25 febrero 2009

Muchos años después...


El matrimonio con sus siete hijos, aterrorizados por los combates, huyeron de su casa con lo puesto. Primero se escondieron a pocos kilómetros de la ciudad. Sin embargo, al día siguiente uno les dijo que se fueran que, tras la batalla, buscaban al padre. Alguien les ayudó y con su aval, presencia y salvoconductos hizo que llegaran a Madrid. Allí se despidieron de aquel hombre que desinteresadamente les había respaldado y amparado y que no volverían nunca a ver. Dígame quién es usted para, si puedo, darle las gracias algún día, dijo el padre. Una persona, contestó el desconocido, se dio la vuelta y se marchó sin más.
Era Madrid lo que fue siempre, una ciudad solidaria y de aluvión. Una ciudad de forasteros controlada entonces por milicianos recelosos, comités de autodefensa y racionamiento. Allí anduvieron repartidos por casas de familiares, cambiando de unos sitios a otros, a veces juntos, a veces separados, porque nueve bocas eran muchas bocas en tiempos de miseria y la paciencia, la bondad y, sobre todo, la comida eran bienes a cual más limitados y era difícil y grande coincidencia que algún mortal tuviera todos a la vez y los prodigara sin fin en aquel tiempo.
Viendo que la buena voluntad de los parientes, por fuerza, terminaba acabándose al tiempo que el pan y, a veces, aún antes, se fueron a Pastrana. En un pueblo siempre era más fácil hacerse con comida. Una parienta les cedió un viejo molino en desuso. El matrimonio con cuatro de los hijos, el mayor y los tres pequeños, vivieron en el molino de los Escribanos. Entre el padre y el hijo mayor, de 14 años, limpiaron caz y caceras, amolaron las piedras y pusieron el molino a funcionar, explotaron el huerto abandonado y sacaron, de donde antes no había, lo más imprescindible para comer. A los otros tres hijos, los de en medio con menos dependencia de los padres, les enviaron a la cercana Valdeconcha al molino del tío Pablo, otro pariente protector.
Al año y pocos meses se sintió el padre descubierto y amenazado y, estándolo el padre, lo estaban todos. Se reagruparon y, de nuevo errantes, huyeron una noche hacia la provincia de Cuenca con tantas cosas como pudieron cargar en unos pocos sacos de arpillera. Dan con otros parientes solidarios que les acogen en Valdeolivas y, compadecidos de pareja y prole, les alojan en el recóndito molino de Las Juntas de Albendea, paraje idílico y de singular belleza brava donde confluyen el salvaje río Escabas con el manso Guadiela. Un año más de vivir a salto de mata y, acosados de nuevo por el miedo, a punto están de huir de nuevo cuando les sorprende la noticia del fin de la contienda.
Sin paciencia para esperar más, se despiden de sus últimos protectores, por una vez, con la emoción de la paz y del retorno. Con lo que les queda de comida regresan a su casa. En un camión vuelven los nueve, felices y anhelantes, más el cordero Ricitos y el gato Pin protegidos por manos infantiles. Tras un penoso viaje en la caja del camión, su ciudad aparece al fin sombría. Está destrozada por los bombardeos y los incendios y muchas fachadas agrietadas aparecen por doquier picadas a balazos. Temen, angustiados, no tener ya casa. Llegan a la calle de Cacharrerías con el alma en un puño. Encuentran la casa vacía y saqueada pero milagrosamente entera y en pie. Respiran. Descargan del camión sus cuatro pertenencias. Se detienen callados ante el edificio. Ven como el vehículo se aleja y desaparece cuesta abajo hacia el río. Todos siguen silenciosos ante la puerta pero ninguno entra. La niña pequeña tiene al gato Pin entre los brazos y el cordero ha metido la cabeza entre las piernas de uno de los muchachos. Han pasado casi tres años desde que se fueron. Cuando María, la madre, entra la primera, lo primero que hace es arrodillarse y besar el suelo.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Esto me ha encogido el corazón... ¡qué arte tienes para ello!
:P

Sigo leyendo (aprovechando que al fin tengo tiempo decente para hacerlo)

Apapachos

Soros dijo...

Me alegro de que te gustara y de que vuelvas a disponer de tiempo.
Sochapapa, que son los apapachos que van de vuelta. ;-)