03 abril 2009

El adiós


En casa de Camelia Lázaro se dio una ducha y, con su ayuda, se lavó y curó las heridas que tenía en cuerpo y cara. Había hematomas grandes en el cuerpo pero, seguramente siguiendo las instrucciones del macarra, no le habían pegado demasiado en la cara o, por lo menos, se encontraba reconocible y sólo con algún chichón, producto sin duda, de haber rodado por el suelo. Camelia limpió sus ropas y las dejó lo más decentes que pudo. Luego desayunaron juntos. Ella había ido a la vieja tahona del pueblo, que abría muy temprano, y comprado una hogaza grande, tostada y crujiente. Desayunaron huevos fritos mezclados con torreznos de esponjosa y crujiente corteza. La mezcla de aquel pringue sabroso y caliente estaba muy apetitosa. Además todo mojado y rebañado con el pan recién traído y aún tibio hizo que Lázaro se entonara definitivamente. Más que un desayuno fue un almuerzo. El café de una segunda cafetera puso buen fin a aquello.
- Perdona –dijo Lázaro –por las confidencias que te he hecho y que tenía apalabrado que de mí no saldrían.
- No tiene importancia –dijo Camelia.
- Es que son cosas cuyo conocimiento encierra peligro, informaciones que …
- Calla, Lázaro, si tú supieras las cosas que me cuentan.
- ¿Qué quieres decir? ¿Es que no te parece raro que yo…?
- Mira, Lázaro, las prostitutas somos como los vertederos de los sentimientos molestos, de los remordimientos. Todo lo que los hombres no se atreven a contar o lo que les avergüenza o lo que les tortura o lo que les preocupa, viene a parar a nosotras… si supieras cuanto yo sé dudarías, como me pasa a mí, de todo. Pero como la experiencia no se trasmite, de nada sirve que te diga. Contarte historias sería tontería. Ya irás aprendiendo, so pena que en alguna de éstas te dejes el pellejo. Dios no lo quiera.
Camelia, a media mañana y una vez que Lázaro estuvo más o menos aseado, le llevó de nuevo a La Fambra y aparcando su utilitario frente a la entrada principal de la residencia le dijo:
- Bueno, Lázaro, hasta aquí hemos llegado. Yo tengo que volverme y dormir lo que pueda hasta que abran el local. Qué te vaya bien. Supongo que no te volveré a ver.
- Nunca se sabe, pero creo que no.
- Pues, adiós entonces.
- ¿Puedo besarte?
Sorprendida, Camelia miró a Lázaro y dijo con una sonrisa y llena de buen ánimo:
- Pues claro, hombre, es lo menos.
Lázaro, por los nervios, le besó torpemente en los labios y apresuradamente bajó del coche y, desde la puerta del recinto de la residencia, le dijo adiós con la mano y ella pudo leer en su boca, y sobre una sonrisa, la palabra gracias. Camelia arrancó el coche y volvió despacio a su casa del pueblo. Durante el trayecto tomó un pañuelo de papel de la bolsita que llevaba en el salpicadero y se sonó la nariz.

Al entrar Lázaro en el recibidor de la residencia enseguida percibió algo extraño por la mirada intranquila del conserje. A todas luces parecía que el viejo le estaba esperando. Santiago, el conserje, era un hombre mayor, a punto de jubilarse que, tan pronto como vio a Lázaro, frunció el ceño y se acercó a él con su cara bondadosa de hombre tranquilo cruzada por una señal seria de preocupación.
- El señor director me ha encargado que le diga que ha de recoger sus cosas y marcharse –dijo Santiago, de sopetón, como el que cumple con una penosa obligación pero sabe que no puede eludirla.
- ¿Pero, cómo es eso? -se alarmó Lázaro.
- Me ha encargado que le diga que usted ha abandonado el servicio, que esa noche no ha dormido en la residencia y que además esta mañana no ha venido a trabajar…
- Pero es que he tenido mis razones. Me gustaría hablar con él.
- Pues no va a ser posible. Esta mañana le llamó el comisario Mansoz y, apenas habló con él, tomo esa decisión. Luego me dijo que iba a reunirse con el resto del equipo directivo fuera del centro y que estaría ocupado toda la mañana. Que le dijera lo que acabo de decirle y que su decisión era inamovible.
- Pero, Santiago, no puedo marcharme así. Hasta mañana no sale el coche en el que puedo irme y además… no tengo un céntimo.
- Pues ha de irse, Lázaro, el director no ha dejado ninguna duda. Hágame el favor de recoger sus cosas y en cuanto acabe debe entregarme sus llaves y dejar la residencia.
Lázaro abrumado se dejó caer en una de las sillas que había en el recibidor. Se inclinó y apoyó la cabeza entre las palmas de sus manos mientras los codos descansaban sobre sus rodillas. Estaba totalmente abatido. Ahora veía las consecuencias de haberse enfrentado con el director por un lado y de no haber aceptado las pretensiones de Mansoz. Todo ese idealismo, ese rechazo a la injusticia y todas esas consideraciones tan idealistas y cabales habían conseguido que le pusieran de patitas en la calle a la primera de cambio. Lo de no seguir los dictados de Mansoz como un cordero le había dejado radicalmente sin dinero, le había granjeado un palizón y el salir, casi de una patada, de su trabajo. Eso por listo, a ver si para otra vez espabilas, cilorrio, más o menos fue el mensaje que recibió en su despedida. Y Lázaro empezó a cavilar si no le hubiera convenido más ir a lo suyo y haber seguido haciendo el topo y viviendo bandera. Que la honradez mira a dónde le había traído desde los sitios suntuosos donde la picardía le tenía instalado. Aquellas últimas horas habían sido como un epitafio a su idealismo juvenil y al deseo de recuperar caballerosamente su honradez empañada. Y, para colmo, Mansoz y el director confabulados. Como el conserje dijo, era tontería el insistir. Le convenía irse y cuanto antes.
Recogió lo que tenía y volvió a meterlo en la vieja maleta aquella de cartón piedra. Tenía alguna ropa nueva que compró en sus meses de esplendor económico y también algún calzado. Se arregló con la vieja maleta y una bolsa grande. Tampoco pudo despedirse de nadie pues a aquellas horas todo el mundo andaba en sus quehaceres. Fue a entregar sus llaves a Santiago antes de marchar.
- No debió usted enfrentarse al director cuando el asunto de la Semana de la Juventud, usted no sabe cómo las gasta esta gente.
- Me temo que ya no tiene remedio. Muchas gracias por todo y que le vaya bien. Creo que el año que viene se jubila usted, Santiago –dijo Lázaro para cambiar de tema y fingir que ya se había sobrepuesto a su desgracia.
- Pues, sí.
- Que sea enhorabuena y que lo disfrute –dijo Lázaro al tiempo en que le tendía la mano al viejo.
Santiago se echó entonces mano a un bolsillo y, mirando precavidamente a los lados, le entregó un sobre marrón de los de la correspondencia oficial.
- Tome. He llamado a la estación y me he enterado de lo que vale el autobús. Más no puedo darle, pero para el billete siquiera…
Lázaro estuvo a punto de abrazar al viejo pero, mirándole a los ojos, le dio las gracias con un largo apretón de manos y con un nudo en la garganta se despidió.
- Adiós, señor Santiago. Muchas gracias.
- Adiós, muchacho.

Con la maleta y la bolsa estuvo deambulando por la ciudad. Pero procuró no dejarse ver por los lugares donde pudieran conocerle, le daba ya vergüenza su estado de necesidad recién estrenado y también el tener que dar explicaciones de su marcha. Menos mal que había desayunado hasta hartarse en casa de Camelia. Lo que le dio Santiago alcanzaba para el autobús pero no podía gastarlo. El autobús salía a las ocho del día siguiente. Con la maleta y la bolsa deambuló sin saber dónde meterse pues no tenía ni para tomarse un café. Le sorprendió el ocaso junto a la casa que hizo el abuelo marino de su amigo, en un pequeño parque municipal que había delante de ella y desde donde se veía La Fambra a la derecha y la vega del río, aunque no con la impresionante vista que todo ello tenía desde el puente de la casa-navío.
Pensó que allí podría pasar la noche durmiendo sobre uno de los bancos. El parquecillo era un sitio discreto y no era lugar de paso. Y así se quedó dormido pensando cómo cambia la suerte y cómo, de ser persona con dinero en el bolsillo y situación holgada, había pasado en apenas un día a quedarse sin nada, ni siquiera un lugar donde dormir la última noche y encima le habían apaleado como despedida. Y cómo, finalmente, sólo una puta y un viejo conserje se habían apiadado de él.
A las dos de la mañana un intenso frío que le estaba haciendo tiritar le despertó. Con eso no había contado. Se puso más ropa encima pero a pesar de ello el frío no cesaba. Se levantó y comenzó a caminar en círculo para entrar en calor abriendo y cerrando los brazos vigorosamente, fue entonces cuando vio el periódico metido en una de las papeleras. Enseguida lo desplegó y se metió varias hojas bajo la ropa pegando con el pecho y otras tantas con la espalda. Enseguida sintió un agradable calorcillo y pensó que eso le ayudaría a pasar aquella parte mas fría de la noche. Así fue.
En cuanto clareó recogió su maleta y su bolsa y comenzó a caminar con el frío relente de la mañana hacia la parada de autobuses. No sabía la hora exacta porque le habían dejado sin reloj. Cruzó por última vez el viaducto y el recuerdo del suicidio, de Valeria, de los paseos, del amor, del desengaño… todo vino a él en un momento y se paseó por su cuerpo helado. Pero, aunque dolorosas, eran ya sensaciones pasajeras que se deshacían en su interior igual que los girones de neblina que, procedentes de los huertos, se deshilachaban lentamente bajo el impresionante viaducto.
Llegó a la plaza y cruzó la explanada hacia la izquierda, bajó las escaleras amplias y pronunciadas que llevaban a la zona de la parada de autobuses. Los tres o cuatro bares de la explanada estaban concurridos y la clientela, que como él venía a coger su autobús, tomaba cafés o copas de aguardiente o de coñá o encargaban bocadillos o desayunaban a la espera de que su autobús llegase. Lázaro sacó el billete en la pequeña ventanilla. No se había engañado el conserje, le dio el importe exacto. Se acercó al pasamanos desde el que se dominaba la escalinata que bajaba a la estación del tren, el rio y el instituto donde su rival Hilario trabajó. Se quedó allí, al calorcillo del sol que empezaba a acariciar tibiamente el pasamanos y su vista se perdió por las frondosas choperas de los paseos felices con Valeria. La bocina del autobús le sacó de su ensimismamiento. Subió diligente, mostró su billete, acopló maleta y bolsa en unas redes que servían de portaequipajes y el coche salió sin más. Dejaron atrás ciudad y río y Lázaro se sintió arrastrado de nuevo por la corriente imprevisible de su vida.


2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Final de un capítulo, quiero suponer.
Pobre Lázaro. ¡Qué caro le costó su pecadillo de juventud¡

Soros dijo...

Final de una parte, quiero pensar. Ya veremos por dónde arranca la siguiente.
Vaya lectura de un día.