14 febrero 2009

La residencia


Tras seis horas en un coche de línea llegó a otra ciudad del interior. Durante el viaje fue pensando que no tenía suerte, que, al menos, podría haber encontrado trabajo en alguna ciudad de las que había junto al mar, por verlo y por aquello del recuerdo del abuelo, que decía que allí los ríos encontraban sosiego. Cuando el autobús paró definitivamente, por haber llegado a su destino, lo hizo en una explanada que había sobre un mirador que daba a la estación del tren y al río. Pero aquel no era ya el mismo río ni circulaba en la misma dirección y ni siquiera iba al mismo mar. Y se dijo, al contemplarlo desde aquel mirador natural de la ciudad, que él tampoco era ya el mismo ni sabía muy bien qué dirección tomar.
La Fambra era una ciudad aislada, fría y partida en dos por un viaducto que unía las dos partes de ella, la vieja y la nueva, salvando un profundo barranco. El trabajo que Lázaro había encontrado era de educador, curiosa denominación estando él por terminar su educación, en una residencia de estudiantes. Esta actividad que le proporcionaría alojamiento y manutención, un pequeño sueldo que apenas le daría para los gastos personales y tiempo para seguir estudiando por su cuenta. Tras preguntar, se encaminó hacia la parte nueva de la ciudad. Atravesó por primera vez el viaducto cuya altura le impresionó y de cuya visión le vino una de esas sensaciones de vértigo que cosquillean en el bajo vientre, o en un fondo inmaterial e interno aún más profundo, y recorren la columna vertebral.
Era aquella una residencia de estudiantes donde se reunían muchachos de toda la comarca para poder asistir al instituto, centro de formación profesional o escuela de magisterio, y otras entidades académicas que en La Fambra había. Los muchachos dormían en la residencia, comían y tenían sus horas de estudio en grandes aulas. A Lázaro le dieron una habitación individual y una serie de tareas como las de levantar al personal a su hora, atender a los enfermos, hacer que se cumplieran los horarios y vigilar el orden en los estudios y el comedor.
La responsabilidad de la residencia la llevaban el director, el jefe de estudios y el preceptor, aparte de un administrador que, como muy pronto aprendió Lázaro, pagaba siempre a los educadores con muchísimo retraso, posponiendo la entrega del dinero una y diez veces, de mala gana y teniendo que apremiarle para que lo hiciera, de tal modo que cualquiera pensaría que suyo fuera o que por suyo tenía aquel dinero.
El director tenía un despacho grande y suntuoso y una estupenda vivienda en la planta superior de la residencia y el derecho, inherente a su cargo, de que se le subieran las comidas desde la cocina de la residencia para toda la familia.
El jefe de estudios no pisaba casi nunca el centro excepto si se le precisaba mensualmente para cobrar el sueldo o para alguna otra incumbencia igual de necesaria, seria y conveniente. El preceptor solía dar una vuelta algunas tardes, deambulando por los estudios, con una desgana indiferente y, con menos desgana pero la misma indiferencia, venía a comer o a cenar en las temporadas en que su mujer no estaba en casa. Todos ellos tenían su trabajo principal en otro lado y allí sólo percibían unos emolumentos buenos, sobre todo si se comparaban con las pocas exigencias que les eran requeridas para percibirlos porque, ganarlos, era un suponer que los ganaran.
Por otro lado, de la dirección espiritual, imprescindible en la época, se encargaba un capellán que también era canónigo de la catedral y que venía a comer de vez en cuando, aunque no siempre, pero del que Lázaro no tuvo constancia de que estuviera en nómina pues, si cobraba, fue siempre tan discreto el pago como desconocido el motivo para el mismo.
Los muchachos dormían en grandes pabellones que solían ser rectangulares y muy amplios, atestados de taquillas, pegadas a la pared, donde guardaban sus ropas, propiedades y, muchas veces hasta algo de comida. Los pabellones estaban también repletos de literas, una frente a cada taquilla doble, donde dormían los muchachos. Tenía también cada uno una sala de lavabos con duchas y retretes.
Había una sala desde donde se controlaba la megafonía. Cuando, a las siete de la mañana, se daba el toque de sirena para que se levantaran en los distintos pabellones se les ponía un long play a buen volumen para que no se durmieran, una vez despertados por el impactante toque de sirena, y así, envueltos por la música, se fueran lavando, vistiendo, ordenando las cosas y haciendo las camas. No obstante, el educador, que estuviera de servicio, había de ir pabellón por pabellón controlando que los estudiantes estuvieran en pie y no se hubieran rendido ante el pesado sueño que se tiene en la juventud y que hubieran salido del cálido nidal de su litera a enfrentarse con el golpe de frío que, a aquella hora, reinaba en los pabellones. Los inviernos de La Fambra eran heladores y aquellos momentos finales de la noche y próximos ya al amanecer eran generalmente los más fríos.
Como la residencia tenía dos edificios, era costumbre que los educadores comenzaran a visitar los pabellones del edificio más grande donde dormían los estudiantes de menor edad y pasaran después al otro edificio donde dormían los mayores, regalándoles unos minutos de pereza a los segundos, pues todos, aunque la sirena les hubiese despertado, aguantaban acurrucados los pocos minutos de propina que podían añadir a su sueño arrancado recién y brutalmente por el odioso timbre intempestivo. Lázaro recordaba el momento de ir abriendo las puertas de los pabellones, mientras sonaba en la megafonía la música de Nat King Cole en español cantando “Las mañanitas” o “Perfidia” o “Ansiedad”:
“…Ya viene amaneciendo, ya la luz del día nos dio, levántate de mañana…”
“…Mujer, si puedes tú con Dios hablar, pregúntale si yo alguna vez…”
“… Ansiedad de tenerte en mis brazos musitando palabras de amor…”

- ¿Y es que no se les podía poner algo más recio, más rítmico, más tonificante? ¿Es que no había unas buenas marchas militares, un himno de la legión? ¿Qué clase de residencia era aquélla, por Dios!
- Sí señor, había todo eso que usted dice pero cuando el educador Lázaro estaba de semana ponía lo que se le antojaba. ¿Le queda claro o seguirá usted dándonos lecciones de reciedumbre inasequible al desaliento?

Pues como iba diciendo, Lázaro no sabía muy bien por qué, pero quedó grabada en su mente esta música romántica cantada en español con un acento americano muy marcado. Pudo ser por la penumbra de los pasillos desiertos y helados y por aquel silencio que los muchachos se obstinaban en no romper para evitar salir del sueño definitivamente. Quizás lo fue porque, siempre que la escuchó, vino la música acompañada del fuerte hedor acre que recibía en una vaharada, capaz de hacerle tambalear como si fuera un golpe, al abrir cada una de las puertas de los pabellones. Era un olor ácido y caliente, a humores, secreciones y orinas, mezclado con el olor a pies que todo lo dominaba y lo vencía y hacía de marco base para cuantos olores se añadieran. Un olor denso que se agarraba también a la garganta. Un olor que ofendía. Aquellas temperaturas no propiciaban lavados exhaustivos sino que más bien los exigían rápidos y como para salir del paso. Y, claro, se notaba.
Para desayunar acudían los muchachos al gran comedor y ya todos, los cuatro o cinco educadores, presidían la mesa y el de semana hacía la bendición de rigor. Después los chicos, Lázaro recordaba que él también lo era aunque por entonces se esforzara en disimularlo, marchaban cada uno a su destino y no se les esperaba normalmente hasta la hora de comer. Al desayuno, los responsables de la residencia, no venían jamás. Seguramente para no dar al acto más importancia de la rutinaria que era la que a todos convenía.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

¡Wácatelas!
Asquito de hedores ¿eh?
¡Qué paseos mas inolvidables los de Lázaro, por esos lares!

¡yuiiiiks!

Soros dijo...

Lázaro ha de verse envuelto en más cosas. A ver qué te parece.