07 marzo 2010

La brújula trucada

Se sentía extraño y solo.
Había reparado en que la memoria le traicionaba y, cuando no lo hacía, que aquel almacén de recuerdos no le servía para nada; que la inteligencia, a la que por lo general por realista se tenía, simplemente le hacía creer que aquello que pensaba era verdad, sin ningún otro aval o fundamento; que la voluntad, que creyó poseer algún día, se le antojaba vacua y sin sentido y, lo que es más, naturalmente inclinada a apartarle únicamente del placer, por una connotación antigua e imperecedera de que lo placentero era nocivo y sólo existía para ser evitado.
Dio en pensar, y por ello le llamaron soberbio, en que vivir sólo podía consistir en transgredir: en dudar de todo lo que recordaba, pues el tiempo era el gran maquillador de la vida, el sutil especialista en presentar los recuerdos asequibles a nuestra mirada, digeribles para el ser que ahora somos, cuando no a fundirlos con la sombra más próxima al olvido.
Dio en desconfiar de las certezas, que eran un legado, en su mayor parte educativo, más adquirido y extraño que propio y por uno mismo elaborado.
Dio también en deshacerse de aquella brújula cuyas agujas trucadas, ni por asomo, señalaban nunca las tendencias normales y el deseo, sino sólo caminos yertos y escarpados para fanáticos, de violentas convicciones a veces, que se creen carentes de tripas pero están persuadidos de llegar a tener poderes intemporales y espíritus voladores.
Sospechó, con resentimiento, que había sido educado en un masoquismo abstracto y sin sentido, fundamentado en una filosofía que proponía el sufrimiento como único aderezo válido y honesto de la vida. Para que así, dado por sentado, que lo natural y normal fuese el dolor, se convirtiera cada ser, sin ningún deseo ni intención primigenia, en otro más de sus vasallos. Y, siendo uno más de sus adeptos creyentes, sin reconocerlo abiertamente, lo adorara y extendiera su reino entre aquella grey de voluntarios que estaban deseando adherirse a él, que lo estaban esperando, como si fuera el dolor el verdadero y único dios de la existencia. Como si las cosas tuvieran que ser así.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Hay gente así... en todos lados.

Soros dijo...

Seguramente, Piel de Letras.