18 marzo 2019

Quinto domingo (2018-19)



La semana ha venido de aguas. Estarán contentos los de las setas. El viejo pese al clima que, según su criterio, siempre es susceptible de mejorar, decide salir al campo con el insensato y ciego optimismo que le caracteriza. El Tango le apoya incondicionalmente porque al perro le gusta el agua y en esos días húmedos la tiene por doquier y se sacia de ella en los charcos y aún se revuelca en ellos con verdadero placer. El Tango no les ve el mínimo inconveniente a los días de lluvia. Qué bonito es no tener conocimiento.

El cielo indica que está a punto de desatarse un temporal de los de muchas campanillas pero, inopinadamente, al amanecer se mantiene el cielo totalmente encapotado y con nubes bajas, pero es como si le costara arrancar a llover.

El viejo con el Tango delante se mete a buen paso por la ladera de encima del Camino Real. Va con prisa, la inminencia de la lluvia le dice que si no aprovecha el rato indefinido hasta que ésta se inicie, luego ya no podrá hacer nada, tendrá que irse a casa pues la negrura del cielo promete lo peor.

El Tango con su alegre cazar describe líneas en zigzag por delante del cazador. El viejo le va dando tiempo a que suba y baje. Van atravesando jarales pero el viejo está fijo en unos macizos de biércoles que están junto a una encina y a los que llegará en unos minutos. Le gustan los biércoles al viejo por ser bajos, por lo general, pero muy tupidos y en los días desapacibles servir de refugio seco sus bajos para más de una especie.

Va imaginando el viejo que bien pudiera alguna liebre, a la espera del temporal que se avecinaba, haberse refugiado entre los biércoles espesos. Pero, claro, estas elucubraciones el viejo se las iba haciendo constantemente: Que si aquel barranquillo es muy querencioso, que si en aquel aguazal le salió una casi encamada en el barro, que si en aquellas matas mató una hace dos años, que si junto a las paredes de esa cerrada se desencamó otra el año pasado, que donde hay matas pardas encaman más que donde son verdes… Total, que el viejo, a fuerza de ir imaginando posibilidades, puede aburrir a cualquiera pero, como al final la caza tiene que salir de algún sitio, él se cree que lleva razón y que sus previsiones son correctas y cabales. Y, como hay tantos sitios propicios, hasta en los que no espera que haya nada va siempre preparado. Es como esas madres que ven caerse al niño continuamente y cuando, al final, se cae, porque todos los niños se caen, sueltan eso tan certero e infalible de: “Lo estaba viendo venir.”

El viejo, que se da cuenta de la comparación, se va riendo para su caletre pero, pese al humor que no le falta, cuando llega a los biércoles dichosos no puede evitar el aflojar el paso y barzonear entre ellos con más detenimiento del que hasta allí traía. El Tango parece comprenderle pues se pica y aminora y, según sube hacia el viejo, marca un instante y la liebre, como salida de la tierra, sale regateando entre los biércoles, a tres metros del viejo, hasta enderezar veloz la cuesta arriba. El viejo cree que está soñando y que la liebre se la ha inventado él. Recuerda que a las liebres cuesta arriba los tiros se les quedan detrás. Pero no le da tiempo a más, le tiene tomados los puntos, y al tiro la rabona da la trompiquilla. En menos que se persigna un cura loco el Tango la tiene en la boca.

Apenas cobrada la liebre, como si aquello hubiese sido una señal, el cielo se desarma en cortinas de lluvia furiosas y densas. El viejo corre y se acula en una carrasca cercana en la que se incrusta tapándose como puede de la lluvia que hostiga. El Tango se para frente a él y gime, como diciendo “pero qué haces ahí”. Como el temporal no cede, perro y cazador vuelven a marchas forzadas hacia el coche. Hoy la jornada ha sido de dos horas escasas pero el cielo no ha dado más tregua. ¡Agua, San Marcos, rey de los charcos!

Cuarto domingo (2018-19)



El perro, como siempre, lanza tenues lamentos de impaciencia y ansiedad, desde la cuadra, cuando siente que el viejo se levanta antes de amanecer y comienza a lavarse y a vestirse. El Tango no quiere molestar pero no se resiste a anunciar que él ya está dispuesto o, más que dispuesto, loco por salir al campo. Por eso emite esos quejidos suaves pero penetrantes.

El viejo se asoma al balcón y ve que chispea y que, por lo denso de las nubes, el día va a estar pasado por agua. Pero prefiere creer que van a ser nubes pasajeras, que sólo van a dejar algún algarazo y que permitirán la caza, al menos, a intervalos. Y, aunque amanece lloviendo sin discusión, al viejo, los días de caza, siempre le parece más plausible que escampe a que la lluvia sea de temporal y caiga un diluvio como el que se llevó flotando al Conde de Zafra en su ataúd.

El viejo siempre pone las esperanzas a su favor en los días de caza. Y hace bien. Luego, a veces, casi se ahoga empapado en sus propias ropas.

Cuando ya está listo, abre la trampilla en el piso que da acceso a la cuadra y el Tango sube de tres o cuatro saltos las empinadas escaleras y, tan pronto como el viejo cierra, el Tango se pone de manos y lo abraza como hace cada día. Luego se deja atar el collar con la cadena y, con los aparejos de la caza en una mano y la cadena del perro sujeta en la otra, el viejo sale a la calle, aún oscura, y se dirige al coche. Allí el perro sube a su jaula y el viejo se pone al volante.

Al amanecer no llueve con fuerza, es un calabobos que se puede aguantar. Pero el viejo conoce una taina que está en pie y que, en caso de aguacero, podrá servirles de refugio. La paridera aún se usa eventualmente y está muy cerca del paraje de las Tres Doncellas.

La zona puede ser cazada describiendo un gran círculo que engloba la ladera de por encima del Camino Real, las vaguadas que dan al Prao Juanarrón, el mismo prado y las dos cerradas que lindan con el monte. Y así comienza el viejo la mañana, cazando en ese círculo y no alejándose mucho de la Taina de la Cruz, pues quien la construyera, con pizarra negra, tuvo la paciencia de buscar piedras blancas para insertarlas en forma de cruz en una de las paredes principales. ¿Acto espontáneo de fe o taimada prevención anti inquisitorial? Cualquiera sabe. De prevenciones y de devociones los españoles hemos estado siempre muy sobrados.

Las esperanzas del viejo se convierten en vanas. Consigue dar unas cuantas vueltas con el Tango y, en una, ve una liebre de lejos, tras la cortina de agua que les envuelve a ambos. No tira un tiro en toda la mañana y, tras un par de visitas a la taina, decide, visto el cariz del día, largarse a casa a la hora de comer. El Tango no lo entiende y se resiste a subir a la jaula, le parece que la jornada no está completa ni muchos menos. Pero el viejo, al llegar a casa, tiene que cambiarse hasta de ropa interior.

Tercer domingo (2018-19)



Es el primer domingo que el viejo va solo. Bueno, con el Tango. Aunque cualquiera que les viera pensaría que es la juventud y pujanza del perro la que tira del viejo.

De amanecida deja el coche encima de Los Azules, junto a las gigantescas balas de paja apiladas en forma de dado gigante. Bordeando una cresta, que separa la ladera de un llano alto que hacia naciente lleva a La Mimbrera y hacia mediodía a Cantaperdiz, se encamina hacia el Cerro del Repetidor.

El viejo sabe que ese cerro todos los años tutela la cría de un bando de perdices al menos. Pero para un solo cazador es un azar decidir si entrar por bajo o a medio cerro. Decide entrar por bajo, casi por donde el cerro linda con los rastrojos en los que las perdices gustan de alimentarse a su careo al amanecer.

Ni en el cerro, ni en la ladera posterior, que cae muy quebrada sobre la huerta del Juan Ramón, vuela una sola patirroja. El Tango se interesa por la cuesta lo mismo que el viejo, pero lo hace con la vista y no con el olfato que es su fuerte y eso indica que no hay perdices cerca.

Llegan a la taina de la Mimbrera, allí el viejo se acuerda del Ballenero, otro que, si no ha desaparecido, tendrá que andar muy por encima de los 90 y que, si vive, no está en el pueblo. Cuando el viejo era joven, ayer fue la víspera, solía encontrase al Ballenero en la taina de la Mimbrera apañando corderos para el matadero. Ahora la paridera está en ruinas y llena, ella y los contornos, de maleza.

Como tampoco vuela perdiz alguna en esa zona, el viejo baja sesgando hacia la linde de Cinco Villas, en la cual no suelen quedarse las perdices pero sí que suele encamar alguna liebre, pues es un terreno que no pilla de paso y al que hay que ir aposta.

Pero nada se mueve y nada excita al Tango que va cazando rutinariamente pero sin mostrar excitación como cuando lleva algo delante.

Siguiendo la linde con Cinco Villas el viejo sube sesgando por unos parajes llenos de maleza, de la que desencama a un par de corzos, y tiene que sujetar al perro para que no les siga. Pero el Tango está acostumbrado a obedecer y aunque los corzos, como a todos los perros, le tientan, se detiene en seco cuando el viejo le chista. Tantos corzos no hacen más que inquietar a los perros y despistarles, piensa el viejo. Al viejo la caza mayor no le ha interesado nunca lo más mínimo. Y va pensando que en qué hora introdujeron los corzos hace años. Ahora son una peste que, en pequeños rebaños de 8 ó 10, carean a su aire por los sembrados y causan cada tres por dos accidentes de tráfico en las carreteras. Piensa también que hace poco han introducido también lobos y que quizás dentro de pocos años terminen por atacar a las personas. Y piensa que tal vez introduzcan cualquier día leones y tigres que, seguramente, en época romana, también los habría por la Iberia. Qué placer para los que viven en las ciudades saber que los lobos han vuelto a Castilla, pero me gustaría saber si les gustaría tenerlos de vecinos. A lo mejor sí. Hay tanto ingenuo.

El viejo está ya en la masa rocosa que domina la solana de Cantaperdiz. Pero el día no es propicio y, ni de cerca ni de lejos, ha visto pieza alguna. No hay viento y eso no ayuda al perro.

Desde allí otea el viejo. A su izquierda tiene el Monte del Marojal y, a la derecha, puede seguir la ladera solana que le llevará de nuevo a las cercanías del coche.

Volver al coche no entra en sus planes. Así que decide cruzar la carretera y elegir el itinerario que sigue el término en su linde con el monte. Primeramente junto a la linde con la umbría del Altillo, el propio Altillo y, si las fuerzas le llegan, subirá por la linde de los Temblares y de la Marota para llegar a lo más alto: la linde con la Enguajarda donde topará con el camino viejo y en desuso de La Bodera. Si sigue se saldrá del término, piensa con humor.

Va considerando que no culminará el trayecto pues, si le saltan en algún punto las perdices, el plan se trastocará.

Pero su sorpresa es que, tras zurcir toda esa enorme cantidad de terreno, no ha visto nada y le dan las cuatro de la tarde llegando casi al camino de La Bodera. Pero allí el Tango ha cogido vientos. Recuerda el viejo que, por encima de donde encierra el Juan Pedro las ovejas, solía criarse un bando de perdices. Y se esmera en seguir a un perro que no ve, metido entre las jaras. El Tango se mueve ligero y el viejo lo nota. Repentinamente el vibrante aleteo de una perdiz que le sale sesgada y hacia atrás rompe el silencio, pero el viejo le coge los puntos y tira de la mano. El tiro es largo pero la perdiz cae desmadejada. La superpuesta se ha portado. Sueña el viejo con que no haya caído alicortada en aquella maraña y camina lo más rápido que puede hacia el lugar del pelotazo. Cuando llega el perro ya la tiene. Cayó muerta.

Al viejo le resulta extraño que sólo hubiese una perdiz pero enseguida encuentra la respuesta. Un todoterreno baja por el irregular camino lentamente. Se para a su altura y el viejo, abriendo la escopeta, se acerca a ver quién es. Es un conocido, Saldaña, que le cuenta que ha estado moviendo las perdices por la zona y que, además de no darles pique, ha terminado fallando también una becada. Al viejo le extraña, pues sabe que Saldaña es de los buenos. Pero así es la caza.

El viejo sabe que tiene un gran trecho hasta el coche pero como en la caza menor todo mal se resuelve caminando, se orienta de regreso hacia él.

Llega casi de noche. Todo el día se ha resumido en una perdiz y un solo tiro. Éxito al cien por cien, se consuela con ironía. Todo en la vida es según uno se lo tome.

17 marzo 2019

Segundo domingo (2018-19)



Este segundo domingo también el viejo convence al Tomasín la noche de antes para que salga. Eso sí, bajo promesa de que le llevará a casa tan pronto como se canse. El hombre trabaja desde las siete de la mañana a las 9 de la noche de lunes a sábado y, claro, los domingos le apetece un poco de descanso por variar.

Al amanecer no dan con nadie. Los de las setas no necesitan madrugar; los pastores, tampoco. Van de nuevo al chantado donde el viejo predijo la liebre el domingo anterior. Pero en lugar de liebre le sale al Tomasín una perdiz larga, hacia atrás, que se le va. Mala suerte.

El viejo propone cruzar hasta una línea larga de piedras, de casi un kilómetro que sube lenta pero constantemente hasta un alto donde desemboca en un camino que pasa por una taina en desuso. La izquierda de la hilera de piedras es toda una franja ancha y continua de maleza por la cual piensa el viejo internarse con el Tango, mientras el Tomasín irá a su izquierda, en paralelo, por lo más limpio, por donde la maleza espesa acaba. De este modo, si entre el viejo y el perro ahuecan alguna pieza, el viejo hará lo que pueda, pero el Tomasín tendrá oportunidad de disparar con buena visibilidad.

Entre llegar allí y recorrer la hilera de piedras transcurre una hora de pausado pero continuo caminar. El Tomasín va algo despistado con la escopeta apoyada en el hombro. El viejo, como de costumbre, le avisa de que vaya atento, pero sin mucho éxito. Al fin el Tango hace un extraño y se lanza raudo entre la maleza. Sale una liebre entre la leña, rasa como un torpedo de pelo y semioculta entre la fusca, que, en lugar de romper hacia lo limpio, sigue hacia adelante permaneciendo entre la maleza. El viejo da el queo para avisar al Tomasín, por si sale a lo limpio, pero, muy prevenido y atento, la tumba cuando atraviesa por entre un pequeño clareo de las matas.

“Lo ves”, le dice al Tomasín, “hay que ir prevenido, si no, en un segundo, las pierdes.” Pero, como si nada, el Tomasín se aburre y no lo disimula, enciende un cigarro y continúa fumando con la escopeta apoyada en el hombro mientras el viejo acaricia al perro y se mete la liebre, tras escurrirle la vejiga, en el chaleco. Se ve que al Tomasín no le motiva la caza como al viejo, que camina montado de continuo en la ilusión más terca.

Cuando llegan al fin de la hilera de piedras, el viejo sugiere bajar hasta el puntal que hay sobre el tejar viejo de la linde del monte. El Tomasín accede, pero el viejo se da cuenta de que le habría dicho que sí aunque le hubiese propuesto subir al repetidor del monte en busca del urogallo o bajar a la Tasuguera a coger berros.

Por un lado, le gusta que el Tomasín le haga caso, pero, por Dios, tanta abulia deja pasmado al viejo. Y es que el veterano piensa que, para cazar. la caza hay que visualizarla, creer que va a estar donde tiene que estar, casi imaginarla y si no… pues empezar de nuevo imaginando en otro cazadero. Pero no puede con el Tomasín: nunca le lleva la contraria, pero tampoco cambia de actitud. Cada cual somos de una manera, piensa el viejo.

Llegan al puntal sin ver nada. Al ver el gesto cansado del Tomasín, el viejo le dice que van a volver en dirección al coche por la ladera que va por encima del Camino Real. El otro, con total pasividad, accede.

El comienzo de esa ladera está espeso de vegetación de modo que, a veces, hay que buscar por dónde atravesar. El viejo se mete con el perro por lo más espeso y le dice al Tomasín que vaya con atención porque si sale alguna liebre lo normal es que suba y que como él va por arriba, por terreno más limpio, que se prepare a tirarla atravesando.

A los díez minutos se cumple lo que ha dicho el viejo, el Tango se lanza a por una liebre que el viejo ni siguiera vislumbra entre la mancha de zarzas, pero da el queo al Tomasín de que la liebre sube. Suenan las tres detonaciones de la repetidora, el viejo sube corriendo pero el Tomasín no tiene mucha fe en haber tocado a la rabona. Por si acaso siguen el rastro con el Tango pero la actitud del perro confirma que la liebre se ha ido.

De vuelta al coche siguiendo la ladera, aún vuelan una perdiz un par de veces pero sale muy larga y ni el Tomasín ni el viejo se hacen con ella.

A las díez y media el Tomasín está en casa. El viejo se toma un café y vuelve al campo. No convencerá más veces al Tomasín y, olvidada ya la pequeña mano que entre los dos formaban, se dispone el viejo a cazar al salto, él y el perro a solas, como siempre le ha gustado.
Pero para cuando vuelve al campo ya se han puesto los seteros en acción y, como el domingo anterior, las querencias de los animales están rotas.

Camina hasta el Nacedero, atraviesa el Hontanar, vuelve hacia el Barranco de la Franciscona y las horas van pasando entre las voces lejanas de los seteros y el ronroneo de los coches todo terreno nomadeando de un lugar a otro.

Frente de Los Azules, siendo más de las cuatro de la tarde, el Tango se pica. Perdices, no hay duda. Se mueven y el perro y el viejo van a toda velocidad. El Tango para en seco y hace muestra. A cuarenta metros saltan dos. Tira el viejo a la primera y la marra, pero afina a la segunda y le cuesta creer que no caiga. La sigue con la mirada y ve que a los cuatrocientos metros aproximadamente hace la torre. Sube casi en vertical y muerta en lo alto cae a peso. Lo bueno es que está muerta y no se moverá de donde ha caído. Lo malo es que la distancia hace muy difícil tomar refencias y el suelo está lleno de maleza. Al no moverse no le dará tufo al perro. Y encima no hay viento.

Como se temía el viejo, tras media hora de búsqueda, no apareció la perdiz y el perro no comprendía el interés del viejo en hacerle buscar en un mar de correviejas del que no percibía ningún tufo. Cuánto le dolió al viejo no poder cobrar la única perdíz del día. Pero estaba anocheciendo y había que volver a casa. La caza es así. Terminó el día. Al menos le quedó el buen recuerdo de la liebre de la mañana.

16 marzo 2019

Primer domingo (2018-19)



El primer domingo, salió el viejo de amanecida con el Tomasín y, naturalmente, con el nervioso Tango que desde la tarde anterior estaba desatalentado en el corral con la llegada del veterano a la casa. El Choti parece que esta temporada no tiene muchas ganas de caza.

El Tomasín, sin mucho entusiasmo, se dejó dirigir por el viejo que, desde la parte alta de Las Cuevas, le fue llevando lentamente hacia las lindes del monte, zonas bastante pobladas de fusca donde suelen pacer las vacas y donde la vegetación les llega a los cazadores al pecho. Son terrenos ásperos donde no les gusta mucho cazar a la mayoría de los socios pero que, por ese abandono, le encantan al viejo.

Al llegar a un prado, en un altozano de chantos clavados en el suelo, que hay antes de sortearlo, el viejo le dice al Tomasín que esté prevenido que allí es frecuente la liebre. Al minuto, bien porque no hiciera mucho caso o porque la viera con retraso, la liebre salió pero se marchó a criar. Y los dos la vieron alejarse como una centella por la cuesta tras atravesar el prado.

Fueron aproximándose más al viejo tejar cuyas ruinas están cerca ya del Pilar del Monte cuando, en lo más espeso de la ladera, tupida de retamas espesas y alfombrada de pizarras sueltas, saltaron las perdices. A distancia considerable, claro. Pero el viejo y el Tomasín tiraron y vieron caer una que, seguramente aliquebrada, se escabulló en el tiempo que tardaron en llegar a la espesura donde había caído. El Tango cogió rastro pero el mar de zarzas protegía a la huída y dificultaba sobremanera el progreso del perro al que al final retiramos del rastro para su desconsuelo. El viejo, no obstante, cogió algo de confianza en la superpuesta que el Tomasín le había dejado. Un escopetón del 12 al que no estaba acostumbrado.

Dieron la vuelta a por las perdices, siguiendo la dirección en que volaron, El Tango iba muy picado y no tardó en aparecer repentinamente entre las estepas con una liebre delante de los morros. El viejo, que esperaba perdiz, se reportó y se hizo con ella al primer tiro. Al menos ya habían cobrado algo y aquel escopetón también funcionaba. De las perdices, ni rastro. Nunca mejor dicho.

Al Tomasín le empezaron a doler las manos por el frío y el dolor se le hizo tan insoportable que el viejo le tuvo que llevar a casa a eso de las diez y media de la mañana. Localizando, por cierto, en el trayecto y desde el coche, un bando de perdices apeonando a la altura de la Cerrada del Abogao.

Tan pronto como dejó al Tomasín en casa, el viejo regresó a por las perdices que había visto desde el coche. El Tango cogió su rastro pero le llevó al viejo casi medio kilómetro en dirección a cerdilandia, la llanada, bautizada así por el viejo, que hay por encima de una fábrica de embutidos. Una fábrica de embutidos caseros, una denominación muy de nuestros días, mediante la que los publicistas no paran de tomarnos por gilipollas. Menos mal que en las casas no les hacen la competencia y no fabrican embutidos industriales.

Antes de llegar al erial de cerdilandia, iban el viejo y el perro atravesando unos rispiones, dentro de una cerrada, cuando marcó el Tango y el viejo automáticamente se previno. Pero quia, no eran las perdices, fue una liebre que le salió de los morros al perro y corrió hacia adelante haciendo hilo con él, de modo que el viejo no pudo tirar so pena de haberse llevado por delante al perro. Iba el viejo lamentándose de cómo el perro le tapó la liebre, cuando en su vuelta, tras correr a la rabona, el Tango voló dos perdices que entraron a distancia sesgando al viejo por su derecha. Se tragaron los tiros precipitados de éste, pero no acertó a ninguna y el viejo se volvió a condenar por haberlas marrado, y más, cariacontecido como ya estaba, por la anterior faena de la liebre.

Más adelante, ya en plena explanada de cerdilandia,  desde la que ya se ve la carretera, el perro marcaba tanto que el viejo supo con total certeza que las perdices se le estaban moviendo entre el  fino herbazal que llega por allí a la rodilla. Al fin saltó el bando muy lejos y el viejo se quedó con una que le saltó por detrás y que, de milagro, abatió al segundo tiro. No terminaba de hacerse con la superpuesta del 12.

Las perdices volaron al otro lado de la carretera, a la zona donde estarían cazando otros socios. Y como al viejo no le gustaba topar con gente, decidió volver sobre sus pasos y patearse de nuevo los llanos del monte que pese a ese nombre son suaves vaguadas con las laderas atestadas de vegetación: estepas, retamas, aliagas, biércoles, algunos pocos robles y alguna que otra encina

Comenzó entonces un lento deambular, durante horas, para ir revisando los lugares querenciosos de la liebre. Y ese itinerario tan poco preciso, sólo lo alteraría si el salto de las perdices le obligara a cambiar de idea. Se contentaba pensando que, al menos, ya llevaba una perdiz y una liebre y que ya no había echado el día a perros.

Fue metódico pero, pese a ello, no fue capaz de echar una liebre en todo el día ni vio más perdices. En los llanos de Las Tres Doncellas había un montón de gente buscando setas, alrededor del Pilar del Monte también, en los aledaños del Prao Juanarrón lo mismo, en los eriales de Cantaperdiz idem de idem…

Así que cuando ya iban a dar las cuatro de la tarde, el viejo, harto y satisfecho, empezó a coger la deriva hacia el coche. Más que el cansancio, era el desánimo de no encontrar la caza en sus lugares habituales lo que le había hecho mella.

Iba aproximándose a la Cerrada del Abogao, donde había dejado el coche, cuando decidió aproximarse por  el bajo de una ladera en solana. Recordaba que al Gabriel y al Maya (ambos ya difuntos) les pareció siempre carenciosa la tal ladera para la rabona. Había pasado ya por la parte alta durante la mañana, así que esta vez la rodeó por la bajera, casi lindando con una cerrada atravesada por un arroyo, donde pastaban unas cuantas vacas.

Cruzó el arroyo e iba el viejo recordando al Maya y al Gabriel (que en paz descansen, porque lo que fue en vida no pararon) mientras comenzaba a subir la cuesta. A unos cuarenta metros por encima del arroyo, el Tango y él llegaron al primer zarzal. Una mezcla de espinos, retamas y aliagas irregular pero tupida. Apenas sobrepasada la fusca se produjo una brusquísima postura del Tango. Imaginó el viejo alguna perdiz requetevolada del día y agazapada en el zarzón, pero el perro se lanzó al zarzal al sentir un crujido y dentro se produjo una zapatiesta de mil demonios pues lo que fuera no voló y por fuerza tuvo que atravesar la maleza para salir cuesta abajo en dirección al arroyo. No era un corcino como pensó el viejo enseguida, sino una liebre vieja que quebraba bajando entre las matas con el perro detrás.

Fiado en el escopetón del 12 el viejo quiso dejarla enderezar, lleno de confianza en la capacidad de barrido de su grueso calibre. La confianza le traicionó y, cuando quiso tirar, la liebre primero se tapó en el arroyo y, frustrado el viejo por confiado, cuando emergió por el otro lado el segundo tiro ni la tocó. El viejo, con el escopetón humeante, se quedó con dos palmos de narices. El exceso de confianza, como tantas veces, le perdió. Hasta el mastín que cuidaba las vacas pareció mosquearse con él y enebró de allí rápidamente no fuera a ser que el mastín le quitase de paso un cacho de pantalón con su trozo correspondiente de carne.

El Tango no estaba acostumbrado tampoco a aquellos fallos tan flagrantes del viejo y a éste le pareció que le miraba con un poco de frustración. “Esto no suele pasarte”, parecía pensar el can.

Al llegar al coche, el viejo iba muy desanimado. Eran las cinco y ya atardecía. Pero, cuando estaba a punto de desarmar la escopeta, ya junto al coche, el viejo tuvo una idea: acercarse de nuevo a los yecos de cerdilandia. Estaban apenas a medio kilómetro y, tras haberse cazado el término durante todo el día, era un perdedero natural de las perdices al estar limitado por la carretera. Las de un lado y otro, solían a última hora del día estar refugiadas allí, donde había que ir exprofeso a por ellas, pues no era lugar de paso.

Como “el que no cazurrea no coscurrea” el viejo se encaminó por segunda vez en el día a los eriales de cerdilandia, donde había matado la perdiz de la mañana.

Muy cansado los tomó por la parte baja para rodearlos, aproximándose a la carretera pero no hasta el extremo de que los civiles, si pasaban, pudieran denunciarle y, con el ánimo, de volar las perdices que hubiera en dirección al coche y tener así la oportunidad de tirar a alguna antes de irse definitivamente a casa.

Enseguida supo que se había equivocado, el Tango no se picaba a la perdiz. Así que rebajó la marcha y llegado al punto más bajo del erial herboso, se dispuso a subirlo en dirección al coche, dejando a sus espaldas la carretera. Pero en esas, el Tango repentinamente se encrespó y se arrancó con una liebre delante. Esta vez el viejo no se fió y la apuntó con muchísimo detenimiento e intención. El tiro la hizo rodar y el perro la cobró de inmediato. Menos mal, se dijo el viejo. Sacó el teléfono, apenas metió la liebre en el chaleco, y llamó a su mujer para tranquilizarla por la hora y decirle que acababa de matar una liebre. Pero apenas acababa de hablar y aún estaba con el móvil en la mano, cuando el Tango, que no se daba tregua, desencamó otra rabona. Eso no era normal en absoluto. Era increíble que, a apenas cincuenta metros de la anterior, saltara la segunda. El teléfono cayó al suelo con la precipitación, el viejo recompuso la figura como pudo, procuró centrarse, pero falló el primer tiro con el agobio y, sólo tras afinar con angustia cuanto pudo, la volcó con el segundo con gran gozo por su parte y por la del Tango que disfrutó, con los últimos regates de la liebre herida, antes de cobrarla. Muy pocas veces en su vida el cazador había visto algo semejante. Pero no en vano las liebres están en celo la mayor parte del año. Efectivamente, una era macho y otra hembra.

Por estas cosas, que pasan en la caza, los cazadores tenemos fama de mentirosos. Pero lo cierto es que para poder presenciar estas “mentiras” hay que buscar la fortuna, que se da en cinco minutos, durante jornadas de 8 ó 9 horas de incesante caminar. La caza menor es siempre inesperada y sorprendente. Tal vez por eso al viejo siempre le ha atraído tanto. Desde niño pensó que la caza menor salía directamente de la tierra y, pese a la experiencia, hay días que aún lo sigue pensando.

Pese a los fallos cometidos, el primer día acabó con una perdiz y tres liebres. Todo un éxito. Y con el viejo derrengado, claro. Y ahora llégate a casa y ponte a limpiar los bichos. Amén.

Introducción (2018-19)




La caza, según la orden de vedas, se abre el primer domingo de octubre pero, en el término en el que caza el viejo, suele abrirse el último domingo de ese mes. La razón es que, para entonces, la caza en general y las perdices en particular están más fuertes y son, por tanto, más difíciles de seguir. Y es que los cazadores, contra lo que muchos creen, procuran conservar la caza. Y, en consecuencia, les parece bueno ponerse las cosas más difíciles ellos mismos, antes de que los animalistas se las pongan sencillamente imposibles. Por cierto, el día en que también se empoderen los vegetalistas no sé qué coño vamos a comer.

Por otro lado, teóricamente, se podría cazar todos los días desde el primer domingo de octubre hasta el día 8 de febrero en que se cierra oficialmente la temporada. Eso daría cuatro meses de caza, es decir, unos 120 días.

Sin embargo, para procurar que las especies se conserven, los socios del coto, de mutuo acuerdo, han decidido cazar sólo los domingos. Eso hace que el número de días de caza quede en unos 15,  cifra que, a su vez, suele reducirse cuando el clima, alguno de esos domingos, la hace impracticable. Esta severa limitación de días es otra medida que permite disfrutar de la caza sin ponerla en riesgo. Así la caza, que es un recurso antiguo, sigue existiendo para los paladares que siguen apreciándola. Y que, por cierto, cada vez son menos pues el disfrute culinario de la caza pasa, amén de por patear el campo muchas horas con más o menos fortuna, por limpiarla en casa y luego saber cocinarla. Y sobre todo lo de limpiar la caza echa a mucha gente para atrás. Es otra actividad cruenta para la que las sensibilidades modernas, más adictas al McDonald, están poco preparadas.

En algunos cotos, donde los agricultores sufren estragos causados por los conejos, pueden cazar todos los días hábiles del desvede. Así que cada coto, dependiendo de sus características tiene su propio proyecto de caza. Y la caza menor sigue existiendo en los campos, como ha ocurrido a lo largo de los siglos.

Al viejo le gusta que los socios quieran preservar la caza y por tanto está muy de acuerdo con cazar solamente los domingos. Aunque aún recuerda los años lejanos en que se podía cazar a diario. Aunque también es cierto que en aquellos años casi nadie tenía coche, la mayoría de las personas muy poco poder adquisitivo y estaban libres casi todos los términos. Hoy aquello sería inviable.

06 marzo 2019

Crúor animal


La temporada de caza no había comenzado bien para el viejo. El otoño había venido húmedo. Eso, en sí, no era malo para la caza ni para el campo, todo lo contrario. Pero trajo consigo otras cosas que al viejo no le convenían, aunque daba por sentado que tenían que ser así. Uno no puede escaparse del sino de los tiempos, en el más amplio sentido de la palabra.

Por ejemplo, habían salido setas y hongos por doquier, de modo que los recolectores de estos frutos de la tierra poblaban el campo, especialmente los domingos. Y no eran unos cuantos, como antaño, cuando sólo algunos lugareños o unos pocos aficionados buscaban la seta de cardo o el rebollón, las colmenillas, los boletos...

Los programas gastronómicos de la tele habían hecho estragos. Llevaban años divulgando hasta el aburrimiento las delicias culinarias de estos productos (antes temidos) y, claro, los turistas de fin de semana, con los conocimientos adquiridos televisivamente, se lanzaban en masa a los campos ávidos de ellos. Habían encontrado una actividad entretenida, ecológica, bien vista y gratuita. La aversión de la sociedad actual al crúor hace, por el contrario, que la actividad de los cazadores sea vista de un modo muy distinto y, mientras recolectar ciertas especies vegetales silvestres está en boga, a muchas personas no les agrada que sus semejantes cacen animales que antaño formaban parte natural y frecuente de la dieta nacional. Y, mientras a los operarios de los mataderos de animales domésticos o de ganado se les considera unos matarifes necesarios, algo así como verdugos profesionales homologados, a los cazadores se les tiene por meros asesinos que matan por placer, vamos: unos sadicazos. Y eso que las explotaciones pecuarias son lo más parecido a campos de exterminio con protección oficial y subvenciones de los entes europeos.

Pero las multitudes de recolectores de hongos y setas, reciente orgullo del país en lo que viene a ser el auge de la cultura micológica y medioambiental, antes de ponerse a buscar con sus cestitas de mimbre (que permiten guapamente la diseminación de las esporas) y esas navajas tan cuquis con cepillito en el mango, se desplazan en coches todo terreno zurciendo el término sin descanso.

Con ese ajetreo masivo de vehículos motorizados por trochas y caminos, el silencio y la soledad del campo se desvanecen. Familias enteras con niños chillones y mascotas juguetonas brincan alborozadas por praderas, carrizales y eriales en un idilio con la naturaleza, qué digo, casi en una simbiosis con ella, en una especie de feliz comunión dominical.

Y, claro, el sigilo habitual del cazador solitario no casa con todo eso. Algunos rincones de afamados seteros parecen aparcamientos del Ikea y en los montes públicos los sufridos agentes medioambientales (los antiguos forestales) ya han tenido que prohibir que se rastrille la hojarasca de los pinares por la cosa del afán recolector de algunos, que llenan furgonetas y hasta camiones con los Lactarius Deliciosus que arrancan del santo suelo por las bravas.

Y no es que esas personas molesten a la caza adrede, es que, sin ellos percibirlo siquiera, la caza se espanta  y, de sus cobijos habituales, pasa a refugiarse a lugares recónditos y, con tanta gente ruidosa vagando por el campo, puede estar en cualquier sitio inesperado e inusual. O bajo tierra, si me apuras, por ejemplo. Pero, si estas recolecciones masivas entorpecen la caza, mejor que mejor (piensan algunos): que se jodan esos psicópatas asesinos, escopeteros indecentes que irrumpen a tiros destrozando el biotopo.

Eso, cuando no recolectan setas por las lindes del coto, en cuyo caso las perdices y las liebres se pasan a los términos contiguos, pues ni para animales ni seteros se hicieron los límites territoriales que la ley impone a los salvajes cazadores.

Por otro lado, la presencia de personal en cualquier sitio convierte automáticamente al paraje en cuestión en “zona de seguridad”, según la normativa de la caza, y en esas zonas el que sobra es el cazador, ese lobo solitario armado y peligroso. La preferencia siempre es para los seteros, los pastores o cualquier simple transeúnte, pues para eso son todos ellos seres pasivamente indefensos y activamente ecologistas. Y eso que todas esas actividades son gratuitas y el feroz cazador tiene que pagar por la suya a la comunidad autónoma, al ayuntamiento y, dependiendo de los casos, a no sé cuantas entidades más. Y estar sujeto, además, al control de la Guardia Civil como un potencial delincuente.

Además, hubo domingos lluviosos. Cosa esta que estorba la caza, cuando no la impide totalmente. Pero en el clima no podemos mandar ninguno, ¡hasta ahí podíamos llegar!

Si así fuera, nos arriesgaríamos a que la minoría de labradores del país ejerciera sobre el resto de los nacionales una intolerable tiranía sin precedentes. Y lo que es más, que los propios labradores tuvieran violentos enfrentamientos entre sí (entrando en refriegas en las que se comieran los hígados unos a otros), pues el agua que les viene bien a algunos cultivos en ciertas épocas no les conviene a otros y viceversa, y esto sería el cuento de nunca acabar. Así que es mucho mejor que el clima siga a su aire, como hasta la fecha. Eso, al menos, pensaba el viejo.

Otro gremio o colectivo, es el de los motoristas amantes del trial y del todo terreno que, con unas potentes motos que braman entre sus trémulas piernas y un ruido ensordecedor que parece anunciar el apocalipsis, circulan levantando espesas estelas de polvo que anublan la luz del mismísimo sol, dejando dibujados los tacos de las ruedas en las rocas y dirigiéndose a ninguna parte pero a toda velocidad, como si tuvieran alguna urgencia perentoria que nadie conoce excepto ellos. Cuando estos motoristas que, por sus cascos y atuendos parecen sacados de la Guerra de las Galaxias, pasan por los alrededores tiembla la tierra con más intensidad, si cabe, que si desfilara la infantería española. (Al viejo se le quedó de la mili aquello de que: “Cuando avanza la infantería española ha de retemblar la tierra” (sic). Palabras de su coronel.)

Sin embargo, hay otro colectivo del deporte dominical que, pese a su silencio, es aún más peligroso, por imprevisible: el de las bicicletas de montaña. Artefactos traicioneros de por sí donde los haya. Cuando al viejo le sorprenden por la espalda, sólo percibe un zumbido premonitorio, como de colmena, cuando las tiene casi encima. Entonces, lo mejor es permanecer inmóvil pues el menor movimiento lateral podría conllevar el desnuque inmediato del transeúnte al ser embestido por la espalda. Y, además, verse acusado, en su caso y si sobrevive, de haber derribado al traicionero ciclista.

Pero el viejo está acostumbrado a soportar las adversidades, sean estas derivadas de la incomprensión humana o de las imprevisibles condiciones del clima. Si no lo estuviera no sería cazador. Y, por lo tanto, todos los inconvenientes que se le presentan no le disuaden, sino que aún le motivan más a buscar la caza en medio de tantas vicisitudes. ¿Le gusta sufrir al cazador? Puede que sí.

Pero el viejo, que es persona considerada, reconoce también que el estampido inesperado de un tiro de escopeta (aunque sea a medio kilómetro) puede acojonar a los inermes seteros y demás personal y aterrorizar a niños y mascotas, condicionando negativamente su opinión sobre la caza. Sobre todo, cuando oyen echar pestes al padre sobresaltado: ¡Joder con los cazadores y la madre que los parió!

Otro problema inesperado con el que topó el viejo fue que al empezar la media veda, en agosto, al ir a echar mano de su preciada y sobada escopeta del calibre 20, descubrió con sorpresa que había perdido uno de los extractores. Tuvo que ser la última vez que disparó en la temporada anterior pues, de otro modo, lo habría notado al disparar de nuevo. Casualidades. El asunto, en principio, no parecía importante. Llevó la escopeta al armero amigo de confianza y éste le dijo que enseguida la tendría reparada. Pero luego resultó que la cosa no fue tan fácil.

La escopeta, como casi todas las escopetas clásicas y artesanales, había sido fabricada en un pueblo del País Vasco hacía bastantes años. Con el apogeo de la crisis económica y el auge de las escopetas repetidoras, la fábrica había cerrado y el viejo propietario y artesano dividía ahora su tiempo entre fabricar dos o tres escopetas al año por encargo y pasar el tiempo por los bares tomando chiquitos. Al armero del viejo le dijo el vasco, por teléfono, que cuando tuviera un rato buscaría por la fábrica la pieza en cuestión pero, tras intercambiar llamadas durante varias semanas, el armero del viejo consideró, tras ponderar el confuso modo de hablar de su interlocutor al teléfono, que el viejo artesano vasco andaba más interesado en chiquitear sin conocimiento que en buscar la dicha pieza y mandarla.

Así que finalmente, al ser además el calibre 20 poco común, tuvo que fabricar la pieza el armero local. El coste de la reparación subió notablemente. Y la consideración del viejo cazador hacia la formalidad de los artesanos escopeteros vascos cayó por los suelos. ¡Cuando habla un vasco canta un carro! Pues no. Cada día cae algún mito. Vamos que toda mitología se desploma sin remedio. Serán los signos de los tiempos, se dijo el viejo.

Así que durante noviembre y comienzos de diciembre la suerte del viejo y de su perro Tango no fue nada regular. Para empezar, el viejo tuvo que cazar con una escopeta superpuesta del calibre 12 que le prestó su cuñado el Tomasín durante noviembre y parte de diciembre. Acostumbrado a la precisión en la larga distancia del 20, aquel escopetón del 12 le pareció un trabuco arrasador en los tiros cortos y con menos eficacia que el 20 en los largos. Si no aguantaba a que las liebres se alejaran, la descarga de aquel retaco las dejaba mancas de brazuelos y tronchadas de ambas patas, amén de medio reventadas. Era como estar acostumbrado a la finura de un pincel y tener que pintar el mismo cuadro con una brocha gorda.

Pero era cazar con el 12 o no cazar, pues el viejo no conocía a nadie que cazara con el 20 y pudiera prestarle una escopeta. ¡Huy el 20, ese es un calibre para señoritas! (Lo que tenía el viejo que aguantar, ¡la madre que los parió!)

Uno de aquellos domingos de setas, ciclistas y moteros, iba el viejo pensando lo duro que debió ser, en los primeros tiempos del pastoreo, el que los pastores, llegado un día, tuviesen que sacrificar a los animales que habían criado.

Y es que un pastor de ovejas, incluso hoy en día y por numeroso que sea su rebaño, conoce a cada oveja y la distingue de las demás y también pacientemente las atiende en sus partos y cuida de los corderos. Y lo mismo les ocurre a los vaqueros, cabreros, porqueros y demás criadores de animales comestibles.

Y el viejo iba pensando lo duro que debía ser para, un suponer, Petrus de Rite, el pastor, que llegara un día en que tuviera que sacrificar sus corderos. Y le imaginaba, cuchillo en mano, susurrando a cada uno de los morituri: ¡Ay, qué penita tan grande, tener que degollar una cosita tan tiernecita!

O al  Buesquebó, el fornido vaquero, blandiendo ante sus eralas la medialuna: ¡Ay qué remordimiento en el corazón y qué angustia en el alma, tener que desjarretar una cosita con el morrito tan húmedo y esos ojazos tan llorosos y profundos!

Y lo mismo pensaba el viejo de los que tenían que sacrificar cabritillos o lechones u otros diversos animalillos por la cosa del consumo humano y el tráfico mercantil de animales.

Era un desastre emocional tener que matar animales que habías criado, con los que habías convivido, a los que habías acercado a los mejores pastos. Eran seres con su identidad, con su personalidad, a los que habías tratado a lo largo de su vida… Eran animales familiares, casi con nombre propio, a los que podrías llamar de tú, casi colegas. Y, sin embargo, eso se hacía. Se les despachaba certeramente y santas pascuas.

Comparada con esa relación casi familiar, pensaba el viejo, las muertes que la caza perseguía tenían otro cariz muy distinto. Eran animales salvajes que no habías visto en tu vida. Tenías que buscarlos durante horas de interminables caminatas. Tenías además que ayudarte de un buen perro, como el Tango, al que deberías haber adiestrado horas y horas durante meses.  Y, si dabas con las piezas buscadas, tenías un par de segundos para cogerles los puntos. Si te hacías con ellas la relación duraba sólo unos pocos segundos más, los que el Tango tardara en cobrarlas y el viejo en meter sus cuerpos desmadejados en el macuto. Si se escapaban, lo más probable es que no volvieras a encontrarlas en la vida. Eran animales sin identidad y, a todos ellos, podías llamarlos de usted pues de nada los conocías. Ese tuteo de la ganadería se desconocía en la caza. Lo cual para el cazador ciertamente era un alivio.

Era evidente que la caza, desde el punto de vista emocional, era mucho menos dura que la ganadería en los postreros desenlaces. ¡Dónde vas a comparar!

04 agosto 2018

America first!



Siempre me ha sorprendido que los estadounidenses llamen a su país con el nombre de todo el continente. Esta especie de sinécdoque (llamar a la parte con el nombre del todo) suele ser propia de políticos (que, si de todo abusan, cómo no del lenguaje) pero, en el caso de los estadounidenses, me da la sensación de que lo tienen interiorizado también los ciudadanos. Creo que los naturales de los USA, en general, cuando pronuncian la palabra “americanos” no se están refiriendo al conjunto (brasileños, argentinos, peruanos, mexicanos, chilenos, panameños…) sino exclusivamente a sí mismos.

Así su actual presidente, Mr Trump, ha llegado a una máxima simplista que todos sus conciudadanos entienden: America first! Que, para ellos, significa: ¡Nosotros primero!

Independientemente de los sentimientos de postergación o de desprecio, o simplemente de rubor por tan mala educación, que puedan sentir los demás ciudadanos del continente americano o del mundo, esta osadía permanente de Mr Trump me lleva a pensar en cómo los estadounidenses han llegado a tal concepción de sí mismos y del mundo.

Dejando a un lado la cortesía y el respeto a los demás, que a todos debieran habernos inculcado de pequeños, he dado un repaso a la Historia de los USA por si, de ella, fuera posible sacar alguna idea que justifique esa osadía de Mr Trump que, algunos (siempre hay extremistas), llaman prepotencia.

El origen de los USA comenzó en un conflicto entre las 13 colonias británicas asentadas en la América del Norte y Gran Bretaña entre 1775 y 1783. Parece que el Imperio Británico quiso imponer en sus colonias un orden de aprovechamiento en favor de la metrópoli que no existía antes de 1775. A los colonos esto les pareció una atrocidad y, al sentirse atropellados por un imperialismo británico, voraz y explotador, invocaron la defensa de sus viejas libertades allanadas y usaron las asambleas que tenían para pronunciarse en contra. El conflicto concluyó en una guerra global librada por colonos blancos anglosajones contra las tropas británicas. Pero los insurrectos tuvieron como aliados a Francia, España y Holanda en esa guerra, cuyo curso fue decido especialmente por la intervención francesa y de sus aliados a partir de 1778.

La formación de la nueva república se hace con la Constitución de 1787 como: Autogobierno, con una Corte Suprema que determinará el sentido de la Constitución, con una organización federal del Estado y un poder legislativo bicameral. Representa una ruptura total con el concepto anterior de soberanía absoluta.

Esta revolución que lleva a la creación de los USA fue esencialmente política, no social. Realizada por los colonos blancos, excluyó explícitamente a los negros, a los esclavos y a los aborígenes. Es decir, no tuvo ningún componente de reforma social, pues la sociedad estadounidense eran los blancos. Esto hace que esta independencia sea muy distinta de las que se produjeron sucesivamente en los países latinos del continente americano, donde la sociedad estaba formada por indios, mestizos, criollos y europeos, las cuales, en la mayoría de los casos fueron, además de independencias, guerras sociales. Parece que ya hubo por entonces un “¡Nosotros primero!” en el origen de los USA que ignoró al resto de la población, autóctona y negra, en beneficio exclusivo de los colonos anglosajones.

Los problemas surgen con la expansión territorial del país, al incorporar nuevos estados a la Federación. La primera fue la incorporación de la Luisiana en 1803. Pero siguió la expansión hacia el Oeste a lo largo del siglo XIX, con el despojo y la virtual exterminación de los amerindios y la ocupación de las extensas provincias mexicanas de Texas, California, Arizona y Nuevo México entre 1836 y 1848. (México estaba muy a mano, tenía sólo siete millones de habitantes, frente a los veinte de la Federación, y además ya eran independientes, con lo cual se eludía un eventual conflicto con España y también, todo hay que decirlo, andaban los mexicanos muy desorganizados con sus revoluciones internas permanentes y cíclicas. Así que los mexicanos se tuvieron que resignar, por la fuerza, a quedarse sin la mitad de su territorio.)

El primer problema serio que hace saltar la Federación se presenta con el asunto de la esclavitud (necesaria en la mentalidad de entonces para la explotación de plantaciones) que da lugar en 1861 a la Guerra de Secesión. Con el triunfo de los estados norteños en 1865 se redefinen las relaciones entre todos los estados de entonces:

En 1865 se produce la abolición de la esclavitud (13ª enmienda de la Constitución). En 1866 se redefine la ciudadanía para todos los nacidos en el territorio USA (14ª enmienda de la Constitución). En 1869 se prohíbe negar el derecho al voto por raza o color (15ª enmienda de la Constitución). Pero, pese a todo lo anterior, la plena integración de los esclavos negros, y su descendencia, en la vida ciudadana requirió un siglo más de segregación y discriminación (1960, Martin Luther King). Y los brotes de racismo siguen hoy, como todos sabemos.

Durante la Guerra Civil y el periodo de reconstrucción que le siguió (1865-77) aumentaron los poderes del Gobierno Federal y se reforzó la idea de una nación estadounidense. Pero también los USA se configuraron como un imperio continental. Tras todas las tierras ya ocupadas existía una red de fortificaciones y la importancia del poder militar era similar a la que los imperios coloniales europeos tenían en África y Asia. Y, además, durante la etapa de la reconstrucción, los estados sudistas rebeldes estuvieron bajo la ocupación militar de las fuerzas federales.

Pero la incorporación a la Federación de los nuevos estados, conseguidos por la expansión imperial de los USA, fue un proceso paulatino y prolongado. Ya que los principios de “alcance universal” de la Constitución (derivados del derecho natural y consagrados como derechos y garantías de los ciudadanos) estaban, de hecho, destinados solamente a los WASP (Blancos, anglosajones y protestantes), que se habían constituido a sí mismos en una élite privilegiada. Y la historia social de los EEUU hasta el siglo XX ha estado marcada por definir a quiénes se incluía o excluía de estos derechos, cosa habitualmente marcada por un filtro racial.

Pero, aparte de estas consideraciones, la experiencia imperial de los USA en el continente americano siguió así:

Adquisición de Alaska en 1867. Anexión de Hawai, Guam, Samoa y Filipinas (1898-99). Ocupación de Cuba y anexión de Puerto Rico (1898-1902). “Panama Canal Zone”, con el Tratado del Canal en 1903. Adquisición de las islas Vírgenes en 1917. Ocupación de Nicaragua (1912-1933). Ocupación de Haití (1915-1934). Ocupación de la República Dominicana (1915-1924). Firma con Nicaragua del Tratado Bryan-Chamorro (1916-1970) que garantizaba una base naval en el golfo de Fonseca, el uso de las islas Maíz en la costa Caribe y los derechos para la construcción de un canal interoceánico a través de Nicaragua. Enmienda Platt, vigente desde 1901 a 1934, que daba al gobierno de los USA derecho de intervención militar en Cuba.

¿Cómo fue esto posible? ¿En qué se basaban las relaciones exteriores de los USA?

Desde su origen los USA, en cuanto a sus relaciones con los otros países de América, tuvieron estos criterios principales:

Desde 1823 la “Doctrina Monroe” que, en esencia, conminaba a todas las potencias europeas a abstenerse de intervenir en el continente americano. Y, desde 1904, el “corolario Roosvelt” a la Doctrina Monroe, donde se decía sin ningún recato: “Si una nación del continente sabe comportarse con razonable eficiencia y decencia en los asuntos políticos y sociales, si mantiene el orden y paga sus obligaciones, no tiene  por qué temer la interferencia de los Estados Unidos; pero si el comportamiento no es civilizado, en virtud de la Doctrina Monroe, los Estados Unidos deben ejercer en el continente una función de policía internacional”.

Con estos criterios tan neutrales, objetivos y respetuosos, la relación de los USA con las otras naciones del continente americano pasó por varias fases que, siendo todas intimidatorias, se conocen con estos nombres:

BIG STICK (1898-1933) Caracterizada por la intervención militar directa en otros países.

LA POLÍTICA DEL BUEN VECINO (1933-46) Que buscó el evitar las intervenciones directas pero que, sin embargo, apoyó a dictaduras y gobiernos autoritarios para garantizar la estabilidad interna y la lealtad al gobierno de Washington.

LA GUERRA FRÍA (1947-90) Los USA lideran la lucha anticomunista sin pararse en matices y de un modo un tanto paranoico. El furor anticomunista de Washington identificaba con comunismo cualquier programa reformista e hipotecaba así la democracia y el desarrollo en lo que ellos consideraban su patio trasero (Backyard) y que era toda la América Latina.

Pero en todas las etapas, los USA se consideraron a sí mismos autorizados por derecho propio para llevar a cabo intervenciones militares limitadas, no como hechos excepcionales, sino como actos normales y permitidos. Cosa admirable y sorprendente para un país que se considera campeón de la democracia. (Para no extenderme no citaré las numerosas intervenciones que en el continente tuvieron y que, quienes tengan una edad, recordarán. Pero no fueron pocas, aparte de la influencia de los intereses de sus empresas en las economías de toda la América Latina).

La pregunta ahora sería: ¿Qué fuerza ideológica había, o hay aún, tras este comportamiento habitual de los USA desde sus orígenes?

Parece que en la Historia de los USA se apuntan estas ideas: La colonización de los Estados Unidos fue obra del protestantismo anglosajón, fundamentalmente una obra civilizadora; mientras que la colonización del resto de América fue una tarea simplemente explotadora del catolicismo ibérico y sus monarquías esquilmadoras. Desde la independencia de USA sus líderes atribuyen las turbulencias de las revoluciones latinoamericanas a la herencia ibérica y, en particular, al retraso provocado por el fanatismo católico (olvidan la diversidad social y racial que han conservado estos países latinoamericanos y que los colonos anglosajones estadounidenses “neutralizaron” silenciosamente en el suyo). Así los Estados Unidos confían en una misión evangelizadora anglosajona frente a las razas latinas, indígenas y negras para que, con ella, se vean beneficiadas por el progreso, la democracia y la libertad esos pueblos atrasados e inferiores.

Pero, principalmente, la mayor carga ideológica de los USA queda definida en estos dos conceptos: El Destino Manifiesto y el American Dream.

La doctrina del “Destino Manifiesto” se perfila hacia 1840 y es la idea de un destino providencial, asignado misteriosamente a los USA y que se desconoce de dónde provenía, pero que autorizaba “per se” la expansión territorial de los Estados Unidos. Una especie de revelación, puede intuirse, si ponemos voluntad en ello.  Y quedó plasmado en un artículo del periodista John L. O´Sullivan, en relación a la anexión de Oregón, publicado en 1845: “…el derecho de nuestro Destino Manifiesto para extendernos y poseer la totalidad del continente que la Providencia nos ha dado para el desarrollo del gran experimento de la Libertad y el autogobierno federativo que nos ha sido otorgado.”

Seguramente, con este sentir colectivo, casi todos los estadounidenses de entonces vieron la anexión de los territorios mexicanos, y de todos los demás, como un resultado de ese Destino Manifiesto Providencial. Pese a todo estaban “en estado de gracia”: su causa era justa. Parece que el “¡Nosotros primero!” que hoy se formula formó parte consustancial de la Historia de los USA desde su origen.

El “American Dream” iba dirigido principalmente a los inmigrantes europeos (muy numerosos en el siglo XIX y también en el XX) y les ofrecía un mundo de oportunidades sin límite por el carácter excepcional del desarrollo estadounidense, basado en el progreso tecnológico, el crecimiento económico, la libertad empresarial, la garantía estatal del orden y la propiedad privada. Lo mejor que podía ocurrirle a la Humanidad era la extensión de los principios de los USA al resto del mundo. Y así fue como se difundió a los ciudadanos del orbe, que ya no eran admitidos en USA o no tenían interés en establecerse allí, el “American Way of Life”, para que practicaran en casa. Hay que decir que aún hay quien cree en el “Sueño Americano”, pero desde hace años los USA han cerrado sus fronteras, no se sabe si a todos o especialmente a esas razas inferiores y atrasadas que los viles y ambiciosos españoles y portugueses explotaron, pero no exterminaron, en la parte de América que colonizaron tan bárbaramente.

Tras leer esto, cada uno puede recapacitar sobre si los estadounidenses tienen una mentalidad, procedente de su historia, que les hace creer en eso de “America first!” como una cosa natural y de toda la vida,  como un regalo más de la Providencia que les bendecirá con esa suerte eternamente. Sin embargo, me da la impresión de que ese “¡Nosotros primero!”, tan amenazador, no es cosa nueva, sino que ha regido en ese país desde su fundación. Pero, claro, puede que me equivoque.

12 julio 2018

Las diferencias "identitarias"



Creo que todas las comunidades, en algún momento o por algún hecho, hemos tendido a sentirnos superiores a las demás (A veces con relativa razón, claro, aunque siempre con la sinrazón más absoluta). Porque sentirnos superiores es un contrasentido si, al mismo tiempo, pensamos democráticamente. Pero cuando ese sentimiento de superioridad se convierte, como objetivo político, en intolerancia hacia “los otros”, el peligro es inminente.

Uno de los primeros carteles de propaganda turística que se ideó en España sólo decía: “España es diferente”. Hoy algunas de nuestras comunidades se promocionan con la misma idea y, en general, se camufla bajo la palabra “diferentes” la idea, más real pero menos vendible democráticamente, de sentirse simplemente superiores de raíz. Ver que tus semejantes tienen ese concepto de sí mismos da pena (y miedo).

Aunque parece que, de este sentimiento de superioridad, no escapa eventualmente nadie en el mundo, siempre quedan personas que, al tiempo que afirman esa superioridad íntima y regocijante, ponen en duda su chovinista osadía con finísimo humor. Porque el humor es una forma adulta y deportiva de desechar con elegancia la fácil convicción del autoengaño:

“Oh Señor y Dios nuestro, serás siempre adorado en esta isla cristiana, porque  con tu ejemplo nos enseñaste la virtud de la humildad pero, además y por si acaso, en tu divina omnisciencia, creaste el alcohol para impedir, de todo punto, que los irlandeses dominásemos La Tierra.” (Anónimo leído en una taberna de una aldea irlandesa)

Pero para buscar ese sentimiento de superioridad, que también se dio en la España Imperial (aunque cueste creerlo), y quizá hoy rebrota, como ha hecho periódicamente a lo largo de los siglos, en algunas de nuestras comunidades, será más conveniente citar el comentario de un inglés de aquella época del Imperio Español. Aquel hombre nos miraba desde fuera y, además, no debía ser nada rencoroso porque, pese a haber luchado contra La Armada Invencible y los intereses españoles, escribió lo siguiente, a comienzos del siglo XVII, sin que nadie le obligara (que nos conste):

“No puedo por menos que ensalzar la valiente virtud de los españoles. Pocas naciones, o acaso ninguna, han soportado tantas desdichas y padecimientos como los españoles durante su descubrimiento de Las Indias. Y, sin embargo, persistiendo en sus empresas, con indomable constancia, han anexionado a su reino tantas extraordinarias provincias como para enterrar el recuerdo de todos los peligros afrontados. Tempestades y naufragios, hambre, derrocamientos, motines, el frío y el calor, la peste y todo tipo de enfermedades, antiguas y nuevas, junto a una extrema pobreza y carencia de lo más necesario, han sido los enemigos que han tenido que afrontar, en un momento u otro, en todos y cada uno de sus más nobles descubrimientos.” (Sir Walther Raleigh, “History of the World”)

Es significativo que sir Walther hable de los españoles y no de España, pues de ese modo parece que implícitamente admira a unas gentes esforzadas pero no a sus gobernantes. Y es que seguramente, si los malos gobernantes han sido el sino irrevocable de los españoles a lo largo de nuestra historia, el milagro de que perviva España es difícil atribuírselo a alguien que no sea la Divina Providencia o, simplemente, la carambola.

La frase “¡Dios, qué buen vasallo, si hubiera buen señor!” ya la dijo, no en vano, un anónimo juglar, bastante antes de que se fundara la España actual, para definir la relación del Cid con su rey, y quizás valiera también para definir la relación de los españoles con nuestros gobernantes a lo largo de la historia.

También, uno de los fundadores de la España moderna y, al parecer, uno de los pocos buenos gobernantes que tuvimos, el rey Fernando el Católico, decía de nosotros: "La nación es bastante apta para las armas, pero desordenada, de suerte que sólo puede hacer con ella grandes cosas el que sepa mantenerla unida y en orden". Claro que a este buen rey los nobles castellanos de la época le apodaban, y no creo que con cariño, el “viejo catalán”. O sea, que las reticencias vienen de lejos.

Pero dejando a un lado elogios y gloriosas palabras (por merecidos que unos y otras sean), recapacitemos con realismo sobre algunos antecedentes al primer viaje colombino. Pues hay algunos hechos previos, y poco conocidos, que podrían movernos a la reflexión.

Por ejemplo, desde finales del siglo XV y durante el siglo XVI a los españoles les estaba permitido tomar los apellidos que desearan de cualquiera de sus cuatro abuelos. Teniendo en cuenta nuestro mestizaje de siglos con judíos y moros (amén de otros muchos anteriores, y nuestra resistencia a reconocerlo) y los correspondientes decretos de expulsión de finales del siglo XV hacia los miembros no conversos de estas comunidades, cabe pensar si no se trataría con aquella medida de homogeneizar los nombres de todos los cristianos de aquel nuevo reino para ocultar nominalmente las raíces judías o moras de muchos.

Si así fue, sólo se consiguió a medias, pues los cristianos de pura cepa, recelando de los conversos, inmediatamente crearon los términos de “cristianos viejos” y “cristianos nuevos”, para evitar que los nombres adoptados por los conversos (algunos muy pomposos) enmascararan la abyecta y traicionera sangre infiel oculta bajo ellos. De modo que, si aquello de los apellidos fue un intento de unificar, resultó en lo contrario. Creó una nueva diferencia. Un nuevo “nosotros” y “ellos” que se sobreponía a las demás diferencias ya existentes. Un nuevo sectarismo, por si teníamos pocos.

Así, a la tradicional rivalidad e inquina entre los reinos viejos: aragoneses (y sus subconjuntos, para no omitir a los catalanes y valencianos, entre otros), castellanos de distinta antigüedad (de la Vieja, de la Nueva y de la “Novísima” Castilla, que venía a ser Andalucía), vascos (vizcaínos, alaveses y guipuzcoanos, no confundirlos, por favor, que, pese a vivir en un área chiquita, son identidades muy distintas. Los de Bilbao, punto y aparte, claro), navarros, gallegos, leoneses (estos dos últimos con los del Bierzo en medio, y estos a su vez con los de Los Ancares), cántabros, asturianos, extremeños, murcianos…(absolutamente todos con infinidad de particularidades internas aun entre poblaciones limítrofes) se les unía ahora, por si no estaban ya lo suficientemente “diferenciados” entre ellos, la clasificación transversal de cristianos viejos y nuevos. Esta última diferencia afectaba a todas las comunidades en lo más sagrado: la pureza de sus cristianas almas, aunque éstas residieran en cuerpos de sangre secularmente mestiza. Pero curiosamente se llamó al asunto: “Pureza de sangre”, cuando muy poco tenía que ver con ella, ya que el mestizaje en España venía de muy antiguo y por eso algunos, en lugar de llamarlo por su nombre, inventaron el candorosos eufemismo de llamar al suelo patrio “Crisol del culturas” y no tierra de mestizos seculares.

Y todo lo anterior sin mencionar a los vituperados gitanos, habitantes también de la vieja España, y que, tan integrados como el que más en la nación, aún proclaman hoy en día sin ningún reparo sus reticencias a perder su secular identidad: “¡Ay qué desgracia, caballero, ay qué desgracia tan grande, peor que un cáncer, peor que la cárcel,  peor que la discriminación de esa mala, pero mala, mala: que mi niño, el Dieguito, se quiere casar con una paya!”

Así estaba el panorama. ¿Qué hacer con aquel maremágnum étnico y cultural de pueblos tan puros y genuinos, tan peculiares, de irreconciliables “diferencias identitarias”, etc. que  el mundo contempló y que, con admiración estupefacta, varios siglos después parece seguir vigente? Aquel “¡Santiago y cierra España!” (los indios debían creer que Santiago era el dios de la guerra de los españoles, pues también el grito se lanzó en América) siguió sirviendo en Las Indias después de acabada la Reconquista en España. Y ni por esas España se ha cerrado.

Opino, con vergüenza, que parece que el vínculo del mutuo rencor es el yugo que ha mantenido unidos a los españoles tanto en las grandes empresas como en nuestra interminable refriega interior, con o sin imperio. Hace muchos años que perdimos aquél y, sin embargo, nuestras inquinas permanecen y llevan camino de seguir. Parece que la identidad de España es siempre su lucha interna y su falta de unidad. Pero, al menos, nos dimos una pausa, en el mejor sentido, con Las Indias.