02 marzo 2010

Compañeros de piso


Estaban encerrados en una jaula cuyos barrotes eran una aleación de distancia, gozo y, si ello fuera imaginable, pánico al amor. Un amor que ni siquiera supieron si podía ser mutuo. Sin embargo, jamás se lo habían planteado de ese modo. Ni lo imaginarían por más veces que se produjeran aquellos encuentros fugaces y furtivos en los que él, apenas concluían, se convertía aceleradamente en fugitivo y ella quedaba siempre defraudada por la ausencia de la cautividad que una conversación íntima y tranquila podría haberle regalado. Eran una combinación de fuga y abandono, cosas que, activa o pasivamente, vienen a producir la misma sensación.
Ella pensaba que él era un ser bárbaro, sincero y lascivo pero reservado, y no podía evitar la atracción que le producía la combinación; él pensaba que ella no había sido nunca bien querida, y que a su orfandad sentimental se le podían añadir las de la carne y la comunicación y que, por eso, necesitaba palabras, sexo y sobre todo aquella empatía de sentimientos más propia de una adolescente, virgen aún en descubrir un amor de igual a igual. Pero por eso la temía y huía de ella con la misma rapidez que voracidad empleaba en acercársele de nuevo cada poco.
Ella reinaba en un reino de desolación y abandono del que, ciertamente, alguna vez fuera la dama, cuando no presagiaba todavía aquel desastre. Pero, sin embargo, su grado había ido asimilándose paulatinamente al de criada ya con poco trabajo y tanto asueto, que padecía la luz de luna de su soledad, siempre en cuarto creciente, cada vez con mayor amargura y desamparo. Vivía como si su tiempo no fuera a ser nunca más de colores, y su olor a alegría de antaño, a perfume y a fruta silvestre, se hubiera tornado en una peste amenazadora a cerrado, a orín rancio, a aire viciado y a la rebaba de los malos recuerdos. Su otrora tenaz pretendiente maduro, se había convertido, con los años, en aquel compañero de piso junto al que se pudría.

6 comentarios:

Piel de letras dijo...

Curioso contraste. Distancia y gozo.
¿Será que a tu personaje lo que le "mueve el tapete" como decimos acá, es una especie de piedad por la mujer que cree huérfana de afecto. Tal vez, lo que le da miedo, es acercarse a la adolescente y que le salte encima (ya se sabe cómo son las adolescentes).
Un pretendiente maduro (y "zacatón") que se pudre junto con ella en aquel piso. ¡Qué desperdicio! Debieran compartirse mutuamente. No andar jugando a las escondidillas. ¡Que no son horas!
¿No crees?
La vida es un suspiro. ¿Por qué no disfrutarla?

Saludos pichicateados

Ángeles dijo...

Qué triste, Soros, y qué bien retratado.

Soros dijo...

No, al personaje no le mueve la piedad sino que coge de la otra sólo lo que le apetece y hasta más ver. Pero en lo de la adolescente has estado graciosa, Piel de Letras.

Soros dijo...

Ya sabes, Ángeles, aquello de la soledad de dos en compañía.

zeltia dijo...

me suelen gustar tus textos.
pero esta veta de submundos interiores, describiendo sentimientos y sensaciones con palabras desnudas e incluso agresivas si hace falta,
le da un punto muy interesante.

un gusto que retomes el blog.

Soros dijo...

Gracias, Zeltia.