17 abril 2009

Admonición


Enseguida comprendieron al verle, su madre y los demás, que las cosas no habían ido bien en La Fambra y que esa vuelta, inesperada y sin avisar, no significaba nada bueno. Sin embargo no hubo reproches y se conformaron con las explicaciones que Lázaro dio.
En su casa las cosas, económicamente, no iban bien. Su madre no se lo dijo pero no hacía falta. Buscó la dirección que Blasco, el pupilo de la residencia, le dio en La Fambra. Era la del Hotel Casals en Canut de Mar.
Lázaro escribió y le comunicaron, a vuelta de correo, que estaba aceptado, que se presentara cuanto antes.
Se lo dijo a su madre. Ella puso el grito en el cielo. ¡Irse a trabajar a la Costa Brava!, pero si aquello estaba casi en Francia, ¡a quién se le ocurría! ¡De ninguna manera!
No obstante, ella, que le conocía bien, sabía que no podría pararle. Asustada, por lo que le pudiera ocurrir, decidió pasarles el asunto a los hombres fuertes, a los duros de la familia, que eran como dos patriarcas gitanos sólo que en payo. Los dos por cierto se llamaban Ángel. Sí, como el custodio. Eran dos tíos políticos de Lázaro.
Lázaro, molesto porque su madre no se considerara suficientemente capaz para asumir por entero su decisión, pensó en no acudir a la llamada de ninguno de los dos patriarcas y hacer lo que tenía en mente. Sin embargo, tras serenarse, dudó de que aquella decisión fuese acertada y, aún en contra de su primer pensamiento, decidió entrevistarse con ambos y ver si, al menos, su madre se calmaba.
El primer Ángel, el tío Ángel Prim, le citó en su despacho, cosa que sonaba bastante seria, solemne y hasta amedrentadora. Pero a Ángel Prim le encantaban esas solemnidades novecentistas, algo trasnochadas, y a Lázaro no le extrañó el lugar elegido para la cita.
Estaba el despacho en un almacén de antigüedades que, junto con un socio al que todos llamaban Mauri a pesar de ser casi sesentón, tenían en una zona comercial de la ciudad. Todo fue entrar Lázaro en el despacho, cerrarse la puerta a sus espaldas y caerle encima una retahíla de reproches, admoniciones, advertencias e historias ejemplarizantes destinadas, sin duda, a disuadirle de sus propósitos. Sin embargo, éstas sólo contribuyeron a incrementar su corto conocimiento de la vida, de las personas en general y de su tío Ángel Prim y su socio Mauri en particular, aparte de llenarle de nuevos temores que a él no se le habían ocurrido. A lo largo de la entrevista se sucedieron frases similares a éstas:
- Pero, ¿es que tú nos vas a hacer creer que te vas a Canut de Mar a trabajar?
- Pero, ¿es que tú te crees que nosotros no hemos tenido dieciocho años?
- Pero, ¿es que tú te has creído que Mauri y yo somos gilipollas?
- Pero, ¿es que tú te has pensado que Mauri y yo nos hemos criado debajo de un tomillo?
- Tú no vas a hacer en Canut de Mar ni un puto duro y, además de con los bolsillos vacíos, vas a venir hecho un vicioso y, puede que también, un enfermo. Pero, ¿tú sabes dónde te vas a meter, muchacho?
- Pero, ¿no comprendes que ya tendrás tiempo de irte de mujeres y que lo que tú tienes que hacer es trabajar y ayudar a tu madre?
- Mira, ¡pregúntale a Mauri, que ha vivido mucho, lo que le pasó en Cádiz cuando era joven por encelarse con una chica!
Mauri, a desgana, narró sucintamente los hechos tirando del tono más paternal, cariñosos y convincente que encontró:
- Pues mira, hijo, que me pillé unas purgaciones que me duraron dos meses y el día que me iba, como despedida, sus tres hermanos me dieron una mano de hostias, según ellos, por haber abusado de la niña y, ya de paso, me quitaron la cartera y el reloj.
Lázaro se calló y miró al suelo porque aquello último le resultó familiar. Su tío Ángel Prim, interpretando su gesto como una primera señal de arrepentimiento, volvió a la carga.
- ¡Lo estás viendo, es que os creéis que lo sabéis todo y no tenéis ni puta idea de nada, que sois unos jodíos críos que vais por ahí a comeros el mundo!, ¡y es el mundo el que os come a vosotros!, ¿qué te crees, que no nos hemos enterado que te han echado de la residencia de La Fambra? ¡Qué vergüenza! ¿Es que no podías haber trabajado allí, si esas fueran tus verdaderas intenciones? Pero, claro, La Fambra se le ha quedado muy pequeña al señorito…
Ángel Prim siguió así durante una hora, poco más o menos, incrementando el número de los ejemplos aleccionadores que a Lázaro, por fuerza, le habían de disuadir de su actitud. Pero, eso sí, cada vez que tenía que poner un ejemplo de alguna golfería rastrera, vivida en propias carnes, no elegía las suyas, como sujeto del ejemplo, sino las del sufrido Mauri. Éste andaba ya un tanto quemado. De todas aquellas narraciones ejemplares y moralizantes el protagonista, cubierto de escarnio, era siempre e indefectiblemente el señor Mauri.
Así Lázaro se fue enterando de las juergas desmesuradas, las borracheras, las noches locas, los días seguidos de noches en blanco por el juego, las aventuras sexuales de pago y las surgidas con el voluntariado y todos los excesos conocidos, como si lo leyera pormenorizado en un manual titulado ABC de la golfería. Por otro lado le mostraron toda la gama de consecuencias orgánicas colaterales que estos hechos suelen traer consigo (enfermedades de la piel, horribles resacas, problemas de estómago, venéreas, peleas, trifulcas, robos, despilfarro de dinero…) pero, eso sí, siempre, inexorablemente, en la piel del rijoso de don Mauri.
Llegó un momento en que el pobre Mauri, ya mosqueado del todo, cuando su socio Ángel Prim le urgió por enésima vez para que contara al muchacho alguna otra desgracia, a la que, ¡cómo no!, una pérfida mujer le llevara seduciéndole con sus encantos y aprovechándose de su nívea candidez, se plantó. Y esta vez Mauri estalló y no se cortó en su furia pues, dando un puñetazo en la mesa, se revolvió como una pantera y encarándose con su socio le dijo:
- ¡Mira, Ángel, me tienes hasta los mismísimos cojones!, y luego, dirigiéndose al muchacho añadió:
- ¡Dile a tu tío que te cuente él su puta y aciaga vida, porque en todas esas ocasiones, que tanto insiste en que te cuente, estuvo también él y le pasó como a mí y aún peor algunas veces, ¡joder! ¡Qué ya está bien, coño!
Así se enteró Lázaro de que aquellos dos seres, hasta ese momento para él próceres ejemplares, habían sido dos crápulas de muchas campanillas. No se daban cuenta que él, a su edad, si no era ya un ser puro, porque no lo era, andaba todavía en los arrabales más cercanos a la virtud.
Sin embargo Lázaro, para ser tan joven, no perdió la calma. El muchacho, con sus mejores modos, les agradeció todas sus advertencias y consejos pero les dijo que o le buscaban un trabajo, además de bien aconsejarle, o se iba a Canut de Mar donde ya lo tenía apalabrado.
Ocurrió lo previsible. Como es mucho más fácil predicar que dar trigo, los ofrecimientos no fueron más allá de estos consejos y, aparte de quedar ambos a la altura del barro ante Lázaro que por personas ejemplares les había tenido hasta ese día, no alteraron el firme propósito de éste. Y así su decisión se mantuvo firme porque, de trabajo, no hubo ofrecimiento alguno.
Lázaro se despidió amablemente de Ángel Prim y de Mauri. Ellos quedaron cumplidos por haber intentado disuadirle de su idea y algo atufados entre ellos. Lázaro, fuertemente ejemplarizado por sus devaneos, marchó contento por no haber mudado de propósito y, sobre todo, por no haber regañado con ellos. Se alegró de que su experiencia con el director de la residencia le hubiera servido para algo.
Pero lo peor aún no había pasado. Le esperaba el segundo patriarca. Y éste no estaba tejido con los mismos mimbres que Mauri y su socio. El otro ángel, Ángel Olmo, había sido la representación de su terror personal en la infancia. Era un hombre hecho para tratar con adultos. No entendía en absoluto a los niños. Lázaro no lo era ya, pero la imagen de Ángel Olmo era para él la de un hombre gruñón, machacón, expeditivo, foco de regañinas sin fin, con un genio de mil demonios y un aspecto amenazador que aparecía ante él revestido del profundo temor que le inspiró en su infancia. El segundo ángel, le recibió en la cama. Su tía ya se había levantado mucho antes de que él llegara. Era una mañana de domingo y al tío le gustaba quedarse en la cama leyendo, cómo no, libros de guerra, los más, y también de historia pues ambos eran sus lecturas preferidas. Aunque este encuentro le pareció que discurriría como el anterior, o si acaso más dramáticamente por los antecedentes de Olmo, no lo fue en absoluto. Fue más parecido a esas escenas de las películas de la mafia donde un padrino tranquilo y experimentado escucha, con paciencia y fingiendo gravedad, los proyectos de un jovencito inexperto pero audaz que desea hacer algo al margen de la cobertura familiar.
La verdad es que aquel Ángel Olmo era un hombre mucho más correoso que Prim en todos los aspectos. Toda la vida había sido un mercader, un tratante, un comerciante vocacional, hasta con los gitanos había hecho tratos favorables, se había tirado la guerra entera en las trincheras, tenía un montón de condecoraciones...y físicamente imponía. A aquel hombre no se le podía engañar. En efecto, si se mantenía serio, su rostro de piedra no dejaba escapar un gesto que delatara su pensamiento. Un gánster de Chicago no hubiera impuesto más respeto. Unas cejas anchas y oscuras, como dos cepillos, ponían un acento circunflejo a la dureza de su rostro. Un pipiolo como Lázaro no tenía ninguna oportunidad ante aquel capo. El muchacho habló sin titubeos desde el principio. Eso le salvó, Olmo, experto en tratos, intuía los resquicios que ensombrecen la verdad en cualquier vacilación. El tío le dejó hablar tranquilamente, sin apremiarle, y, a los dos minutos, aquel tahúr que había desplumado a los veteranos italianos de su compañía jugando al mus bajo fuego de mortero, ya se había dado cuenta de que simplemente tenía delante a un chico que quería trabajar en el verano para darle el dinero a su madre y pasar el invierno estudiando. Como zorro viejo se percató al instante de que tenía delante a un infeliz adornado de buenas intenciones. Hizo que la conversación se prolongara. Lázaro, animado por la inesperada receptividad que encontró en el tío, habló y habló, sin percatarse de que justamente era eso lo que su tío quería. Cuando el muchacho le hablaba de los derechos, de la justicia, de la bondad...Olmo no le contradecía. A veces se limitaba a sonreír muy suavemente (como diciendo: hijo, hay que joderse lo tonto que eres, lo que te falta por aprender) y otras le hacía preguntas, abundando en el tema que trataban. Por sus respuestas se daba cuenta de que Lázaro era sólo era un muchacho sin apenas experiencia en nada, un inocente, un ignorante sin picardías. Curiosamente, Lázaro, desde aquel día apreció en aquella especie de gánster, que tantas veces le había hecho temblar de niño, un afecto que no esperaba. Cuando Lázaro se fue, Angel Olmo llamó por teléfono a su madre, la tranquilizó y le recomendó que le dejara hacer al muchacho sus planes. Y aquello fue el inicio de una amistad duradera.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

No se... encuentro tantas semejanzas, entre Lázaro y aquel muchacho piernudo de la foto. Pero es solo intuición. ¿Verdad?

Soros dijo...

Las intuiciones suelen ser certeras. Pero los mundos que se narran con las letras no son amigos de la fidelidad a los hechos y prefieren mezclar unas cosas con otras. Por otro lado la vida, al menos en el interior de muchas cabezas, funciona así. ¿Verdad?