siempre.
Tu Pete.

4 comentarios:

Piel de letras dijo...

Fogosita la María Mercedes ¿eh?
¡Pero qué marido tan comprensivo!
jajajaja
Y qué imaginación la tuya, mi querido señor Soros.

Besito divertido

Lan dijo...

¿Imaginación?
No lo creo. Al contrario, estoy seguro de que mucha gente es así.
Pero, si te has entretenido, me alegro Piel del Letras.

zeltia dijo...

no había visto yo este relato!
cachondeíllo le encuentro yo, jajaja,
con la fogosa esposa y resignado marido que llenaron los titulares de las noticias hace unas semanas!
-y mira tú que la imaginación sí me llevó a mí a cierta mujer que se autodefine como "liberal",
y con cuyo marido no creo yo que tenga más componendas que las sociales!
que mal pensada soy!

¿estás bien? o estás vago? o que ahora todo lo escribes en papel?

Soros dijo...

Claro que estoy bien, Zeltia, lo que ocurre es que tengo bastante trabajo y no me queda tiempo para escribir.
Gracias.