09 octubre 2011

9 de octubre

Hoy me he despertado a las seis. He dormido de un tirón, sí. Pero a las seis el cuerpo ha dicho que tenía suficiente. Tal vez la excitación de ayer combinada con el propósito, que hoy tenía, de darme otro paseo por el campo, ha vuelto a instalar en mi cabeza el horario de cazador. El único problema es que no amanece hasta las ocho. Por lo que mi horario de cazador debe ir bastante adelantado.
He desayunado, más que por hambre, por gastar el tiempo. Un segundo café bien caliente para seguir gastándolo. Me asomo al balcón y el día que aún no viene. La perra ya me ha detectado y oigo su petición aguda. Los dos padecemos del mismo mal: ansia de campo. Pero la veda no se ha abierto y yo daré un paseo, pero la perra, a conformarse.
A las siete y media no aguanto más y para darle tiempo al día me bajo a la Fuente del Santo a beber agua.
Al asomar la primera claridad estoy más allá de los Azules. Hace frío al amanecer pero voy abrigado y, despacio, recreándome en la maravilla de la primera luz, me encamino a un paraje que, con esa claridad indefinida, es de lo más bello que conozco: los llanos del monte. Tengo el Este exactamente a mi espalda y, cuando sale el sol, es como una gran linterna que va iluminando todo mi campo de visión. Mi sombra, con el sol en la nuca, comienza a proyectarse más larga de lo que nunca la había imaginado y me precede muchos metros delante, como si delatara mi deseo y lo alentara.
Bajo lentamente hacia el Prado de Juan Herrón. Hay tal quietud en el ambiente que me parece que todo puede pasar. Mis recuerdos de años se acumulan e imagino el balanceo rápido de las perdices erguidas apeonando apresuradas y moviendo sus cabecitas con esa especie de tintineo que golpea el aire. Pero no veo nada.
Camino contagiado de la calma, embrujado por el ambiente incierto de las primeras luces, con esa indefinición en la certeza de lo que ves, con ese mirar que más que ver imagina. Y el campo me apabulla. Tanta belleza casi me da miedo.
En el prado hay dos corzos que se me quedan mirando. Me detengo y es como si ellos tampoco estuvieran seguros de lo que ven y así, quietos, pasamos un rato los tres. Continúo mi marcha y ellos saltan gráciles para pararse de nuevo a los cincuenta metros y mirarme antes de marcharse con cautela pero sin prisa. No me caen bien estos animales que no temen al hombre, no pueden ser salvajes. Algo hay en ellos que les ahoga el instinto. No me gustan.
Tras el prado, a la derecha, la primera vaguada. Busco en vano el recuerdo del bando que solía criar en ella. A lo largo la recorro despacio, pero nada. Tal vez la liebre entre la fina hierba seca, tampoco. Traspongo y aparecen más corzos. Lo mismo que antes. El bando de aquella vaguada es ya un bando de perdices fantasma.
Llego a otra cerrada que tiene girasoles. Me asomo y la zorra y yo nos descubrimos al unísono. La indina vuela entre los girasoles y a los pocos segundos la veo trasponer por el extremo contrario de la cerrada. La brinca con limpieza. No era joven, no tuvo un titubeo, y parecía que volaba o flotaba, huyendo a toda prisa entre las finas hierbas secas como de barba lacia.
Dejo atrás la cerrada y más corzos. Cuando llevo doce, dejo de contarlos. No vale la pena. Están por todos lados. Hay senderos tan sobados que parecen de conejos sólo que a escala mayor, hay camas de corzos bajo cada mata. Pero de las perdices ni el canto, ni la sombra. Y sigo esperando, al menos, la sorpresa de la liebre. Pero nada.
Recuerdo el nacedero que hay junto a otra próxima cerrada y con fe renovada me encamino hacia él pero, cuando llego, lo han canalizado y una arqueta cuadrada aparece rodeada por las zarzamoras.
Las Cuevas quedan abajo entre los amarillos ocres de los rastrojos que la luz comienza a hacer brillar en crestas que se elevan sobre los tonos variados que provoca el contraste de luces y sombras como un lago amarillo en movimiento.
Me hago la ilusión de que navego en un sinfín de chorreras con claros y manchas de las zarzas y de los espinos. Sé que la aparición ha de ser súbita. Pero nada, no sucede nada. Y sigo caminando sin prisa y descubro que, mientras lo hago, me voy contando historias. Y me admiro de que, tras tantos años, no me canse este ejercicio de búsqueda y sorpresa. Pero hoy no hay nada. Sólo los cuentos de historias en mi mente o, tal vez, inconsciente, vaya hablando en voz alta.
Llego al río y veo alguna huerta en la que, a estas alturas, quedan sólo cuatro berzas medio desmorochadas. Y no me resigno y miro este y aquel macizo de aliagas. Y me asomo aquí y me detengo allá y golpeo con la garrota en un tronco podrido. Pero no hay reacción. Hoy a mi imaginación nada responde.
Me acerco al Nacedero. Tal vez allí haya algún bando que se haya apanarrado junto a sus humedales. Tampoco.
Es entonces cuando oigo el motor lejano de un tractor y me meto en la cueva que hay en lo alto, en lo más alto de los rastrojos, donde la ladera asciende bruscamente para caer, al otro lado en el paraje más intrincado del Serrallo. Me cuesta entrar y me abro paso con la garrota entre la broza que obstaculiza la entrada. La cueva está relativamente limpia y caldeada y, a una mala, uno podría aguantar allí alguna tormenta. Además hay un asiento hecho con piedras y en la arenisca de su pared más blanda alguien grabó un año del que se conservan sólo las tres primeras cifras: 196?, porque la cuarta se ha desprendido y andará disuelta en el polvo del suelo.
El tractor se aleja y, tras el descanso, empiezo a subir hacia el Barranco de la Franciscona. Nada, excepto más corzos. El arroyo baja seco. Traspongo hasta uno de los caminos que llevan al monte. Bajo por los linderos de todas las cerradas. Llego a otra vaguada, en tiempos, de perdices seguras. Más fantasmas. Vuelvo a cruzar de nuevo el camino principal del monte. Dejo atrás las Tres Doncellas. Registro el Prado Grande, más macizos de aliagas, más jaras. Cuatro horas de camino por la nada más bella que imaginarse pueda: los llanos del monte. Una zorra y casi tantos corzos como imaginaciones.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Algunas veces no es necesario devorar terrenos para entrar en mundos desconocidos y mezclarse con aquella parte de la naturaleza que nos es ajena. Confieso que hice todo el recorrido guiada por el sendero que trazo tu historia. Lo disfrute intensamente y mi mente se recreo con instantes y paisajes que hasta ahora en ella no existian.
llegué aqui por casualidad y me alegro porque veo que tendré lectura para rato.
Mil gracias por compartirlo.

Asraii

Soros dijo...

Mil gracias por tus apreciaciones. Me gusta escribir de asuntos muy variados y, si a alguien le agrada leer estas cosas, mi placer al escribirlas aumenta.
Saludos, Anónima.

Aldabra dijo...

dominio del lenguaje y de los parajes que describes, con una frase final de película.

bqñs,

Soros dijo...

Aldabra, ¡vaya halago!
Muchas gracias, mujer.
Bicos, muchos bicos. Y agradecido, oye.