27 abril 2009

Apuntes desde un aula vacía


Había sido palacio, también convento, llegó a ser cuartel y hasta cárcel provisional. Últimamente, abandonado por todas las otras administraciones, el edificio se convirtió en escuela.
Doña Luz había visto terminar ese curso del mismo modo que vio acabarse tantos otros. Sintió también en aquél el nerviosismo de los estudiantes, el calor del verano que ya se echaba encima, la actividad de los exámenes, el azacanado afán de todo el mundo por dejar concluidas las tareas, junto con todos los papeles de la sempiterna burocracia, y el relax al cerrar el viejo recinto y comenzar las vacaciones. Pero aquel fin de curso fue distinto y doña Luz, cuando todos marcharon tras la celebración del día último, las felicitaciones y la despedida, regresó sola al vetusto edificio.
Le abrió Pedro, el conserje, un tanto sorprendido. Doña Luz se excusó diciendo que olvidó una cosa y vino a recogerla pero que perdiera cuidado que, en cuanto lo hiciera, le avisaría para que cerrara y le entregaría las llaves de su aula.
Recorrió el gran patio externo, el patio de tierra apisonada, el que un día fue jardín de la nobleza, después huerta de frailes, luego pista de instrucción de soldados y solarium de presos. Era el gran patio donde la muchachada, ajena a la historia, jugaba sobre los mismos lugares en que se galanteó, se rezó, se trabajó, se disparó y hasta empapó la tierra el sudor de los presos y la sangre de algunos fusilados. Y pensó doña Luz que algunos espacios son, pese a las apariencias, como el escenario de un teatro por el que se mostraron sucesivamente, pero sin ser fingidas, las pasiones de los seres humanos. Ahora el patio aparecía polvoriento y vacío, sin los gritos y las carreras de la muchachada que en él se acostumbraba a ver. Sólo algunos gorriones buscaban afanosos y desesperados las acostumbradas migas, inexistentes ya ese día, que se desprendían de los bocadillos y meriendas tomados aceleradamente mientras se corría, con la mirada pendiente de un balón o atenta a los compañeros de juegos.
Atravesó luego el patio interior. Tenía bellos soportales renacentistas donde se guarecía el alumnado en los días lluviosos y estaba circundado por paredes vestidas de mosaicos antiguos y brillantes con alguna esquirla lastimosamente saltada y alguna que otra falta mal sustituida. Sobre los soportales desiertos, la airosa galería acogía en silencio, caldeada por el aire de la tarde, los arrullos de las tórtolas turcas que, sin alma que les molestara, se posaban en los antepechos. Subió doña Luz por una amplia escalinata. Tenía balaustrada y escalones de una piedra tan pulida como desgastada en su centro por los variados inquilinos del palacio en los casi cinco últimos siglos.
El aula de doña Luz ocupaba un rincón de aquella galería. Los últimos años los pasó establecida en ella y, aunque tuvo que enseñar en otras, consideraba aquella como su lugar propio dentro del recinto. Se sentó por última vez a su mesa y miró las mesas ordenadas y vacías que apenas unos días atrás, casi unas horas, rebosaban de caras de muchachos y muchachas ansiosos, llenos de vida exultante, con los ojos brillantes de juventud y vigor, que trasmitían algo parecido a como si tuvieran prisa y urgencia por vivir.
Doña Luz hizo un repaso de su vida. Decidió no pensar en la cuadriculada inflexibilidad de la administración. Saltó también por encima de los recuerdos de aquellas estúpidas envidias entre docentes celosos de sus competencias. Se sacudió las malas percepciones de algunos padres a los que las trayectorias escolares de sus hijos les traían al pairo. Tampoco quiso recrearse en los muchos esfuerzos que entregó a la profesión y que habían volado a ningún sitio del mismo modo que los gritos en el patio de la chiquillería. De la propaganda, de los grandes planes ministeriales y de los cambios políticos hechos por conveniencia, sin ton ni son, no quiso molestarse ni en perder la cuenta.
Y allí, sola, sentada en su sillón y con un futuro en blanco por vivir, hizo un recuento de lo mucho que aquella profesión le había dado.
Recordó sus inicios. Cuando llegó con todos sus estudios tan recientes, con sus notas excelentes de chica aplicada, con aquella aureola de persona tan preparada y solvente. ¡Qué bonitos recuerdos! Y sonrió doña Luz mirándose a sí misma a través del tiempo, tan joven entonces y tan inconscientemente incompetente. Aunque de esto tardó un tiempo en percatarse. El mismo que tardó en poner los pies en el suelo y darse cuenta de que la mayor parte de sus elevados conocimientos no le servían sobre el terreno para nada.
Fue repasando su vida. Si alguna cosa le quedó clara en tantos años fue que el oficio de enseñar, que eligió, lo único que verdaderamente le proporcionó fue aprendizaje y aprendizaje de por vida. Aprendió a hacerse dúctil, a adaptarse a los medios, a las personas, a los lugares, a las mentalidades, a la administración, a los compañeros, a los padres, a los cambios, a los planes ministeriales y a otros males variados que se cansaba de enumerar… Se preguntaba si todo aquello, al final, no era semejante a un juego en el que todo tenía una importancia relativa. Se contempló a sí misma sabiendo cosas útiles y habiendo olvidado todo aquello, innecesario, que le hicieron aprender en beneficio de otros, para justificar lo necesarios que esos otros eran.
Al contrario que a algunos compañeros, con el paso del tiempo, se le fue la profesión haciendo leve. Se había vuelto muy diestra no sólo en la enseñanza, sino en el trato con todas las personas. Los años le pesaban, era cierto y no podía decir que no fuera el momento de dejarlo. Pero más le pesaba y le pesó siempre la monotonía, todo lo que la profesión tenía de reiterativo, de administrativo, de burocrático, de ajeno, en definitiva, a su verdadera tarea…
Pensó por un momento en su futuro. ¿Qué haría mañana? ¿No la habría devorado aquella maquinaria y, sin obligación alguna, terminaría sin saber qué hacer? Era una pregunta que le torturaba porque, de ser cierta, el sistema la habría asimilado tanto, por su facilidad de adaptación, que fuera de él no habría sitio para ella. En cierto modo, podría decirse que el sistema la habría matado y, ahora, enviaba sus despojos a ocuparse de su casa, a tomar el sol y a darse cuenta poco a poco de cómo las mermas físicas hacían de ella una inútil dependiente.
Luz se dio cuenta de que tal vez fuera no sabría vivir o que, al menos, tendría que aprender a hacerlo. Y sintió miedo. Llevaba demasiados años en aquel trabajo. Las continuidades duran mucho y sin embargo las rupturas, que nos avocan a cambios radicales, son cosa apenas de un momento.
Y, de repente, vio la luz. Se dio cuenta de lo que había ido a buscar. Lo encontró allí, donde lo había tenido tantos años. Y se marchó con su imaginación recuperada. Porque la imaginación es todopoderosa. Y la suya estaba sumamente enriquecida por el buen hacer, por el trato, por la inteligencia, por el haber conocido tanto y tanto, por el haber amado y sufrido entre aquellas paredes que fueron, hasta ese día, las paredes de su vida. Miró su aula por última vez y, al salir, se espantaron las palomas y volaron saliendo por lo alto del patio renacentista con la misma fuerza que su mente buscaba el otro mundo nuevo que tras aquellas paredes existía. Y doña Luz se hizo luz para escribir, desde ese punto, el libro nuevo de su vida.

4 comentarios:

Piel de letras dijo...

GRACIAS
Me hiciste llorar. Pero desde el fondo de mi corazón te doy las mas cumplidas gracias.

No lo había leído hasta hoy.

Un abrazo de LARGA DURACION.

Soros dijo...

Saludos y gracias y a ver si para el día 6 de mayo las cosas han mejorado en todas partes.

lohengrin dijo...

Por qué será que me suena?
Preciosa historia,y con un buen plan de futuro.
Castos abrazos

Soros dijo...

¿Ah, pero tú piensas llegar a jubilarte? No sé qué había oído yo por ahí de una jeringuilla con potasio... Claro que se supone que sería al primer signo de flojedad y para evitar el viacrucis médico-quirúrgico...
Besos asépticos.