23 marzo 2010

En el campo

(En la foto se ve una liebre encamada)
La caza no era para él un acto social en el que disfrutase teniendo compañeros. Todo lo contrario. Jamás disfrutó en una mano, por bien organizada que estuviese, como yendo solo. Sí, de acuerdo, las manos eran efectivas. Se levantaba caza, si la había. Pero no dejaban de ser, y cada vez más, actos con un protocolo, y tenían unas normas de comportamiento que debían respetarse. Prefería la soledad.
Asociaba la caza con la soledad. Era para él un ejercicio individual y solitario en el que se concentraba tanto como un escritor al escribir una novela o un artículo.
Para cazar así era necesario conocer bien el terreno. Saber las querencias de los animales. Tener calma y, sobre todo, paciencia. Sabía que a su lado, cazando de este modo, solía estar el factor sorpresa que, en la caza, era algo muy a tener en cuenta. Así que, antes de salir, ya solía tener trazado en su cabeza un plan a seguir y un camino a recorrer. Y, sin embargo, otra de las ventajas de cazar solo era que podía alterar cualquier plan sobre la marcha y acoplar su estrategia a lo que en el campo fuera viendo.
Desde chico le había gustado la vida al aire libre, los paseos interminables, la observación de los animales.
Mientras sus amigos de la pubertad empleaban su tiempo en aquellos galanteos, infructuosos casi siempre pero propios de la edad, él se iba al campo cuantas veces podía y no llegaba a comprender cómo un lugar tan bello estaba siempre tan vacío, cuando no abandonado.
Sabía, por experiencia propia, lo que se tardaba en aprender a ver en el campo. De niño consideraba prodigioso que de los rastrojos surgieran codornices, que no veía, tras la muestra inquietante y repentina, no menos sorprendente, del perro. Le sucedía igual con la liebre encamada, emergiendo, en su imaginación, directamente de la tierra. El arranque cercano e inesperado de la perdiz con su sonido abrupto, vibrante y metálico le ponía el corazón en la garganta. A veces, mientras caminaba, le parecía que los animales eran generados a su paso instantánea y directamente por la tierra. Esta fascinación salvaje aún le mantenía vinculado a su infancia y juventud campera.
Conocer bien los parajes era fundamental para ejercer aquel sistema suyo de cazador solitario. Todo el año, casi a diario, iba al campo. Un día, calculando, se hizo cuenta de que por cada hora cazando habría andado por el campo más de cincuenta caminando y observando. Aunque, bien mirado, esto, para él, también era cazar. Sabía que la gente pensaba que cazar era coger una escopeta y disparar a lo que se moviese. Y, así, los domingos se veían por el campo muchos cazadores vocingleros que iban por un lado y por otro buscando anárquicamente, auxiliados por unos perros tan alocados como ellos que corrían sin ton ni son, y dando voces como si vendieran melones.
La caza era, sobre todo, el conjunto de conocimientos para hacerla. Ésos se aprendían en el campo. Fundamentalmente observando a los animales y su comportamiento con respecto a los fenómenos atmosféricos y a las distintas épocas del año o cuando se veían hostigados.
Desgraciadamente la caza menor iba para atrás. Y había sido curioso, mientras abundó, nadie opinaba en contra de ella y ahora, que todos los adelantos de la vida moderna casi la habían hecho desaparecer, mucha gente se pronunciaba contra ella y la pagaba con los cazadores. No eran por desgracia éstos los que la habían llevado al borde de la extinción. Ni tampoco eran ellos los que podían salvarla. Por desgracia, aunque no se cazase en absoluto, la caza menor tiende a desaparecer. Su enemigo es el progreso. El progreso en forma de pesticidas, herbicidas, fungicidas, insecticidas, agricultura intensiva, maquinaria… Cuando desaparecieron los cangrejos nadie echó la culpa a los pescadores porque estos habían existido desde siempre y los cangrejos también. Todo el mundo supo que había sido otra cosa. Con la caza menor está ocurriendo igual.

6 comentarios:

Piel de letras dijo...

Imagino, por tus letras, toda la escena. Búsqueda y silencios. Aunque con todo y la imaginación despierta, no alcanzo a ver, en la foto, liebre alguna. En la sierra de Juárez se cruzaban frente a uno cada dos por tres. Cuando de niños, íbamos a dar paseos exploradores en busca de las hierbas, de los tés o infusiones medicinales, que nos enseñó a buscar María. La muchacha de los Alaniz.
Los cazadores, en esa época, no batallaban mucho.
Hoy ya casi no quedan canutillo, canahuala, hierba santa o corteza roja del arbusto de hojas cenizas.
Las mismas culpas de las que hablas. Igual en este lado del charco, que en el otro. Trátese de caza menor, mayor o búsqueda de hojas de té.

Soros dijo...

Es difícil que veas la liebre, pero es así, como en la foto, como se ven las liebres encamadas. Totalmente confundidas con el medio.
Y, sí, el deterioro es universal.
Saludos.

Piel de letras dijo...

¡La descubrí!
En un recoveco diagonal. Por su ojillo la descubrí. A menos que esté yo alucinando. En la parte baja, hacia la izquierda del cuadrante superior derecho.
¡Y sin lentes!

Soros dijo...

Enhorabuena. Ahí está. Pero, ¿a que difícilmente se descubriría sin estar sobreaviso?
Y, claro, mucho menos, sin lentes.
Un abrazo.

isidro dijo...

Que razón llevas soros, que pena que ya no quede caza menor pero, que no haya tanta gente por el campo, eso... no es tan malo.
De los cangregos, que me vas a contar, cuando los cogíamos a sacos en el Bornoba, arriba y abajo de la confluencia con el Pelagallinas. Aunque para ello y, para que no nos pillaran los guardias, nos tirábamos a tronchamata a la caida de la tarde desde el término de la Miñosa o, desde Robledo de Corpes.


Un saludo Soros

Soros dijo...

Una forma de vivir acabó y, la que nos da de comer ahora, se llevó por delante muchas cosas.
Saludos Isidro.