02 abril 2009

Caballerosidad


Acabado su trabajo en la residencia, hecho el silencio y entrada ya la noche, Lázaro se encaminó al burdel para llevar a término lo que, según lo comunicado a Mansoz en su último informe, sería su última visita al local. Ese día sería el día del cierre definitivo de su colaboración informativa con la policía y el del final de los ingresos de Lázaro a cuenta, según todos los indicios, del erario público.
Según caminaba hacia el tugurio, que se ubicaba al otro lado de la ciudad, le dio tiempo a pensar. Iba Lázaro ponderando lo correcta y desapasionadamente que había razonado. Cómo se estaba apartando oportunamente de todo aquello y cómo, de un modo educado, tranquilo y agradecido, se las había arreglado para salir caballerosa y educadamente de la red que Mansoz le había preparado. Tal como las cosas se habían puesto no debía continuar en su labor de confidente. Iba pensando que, tal vez, Mansoz no fuera tan ruin como pensó en un principio pues le había dejado, pese a las tentaciones pecuniarias inherentes al trato, la posibilidad de un abandono discreto, digno y anónimo de sus actividades. Pero dejando a Mansoz, iba Lazaro úfano de sí mismo por cómo, después de casi un año engolosinado por ese bienestar económico tan muelle, había sido capaz de no perder el tino y seguir los dictados de su buen criterio. Y es que Lázaro aún tenía confianza en la palabra de los hombres, a la que sin probadas razones tenía por sagrada, y lo mismo le ocurría con la caballerosidad que hasta los más truhanes, pensaba el infeliz, reservaban para los que tenían por iguales.
Al entrar en el bar, apenas traspasado el umbral y en cuanto los camareros le vieron, notó como uno de ellos, tal vez un tanto precipitadamente, se fue escaleras arriba. Sin duda subió para avisar al encargado. No le extrañó, era lo normal cuando se presentaba en el local los días acordados, todos los fines de mes en el último año.
Tenía ganas de orinar por lo que pasó a los servicios que descubrió el primer día. Todo seguía en el mismo estado de asquerosa decrepitud y suciedad. Orinó y, apenas se había lavado las manos con mucha prevención en el lavabo menos roto, buscó algo limpio con lo que secárselas pero tuvo que echarse la mano al bolsillo y secarse con su pañuelo pues, no digamos toalla, sino ni siquiera papel encontró. Fue en ese momento cuando se abrió de un golpe la puerta de los servicios dejando entrar algo más de luz procedente del bar.
De los tres hombres que habían entrado dos le miraban y el encargado se volvió con parsimonia para atrancar la puerta. Tan pronto como la puerta estuvo cerrada y bien candada el encargado dijo:
- El comisario Mansoz nos ha contado lo bromista que es usted. También ha tenido la delicadeza de decirnos que hoy nos haría su última visita, así que les he pedido a estos amigos que acudieran para despedirle. Y así lo vamos a hacer, como usted se merece, de modo que nos conserve siempre en su memoria.
Los tres hombres se aproximaron a Lázaro y éste, sorprendido y asustado, al tiempo que recibía un tremendo puñetazo en el estómago, escuchó:
- No le marquéis mucho la cara.
Fue lo último que oyó. Después le vino una tanda de golpes, una hacienda de puñetazos y una catarata de patadas por todos lados hasta que, cayendo al suelo, perdió toda noción.

Alguien con no mucha fuerza le zarandeaba. Él tenía la mente perdida y una sensación un tanto dulce, estúpida y vaga pero de frío muy intenso.
- Vamos, chico. Levanta. Vamos que llevas tirado mucho tiempo. Arriba que te vas a helar.
Tras mucha voluntad por parte de quien le zarandeaba, Lázaro abrió los ojos. Tardó unos larguísimos segundos en reconocer a Camelia, la prostituta que le consoló aquel día del observatorio. Entonces hizo un intento por levantarse pero notó cómo le dolían las costillas y la espalda y después que le dolían también el estómago y las nalgas y el bajo vientre… y recordó que le habían dado una paliza en los chocrosos servicios del burdel. Se miró y vio que estaba sucio, maloliente con manchas en el pantalón y chaqueta cuyo origen era preferible no indagar exhaustivamente.
- ¿Dónde estamos? ¿Por qué estoy aquí?
- Estás tirado en un callejón, aquí cerca del bar donde trabajo, ¿recuerdas? En cuanto a por qué estás aquí eso tú lo sabrás.
Camelia tenía un coche pequeño aparcado a apenas cien metros de allí. Le ayudó a llegar a él. Lázaro quiso mirar su reloj pero no lo tenía.
- ¿Qué hora es?
- Está casi amaneciendo.
- Llévame al otro lado del viaducto, tengo que llegar a la residencia donde trabajo.
- Pero, ¿tú te has visto?, déjate de historias. Vivo cerca de aquí, en un pueblo pequeño. Te llevaré conmigo y en mi casa te aseas un poco y te lavas para que estés presentable. No creo que tenga importancia que, por un día, llegues tarde al trabajo.
Lázaro no replicó, se sentía agotado. Ella puso el coche en marcha y despacio atravesó las solitarias calles de la ciudad en la penumbra del amanecer. La calefacción del modesto coche entonó un poco a Lázaro, entumecido por el frío y por los golpes recibidos. Ansiosamente se palpó los bolsillos. Tenía la cartera pero, al sacarla, comprobó que sólo le habían dejado la documentación. En los bolsillos tampoco tenía una sola moneda. Le habían dejado sin un céntimo, pues todo cuanto tenía en efectivo acostumbraba a llevarlo encima. Pese a su preocupación, en los quince minutos del trayecto, no pudo evitar el quedarse dormido, con las mejillas repentinamente ardiendo por el cambio de temperatura y por la febrícula que en su cuerpo se iniciaba. Ella le espabiló y le ayudó a entrar en una casa baja, pequeña y fría de un pueblo cercano al que Lázaro, al quedarse dormido, no había podido identificar por los indicadores de la carretera. Le acomodó en un sofá, le echó una manta por encima y enseguida encendió una estufa de leña con unos papeles y unas astillas y ésta, al arder en ella dos grandes tacos de madera que Camelia echó, templó en pocos minutos la habitación.
- Bueno, me quieres decir qué es lo que te ha pasado.
Lázaro tenía aún la mente confusa. Tampoco sabía si debía contarle a aquella mujer aquel enredo pero, sin saber la razón, dijo:
- Haz café, por favor, ahora te lo cuento todo.
Camelia, sin dilación, encendió un hornillo de butano que estaba en una habitación adjunta que hacía de cocina, sacó de un armarito una cafetera de aluminio de esas que se dividen en dos partes y se enroscan y se puso a la tarea. Lázaro mientras tanto sopesaba el cumplir o no cumplir con lo que le había dicho, lo de explicarlo todo. Pero repentinamente, sintió vergüenza de sí mismo. Camelia le había recogido, una persona que le conocía de un día, bueno de una noche, le había recogido. Sin encomendarse a nadie le había llevado, en su coche, a su casa. Y todo esto sabiendo que él sabía que era una prostituta. Y le dio vergüenza el encontrarse dudando de quien tan desinteresadamente le ayudaba de aquel modo y así, cuando ella trajo la bandeja con la cafetera humeante y las dos tazas, él ya tenía decidido contarle la verdad. Y se vio contándole a Camelia todo lo que a Valeria le había ocultado y no supo decir por qué lo hacía.
Cuando terminó, ella sacó de un armarito de formica brillante, imitando madera exótica, una botella de coñá, sirvió dos copas y dijo:
- Lázaro, tienes mucha suerte.
- ¿Todavía te parece que tengo suerte? –dijo él –¿Es que no te has fijado como me han puesto?
- Sí, ya te veo. Pero lo tuyo en un par de semanas habrá desaparecido.
- Y qué te parece, entonces, ¿qué tendrían que haberme hecho?
- Tú habrías seguido la suerte de Hilario. Te ha salvado el hecho de que lo de Hilario es muy reciente y no se han arriesgado a repetir la suerte. Incluso en los días que vivimos dos muertes por suicidio, en tan poco tiempo y entre gentes afines, habrían dado mucho que sospechar. Eso te ha salvado –y cambiando de tema, dijo – Sabes, me alegro de que no seas policía. No me lo pareciste el día que te conocí.
- Por eso no me quisiste cobrar.
- No fue por eso. Fue porque fuiste cariñoso.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Ya decía yo ¿y Camelia?... no se iba a salvar tan fácilmente este chamaco de su "buena fortuna". Cuando algo no huele bien desde el principio, úchale. Es "gruyere" o son las patas de alguien apestoso.

;-P

Soros dijo...

La buena fortuna es ocasional y siempre pasajera.