12 julio 2018

Las diferencias "identitarias"



Creo que todas las comunidades, en algún momento o por algún hecho, hemos tendido a sentirnos superiores a las demás (A veces con relativa razón, claro, aunque siempre con la sinrazón más absoluta). Porque sentirnos superiores es un contrasentido si, al mismo tiempo, pensamos democráticamente. Pero cuando ese sentimiento de superioridad se convierte, como objetivo político, en intolerancia hacia “los otros”, el peligro es inminente.

Uno de los primeros carteles de propaganda turística que se ideó en España sólo decía: “España es diferente”. Hoy algunas de nuestras comunidades se promocionan con la misma idea y, en general, se camufla bajo la palabra “diferentes” la idea, más real pero menos vendible democráticamente, de sentirse simplemente superiores de raíz. Ver que tus semejantes tienen ese concepto de sí mismos da pena (y miedo).

Aunque parece que, de este sentimiento de superioridad, no escapa eventualmente nadie en el mundo, siempre quedan personas que, al tiempo que afirman esa superioridad íntima y regocijante, ponen en duda su chovinista osadía con finísimo humor. Porque el humor es una forma adulta y deportiva de desechar con elegancia la fácil convicción del autoengaño:

“Oh Señor y Dios nuestro, serás siempre adorado en esta isla cristiana, porque  con tu ejemplo nos enseñaste la virtud de la humildad pero, además y por si acaso, en tu divina omnisciencia, creaste el alcohol para impedir, de todo punto, que los irlandeses dominásemos La Tierra.” (Anónimo leído en una taberna de una aldea irlandesa)

Pero para buscar ese sentimiento de superioridad, que también se dio en la España Imperial (aunque cueste creerlo), y quizá hoy rebrota, como ha hecho periódicamente a lo largo de los siglos, en algunas de nuestras comunidades, será más conveniente citar el comentario de un inglés de aquella época del Imperio Español. Aquel hombre nos miraba desde fuera y, además, no debía ser nada rencoroso porque, pese a haber luchado contra La Armada Invencible y los intereses españoles, escribió lo siguiente, a comienzos del siglo XVII, sin que nadie le obligara (que nos conste):

“No puedo por menos que ensalzar la valiente virtud de los españoles. Pocas naciones, o acaso ninguna, han soportado tantas desdichas y padecimientos como los españoles durante su descubrimiento de Las Indias. Y, sin embargo, persistiendo en sus empresas, con indomable constancia, han anexionado a su reino tantas extraordinarias provincias como para enterrar el recuerdo de todos los peligros afrontados. Tempestades y naufragios, hambre, derrocamientos, motines, el frío y el calor, la peste y todo tipo de enfermedades, antiguas y nuevas, junto a una extrema pobreza y carencia de lo más necesario, han sido los enemigos que han tenido que afrontar, en un momento u otro, en todos y cada uno de sus más nobles descubrimientos.” (Sir Walther Raleigh, “History of the World”)

Es significativo que sir Walther hable de los españoles y no de España, pues de ese modo parece que implícitamente admira a unas gentes esforzadas pero no a sus gobernantes. Y es que seguramente, si los malos gobernantes han sido el sino irrevocable de los españoles a lo largo de nuestra historia, el milagro de que perviva España es difícil atribuírselo a alguien que no sea la Divina Providencia o, simplemente, la carambola.

La frase “¡Dios, qué buen vasallo, si hubiera buen señor!” ya la dijo, no en vano, un anónimo juglar, bastante antes de que se fundara la España actual, para definir la relación del Cid con su rey, y quizás valiera también para definir la relación de los españoles con nuestros gobernantes a lo largo de la historia.

También, uno de los fundadores de la España moderna y, al parecer, uno de los pocos buenos gobernantes que tuvimos, el rey Fernando el Católico, decía de nosotros: "La nación es bastante apta para las armas, pero desordenada, de suerte que sólo puede hacer con ella grandes cosas el que sepa mantenerla unida y en orden". Claro que a este buen rey los nobles castellanos de la época le apodaban, y no creo que con cariño, el “viejo catalán”. O sea, que las reticencias vienen de lejos.

Pero dejando a un lado elogios y gloriosas palabras (por merecidos que unos y otras sean), recapacitemos con realismo sobre algunos antecedentes al primer viaje colombino. Pues hay algunos hechos previos, y poco conocidos, que podrían movernos a la reflexión.

Por ejemplo, desde finales del siglo XV y durante el siglo XVI a los españoles les estaba permitido tomar los apellidos que desearan de cualquiera de sus cuatro abuelos. Teniendo en cuenta nuestro mestizaje de siglos con judíos y moros (amén de otros muchos anteriores, y nuestra resistencia a reconocerlo) y los correspondientes decretos de expulsión de finales del siglo XV hacia los miembros no conversos de estas comunidades, cabe pensar si no se trataría con aquella medida de homogeneizar los nombres de todos los cristianos de aquel nuevo reino para ocultar nominalmente las raíces judías o moras de muchos.

Si así fue, sólo se consiguió a medias, pues los cristianos de pura cepa, recelando de los conversos, inmediatamente crearon los términos de “cristianos viejos” y “cristianos nuevos”, para evitar que los nombres adoptados por los conversos (algunos muy pomposos) enmascararan la abyecta y traicionera sangre infiel oculta bajo ellos. De modo que, si aquello de los apellidos fue un intento de unificar, resultó en lo contrario. Creó una nueva diferencia. Un nuevo “nosotros” y “ellos” que se sobreponía a las demás diferencias ya existentes. Un nuevo sectarismo, por si teníamos pocos.

Así, a la tradicional rivalidad e inquina entre los reinos viejos: aragoneses (y sus subconjuntos, para no omitir a los catalanes y valencianos, entre otros), castellanos de distinta antigüedad (de la Vieja, de la Nueva y de la “Novísima” Castilla, que venía a ser Andalucía), vascos (vizcaínos, alaveses y guipuzcoanos, no confundirlos, por favor, que, pese a vivir en un área chiquita, son identidades muy distintas. Los de Bilbao, punto y aparte, claro), navarros, gallegos, leoneses (estos dos últimos con los del Bierzo en medio, y estos a su vez con los de Los Ancares), cántabros, asturianos, extremeños, murcianos…(absolutamente todos con infinidad de particularidades internas aun entre poblaciones limítrofes) se les unía ahora, por si no estaban ya lo suficientemente “diferenciados” entre ellos, la clasificación transversal de cristianos viejos y nuevos. Esta última diferencia afectaba a todas las comunidades en lo más sagrado: la pureza de sus cristianas almas, aunque éstas residieran en cuerpos de sangre secularmente mestiza. Pero curiosamente se llamó al asunto: “Pureza de sangre”, cuando muy poco tenía que ver con ella, ya que el mestizaje en España venía de muy antiguo y por eso algunos, en lugar de llamarlo por su nombre, inventaron el candorosos eufemismo de llamar al suelo patrio “Crisol del culturas” y no tierra de mestizos seculares.

Y todo lo anterior sin mencionar a los vituperados gitanos, habitantes también de la vieja España, y que, tan integrados como el que más en la nación, aún proclaman hoy en día sin ningún reparo sus reticencias a perder su secular identidad: “¡Ay qué desgracia, caballero, ay qué desgracia tan grande, peor que un cáncer, peor que la cárcel,  peor que la discriminación de esa mala, pero mala, mala: que mi niño, el Dieguito, se quiere casar con una paya!”

Así estaba el panorama. ¿Qué hacer con aquel maremágnum étnico y cultural de pueblos tan puros y genuinos, tan peculiares, de irreconciliables “diferencias identitarias”, etc. que  el mundo contempló y que, con admiración estupefacta, varios siglos después parece seguir vigente? Aquel “¡Santiago y cierra España!” (los indios debían creer que Santiago era el dios de la guerra de los españoles, pues también el grito se lanzó en América) siguió sirviendo en Las Indias después de acabada la Reconquista en España. Y ni por esas España se ha cerrado.

Opino, con vergüenza, que parece que el vínculo del mutuo rencor es el yugo que ha mantenido unidos a los españoles tanto en las grandes empresas como en nuestra interminable refriega interior, con o sin imperio. Hace muchos años que perdimos aquél y, sin embargo, nuestras inquinas permanecen y llevan camino de seguir. Parece que la identidad de España es siempre su lucha interna y su falta de unidad. Pero, al menos, nos dimos una pausa, en el mejor sentido, con Las Indias.

3 comentarios:

Paloma dijo...

¿Y no ocurrirá algo parecido en otros países? Lo digo porque el ser humano es igual en todas partes, por mucho que siempre estemos queriendo ser distintos, mejores, otros.
Muy bien documentado el texto.
¿Es verdadero el cantar gitano?, supongo que sí.
Besos, Soros

Ángeles dijo...

Como siempre, tus textos resultan muy interesantes, no sólo por lo que se dice en ellos, sino porque siempre ofreces una visión propia y reflexiva de los hechos.

Sara O. Durán dijo...

Es un análisis muy honesto, que si así lo hiciéramos en todas partes, se facilitaría mucho el entendimiento entre naciones.
Un abrazo.