24 enero 2010

Los santos inocentes

Cualquiera puede padecer las consecuencias de situaciones que no creó. De hechos de los que ni siquiera fue conocedor hasta alcanzar cierta edad. Extrañas herencias de familia que pasan de unas generaciones a otras con mayor certeza que la fortuna real y los bienes inmuebles. Pero el mundo es así y, sin tener arte ni parte, cualquiera puede verse inmerso en algunas situaciones incómodas en las que no se sabe, ni bien ni mal, por dónde empezar, qué hacer, ni qué decir.
En 1984 frecuentaba Madrid y lo frecuentó por un periodo largo.
Por casualidad entró una tarde en un cine de la Gran Vía y vio una película que se estrenaba por entonces. Se trataba de “Los santos inocentes”, dirigida por Mario Camús y basada en la novela del mismo título de Miguel Delibes.
“Los santos inocentes” era, a su juicio, una película excelente. La había visto varias veces y, siempre, con delectación. Le parecía un buen ejemplo de cómo, desde las innumerables historias pequeñas de la vida de cada cual, puede hacerse una historia general, comunitaria que roce lo sublime. Pero el objetivo de este artículo no es abundar en las virtudes de una película ya alabada, suficientemente, por tantos otros con mucho mejor criterio que el suyo. Tampoco pronunciarse, como me dijo, contra esa mayoría de cine sin sustancia que la publicidad nos echa encima a diario. Por tanto, volviendo al argumento, repetiré, lo más fielmente que pueda, lo que me dijo:

Es una historia triste y amarga. La guerra civil que se vivió en España del 1936 al 39 dejó, tras su desenlace, múltiples coletazos. Casi todos ellos consiguieron mantener anclados artificialmente a los españoles en el siglo XIX como, por otro lado, parece que fue la intención de quienes la iniciaron, sublevándose contra la república en defensa de sus intereses particulares y con abierta aversión hacia una sociedad más igualitaria que veían, con desdén y fastidio, aproximarse.
No es la historia, que narra la película, algo grandilocuente ni pretencioso y, menos aún, reivindicativa de derecho alguno. Es sencillamente la descripción de lo que pasaba en uno de los muchos latifundios que en España son y han sido. Una historia de los que estaban acostumbrados a tenerlo todo y de los que, a su pesar, hubieron de seguir acostumbrados a vivir a su sombra, y bajo su dominio, indefinidamente. En ella, los detalles, las actitudes, las palabras y los gestos, les eran a muchos terriblemente familiares, a veces, con la obscenidad de lo aparentemente intrascendente, otras, con el disimulo de una pretendida nimiedad, y, casi nunca eran dignos de las personas los matices, a no ser los pocos que se desprendían de la ignorada y diminuta dignidad que los pobres, en su párvulo ámbito, podían permitirse.
Eso sí, durante el film, todos esos detalles son continuos, variados y martilleantes, como si el destino los hiciera inevitables, como si ése fuese el sino de los desgraciados, y el mundo que describe fuera tan inmutable como el paso del tiempo. Sin embargo, todos eran innegablemente ciertos, conocidos y socialmente aceptados. Así habían de ser las cosas o, al menos, así se esforzaban los poderosos en que lo pareciera.
Todas estas cosas, en conjunto, hacen de la película, evidentemente ficción, un retrato certero de la realidad sobada por la que tantos españoles habían transitado sin remedio, sin solución y sin salida. La película globalmente es, tal vez, más cruel que esos documentales donde se ven ejecuciones que truncan bárbaramente vidas pero que no nos dicen nada de lo que había tras de cada una.
A medida que el espectador se ve inmerso en el drama, se ve también atrapado, como un pájaro caído en una trampa de liga, en un mundo de sensaciones, sentimientos, pasiones y desamparos que no pueden soslayarse y que atenazan al sujeto como sólo lo pueden hacer las mejores obras de arte. Le trasfieren, le hipnotizan. Son esas obras las que transmiten un convencimiento estético que, a la vez, se percibe incompatible con la propaganda o el engaño. Porque, para los que ya tenían años, estaba hecha con numerosas piezas del rompecabezas que guardaban en la memoria más cercana.
Así que para muchos, aquellos personajes, los avatares entre los que se movían sin remedio, y el ambiente en que lo hacían, eran una lección sobre la historia reciente, difícil de digerir y aun de tragar. Sin embargo, todos habían visto algunos detalles de la misma, más o menos cercanos, y sabían que había sido así. No había vuelta de hoja.

La película le impresionó de tal manera que, de vuelta a su ciudad, le habló de ella entusiasmado a un buen amigo. Éste había nacido en 1939, en una familia numerosa y humilde. Había pasado por muchos trabajos, por estrecheces y fatigas. No había podido estudiar más que lo imprescindible y para un niño de familia pobre, en plena postguerra, lo imprescindible fue apenas nada. Lo que sabía lo había ido aprendiendo con la vida y, por aquel entonces, trabajaba en una fábrica. Por su parte, él había nacido doce años después, en una familia acomodada, sin grandes problemas o, al menos, nunca comparables con los de la familia de su amigo. Pese a la diferencia de edad y a las otras, ambos habían congeniado y se llevaban bien desde que se conocieron. Bien podrían no haber pasado de ser simplemente conocidos, pero terminaron siendo buenos amigos.
Tanto insistió a su amigo con la película, que le convenció para ir a verla juntos. No tanto por volverla a ver él, aunque tampoco le importaba, cuanto porque su amigo no se perdiera una película, a sus ojos, tan extraordinaria.
Durante la proyección estuvo nervioso, deseando no perderse, más que la película, las reacciones de su amigo. Éste, sin embargo, permaneció mudo, inexpresivo e inmóvil a lo largo de la proyección.
Cuando salieron, él iba radiante, maravillado de nuevo por lo visto, y su amigo extrañamente callado y taciturno. Le insistió para que se pronunciase y le contase las emociones y acaso las memorias que la película le había suscitado. El otro tardó bastante en romper su mutismo y, cuando lo hizo, fue para decir algo que le dolió profundamente, tanto que le dejó mudo por un rato, aunque, aparte del silencio, no dejó traslucir ninguno de los penosos sentimientos que le invadieron.
Vino a decirle, más o menos, que de qué se extrañaba, que muy bien cuadraban los señoritos que salían con la gente de su propia familia y hasta añadió que, quizás, el peor de ellos, era un fiel reflejo de su abuelo.
Pasaron los años y un día, que volvieron a hablar del tema, su amigo le dijo:
- Nunca se sabe como nos hubiéramos comportado otros en el pellejo de tu abuelo, porque, tal vez, hubiésemos sido aún peores.
Y le quedó la duda de si con esas palabras quiso suavizar el comentario de tantos años antes o si lo terminó de rematar. Sin embargo, recabando información sobre su abuelo, lejos de rebatir las palabras de su amigo, llegó a la desoladora conclusión de que éste tenía razón. Su abuelo, mal que le pesara, había sido uno de aquellos señoritos. Claro, evidentemente, no fue la culpa suya, pero eso era otro cantar.

2 comentarios:

Luna. dijo...

Me ha encantado su blog. Es sublime, me he leído varios post, ¡son geniales! Veo que no tiene el link de seguidores, si se decide a ponerlo, tendrá una ferviente admiradora que leerá lo que escriba.
Un saludo y no deje de escribir!

Soros dijo...

Muchas gracias por su amable comentario. Sus palabras, aparte de halagarme, me motivan.
Muchas gracias de nuevo.