15 abril 2009

De vuelta


A medida que el autobús se alejaba de La Fambra, Lázaro quiso rememorar su estancia en la ciudad pero no pudo. El agotamiento le venció y le hizo pasar la página de golpe. Se quedó dormido.
El aire tibio del viejo autocar, su suave traqueteo, el trajín inusual de las últimas horas, el cuerpo tullido por los golpes y el frío de la noche pasada al relente le pusieron a dormir casi en el acto. Apoyó la cabeza en la ventanilla y no le dio tiempo a más: fin de capítulo. Se le fue la luz y el relax se apoderó de él.
Habrían pasado tres horas cuando su cuerpo se sintió ir adelante por la inercia de un frenazo y su cabeza fue a dar con el respaldo del asiento que tenía delante. Se despertó aturdido sin saber muy bien donde estaba.
- Marachote, veinte minutos de parada – voceó el conductor, abriendo la puerta y bajando del autobús.
Los ocupantes, con las piernas agarrotadas por el tiempo de quietud, se apearon de él estirándose y entraron en la cantina de Marachote. En una esquina había una mesa cuidadosamente preparada con su mantel, servilletas, cubiertos, vasos y platos. Enseguida la ocuparon el conductor y su ayudante. Una chica joven con un delantal blanco, que se movía airosamente, les puso delante inmediatamente sendos platos con un par de huevos fritos, un chorizo y un lomo. Antes de que pudieran pedirlo trajo también una panera repleta de trozos de pan blanco y una botella de vino tinto a granel, espeso, casi negro, tapada con un corcho. Lázaro, al ver los dos platos humeantes, sintió más cruel que nunca el retortijón del hambre. Hacía más de veinticuatro horas que no probaba bocado. Tenía necesidad y le dolía la cabeza. Se echó mano al bolsillo pero al instante recordó que no tenía dinero. Se dio cuenta de que ni al hambre ni a la falta de dinero estaba acostumbrado. Sin embargo, había entrado en aquella cantina por inercia. No había sido buena idea. Ahora estaba allí, como un tonto, sin poder apartar los ojos de la comida, con las tripas sonándole y la boca aguada.
- ¿Qué va a ser? –le dijo un mozo con una chaquetilla blanca que atendía la barra.
- Nada, gracias. No me encuentro muy bien –dijo Lázaro improvisando una disculpa.
El mozo le miró de mala gana y continuó atendiendo a los que se acercaban a la barra. Lázaro se apoyó en ella de espaldas y vio como la gente se había sentado a las mesas y mientras unos pedían de beber otros sacaban tarteras con filetes empanados, tortilla de patatas, embutidos, pedazos de jamón curado, pimientos fritos, empanadillas, torreznos… y un olor variopinto a comida apetitosa le llegó de todos lados.
Un hombre mayor, frente a él, se apoyó una hogaza de pan en el pecho, poniéndola de canto, y le sacó una cuña hermosa con la navaja. Al terminar de hacerlo sus ojos se cruzaron con los de Lázaro. El hombre, curtido por los años, le dio el trozo de pan a una mujer que iba con él. Partió un segundo pedazo sin dejar de mirar al muchacho. Luego le dijo a la mujer que sacara el jamón y, mientras, él cortó un tercer trozo de pan. Lázaro miraba al suelo. El hombre troceó el jamón y tomando una buena loncha la puso sobre una de las cuñas de pan.
- Prueba, chaval, que es de mi pueblo. Seguro que en la capital no coméis cosas de éstas, ¡de qué parte!
- Muchas gracias –y lo cogió Lázaro con la cabeza gacha, con una vergüenza que le impidió añadir nada más, mientras sentía como la saliva se le agolpaba en la boca.
El hombre movió de lado la cabeza y sonrió, guardándose el pensamiento que tuvo en sus adentros. No dijo nada y dejó que Lázaro comiera sin molestarle. La mujer le miraba extrañada y por lo bajo dijo:
- ¿De qué le conoces?
- Para algunas cosas no hace falta conocer a la gente –dijo secamente el hombre, mientras hacía pequeños trozos de su loncha de jamón sobre el pan con la navaja cabritera.
Y la mujer, acostumbrada a no insistir y menos a destiempo, no dijo nada.
Cuando el chófer y su ayudante terminaron de almorzar se acercaron a la barra a tomar café. Era la señal para que todos pagaran lo consumido y regresasen al autobús.
El hombre que le había convidado hizo una seña a la mujer y ésta recogió todo y lo metió ordenadamente en un capacho grande de hule oscuro.
- ¡Qué vaya bien!
- Muchas gracias –dijo Lázaro casi más con la sonrisa y el brillo de los ojos que con la tímida palabra y siguió a la pareja hacia el coche.
Sus benefactores se bajaron en Alcolea, un pueblo a una hora de Marachote. El viejo y el chico se despidieron con una última mirada.
Dos horas después el coche paró donde siempre, frente al palacio. Habían llegado. Lázaro, con la mente aún habituada a La Fambra, lo abandonó como el que rompiera el cordón umbilical que definitivamente le apartara de ella.
Con la maleta y la bolsa subió andando por la Calle Mayor. En todos lados el río, el puente, el palacio, la Calle Mayor… La vida estaba revestida de monotonía. Estaba de nuevo en su ciudad y la vida, después de aquellos efímeros destellos de La Fambra, parecía de nuevo la misma película en blanco y negro de siempre.

7 comentarios:

Piel de letras dijo...

A veces, las películas en blanco y negro, son las mejores. Pero no nos damos cuenta, sino hasta que pasan los años.

La gente bondadosa, por suerte, siempre ha existido en los lugares mas inesperados.

Lan dijo...

Algunas películas en blanco y negro son buenas, pero la realidad se obstina en ser multicolor.
Toda la gente puede llegar a ser bondadosa en algún momento.
Los pensamientos pueden ser complementarios y aún así no terminan de describir la realidad. Pero las cosas son así de inabarcables y hay que conformarse. :-)

Piel de letras dijo...

Jajajajajaja
¡Publicaste como LAN!
:-P
¿Estás impresionado por algo?
Jajajajaja

Soros dijo...

No, estoy medio dormido por la hora que es aquí.

Piel de letras dijo...

Ahhhh
Buenas madrugadas entonces.
;-)

Anónimo dijo...

Hola. Al margen de lo interesantes que son los textos de este blog, lo mejor es que están muy bien escritos y da gusto leer. Esto, por desgracia, no es tan habitual como debería ser. Enhorabuena.
Un saludo,
Ángeles (www.juguetesdelviento.blogspot.com)

Soros dijo...

Gracias, Ángeles, escribo por gusto y con gusto recibo los comentarios de las personas a quienes les gusta.
Gracias de nuevo.