24 marzo 2010

Último golpe para la Mamá Grande

Sé de antemano que el objetivo de esta carta es un imposible. Pero me gustaría consolarte por la pérdida de tu hija como si yo tuviera alguna posibilidad de hacerlo. Como si fueras una niña desvalida y yo pudiera acogerte, abrazarte y decirte que la vida no conoce orden, ni razonamientos, ni desvelos, y que tampoco nos es agradecida, ni justa, ni nos guarda ninguna deferencia. Ya ves qué cosas digo, como si tú no lo supieras.
Bien me gustaría ser un almohadón que aislara tu dolor, pero sé que eso también es imposible. No sé qué podría hacer para paliar tu pena pero, no te quepa duda, si lo supiera, lo haría sin dudarlo. Ojalá fuera más inteligente y pudiera encontrar alguna combinación de palabras que te sirviera de consuelo. Ojalá fuera mejor persona y pudiera igualar la bondad que tú has tenido para las desgracias ajenas.
No obstante, como la última madre que me queda, no me resigno a que pases este trago tan amargo. No, sin que medien estas cuatro letras para intentar calmar tu desdicha. Para los dolores que no pueden mitigarse queda el intento de, al menos, consolar. Más allá no llegamos las personas. No quiero quedar sin intentarlo y que sepas que me solidarizo, si hay modo de hacerlo, con tu pena.
Sé que no te quedan lágrimas. No pueden quedarte muchas, porque, a tus noventa, las has gastado con todos sin tasa. Pero, si de lágrimas se trata, no lo dudes, se han vertido bastantes. Y, si tú no puedes llorar, ya lo hemos hecho los demás por ti.
Todos sabemos quien has sido siempre. En pocas familias hay una Mamá Grande y, en esta nuestra, ese apelativo sólo te corresponde a ti. Así lo avala tu vida entera, tu acogimiento, tu comprensión y ese cariño sin medida que has sabido regalar siempre. Y te aseguro que tu hija se ha ido bañada en él, empapada en tu amor y complacida de tu fiel compañía. Tuvo la madre de sus primeros y de sus últimos días. Para tu desgracia sí, pero para suerte de ella, que pocos mueren acogidos al amor de quien también les dio la vida. Me temo, sin embargo, que has decidido, interna e inapelablemente, que ésta sea tu última desgracia.

2 comentarios:

Luna. dijo...

Es precioso, me ha hecho llorar. Muy emotivo y muy bonito. Creo que, una de las peores cosas que pueden sudecerte, es ver la muerte de un hijo. Yo soy madre de tres y solo me hubiera gustado no tener ninguno por el sufrimiento de por vida que conllevan. Pero en fin, ¡forma parte de ser madre!. Lo malo que tiene vivir tanto, ser tan longevo es precisamente eso, ver la muerte de seres queridos.
Me da mucha pena, pobre mujer.
Un abrazo y es un escrito muy bonito.

Soros dijo...

Ya sabes, Luna, quien muchos años vive mucho mal ha de pasar y muchas penas tendrá que padecer. Pero el destino no tiene horario y ninguno sabemos lo que nos espera.
Otro abrazo para ti y muchas gracias por tu comentario.