28 enero 2016

La Casa Zarrúa Cap.7

Zarrúa, en las semanas siguientes, entró en competencia con otro como él. Era un representante de la empresa textil catalana. Se llamaba Borrell y ante los jefes de Intendencia había entrado en un concurso para servir mantas, uniformes, tiendas, pertrechos para los blocaos y otros aperos y utillajes. En aquella ocasión Zarrúa temía perder la partida. Era cierto que él mantenía muy buenas relaciones con los del arma de Ingenieros pero, con los de Intendencia, aún no tenía relación y temía que el contrato se lo llevara finalmente el catalán.
Borrell le localizó. Hablaron amigablemente en la discreción de la suite del hotel del ingeniero.
El asunto, según Borrell, era que no debían presentarse los dos a la subasta de los lotes demandados. Si lo hacían, los jefes militares exprimirían a ambos a la baja, de modo que, además de tener que pagar la habitual comisión, su porcentaje quedaría tan mermado a favor de los militares, que el negocio no valdría la pena. Ahora bien, si no entraban en competencia y sólo uno de ellos intervenía, bastaría con darles un porcentaje sin necesidad de disminuir los grandes beneficios de la venta y por tanto sus ganancias personales.
Naturalmente había de ser Zarrúa quien se retirase de la puja a cambio de que fuese Borrell quien le cediera el negocio, según le prometió, en la siguiente oportunidad.
Abdel les vio salir juntos del hotel y tomar una copa, antes de despedirse, en una terraza cercana.
Apenas se marchó el catalán, el morito se acercó a Zarrúa. Éste, al ver al zangolotino, le ofreció asiento. Por todo saludo, Abdel dijo:
-No fíes Borrell. Él aquí mucho tiempo antes que tú. Muy amigo de jefes de Intendencia. Tiene muchos negocios.
El ingeniero Zarrúa se admiró de que Abdel estuviera al tanto de esas cosas.
-¿Cómo sabes tú eso?
-Información vale mucho. Borrell vende todo. También armas a cabilas.
-Pero, eso no es posible. ¿De dónde las va a sacar?
-Jefes de Intendencia saben. Todo negocio. Todo dinero. Guerra mucho negocio.
El ingeniero quedó perplejo ante aquella información que le asustaba hasta el punto de resistirse a creerla. Pero se dijo que, de ser aquello cierto, Borrell no le cedería tampoco la siguiente contrata de material, pues la connivencia del catalán con dichos cargos militares le tendría a él permanentemente vedado el negocio. Era evidente que, por sus peligrosas actividades, habría entre ellos un pacto de silencio y colaboración.
Zarrúa dijo al morito:
-Pero, si me dices qué ruta usa para llevar armas y a qué cabilas, si es que eso es verdad, yo podría denunciarle, le arrestarían y me quedaría sin competencia. Entonces el contrato sería mío.
-No. Sería lo contrario. Él nunca va, lo hacen otros pagados en su nombre. Si tú denuncias Borrell, los militares volverán contra ti. Borrell y militares negarán todo. Los negocios acabarán para ti. Denunciar nunca. No bueno para negocios.
-Pero la subasta de los materiales es dentro de diez días. Creo que sólo me queda retirarme.
-Abdel sabe solución.
-¿Cuál es?
-No bueno que tú sepas. Tú vas a Intendencia en diez días y negocia con militares. Abdel hará lo que pueda.
El muchacho se marchó sin más. El ingeniero se quedó pensativo, dudando de que aquel mocito, por espabilado que fuera, pudiera hacer algo por conseguirle aquel negocio.
Cuando llegó la fecha, Abdel no había dado señales de vida. Sin embargo, el ingeniero pensó que nada perdería por comparecer en la puja. Se retiraría de ella y luego hablaría con Borrell para pedirle alguna comisión por su retirada. Puede que el catalán accediera a darle alguna parte de su copioso beneficio, sobre todo si le dejaba caer, como por casualidad, alguna de las cosas que el morito le contó.
Para su sorpresa, llegada la hora de hacer las pujas, Borrell no aparecía. Los militares empezaron a ponerse nerviosos y viendo que pasaba más de una hora del momento de la subasta y Borrell seguía sin comparecer y, pese a las protestas de Zarrúa, adujeron la indisposición de uno de los jefes principales y la pospusieron para el día siguiente. Pero al día siguiente Borrell tampoco acudió y no les quedó a los de Intendencia más remedio que aceptar el pliego de Zarrúa al que, naturalmente, pidieron bajo cuerda una comisión, pero al que no se atrevieron a intentar rebajar los beneficios. Zarrúa les dio una cantidad mayor de la que pidieron pues, en los negocios, había siempre que mostrarse generoso con quienes se pudiera volver a negociar, sobre todo, ansioso, como estaba, por quitarle a Borrell aquel filón que tenía en Intendencia.
El ingeniero echó cuentas de lo ganado en aquella operación. Le quedaron ocho mil pesetas.
Tres días después, cuando el ingeniero esperaba ver aparecer a Abdel, se presentó en su hotel un sargento de la policía militar con dos soldados. El señor Borrell había desaparecido y ninguno de sus conocidos o colegas sabían nada de él. El ingeniero contestó a todas las preguntas del suboficial con los datos que de Borrell conocía, pero nada pudo aportar sobre su paradero pues, en verdad, nada sabía.
Pasó una semana antes de que Abdel, inesperadamente, apareciera. Le llamó desde un café, entre la algarabía del cercano zoco, y el ingeniero se sentó a su mesa.
-¿Negocio con los de Intendencia? –preguntó Abdel por saludo.
-Sí, por suerte. Borrell no se presentó.
-¿Ganancia mucha?
-Estuvo bien.
-Esta vez primero trabajo y ahora dinero. Yo también confianza, ya sabes, sin ella no negocio. Negocio bien. Quiero dos mil pesetas.
-Pero, ¿qué ha pasado con Borrell? ¿Qué has tenido tú que ver?
-Tú negocio. Borrell no cosa tuya. No más problema con Borrell.
El ingeniero se quedó mudo. Le impresionaba la parquedad de Abdel y la seguridad tozuda en cuanto decía, ambas cosas impropias de un muchacho.
Tras un minuto de silencio, como Abdel notara la indecisión del ingeniero, dijo en un inesperado tono despectivo:
-Si tú no conforme, no dinero. Si tú miedo, Abdel marcha y no más negocio.
No llevaba tanto dinero encima. Fueron al hotel y discretamente le entregó el dinero al muchacho. Éste desapareció sin más palabras.
Diez días después los periódicos locales publicaron que se habían encontrado algunos efectos personales, restos de ropa y documentación de un representante de la industria textil catalana que inexplicablemente se había adentrado en el Rif y, al parecer, tras despeñarse, había sido devorado por jabalíes y lobos.
Según aquella noticia el enigma se había resuelto y a nadie le interesó seguir indagando sobre el caso.

La Casa Zarrúa Cap.6

El ingeniero conoció a Abdel Jabbâr a las dos semanas de llegar a Melilla. Sus contactos con las autoridades civiles y militares los tenía programados y preparados por las empresas a las que representaba, pero su contacto con Abdel fue una casualidad que, sin embargo, marcaría inesperadamente sus años en el Protectorado y, en cierto modo, su destino.
Abdel era un chaval de edad indefinida. Talludo y flaco, como una espiga agostada, aparentaba doce o trece años pero quizás tuviera dieciséis o diecisiete.
Al salir de la Capitanía, ultimada la burocracia de un pedido del arma de Ingenieros, topó el señor Zarrúa con uno de los centinelas que, tras abofetear salvajemente a un muchacho, lo llevaba al Cuerpo de Guardia asido brutalmente de una oreja mientras el chico sangraba por la nariz.
-¿Qué ha hecho?-inquirió Zarrúa, impresionado por aquella crueldad.
-Intentaba robar un fusil. Pero se va a enterar -repuso el soldado.
El ingeniero, en un arrebato de piedad que aún no había aprendido a reprimir, se llevó la mano a la cartera y, sacando un billete de veinticinco pesetas, se lo tendió con disimulo al soldado al tiempo que decía con gesto severo:
-El chico me estaba esperando. Déjelo marchar. Yo me encargaré de que esto no vuelva a suceder.
El soldado cogió el billete, se encogió de hombros y dando un puntapié al muchacho dijo:
-¡Que no te vuelva a ver por aquí, gaznápiro!
El chico, del empellón, fue a caer a un cenagal de lodo y estiércol de caballo. El ingeniero lo levantó del barro. Luego emprendió el camino a su hotel seguido por el muchacho a un par de metros.
En el camino, Zarrúa se detuvo frente a un cafetín. Se dio la vuelta y miró al arrapiezo que mansamente le seguía.
-¿Hablas español?
-Sí.
-¿Cómo te llamas?
-Abdel Jabbâr.
El ingeniero, en broma, quiso congraciarse con el muchacho y le dijo:
-¿Quieres trabajar para mí?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque conviene servir al poderoso, mi nombre significa eso.
Zarrúa se quedó perplejo ante la respuesta del muchacho. Pensó que, al hablar del poderoso, se refería a Alá y supuso que era un devoto musulmán. Pero, notando como el morito miraba al escaparate del cafetín, dijo Zarrúa:
-¿Tienes hambre?
-Sí.
-Entra y come lo que quieras.
-Si trabajo para ti, como contigo.
De nuevo se sorprendió el ingeniero. Parecía un chico poco hablador y muy desconfiado. Pese a sus pocos años mostraba una frialdad que no hubiera sabido decir si ocultaba timidez u orgullo. Aunque, su última frase, parecía denotar más lo segundo.
Entraron en el cafetín, se sentaron a una mesa. El ingeniero tomó café y el chico té, aunque el muchacho no lo bebió hasta haber devorado media docena de pastelillos. Tras apurar el vaso, el muchacho, mirándole a los ojos, preguntó:
-¿Cuánto pagas?
El ingeniero se quedó pasmado ante la pregunta directa e inesperada. Al parecer aquel ingenuo se había tomado en serio su ofrecimiento. Pero, con un poco de guasa, le contestó:
-Depende de para lo que sirvas. Yo no me dedico a robar fusiles.
-Todos roban. Para mí, un fusil es mucho. ¿Qué quieres robar tú?
-Yo hago negocios, no robo -dijo secamente el ingeniero, molesto por la obtusa lógica que parecía regir la mente del muchacho.
-Entonces, ¿a qué has venido aquí?
La pregunta, así formulada, parecía cándida, pero, ciertamente, era sagaz, aunque sonara a impertinencia.
-Ya te lo he dicho: a hacer negocios.
-Negocios son robos grandes con poco riesgo. Tú negocias con españoles. Si negocias también con moros, igual tiempo, doble negocio.
El ingeniero, mitad incrédulo mitad curioso, decidió seguirle la corriente:
-¿Qué negocios podría hacer yo con los moros?
-Tú no sabes, yo sí. Tú no conoces cabilas, tú no conoces idiomas, tú no sabes nada de moros. No conoces país. Yo sí.
-¿Y por qué no haces tú esos negocios?
-Porque yo no poderoso, tú sí.
-Está bien, Abdel. Veremos si me eres útil. ¿Cuánto habrías sacado por el fusil que ibas a robar?
-Doscientas pesetas.
-Bien, si eso es mucho para ti, te las pagaré de aquí a un mes. Siempre que me proporciones negocios. Luego, ya hablaremos –dijo el ingeniero tratando de zafarse del muchacho.
-No. Tú paga ahora. Si no confianza, no negocio.
Se admiró el ingeniero tanto de la determinación del chico, como de sus observaciones y, haciendo oídos sordos a su prudencia, hizo lo contrario de lo que ésta le recomendaba y le dio las doscientas pesetas a Abdel.
Al despedirse le dijo:
-¿Qué haré para localizarte?
        -Nada. Yo localizo siempre a ti. Yo sirvo, tú poderoso. 

27 enero 2016

La Casa Zarrúa Cap.5

El ingeniero Zarrúa, durante aquellos años, fue comprendiendo que, al igual que sucede en la sociedad, las guerras tienen una estructura piramidal o, dicho de otro modo, se asemejan a la cuenca de un gran río: el caudal se reparte por toda ella pero casi todo él termina llegando a  la desembocadura. Y fue en ese plácido delta donde se colocó el ingeniero, distante de los inconvenientes de un conflicto pero próximo a sus ventajas y acicates.
En la sociedad actual difícilmente podrían encontrarse anormalidades o engaños contables o fiscales pero, desgraciadamente, por entonces ciertas irregularidades tenían la inercia del agua siguiendo su caída y su avance era tan natural que nadie, aunque quisiera, podía oponerse a ellas. Y es que, para juzgar la Historia, hemos de retrotraernos a cada tiempo y situación, y de nada sirve enjuiciar las acciones ocurridas en tiempos pasados con la rectitud y honradez de los criterios presentes.
Pronto captó el ingeniero recién llegado que, en aquella situación bélica, cada cual en su desempeño solía usar cuanto estuviera a su alcance para enriquecerse. Y que esto, si  bien no era extraño en tiempos de paz, en los de guerra se tenía casi por obligatorio. Y muchos estaban conformes con ello y, por lo cotidiano y habitual de aquellos usos, no se sentían manchados, pues el sentido de la decencia se había desvanecido incluso en aquéllos que alguna vez lo tuvieron. La guerra era la guerra, un genial axioma que, en su simpleza, servía para que algunos justificasen casi todo.
Pero, profundizando más, el ingeniero intuyó de inmediato que todo aquel que intentara oponerse a aquella ola de venalidad, inmersa en el maremágnum bélico, habría sido arrastrado por su fuerza incontenible y, o bien habría sido tomado por necio, o bien, en su caso, habría sido eliminado por sus iguales como el que se deshace de un estorbo.
La guerra, en la opinión que terminó formándose de ella el ingeniero, afinaba el sentido de los negocios y daba argumentos a la mayoría de los hombres, de por sí ambiciosos, para tornarse abiertamente en codiciosos y eludir sin embarazo cualquier traba moral. Y eran tales los dispendios públicos, usados en aquellas campañas, que algunos responsables, dependiendo de su posición, se sentían legitimados, con el derecho que les daba la supuesta o real cercanía de la muerte, para utilizarlos en beneficio propio. Pero, curiosamente, eran los que se mantenían más alejados del frente los que recibían los más ingentes porcentajes de aquel negocio generalizado. Por raro e injusto que este fenómeno pueda parecer.
Era cierto que la base de la pirámide sobre la que todo se sustentaba era el grueso de la tropa. Pero los soldados que la integraban eran, por lo general, incultos y pobres y, además, se les reclutaba por levas forzosas, con lo que ni los más desgraciados podían rebelarse ante su sino. Y nadie se opuso a que muchos de ellos, orgullosamente, acapararan la innegable gloria de servir honradamente a la Patria, luchando con honor y derramando su sangre o dejándose la vida. Pero tampoco nadie puso objeción alguna a que unos pocos obtuviesen, discretamente, pingües beneficios sin demandar más gloria que la riqueza, ni más honor que el dinero.
Cuando el poder es la única razón que impera, cosa que sucede en la guerra y a veces hasta en la paz, estas cosas suceden. “Historia magistra vitae est”, Cicerón no se cansaba de decirlo. Y, no todos, pero muchos, llegaron a pensar como el ingeniero.

La Casa Zarrúa Cap.4

Zarrúa tomaba café indolentemente en una terraza próxima a uno de los cuarteles mientras, como recién llegado, se aclimataba al ambiente de la ciudad.
Tras el desastre, el Regimiento de la Corona, los Tabores de Regulares de Ceuta, el Tercio y otros refuerzos, luchando heroicamente, habían salvado Melilla y tomado las cercanías más estratégicas, fundamentalmente los altos del Gurugú. Melilla ya no se sentía amenazada.
Aquel día una nueva remesa de soldados había llegado de la península, seguramente un batallón de refresco o de refuerzo.
Desde lejos le llegaban a retazos, traídas y llevadas por el capricho de la brisa marina, las enfáticas palabras de la arenga de un coronel:

…El soldado tiene en nuestra patria una tradición gloriosa. El soldado español se ha distinguido siempre, no sólo por su disciplina y su abnegación, sino también por su heroísmo…
…Nuestro himno patrio es un himno marcial porque la Historia de España ha sido escrita por sus mejores hombres, sus soldados…
…Sé que habéis dejado vuestros hogares acudiendo prestos y orgullosos a la llamada de la Nación. Sé que estáis aquí defendiendo las obligaciones de España y su grandeza. Sé también que sois diferentes en credo, cultura, procedencia y condición, pero, a pesar de las diferencias, un sentimiento grande y común os une a todos y os coloca bajo la misma bandera, ese símbolo sagrado que a todos nos ampara y representa…
…Nuestra patria es España, sus tierras y sus gentes y, en este momento, España somos nosotros, que amamos las mismas cosas y tenemos los mismos anhelos, que estrechamos la mano del amigo, del camarada, del compañero, al que ayudaremos incondicionalmente en la lucha, inclinándonos en su ayuda con la misma unción con la que nos arrodillamos para rezar en la tumba de nuestros padres o para velar en la cuna el sueño de nuestros hijos…
…Está España inmersa, una vez más, en su anhelo de civilización, de búsqueda de prosperidad para tierras hermanas. Y estáis aquí con ese sagrado cometido. Por eso vuestro afán es justo y altruista y vuestra lucha merecerá la pena…
…Sé que habéis dejado atrás madres, novias y hermanas con lágrimas en los ojos, pero no dudéis que ellas entienden mejor que nadie vuestro sacrificio que, a la vez, es el de ellas. ¿Qué decir de la abnegada y nunca bien ponderada mujer española? No es necesario que yo la alabe, porque vosotros sabéis mejor que nadie su valía. Pero un día volveréis orgullosos ante ellas y ellas os recibirán, si bien con nuevas lágrimas por la felicidad de vuestro retorno, con la satisfacción infinita de recibir entre sus brazos a un héroe de la patria, a un soldado español…
…Sabed todos que la milicia es una religión de hombres honrados, un soldado ni hace peticiones ni cuestiona orden alguna, un soldado tiene su forma peculiar de mostrar la hombría y el honor con el acatamiento y la lealtad incuestionable y eso es lo que la Patria espera de vosotros. Y, tengo la seguridad, de que eso será lo que de todos vosotros la Patria reciba, porque, el más noble de los ánimos, al soldado español no se le supone, sino que se le da siempre por cierto…

¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva el Ejército Español!

Entre sorbo y sorbo de café y teniendo como fondo aquella vibrante alocución castrense, modulada en tonos marciales y declamada con aquel estilo militar que tan bien conocía, se preguntaba el ingeniero si era la guerra la ocasión de los mejores negocios o si eran los mejores negocios los que ocasionaban las guerras.
Se dijo que, lo último, no podía dilucidarse con seguridad pero, lo que sí era cierto, es que aquella guerra mantenía ocupados a muchos miles de hombres, bien en los frentes, en los blocaos y en los cuarteles, bien en las fábricas o bien en el comercio. Y, mirándolo desde un punto de vista económico, era la guerra una empresa de las más principales, por la gran cantidad de ocupaciones que aportaba.
Claro que, por entonces, ningún político se atrevía a decir abiertamente que las guerras fueran generadoras de puestos de trabajo y de riqueza. El pudor se tenía aún por señal de buena educación.

La Casa Zarrúa Cap.3

Las empresas, radicadas principalmente en las provincias catalanas y vascas, estaban muy interesadas en los contratos con el ejército y con el gobierno. La reciente experiencia de esas empresas en la Primera Guerra Mundial, y su consiguiente prosperidad, impelían a sus propietarios a no escatimar gastos en gestores que, cerca del frente, obtuvieran contratos por los medios más adecuados, o sea, por cualquier medio.
Quizás estas últimas palabras causen hoy extrañeza, pues el férreo e ineludible control que ejercen los gobiernos sobre los recursos públicos, no permitiría actualmente, ni de lejos, tales prácticas.
Sin embargo, muchos consideraban por entonces que la guerra era la marmita donde se cocían los mejores negocios y todos querían tener cerca del guiso a un cocinero propio.
Fueron años en que todas las grandes compañías pugnaban por obtener contratos de la Alta Comisaría, máxima entidad del Protectorado, que funcionaba como un pequeño gobierno con sus departamentos de Asuntos Indígenas, de Fomento, de Hacienda y de Obras Públicas y, también, ejercía el mando en el Ejército de África por medio de sus tres Comandancias: Ceuta, Melilla y Larache.
Algunos estudiosos, aunque dicen que las cifras de aquella guerra se disfrazaron durante mucho tiempo por prudencia, estiman que, en la fase final del conflicto, se reunieron medio millón de hombres entre españoles y franceses y más de cuarenta escuadrillas de aviones.
Algunos sostienen que los gastos de defensa del gobierno español se multiplicaron por tres y los servicios económicos por seis en los últimos años de aquella guerra.
Pero, aparte de todas estas controversias, los efectivos españoles fueron de decenas de miles de hombres durante esos años. Las necesidades en material ferroviario, de aviación, de radio, de telefonía, de armamento, de enseres, de materiales de construcción, provisiones, textiles… supusieron ingentes cantidades de dinero.
Tras la carnicería de Annual, Monte Arruit y otras menores, se prolongó la guerra durante años y, con ella, las grandes contratas, las obras de todo tipo y las compras masivas de maquinaria. Pero, pese al denuedo con que el Ejército Español combatió su rebelión, resultó que a comienzos de 1925 Abd-el-Krim se había convertido en un gran peligro, no ya sólo para los intereses españoles, sino también para los franceses. El rebelde dominaba el norte de Marruecos a excepción de Ceuta, Melilla, Tánger y Larache. Ante su hostilidad, los franceses comenzaron a temer también por sus posiciones y decidieron intervenir en el conflicto al sentirse cada vez más amenazados por aquel caudillo del Rif. Y todo desembocó, finalmente, en el desembarco de Alhucemas, por parte española, y la invasión del Rif por los franceses desde el sur. Fueron las acciones coordinadas entre los dos ejércitos las que, definitivamente, encerrando a Abd-el-Krim entre dos frentes, le derrotaron y éste terminó por entregarse a los franceses en mayo de 1926 y ser deportado a la isla de Reunión.
Fue en estos años, de 1921 a 1926, cuando el ingeniero Zarrúa desempeñó sus funciones en Marruecos, a caballo entre Melilla y Ceuta. Consiguió grandes contratos para los consorcios a los que representaba y, él personalmente, se lucró con variados tipos de comisiones que, además de su salario, se ingenió, haciendo honor a su oficio, para percibir de militares y civiles, españoles y franceses, cabileños leales o rebeldes y, en general, de todos aquellos que mantuvieron con él alguna relación.
Hoy, tal vez, se diría que sus acciones fueron de una ética dudosa pero, técnica y contablemente, todas ellas fueron impecables y ningún auditor o interventor, civil o militar, fue capaz de encontrar en ellas la menor anormalidad. Cosas, naturalmente, que en el presente serían inviables. Tal es la naturaleza y rigor de las leyes actuales.
Así fue como el joven ingeniero que llegó a Melilla con 26 años, tras un lustro de estancia en el Protectorado, volvió a Algeciras rico, con una fortuna que jamás imaginó reunir cuando llegó con su flamante título y los bolsillos vacíos.
El ingeniero Zarrúa había terminado sus estudios de ingeniería industrial en la Escuela Superior de Bilbao. Se decía que la ingeniería industrial era la más generalista de las ingenierías pues se podía adaptar a cualquier sector empresarial. Zarrúa comprobó, en aquellos años, la veracidad de tal concepto.
Pero, como las épocas de gran prosperidad para las empresas no lo son, a veces, para el común de las personas, aquella guerra también tocó a su fin con la rendición del rebelde Abd-el-Krim. Ni las desgracias ni las dichas son para siempre.

La Casa Zarrúa Cap.2

Tras el desastre de Annual en julio de 1921 y el subsiguiente de Monte Arruit en el mismo año, se produjo una gran controversia en España. Aquellos reveses militares que, según los más optimistas, concluyeron con más de 13.000 muertos entre las tropas, pusieron a la potencia colonial española en entredicho. Las pérdidas en material bélico se estimaron en alrededor de 20.000 fusiles, 400 ametralladoras y 120 cañones. Los equipamientos e inversiones nacionales en el norte de Marruecos se perdieron en cuestión de días.
El efecto sobre la nación fue desmoralizador y humillante. Pues, aparte de la derrota, no dejaron los periódicos de resaltar las acciones más macabras y generalizadas de los rebeldes cabileños: no respetar rendiciones, no hacer prisioneros, decapitar, castrar y descuartizar a los soldados y dejar sus restos momificarse al sol o ser pasto de las alimañas.
Militarmente, el que una nación europea fuera incapaz de mantener en paz el territorio que se le había encomendado como Protectorado y, lo que era más, que su ejército regular hubiese sido derrotado por las tribus de los rifeños insurgentes, suponía un descrédito y una deshonra ante la comunidad internacional. Un incipiente poder indígena, haciendo recular al ejército de un país que aún se creía una potencia, no era concebible ni aceptable.
Hubo vehementes diatribas sobre si seguir con aquella guerra o abandonar la empresa. Pero, quizás por orgullo patrio, quizás por vergüenza, quizás por cumplir con la misión internacionalmente aceptada y recobrar el prestigio, se decidió continuar con la labor en el Protectorado.
Pero, en algunos casos, salvaguardar la honra y actuar con pundonor, conlleva unos grandes dispendios económicos. De modo que, una vez decidida la continuación de la labor civilizadora de España en el Protectorado, se requirió un gran esfuerzo económico. En casi todos los ámbitos se produjo una gran actividad. El flete de barcos para tropas, pertrechos y todo tipo de materiales incrementó el auge de algunas compañías navieras. Los recursos militares y, en general, toda la intendencia en el Protectorado hubo de multiplicarse. Todo tipo de medios para la explotación de los recursos se pusieron en marcha: concesiones ferroviarias y viales, industria del armamento, empresas eléctricas y de la construcción y, en general, todo tipo de monopolios tanto industriales como comerciales.
El capitalismo industrial y financiero del País Vasco, la poderosa industria catalana y los capitales de la banca madrileña se mostraron los agentes más decididos a involucrarse en aquella aventura colonial en defensa del prestigio de España y en pro de la civilización y modernización del Protectorado. A ellos se unieron también una gran variedad de modestos intermediarios en los puertos andaluces y levantinos y en otras empresas menores.
Y de este modo el utópico celo colonialista, que se desplegaba en las salas de banderas de los cuarteles y en las redacciones de los periódicos, fue alimentado y sostenido por unos intereses económicos mucho más reales.
Aun así, muchos pensaron que el negocio más seguro del Protectorado terminó por ser el abastecimiento del ejército colonial y el del conjunto de población española que subsiguientemente se asentó en las principales ciudades.
Cierto o no, fue en esta tesitura cuando el ingeniero Zarrúa fue enviado a Marruecos. Las industrias que estaban dispuestas a proporcionar todos los medios necesarios para que España cumpliera su misión colonizadora con éxito, le mandaron como delegado.

La Casa Zarrúa Cap. 1

 “Los judíos polacos modelan, después de recitar ciertas oraciones y guardar unos días de ayuno, la figura de un hombre de arcilla y cola, y una vez pronunciado el maravilloso nombre divino sobre él, éste ha de cobrar vida. Cierto que no puede hablar, pero entiende bastante lo que se habla o se le ordena. Le dan el nombre de Golem, y lo emplean como una especie de doméstico para ejecutar toda clase de trabajos caseros. Sin embargo, no debe salir nunca de casa. En su frente se encuentra escrito emet (verdad), va engordando de día en día y se hace enseguida más grande y fuerte que todos los demás habitantes de la casa, a pesar de lo pequeño que era al principio. De ahí que, por miedo de él, éstos borren la primera letra, de forma que queda sólo met (está muerto), y entonces el muñeco se deshace y se convierte en arcilla. Pero hubo una vez uno que, por descuido, dejó crecer tanto a su Golem que ya no podía llegarle a la frente. Movido por un gran miedo, ordenó a su criado que le quitase las botas, pensando que, al doblarse, le podría llegar a la frente. Ocurrió tal como pensaba el dueño, y éste pudo felizmente borrar la primera letra, pero toda la carga de arcilla cayó sobre el judío y lo aplastó.”
(Jakob Grimm, 1808, en “El periódico para eremitas”)

Cuando las nieblas se disipan en la soledad de aquel desierto y el sol, muy lentamente, triunfa sobre ellas y las deshace en jirones y las deshilacha,  haciéndolas ascender y perderse, entonces, aún entre la confusión de la bruma ascendente, pueden verse las ruinas fantasmales de la Casa Zarrúa.
La sensación provoca desorientación y extrañeza. Y, quien ve aquello por primera vez, no sabe si, curioso, caminar en dirección a los edificios o, temeroso, dar la vuelta y desaparecer cuanto antes de aquel lugar.
Resulta sorprendente encontrar una villa de recreo en ese lugar aislado y nemoroso. Y, más aún, topar con ella al amanecer. Y da la sensación de que ha aparecido de repente y alguien la ha levantado en una noche y, en la misma, ha envejecido y ha sido abandonada. Su vista causa desazón.
Pero, más cerca, se aprecia un edificio vertical, mucho más alto, que desentona. Es una torre antigua, de apariencia agarena, de base cuadrada y con tres plantas, coronada por una azotea para la almenara. Es evidente que la atalaya llevaba varios siglos en ese lugar cuando se construyó la villa. Y, pese a su antigüedad, es su estructura la que parece más firme, más intemporal.
Todos los jardines y parterres aparecen desdibujados y, sus bancos de mampostería, desmoronados. La pista de tenis aún conserva los pivotes de hierro, torcidos y oxidados, que sujetaban la red. El piso de cemento está cuarteado y hecho migajas arenosas en toda su superficie. La piscina está vacía y con las paredes agrietadas y su escalera niquelada está desvencijada, torcida y colgada en un sólo punto del muro.
El edificio principal tiene dos plantas y está coronado por una gran terraza bordeada por almenas enanas. La primera planta es un semisótano con ventanas rectangulares y alargadas un palmo por encima del jardín reseco y alberga grandes cocinas y almacenes y las habitaciones, retretes y aseos que, un día, fueron del servicio. La planta principal tiene un recibidor y dos grandes salones muy iluminados. El suelo es de tarima de maderas preciosas que hoy aparecen podridas y levantadas. Un pasillo amplio conduce a ocho habitaciones espaciosas, con sus cuartos de baño con suelos y paredes de mármol, y finaliza en la escalera de caracol que baja a las cocinas y sube a la terraza.
Tras el edificio principal yacen desmoronadas las cuadras y el gallinero, el pósito y los garajes, el tanque del agua y los chamizos donde se guardaban los aperos. La noria está partida y tirada, hecha ya trizas, junto al pozo.
En el arenal, que usaban para la equitación y el picadero de los potros, apenas quedan en pie algunos pivotes carcomidos que aún recuerdan el contorno, hoy plagado de cardos.
La pequeña capilla tiene hundido el techo y los bancos tronchados bajo los cascotes, de la campana y la cruz solo queda el espacio vacío que ocuparon y los restos de algunas ropas litúrgicas están medio quemados, esparcidos por el suelo.
Delante de la fachada principal, ante la larga escalinata de la entrada, hay una gran superficie de obra, levantada dos cuartas sobre el suelo, de cincuenta metros por cincuenta, en la que se organizaban los saraos al caer las tardes del estío.
A ambos lados, adosadas a la fachada principal, dos garitas amplias, casi torretas, con puertas y ventanas con arco de herradura, le dan al conjunto un aire arábigo. La fachada principal, entre las garitas, está rematada en el centro por una espadaña con motivos simétricos, neoclásicos y neobarrocos, que encierran una hornacina vacía bajo el remate superior de un frontón partido, con un pedestal central, en el que se yergue una estatua hierática de Apolo. Sobre el dintel de la puerta principal, ornado de filigranas que trepan la espadaña, aparece el nombre de la casa y un año: Quinta Zarrúa 1928. Y, bajo el nombre, hay un pequeño torreón en relieve: el emblema militar del cuerpo de ingenieros.
Todo el que contempla la finca en su conjunto se siente embargado por una extraña nostalgia intemporal. Y nadie se explica la razón de su abandono. Pero cuando el ocaso empieza a poblar de sombras aquellos restos suntuosos, hoy decrépitos, todos abandonan con premura aquellos pagos, temerosos de lo que las tinieblas pudieran atraer a ellos.

23 diciembre 2015

¡No hay manera!

Uno de los modos con los que indicamos nuestra impotencia y frustración al intentar algo, que deseamos y no logramos, es esta expresión: ¡No hay manera!
Y suele ser una expresión en la que, coloquialmente o por escrito, hacemos elipsis de la cosa que tratábamos de conseguir y que ya hemos citado. Así decimos: ¡No hay manera!
Y se sobreentiende que no hay manera de conseguir esto o lo otro, cosa o asunto que ya hemos mencionado.
Sin embargo, si buscamos un uso distinto de esta expresión, tal vez nos sorprendamos del uso de la misma que en algún momento de la historia existió en nuestra lengua.
Esta curiosa anécdota ocurrió en Granada en el siglo XVI. La protagonizó un hombre cultivado, un humanista, ejemplo de la élite más representativa de su época. Se llamaba Juan Latino y dicen que nació en Baena. Era persona estudiosa, un gran conocedor tanto  de las lenguas clásicas como de su literatura, un poeta capaz de escribir en latín y en castellano, traductor de Horacio y Terencio y, resumiendo, un digno representante del Renacimiento. Por añadidura, Juan Latino sentía una gran vocación por la docencia, cosa que, como veremos, tuvo gran importancia en el devenir de su vida.
Y es en este punto donde entra en la historia doña Ana de Carlobal, dama de la aristocracia granadina, a la sazón de diecinueve años y, tan aficionada a las letras, que sólo eran hermosas para ella las personas que destacaban por su cultura literaria, según ella misma aseguraba.
El padre de la dama, ante las sinceras  y vehementes aspiraciones culturales de su hija y la imposibilidad de darle oportunidad de estudio como si de un varón se tratara, decidió, ya que como mujer no tenía otra posibilidad para instruirse, que recibiera clases particulares.
El señor Carlobal eligió por su reputación intelectual a Juan Latino, por entonces con veinticinco años, como gramático y preceptor de su hija para que ésta ensanchase sus horizontes culturales.
Pero, deslumbrado por la buena fama del señor Latino, olvidó el padre de doña Ana los avisos a este respecto de otro gran humanista, Juan Luis Vives, cuyos consejos, sobre las enseñanzas particulares a las damas, eran los que siguen:
Primero, que fueran impartidas por otras mujeres doctas y buenas.
Segundo, que, si lo primero no fuera posible, y hubieran de ser necesariamente impartidas las tales enseñanzas por un varón, habría de ser éste bien de mucha edad, o bien de virtud muy probada y, en cualquier caso, casado con mujer no fea y a la que amase, para evitar en lo posible la tentación por las demás.
Ignoradas, o tal vez desconocidas, las recomendaciones de Vives por el padre de la dama, inició don Juan Latino sus lecciones.
Enseguida la notoria belleza de doña Ana despertó la pasión del gramático. Y los ardores que sufrió el preceptor desembocaron en escenas más propias de la desequilibrada fogosidad de su edad que del juicioso criterio que se le suponía por su grande conocimiento de las letras. Y promovió el gramático, cada vez con más frecuencia, tórridas escenas entre ambos. Enseguida pasó de mirarle deslumbrado a los ojos a tomarle las manos y de ahí a besarla y, al no notar en ella rechazo suficiente o contundentes y muy airadas quejas, dio el gramático en meterle la mano por la manera de la saya. Y ella, llegados a este punto y consciente del riesgo que semejante avance conllevaba, tras reprender al maestro duramente, decidió, para el día siguiente, coserse la manera de la larga falda.
Y es que las sayas que vestían en aquel tiempo las mujeres tenían una abertura por uno de los lados, de modo que por ésta, cuando lo precisaban, pudieran meter la mano y ceñirse o desceñirse las ropas interiores, o refajos, sin tener que desprenderse de la falda. Y a tal abertura se le llamaba “manera”, por estar hecha para meter la mano.
El día que don Juan Latino, buscando la manera, no la halló, se dijo, consternado y sorprendido: ¡No hay manera!
Y, al verse frustrado e impotente en su empeño, dejó Juan de acudir al domicilio de doña Ana para continuar sus enseñanzas.
Extrañado el padre, pidió explicaciones de su ausencia al gramático. Y éste le dijo que no se trataba de ninguna deserción de sus obligaciones sino, por el contrario, de falta de interés de la alumna por profundizar en la materia. Y dejó al padre bien patente la ausencia de inclinación por el aprendizaje que la dama mostraba y le dejó asimismo bien claro que, en tales circunstancias: “No había manera.”
El padre, sorprendido, reprendió a doña Ana y le rogó mayor interés por las lecciones y, de este modo, consiguió Juan Latino volver sobre sus pasos con redoblado afán e interés didáctico, en la seguridad de encontrar más dispuesta a doña Ana para el aprendizaje.
Pero algunos encantos debía de poseer don Juan Latino, amén de su cultura, que ya de por sí le hermoseaba ante la dama pues, según luego se supo, doña Ana se descosió la manera y, desde el primer día, don Juan Latino le metió la mano por dicha abertura y, cada vez con menos vergüenza por ambas partes, terminó aquello por hacerse costumbre Y, tantas veces encontró el gramático la manera que, perdida la resistencia de la dama, no tardó en desvirgarla y en preñarla. Y a los nueve meses nació la criatura que enseguida se supo de quién era, al ser mulata.
Y es que Juan Latino era negro y esclavo. Pero, como ya se ha dicho, encontró la manera. Y, gracias a ello, pasó de esclavo a hombre libre, de inculto a catedrático y de soltero a casado. Y dicen que siempre sonreía cuando alguno, llevado por el desánimo, exclamaba en su presencia: “¡No hay manera!”.
Y hasta tengo mis dudas de que la manida expresión, esa de “meter mano”, no venga de aquellos nombres, usos y costumbres.


Si alguno que este cuento haya leído desea comprobar la base cierta de esta historia puede recurrir, entre otros, al libro “Juan Latino. El esclavo catedrático” de Eduardo Soler Fiérrez. En dicho libro podrá profundizar en el entorno histórico de la Granada y la España del siglo XVI y abordar la vida y la obra del humanista Juan Latino.

17 diciembre 2015

Crónicas del Tango.- (Cap. 10 y Fin)


17 de Diciembre.- (El pobre Lázaro) "...y hasta los perros, acercándose, lamían sus úlceras..." (Ev. de San Lucas, 16, 21)


Aquel jueves, tras pensarlo, eligió otro lugar poblado de recuerdos. Su memoria quiso pasearse por aquel año de 1973. Un amigo con coche le llevó a Sigüenza con sus pocos trastos y su pequeña maleta. Se alojó, como único pupilo, en una vieja casa de la Calle de la Cruz Dorada. Su patrona era una anciana enferma, la señora Alejandra.
Enseguida se enteró de que Peregrina estaba libre. Una isla entre un mar creciente de cotos. Era cierto que había otros términos libres, aún bastantes, pero no estaban cerca y él no tenía coche ni, por entonces, posibilidad de tenerlo.
Enseguida se hizo con un mapa de la zona. Se levantaba un par de horas antes de que amaneciera. Tenía por entonces una vieja escopeta de perrillos del calibre 16 que le había costado 950 pesetas. En aquellas madrugadas, los jueves que trabajaba por la tarde, salía de Sigüenza con el macuto a la espalda y en la mano la escopeta enfundada. Entre las escarchas, cortaba por la senda que lleva al Rebollar y, siguiendo la carretera, se presentaba en las ruinas de la mina de Peregrina con las primeras luces. Cazaba las horas que podía y regresaba de nuevo a Sigüenza, a tiempo de llegar por la tarde a su trabajo.
Un buen amigo, Pepe Izquierdo, que por entonces hizo en Sigüenza, se enteró de sus andanzas para poder cazar. No supo con certeza si le hicieron gracia, le causaron admiración o, en el fondo, le dieron pena. Pepe era pescadero y, desde entonces, algunos domingos, con el modesto 4L de Pepe, se iban los dos a cazar a lo de Peregrina y La Cabrera. Y, el viejo, recordaba que su amigo Pepe, cada vez que sacaban, a primera hora, un bando de perdices, le decía siempre: “Vamos donde han salido que, donde duerme la perdiz, suele encamar la liebre”. Y mientras conducía iba recordando a Pepe por ese dicho y por otras muchas cosas. Todas agradables.

Aquella mañana, con el Tango, dejó el coche un poco más arriba del viejo puente romano, en un recodo de la Cañada Real Soriana que recorre el alto entre el Rebollar y el barranco del río Dulce. Eran los mismos parajes que cazó en aquellos años con el desaparecido Pepe Izquierdo y, también, los mismos a los que accedía, en aquellos madrugones, caminando desde Sigüenza por la parte contraria: las ruinas de la mina “El Acierto”.
Estaba muy cambiada la zona tras tantos años. Las encinas, sabinas, pinos y robles habían crecido y los marojos se habían espesado. Y algunas laderas estaban tan tupidas, que le parecían casi impenetrables. La ausencia de ganados, que mermaran el auge de la vegetación, había poblado de maleza aquellas alturas pedregosas.
Entre la abundante leña y los lejanos recuerdos, caminaba el viejo con el Tango. Hacían grandes eses y quiebros por aquellos parajes desiertos, buscando los supuestos bandos de perdices que, cuando entonces, merodeaban con seguridad por aquellos altos.
Tras una hora, entre el alto del Sabinazo y los Llanos, sintió el vuelo de unas. Eran cinco o seis. Volaron hacia abajo, hacia el Navazuelo, una zona bajera que linda con el bosque del Rebollar.
El cazador dejó que el Tango llegara al lugar donde saltaron las perdices sin seguirle, mientras giraba y se aprestaba a enfilar hacia donde habían volado, pensando en la manera de envolverlas.
Al punto sintió ladrar al Tango mientras le vio correr a unos ochenta metros tras de la rabona. El espíritu de su amigo Pepe le mandó un aviso. Y se arrepintió de no haberse anticipado. Y se dijo que, algo del buen Pepe, aún quedaba vagando entre aquellas soledades. Y, os juro, que el viejo se conmovió. Y, en aquellos momentos, habría jurado que aquello fue un último guiño de su añorado amigo.
De nada sirvieron las vueltas que cazador y perro dieron por los bajos. Y aunque, en cada asomada, le latiera con fuerza el corazón al veterano, las perdices no saltaron en ninguna.
Así que volvieron a los altos y se desplazaron a la derecha para dar vista al barranco sobre el río Dulce.
En los llanos más pelados habían cercado un buen trozo de terreno para hacer un cebadero de buitres. Y allí pudieron ver a los torpes abantos corriendo por el llano, como un pequeño hatajo de ovejas verticales, antes de saltar y tomar altura con el aire caldeado que ascendía del valle.
Deambularon entre las numerosas cerradas, vestigios de riquezas ganaderas de otros tiempos, pero no vieron caza. Y sólo en las inmediaciones del Rebollar saltó con estrépito una torcaz que, dejando plumón en el aire tras la perdigonada, se resistió a caer y se perdió monte adentro.
Tal vez por añoranza, el viejo quiso ir de carretera a carretera. Y atravesó las altas tierras que aún se labran frente a Peregrina. Y recorrió las lindes, repletas de aliagas, de estas hazas en la esperanza de dar con las perdices. Pero no hubo nada.
Cuando dio vista a las ruinas de la mina “El Acierto”, junto a la carretera de Peregrina, se acercó a ellas. Desde el viejo horno, que parece un torreón medieval algo agrietado, bajó, buscando entre las ruinas, una balsa de agua, que solía haber, para que bebiera el perro. Pero hasta la balsa había desaparecido.
Subieron de nuevo a la linde con el Rebollar. El cazador, sentado en un mojón, rajó longitudinalmente una botella de plástico vacía y vertió en ella el agua que le quedaba. El Tango la bebió ansioso, en un suspiro.
Emprendieron el camino de vuelta. Y no les fue difícil pisar por donde no habían pisado, pues aquella cimera, accidentada y pedregosa, es demasiado ancha para un solo cazador.
Tras una hora, el Tango comenzó a picarse en los altibajos del engañoso llano poblado de vegetación. El viejo le seguía sin perder detalle. Y el perro, de vez en cuando, paraba y oteaba muy atento. Pasaron unos diez minutos en esa tensión, que el Tango provocaba y luego deshacía, mientras seguían avanzando.
Finalmente, hizo muestra el Tango. Salieron dos perdices a más de cuarenta metros. Aunque al tirar se le hizo larga la distancia, vio que una de las perdices, pese a volar, se colgaba de riñones y a unos doscientos metros aterrizó entre la broza tras perder lentamente altura y capacidad para el vuelo.
El Tango no la vio y andaba corriendo presuroso por donde arrancaron las perdices. Mientras, el veterano, llegó a la carrera donde la perdiz aterrizó y se plantó en el punto de referencia llamando al perro.
Apenas llegó el Tango cogió rastro. Pero se internó tanto y tan rápido en la vegetación, que el cazador no quiso moverse de la referencia, dudando de que el perro acertara esta vez. Más aún desconfió cuando le vio, cuatrocientos metros delante, atravesar un claro y seguir internándose a buen paso entre las espesuras. Y es que al cazador, por más que lo viera, no le cabía en la cabeza que perdices heridas pudieran recorrer, tan rápidamente, semejantes distancias.
No se movió del sitio, pero aquellos minutos se le hicieron interminables. A punto estaba de ponerse a vocear llamando al Tango, cuando le pareció verle asomar muy lejos entre la abundante vegetación del accidentado llano. Le observó sin llamarle. Notó que el perro se había desorientado y le buscaba desconcertado y ansioso. La distancia no le permitía distinguir si traía algo en la boca o era el palmo de lengua que le asomaba.
El Tango no le localizaba y miraba azorado a todas partes corriendo en zigzag nerviosamente. A unos doscientos metros supo con certeza que traía la perdiz. La emoción se apoderó del viejo. Y, entonces, llamó a voces al Tango.
Mucha debía ser también la desazón del perro al no encontrarle, pues hizo algo que al cazador le pareció insólito. Al oírle y localizarle, dejó la perdiz en el suelo y, fue tanta su alegría, que se vino por derecho a él, feliz de haberle encontrado.
Traía la boca embozada de plumas por lo que el cazador no tuvo dudas de haber visto visiones. Y tras acariciar al alborozado Tango, le dijo:
-        Pero, Tango, ¿qué has hecho con la perdiz? ¿Dónde la has dejado?
Y el perro, seguido por el viejo, volvió sobre sus pasos, entró sin dudar entre las brozas, recobró la perdiz y se la dio.
Poco antes de las tres llegaron al coche y dio el cazador por finalizada aquella jornada poblada de recuerdos. Lo hizo ilusionado y, casi convencido, de que el Tango era un animal sorprendente.

En jornadas sucesivas, el perro siguió realizando hazañas similares que el cazador, acostumbrado, dio por normales o, sin querer darme más explicaciones, dejó simplemente de contarme.
El viejo decidió que el aprendizaje del perro había terminado o, si no lo decidió, al menos cesó, voluntariamente, de narrar más jornadas.
Me dijo, en mi última conversación con él, que rogaba a la fortuna poder seguir disfrutando de la compañía del Tango y, también, que pedía al destino que le diera algunos años más para poder seguir cazando de aquel modo, única manera de cazar que le gustaba. Pero, añadió, que el destino de los hombres y los perros es siempre incierto como lo es la caza.
Finalmente, ante mi insistencia por nuevos relatos, me espetó, de modo algo cortante, que no quería aburrirme con nuevas narraciones, seguramente reiterativas, y que, con lo ya descrito, tendría suficiente para escribir, si esa era mi voluntad, una secuencia de aquel aprendizaje.
Terminó su conversación añadiendo que de nada en la vida es bueno presumir, que las cosas mejores se disfrutaban en su momento y que el pasado puede acompañarte, pero nunca regresa. Me aseguró que los cazadores y, en general, los solitarios que vagan por los campos abandonados, ven cosas portentosas en tales desiertos pero que, lo mejor para ellos, es callarlas.
Finalizó diciendo que, algunos perros, terminan mandando en ti más que tú en ellos y que, cuando te sientes mayor, mermado de fuerzas y, acaso, desdichado, son ellos quienes te sacan al campo y te devuelven a la vida. Nunca al revés. Como si el azar los mandase, de no se sabe dónde, para prolongarte la existencia.


-FIN-

16 diciembre 2015

Crónicas del Tango (Cap. 9)

Ese domingo cazó un rato en mano con los dos compañeros de siempre. Dieron una mano por los Alcobanes, principalmente por lo del Altillo Redondo y la Muela.
Hicieron lo difícil, que fue desalojar a las perdices de los altos. El veterano sabía que, tras más de dos horas de persecución, las tenían cansadas y desparramadas por los bajos. Había que vencer el cansancio proporcionado por las cuestas. Sería bueno recobrar los pulsos y recuperarse de los sudores. Pero, también, era el momento de perseverar, de recorrer las irregularidades onduladas de los sotos tupidas de maleza, de registrar arroyos y chorreras y de mirar, en general, los escondrijos que se encierran entre las zonas de labor y sus aledaños. Pero sus compañeros de mano se conformaron con haber tirado cuatro tiros al recorrer las laderas y finalizaron la caza precipitadamente, con la clara intención de irse a almorzar al bar El Pesebre.
Sin poderlo remediar, en la vuelta al coche, recorrió despacio una vaguadilla poblada longitudinalmente de aliagas que pillaba de camino. El Tango, que no se separaba de él, se picó de inmediato. Y daba gusto verle cazar entre aquella espesura, zigzagueando y, de vez en cuando, sacando la cabeza entre las brozas para localizar al cazador. El veterano sabía que no era vano el interés del perro. Y, entre dos arroyuelos, en lo más espeso del macizo de aliagas, fue a saltar la perdiz sin dar lugar al perro a ponerse de muestra. Salió hacia arriba, pero no lejos, y el viejo no tiró hasta cubrirla bien, pues la precipitación hubiera dejado bajo el tiro. La perdigonada elevó un punto más al pájaro en su impulso y la perdiz cayó desmadejada. En cuatro brincos el Tango la cobró.
-Lo estáis viendo. Ahora es el momento de hacerse con ellas- voceó a sus compañeros, esperando que el hecho tuviera alguna influencia sobre ellos.
Pero no la tuvo, porque le contestaron:
-Quita, quita. Que tú tiene mucho vicio. Nos vamos a almorzar, que ya hemos andado bastante.
Regresaron al pueblo y el veterano, sin entrar en la casa, metió al Tango en su coche y volvió, en solitario, a continuar la jornada de caza. Cada día de campo era para él un don precioso que nunca quería malrotar.
Como solía, buscó un paraje tranquilo. Dejó el coche en la orilla de un camino y comenzó a cazar, deambulando despacio, fijándose en el perro.
Apenas traspuso unas cerradas recién labradas, con el viento de cara, el Tango pilló rastro en lo más limpio. Pero esa vez las llamadas y las voces no hicieron que se detuviera. El cazador, por vez primera, se mosqueó seriamente con el Tango. Pero viendo que el perro avanzaba, cada vez con más seguridad, siguiendo un rastro reciente que el viento le servía de cara, decidió hacer de la necesidad virtud y, sin dejar de observar al perro en la lejanía, se escondió tras un tupido espino. Detrás, a veinte metros, quedaban las cerradas recién labradas mostrando los terrones de tierra roja.
Efectivamente, era lo que había imaginado: la perdiz. La sacó a unos cuatrocientos metros de entre unas retamas. Y, como supuso, tomó el pájaro el viento de cola y voló en dirección a él. La perdiz no podía verle, amagado como estaba tras el ancho espino.
Venía la perdiz volada a veinte metros de altura sobre el suelo y, a su velocidad, había que añadirle el empuje del viento. Se le iba a cruzar a unos cuarenta metros a su derecha, pero, a aquel cisco endiablado que el pájaro traía, casi seguro que se le escaparía. El cazador, que nunca había sido tirador de ojeo, sabía que tenía muy pocas probabilidades de acertarla. No obstante, se concentró en la trayectoria y velocidad del pájaro y, sin dejar de mover el brazo, adelantó el tiro lo que su cabeza, guiada por el ojo, le mandó.
Notó que la había tocado. Pero en su descenso, por la gran inercia que traía, pasó las bardas de la cerrada y fue a pegar un impresionante pelotazo, a cincuenta metros, en el centro de los terrones. Pero, inmediatamente, se enderezó y apeonó velozmente hacia la barda opuesta, cubierta de espinos y maleza. El viejo no podía acortar los casi cien metros que le separaban de ella pues, al correr, se clavaba en la tierra blanda recién roturada. Al tiro, enseguida vino el Tango. Fueron a la barda donde vio desaparecer a la perdiz. A los pocos segundos el Tango estaba de muestra. Pero los espinos de la barda eran impenetrables. El perro sabía que allí estaba pero, entre los recios troncos de espino, ni la cabeza le cabía. Cazador y perro saltaban de un lado a otro de la barda, ambos nerviosos, pero sin resultados.
Hay veces en que una pieza es incobrable, se dijo el cazador. Pero, pasando otra vez al otro lado de aquella barda, de piedra envuelta en maleza, el Tango cogió rastro. Tal vez, despavorida, la perdiz se hubiera salido de aquella fronda cuando no la veían y trataba de huir por el otro lado.
El Tango avanzaba despacio, con la nariz pegada al suelo pero cada vez más seguro y más picado. Habían bajado unos cien metros siguiendo las paredes de aquellas cerradas. El Tango se quedó de muestra. Como quiera que el perro no se lanzaba, se fue aproximando lentamente el viejo. En un tramo roto de la pared había una gran losa de arenisca de dos metros de larga, casi uno de ancha y con un grosor de un palmo. El cazador animó al perro y éste se lanzó hacia la roca y metió la cabeza por un agujero bajo ella. De allí no había quien le quitara.  El cazador se tumbó en el suelo y empujó a un lado al Tango. Conseguía vislumbrar a la perdiz. Tumbado, metió el brazo lentamente y consiguió agarrarla de la cola pero el pájaro se zafó y quedó el cazador con las plumas caudales en la mano. A tentón, y con un gran esfuerzo, profundizó cuanto pudo con la mano y sintió que la tenía asida de una pata. Cuando la sacó, comprobó que el tiró solamente le había roto la punta de un ala. Y, en lugar de regañar al Tango, tuvo que felicitarle pues, la faena de la cobranza, bien le valía el perdón a su terca desobediencia.
Al viejo le encantó la faena del perro. Pero apenas tuvo tiempo de disfrutar pues vio que dos cazadores venían en la línea que el llevaba. Pero, ¿es que no le habían visto? ¿Es que tampoco habían visto el coche? ¿Qué coño hacían metiéndose encima?
Pero como cazar de mala leche le parecía aún peor que discutir, cambió de dirección y  cruzó unos prados, en dirección al monte, tras los que había una maleza tan tupida que solía disuadir a perdiceros impacientes como aquéllos.
Con tal de cazar en paz, dejó que aquellos dos siguieran su camino, y comenzó a registrar aquella maleza con el Tango. Eran estepas grandes y tupidas que apenas le dejaban avanzar y, a veces, le superaban en altura. A la salida de las estepas dio con un tremendo macizo de biércoles, tan espesos que hacían que el Tango tuviera que cazar tan lentamente que perro y cazador, trabados por la maleza, parecían moverse a cámara lenta.
El viejo no solía cazar en zonas tan espesas pero le daba la impresión de que al Tango le gustaban. El perro parecía serenarse en ellas y registrarlas con más lentitud de la habitual.
Y pisando aquellas brozas, casi debió pisar a la rabona porque ésta le salió de los pies quebrando entre las matas. Con el sobresalto fue incapaz de reportarse y se le fue el primer tiro y, naturalmente, lo marró. Pero se serenó y afinó con el segundo cuando la rabona salía de los biércoles y entraba en las estepas. Tenía fe en haberle pegado pero enseguida se la confirmó el Tango cuando, al medio minuto, salió de las zarzas con la liebre en la boca.
Dos perdices y una liebre. Casi le dieron ganas de volverse a casa.
En lugar de eso decidió irse al coche y aligerar el peso. En su camino hacia el vehículo, cortó por un prado y, al saltar su tapia, notó que el perro se lanzaba. Tenía un zarzón delante. Eligió la parte izquierda, ganándola de un salto, para tener visibilidad. Se equivocó. La liebre salió tapada por la parte derecha y sólo la vio trasponer a cien metros seguida por el perro con codicia. Mala suerte. A veces las oportunidades son a cara o cruz.
Dejó la caza en el coche y, sabiendo que aún tenía la tarde por delante, se animó a subir hasta una vieja taina en cuyas inmediaciones, a esas horas, solía refugiarse alguna perdiz volada, acosada por la zona baja durante la mañana.
Para llegar a la taina tuvo que recorrer espacios limpios y notó que al Tango, en tales zonas, le daba por adelantarse demasiado.
Pero, cuando llegó a la zona deseada, se puso a la cola del perro y decidió seguirle simplemente, sin mandarle. El paraje no era muy grande pero sí alargado. Estaba rodeado de aliagas y algunas estepas aunque, en su centro, pugnaban los biércoles por cubrir el suelo entre cuatro o cinco encinas salteadas.
Al entrar en la maleza, el Tango se picó de inmediato. Al llegar a la zona central se quedó de muestra. Y, aunque el viejo se metió casi encima, no la deshacía. Por el extremo inferior de aquella matojera alargada arrancó una perdiz fuera de tiro. Supuso que había sido su rastro lo que tenía tan fijo al Tango. Pero el perro no rompía la muestra. El cazador se metía encima. Pero nada. El Tango dio un gran brinco y otra vez se puso de muestra. Estaba tan espeso de matas que el cazador pensó que podría ser un perdiz alicortada. Animó al perro. Éste cambió de posición con otro brinco poderoso pero volvió a quedarse de muestra.
¡Saltó! Y claro que tuvo que saltar. Pero literalmente, porque, para poder salir de allí, la liebre dio tal par de saltos que, en uno de ellos, el cazador no se contuvo y la tiró en el aire. Pero la marró y sólo cuando salió de la maleza y cogió carrera la apuntó con serenidad y la revolcó. El Tango la cobró enseguida y el cazador celebró que no se le hubiera escapado una pieza en la que el perro puso tanto empeño.
Con otra liebre pensó en volver al coche. Sin embargo decidió bajar antes a un pilón de las ovejas para que el Tango bebiera y se refrescara. Ambos bebieron y descansaron unos minutos, porque el cansancio ya había empezado a comerle al viejo las fuerzas.
Cuando salían del la zona del aguazal donde refrescaron, iba el cazador tan cansado que la mínima cuesta le pesaba. Pero tenían que salir de aquella hoya para volver al coche por el camino más corto.
No sé en qué iría pensando el viejo, pero fue visto y no visto. Una liebre se le cruzó un instante entre dos zarzas y, saltando a un camino, giró y se perdió de vista. El tenazón que soltó se lo tragó la tierra del camino. De nada sirvió el carrerón del Tango. La había marrado. Y se dijo que, sobre lo inesperado de su aparición, a ésta la había fallado por cansancio. La fatiga, a veces, interfiere en la rapidez y en los reflejos. Pero así fueron las cosas.
Luego pensó el veterano en su gran fortuna en aquella jornada pero, al tiempo, se dijo que si fuera contando por ahí que había visto cuatro liebres, le llamarían embustero. Para qué dar tres cuartos al pregonero.
Comenzaba a caer la tarde. Tomó la línea más recta para volver al coche, acuciado por las ganas de llegar a él y dar fin a la larga jornada.
Al acercarse a la zona de donde salió la liebre de los saltos, el Tango se picó de nuevo. Supuso el cazador que aún eran los efluvios en el aire del pelo de la liebre saltarina. Pero el Tango, terco como un mureco, no paraba de picarse y brincar ansioso entre las brozas. Estaban unos cien metros más arriba de donde salió la liebre de los brincos. El viejo, tirando del cuerpo y a desgana, se metió por los biércoles de arriba por contentar al perro, que parecía que quería tirar de él a toda costa. En mitad de las matas se paró y, como si el Tango hubiera llegado al punto de entenderle, le habló en voz alta:
-Ves como no hay nada, cabezón. Lo estás viendo, pedazo de mastuerz…
Y la liebre le sorprendió arrancando casi de sus pies hacia atrás. Salió como una exhalación a campo abierto y el viejo, limpiamente, le dio la trompiquilla al primer tiro.
Regresó a casa con las tres liebres y las dos perdices y, sobre todo, con la convicción de que no volvería a dudar del Tango. El perro no sólo había culminado su aprendizaje, sino que empezaba a enseñarle a él. Y eso, a los ojos del veterano, era lo mejor que podía decirse de un perro.
Por otro lado, pensó que, o bien el año era bueno de liebres o era que el Tango era un especialista en espesuras. Y es que otros años, con otros perros, y por los mismos lugares, jamás vio cinco liebres en un día.