19 febrero 2009

La Fambra B


Aún más pequeña que su ciudad natal, La Fambra era sin embargo más completa por encontrarse aislada, a trasmano de cualquier otra ciudad grande, pues cerca de La Fambra no había ninguna. Tenía librerías con textos interesantes, no fáciles de conseguir entonces, y una vida provinciana de bares y modernas cafeterías que habían sustituido a los viejos cafés, aquellos de peñas y tertulias, de toda la vida. A Lázaro le sorprendió esta actividad intelectual, inusitada para él, y también el verse con la inesperada e inédita libertad de que gozaba. Todas estas cosas, mezcladas con su mucho tiempo libre, le hicieron creerse poco a poco una persona distinta de la que antes era, o mejor, el descubridor de un mundo diferente y distinto al que hasta entonces había imaginado.
Conoció mucha gente. La mayoría eran personas mayores que él, profesores, estudiantes y universitarios por lo general, que hablaban de cosas de las que él no sabía nada ni había oído antes mencionar. Comentaban e incluso a veces discutían apasionadamente sobre libros. Inevitablemente eran libros de los que Lázaro ignoraba la mera existencia, y su ignorancia se extendía también a las palabras que éstos contenían y que todos los de aquel ambiente, excepto él, manejaban con soltura y utilizaban con una naturalidad familiar. Aprendió nombres de filósofos, ensayistas, psicólogos, psiquiatras, científicos, artistas, músicos… todos desconocidos hasta ese momento por no haberlos escuchado nunca en su ciudad natal, ni de sus conocidos, ni en su escuela y menos en su casa, ambientes que, antes de llegar a La Frambra, eran todos los que Lázaro había frecuentado. Descubrió teorías que sonaban misteriosas e incluso iniciáticas, conceptos abstractos, percepciones etéreas… multitud de cosas que se contaban en los libros de evolucionismo, psicología, filosofía, psiquiatría y tantas otras ciencias que para él habían sido tan ignoradas hasta entonces como inasequibles, atrayentes y misteriosas le parecían ahora.
Y comenzó a admirar a aquellos estudiantes y profesores, muchos con sólo unos pocos años más que él y otros maduros, que hablaban con tanta desenvoltura y solvencia de todas aquellas cosas que, para él, eran desconocidas, extrañas, deslumbrantes y sublimes en idéntico grado.
Al mismo tiempo, todas aquellas personas admirables se rodeaban de una especie de áurea o halo que con merecida distinción les acompañaba siempre, no sólo en el atuendo y en el aspecto, sino también en un modo peculiar de hablar y de moverse, incluso de caminar, escuchar y mirar. Era como si se esforzaran en ser seres ostentosamente originales, extraños e irrepetibles a los ojos de las gentes adocenadas de La Fambra y en contraste con ellos.
Lázaro estaba obnubilado, sobrepasado por aquellas eminentes lumbreras con barba, pelo largo y trenca. Y su admiración creció tanto que gastaba su magro pecunio en emularles, comprando libros en los que a duras penas podía entender algo y con los que pasaba largo rato, ensimismado, tratando de desentrañar los arcanos que encerraban algunos de sus párrafos más conspicuos.
“No admitir la existencia de representaciones de propósito definido como explicación de una parte de nuestros funcionamientos psíquicos, supone desconocer totalmente la amplitud de la determinación en la vida psíquica”, eran cosas tales como ésta las que hacían dudar a Lázaro de su capacidad para entender las verdades que otros calificaban de nítidas y evidentes como el hermoso viaducto de La Zambra. ¡Dios santo, cómo un ser tan limitado y tan zote como él podía codearse con tanto talento como por aquella ciudad perdida andaba suelto!
También había en la ciudad pintores. Eran gente joven por lo general que deseaban que las corrientes más modernas, de un arte como nuevo concebido, regeneraran las concepciones retratistas, fotográficas, provincianas y estrechas de la pintura que los lugareños consideraban como inamovibles. O sea, que cambiaran los conceptos usuales, apoyados en las percepciones artísticas de siempre, las de comparar lo pintado con la realidad, tan clásicas, tan manidas y tan vistas. Y no había ninguno que pintase del modo que Lázaro había considerado hasta entonces que debían hacerlo los pintores normales. Y si Velázquez y Goya fueron llamados innovadores en su tiempo, la innovación de estos artistas de La Fambra debía ser mucho más profunda y trascendente pues, dejando aparte su aspecto sumamente desaliñado que debía ser obligatorio para los que cultivaban este arte tan innovador, no había quien adivinase qué era lo que pintaban. Ahora bien, ellos bien defendían todas sus pinturas como expresiones de la pura expresión y por ahí tenían gran terreno por delante y se sentían cubiertos, porque expresarse mejor o peor sabía todo el mundo hacerlo aunque la inmensa mayoría, por pudor, no se atreviera a manifestarlo al mundo tan abierta, osadamente y sin prejuicios como ellos lo hacían.
Proliferaban también grupos de teatro más o menos vinculados a los anteriores. Éstos tenían gran aceptación pues, Lázaro no supo nunca la razón, en ellos se encuadraban muchas muchachas y mujeres jóvenes con la aquiescencia de sus mayores, cosa que no hacían entre los grupos de intelectuales, literatos, filósofos, críticos, músicos, artistas o pintores. ¿Qué ocurría? ¿Se consideraba acaso más dada a la mujer al arte dramático que a las inquietudes intelectuales de otros tipos? ¿Se consideraba el dramático un arte más propio de su sexo?
Esto, quiero decir la presencia de mujeres, le daba un interés añadido a la experiencia artística que la representación teatral llevaba inherente. Así, entre los ensayos, las pruebas, la construcción de decorados y las representaciones, se tenía un roce muy frecuente con las chicas y además una relación diferente e irreal. Todo ese ambiente, de falsa camaradería, permitía felicitar a las muchachas, pretextando una familiaridad que no era tal, con efusivos besos y carnales abrazos cada vez que, después de actuar, entraban entre bambalinas preguntando qué tal lo habían hecho. Era indiferente que hubieran hecho la actuación con mayor o menor acierto. La cosa consistía en felicitarles, besarles, sobarles y abrazarles lo más efusivamente posible porque era como si no fuera de veras, sino parte también de la representación, y careciera de importancia por ser ésta la parte más agradable de aquel teatro en el que todos tan imbuidos estaban dentro y fuera del escenario. Además habían de viajar estos grupos de teatro a realizar representaciones a los pueblos cercanos. Y esto sí que era una ocasión propicia y regalada para procurarse escarceos sexuales y aún avanzar en ellos hasta donde se pudiera, pues la ocasión pocas veces era tan propicia. Así pues eran estos viajes un regalo de oportunidades inesperadas que la gente joven de ambos sexos estaba dispuesta siempre a aprovechar, dadas las pocas veces que se presentaban. Y, curiosamente, gente tan espabilada se tornaba ciega, sorda y muda a cuanto acontecía en aquellos viajes. La buena fama de las damitas de La Fambra quedó siempre a cubierto.
Otro mundo era también el de los cinéfilos que se reunían en los cine clubs para ver películas que traían de no se sabe dónde y que, al parecer, ellos sabían interpretar e incluso profundizar tanto en sus mensajes que lograban llegar a puntos que estaban mucho más allá de lo que en ellas se veía pues, según decían, eran muchas de ellas simples motivadores para que nuestra imaginación nos llevase a mundos impensados. También estos devotos del cine conocían gran número de palabras de la técnica de este arte, discernían perfectamente los conceptos, y no tenían empacho en regalar a los demás con toda su sapiencia. Así hablaban constantemente de: voz en off, angulación, travelling, picado, contrapicado, ángulo neutro, trailer, ángulo aberrante, tomas, argumentos, story board, tramas, atmósfera, sound track, banda de diálogo, rush, efectos, ritmo, fotograma, encuadre, mezclas, montaje, acelerado, cámara lenta, noche americana, plano, secuencia, campos, jump-cut, metraje, cameo, gag, género, casting, flashback, flashforward, racor, clímax, frame, continutismo, etalonaje, corte, encadenado, fundido, fuera de campo, banda sonora, realizador, elipsis, guión, efectos especiales… y no digamos ya los conceptos, rodeados de glamour, tales como: cine de autor, de arte y ensayo, cine de vanguardia, cine marginal, cine underground, cine independiente, cinema verita, free cinema, cine de serie B…
El mundo de la música también estaba cambiando a pasos agigantados y parece que lo dominaban los anglosajones y así surgieron aquellos conjuntos que hicieron historia y que predicaban cosas como el amor libre, la vida en el campo, las comunas y, en resumen, un conjunto de valores, si es que podían llamarse así, que no tenían nada que ver con la vida, ideas y costumbres de aquellos que nos gobernaban ni de todos los que se consideraban gente de bien y personas de provecho. Eran: Beatles, Rollings, Simon and Garfunkel, Jimmy Hendrix, Bob Dylan, The Doors, Led Zeppelín, Credence, The Who, Iron Butterfly, Pink Floid, The Mamas and the Papas, Elvis Presley… y otros. A nivel nacional se hizo una buen intento de sumarse a esta ola y así aparecieron: El Dúo Dinámico, Los Brincos, Formula V, Julio Iglesias y sobre todo Masiel. No hubo para más, fue lo que dio la tierra.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Vengo a dejarte mis saludos. Ya leí desde ayer, pero mis sesos andan medio secos.

Besos

Soros dijo...

No te apures, así andamos casi todos. ;-)