27 abril 2012

Bolarque (parte 1ª)


Constituían el núcleo del poder y, empero, eran desdichados. Sorprendidos por la secesión de las iglesias del norte, ya rebeldes a Roma, quisieron fraguarse una ilusión: llevar sus almas, en desasosiego, a una espiritualidad  que las tornara en la fuente de su calma. Y, hartos de querer cambiar el terco entorno, decidieron buscar, con igual vehemencia, el camino ansiado del dominio de sus espíritus. Y en esta tarea, que su voluntad consideraba, si no fácil, asequible, descubrieron lo veleidoso y soberbio de su empresa al verse frente a las pasiones y debilidades de sus propios cuerpos miserables.
Era a finales del siglo XVI. Eran los tiempos de la Contrarreforma, fraguada ya con el rey Carlos el Primero, que fracasó en mantener unida a la Iglesia Católica, y sostenida y elevada a motor de su reinado por su hijo Felipe el Segundo.
Dos movimientos surgen en la Iglesia Católica española, fidelísima a Roma, ante el reto protestante que le echa en cara al pontífice la manifiesta corrupción institucional, y los dos pretenden ser de regeneración: el uno es nuevo y combativo, la Compañía de Jesús; el otro, más antiguo, es místico y quiere reavivar los orígenes de las antiguas órdenes religiosas, principalmente la de los Carmelitas Descalzos, reformada por Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz en aquellos días. El primero de los movimientos representa la activa beligerancia de las ideas, la lucha intelectual y, el otro, la fuerza del ejemplo, la imitación callada de la religiosidad primitiva: la renuncia, la obediencia, la oración, la humildad, la continencia y el silencio.
Eran los tiempos del Padre Doria como Visitador General de los Descalzos, el mismo que impuso tanta normativa que muchos, de saberlo, habrían seguido otros caminos de perfección, más sencillos y callados. Y así algunos, que pensaban que vencer al mundo era aislarse de él, aprovecharon esta fanática proliferación de indicaciones y contraindicaciones de Doria para volcarse en el renacer de las  viejas reglas y, no se sabe, si refugiarse en ellas para aislarse de los escándalos del mundo, o afianzarse en ellas para buscar el triunfo sobre su propia naturaleza, ya que ésta parecía, con ser ardua tarea, más posible que la de restaurar el orden viejo, incluso por la fuerza, en una Europa definitivamente partida y crítica en torno al poder papal y al del sacro emperador,  a la sazón ideas defendidas y personalizadas, en gran parte, por los tercios de la milicia española.
¿Dónde pueden ir los hombres sino adónde sus ideas les conducen? Así debió pensar Francisco López, hermano de la orden de los Descalzos, al ver los parajes que se vendían en la ribera del Tajo. Y tan indicados le parecieron aquellos yermos que hasta el Padre Doria consintió en visitarlos y le parecieron idóneos para instituir en ellos el primer Santo Desierto de la orden de los Descalzos, que habría de ser una vuelta a los austeros orígenes y un ejemplo para la Cristiandad.
Por otro lado, un pastor visionario había vaticinado tiempo atrás que a aquellas tierras aisladas, llenas de riscos y olvidadas por el Creador para asiento de humanos, habrían de venir para quedarse hombres santos, fugitivos del mundo.
Lo anterior fue de importancia en el sentir de las gentes de la zona, aunque el pastor no aclararía cuál fuera la causa de su fuga, si el temor al siglo, si su propia aflicción, si sus deseos de paz en el anonimato del olvido, si sus ansias de penitencia, contemplación y entrega a Dios u otras causas ejemplarizantes que sirvieran a la Contrarreforma para rescatar a la Iglesia de Roma de aquellos malos trances en que se encontraba, tildada de falsaria por los seguidores de Lutero. Pero, seguramente, unas serían las razones que tuvieran aquellos hombres de la Descalcez, o las que adujeran para dignificar sus retiros o sus huidas, y otras las que la historia oficial se empeñaría en mostrar para honra y muestra de la regeneración de la Santa Madre Iglesia.
El paraje no era transitado y tenía, además, un acceso difícil. Estaba a dos leguas de Buendía y a mitad de distancia tanto de Almonacid, como del promontorio del castillo de Anguix, y muy cerca de la desembocadura del Guadiela en el Tajo. Era la sierra de Enmedio limítrofe con la provincia de Cuenca y estaba, en sus laderas, muy poblada de vegetación ruda y salvaje. Quejigos, pinos, robles y encinas, madroños y cornicabras, enebros y sabinas, sauces, espinos, zarzamoras, aliagas y otras hierbas y arbustos silvestres tapizaban de un verde poderoso y macizo las laderas y, abajo, junto al potente cauce del río, daban su frescura los álamos, olmos y fresnos y regalaban su aroma la madreselva, la menta y la mejorana.
Se cerró la compra de los terrenos en junio de 1592. Pero ésta no fue de la totalidad del monte, sino solamente de unas pocas parcelas. Estas fueron pagadas por un amigo genovés, como él, del Padre Doria que inmediatamente las donó a los Descalzos. Pues no habían de gastarse fondos propios para un intento de vivir como las avecillas y los otros seres a los que provee el Señor.
El Arzobispo de Toledo concedió licencia en agosto para la fundación viendo que ésta, lejos de mermar ningún bien eclesiástico, ampliaba los existentes. Que los señores arzobispos habían y han de estar en todo.

20 abril 2012

Nacionalismo


A medida que viajo por los paisajes y por la vida, se acrecienta en mí la idea de que los nacionalismos son hechos mucho más territoriales, sentimentales y familiares que asunto de convencimiento: un apego natural a lo de cada uno.
Naturalmente, esto lo deduzco de hablar con las personas y no de escuchar a los políticos. Porque estos últimos, más que decir lo que sienten, dicen lo que quieren que sientan los demás y no es lo mismo. Y, además, el sentimiento que siempre he encontrado en las personas de cualquier lugar ha sido el de la acogida y el afecto natural, ese que se tiene porque sí y que, antiguamente, se llamaba hospitalidad.
Pero hablar de nacionalismos es como caminar por un campo minado, nunca sabes qué sensibilidad puedes pisar. Y, en el afán de no herir, ni ser herido, se termina por hablar sin decir nada por ese miedo.
No sé cómo nos las hemos arreglado en España para, después de 500 años, sentirnos todos tan distintos, considerarnos todos perdedores, mirarnos con recelo e imaginar que a todos nos iría mejor sin los demás.
A veces me pregunto si España ha existido alguna vez así, por las buenas, o si ha existido siempre por las malas y a la fuerza. O, tal vez, si no ha existido nunca, si es un país fantasma, y estamos juntos de casualidad.

27 marzo 2012

Soldadito español


Mi querida y adorada Consuelito:
Espero que al recibo de ésta estés bien, yo bien gracias a Dios.
Sabrás por ésta que, como te dije, hace ya una semana que me entregué en la Caja de Reclutas de la capital. De allí nos llevaron, de balde y en el tren, a un cuartel muy grande que se llama CIR y que no es el nombre de ningún general ni nada de eso, sino que significa Centro de Instrucción de Reclutas.
De momento nos han  cortado el pelo a todos y nos han dado ropa que a nadie le está bien, cosa que arreglamos intercambiándola entre nosotros y así, de paso, hacemos amistades. El cuartel está muy bien y hay una cantina, de pago, para los que no les guste la comida del rancho y tengan posibles.
Hasta ahora nos ha hablado una sola vez el capitán que nos ha dicho que le da igual de donde seamos, que a todos nos medirá por el mismo rasero porque todos somos iguales para él y para el Ejército –futuros soldados de España, ha dicho- pero que tengamos en cuenta que lo único –lo único, ha recalcado- que no tolera de ninguna de las maneras son ateos, rojos y maricones. No sé si lo ha dicho como cosa suya o del Ejército, porque inspira mucho respeto y nadie le ha preguntado. También nos dijo que debemos estar orgullos de hacer el servicio militar porque de aquí saldremos hombres. Así que espero que, para cuando nos veamos, y ojalá que sea pronto, tú me notes algo distinto porque, a lo mejor, esas cosas uno a sí mismo no se las nota.
El otro día vino el teniente páter, al que llaman también capellán, y nos dijo que nuestro modelo de comportamiento, en la milicia y en la vida, debía ser: vivir cada día como si fuera el último. Y, después de pensármelo, me he dado cuenta de que es un consejo muy sabio, porque tarde o temprano terminarás acertando, con lo que la frase te puede servir toda la vida. Y luego, se ve que por si hay guerra, nos dijo también que no temiéramos a la muerte, porque la muerte era como el sueño. Hubo uno que dijo por lo bajo: “sí, pero sin tener que levantarte a mear” y el páter, que le oyó y que, aunque sea cura, es oficial, y aunque sea teniente no está teniente, le arrestó el fin de semana a limpiar las letrinas.
Hasta ahora, de los que nos han hablado, el que me ha parecido una persona más cabal, más en lo suyo, más práctica y realista, naturalmente si entramos en batalla, Dios no lo quiera, ha sido el sargento, porque nos dijo, poniéndose muy serio, que aún más importante que morir por la Patria, que era un deber sublime si llegaba el caso, era mucho más importante hacer que el enemigo muriera por la suya. Se ve que los años que lleva en el Ejército le han enseñado lo suyo.
En fin, Consuelito, no te cuento más cosas porque a lo mejor te canso con esto de la vida militar y porque van a tocar a retreta, que no sé lo que significa, pero que es para que formemos y ver si estamos todos antes de acostarnos. Fíjate si nos cuidan. Hasta ahora no nos hacen rezar por la noche, quitando el primer día que vino uno, de parte del teniente páter, y, al enterarse de que no habíamos rezado, nos levantó a todos de los catres y nos hizo rezar el “Jesusito de mi vida” de rodillas pero, hasta ahora, no ha vuelto a repetirse. Creerán que, después del primer día, ya rezamos cada uno por nuestra cuenta.
También que sepas que, me parece, que con esto de la mili es cuando más se quiere a las novias, porque casi todos los de mi compañía no hacen más que escribirles y decirles que les manden algún paquete y les dicen también lo muchismo que las quieren. Yo, por mi parte, te echo mucho de menos, como tú misma podrás imaginar, y, por las noches, sueño contigo y con esas tardes en que nos íbamos a los ciruelos. Ya sabes.
Se despide de ti, y te quiere con ansias, este tu novio que lo es.

26 marzo 2012

El Juanan


El día que el Juanan terminó la obra me dijo:
-        Sólo tiene un inconveniente: que este material es inflamable.
-        Pero, hombre. ¿Y te das cuenta ahora? No sabías que estabas forrando una cocina.
El Juanan agachó la cabeza. Y, como un crío, dijo:
-        Pero, ¿a que ha quedado bien?
-        Sí. Es cierto. Pero, ¿me estás diciendo que no podremos guisar aquí?
-        Sí, eso.
-        Pero, Juanan, por qué lo has hecho. Y, sobre todo, por qué me lo dices ahora que ya lo has terminado.
-        Es que con el mosaico soy un desastre y, sin embargo, con este material lo bordo.
-        Pero yo quería que la cocina pudiera utilizarse para su menester.
-        Y yo dejártela bonita.
-        ¿Y no sabías que este material era inflamable?
-        La verdad es que me he dado cuenta esta mañana. Y como casi lo tenía terminado… pero, ya has visto, al final te lo he dicho.
A veces uno estrangularía a un semejante. Pero, por extraño que parezca, a lo largo de la vida se llega a comprender que la templanza, cuando se reúnen fuerzas y cuajo para tenerla, evita los males internos que inevitablemente proceden de toda ira. La ira salvaje es un fuego desatado que termina abrasando también al que lo siente, literalmente quemándole las tripas.
Así que respiré profundamente. Miré primero al Juanan, que seguía cabizbajo, y luego a mi mujer que, a su vez, me miraba con unos ojos que parecían la entrada y la salida de una interrogación muda.
No me extrañaba que el Juanan fuera un ser errante, ni que viviera solo, ni que pernoctara en una furgoneta abandonada, ni que apareciera y desapareciera de la ciudad con una cadencia irregular que sólo él conocía, ni que perdiera los trabajos, ni que tuviera un calendario personal que le impedía someterse a los horarios, ni que a la vez fuera tan manso, tan desastroso y tan inofensivo. Tampoco me extrañaba, porque uno termina con los años conociéndose un poco, que yo fuera un gilipollas que se apenara de cualquiera, que quisiera ayudar a quien no sabe ayudarse, que pensara que la simpleza tenía que ver con la destreza en los oficios o que el afecto puede iluminar algunas mentes que permanentemente viven errantes vaya usted a saber dónde.
Aquella tarde, como las últimas, habíamos hecho la cena en el balcón de la terraza. El mantel a cuadros rojos y blancos con dos servilletas iguales abrigaba la mesa redonda sobre la cual estaba el pan blanco, el plato con el pisto humeante, la tortilla de patatas recién hecha, los vasos y los platos de Duralex, la botella de vino y un plato de embutidos.
Fue entonces cuando reparé en que el Juanan, lejos de sentir remordimiento, tenía la mirada baja y miraba la tortilla salivando con la boca cerrada. Pusimos otro plato y le dijimos que se sentara.
-        ¡Vaya pinta que tiene la tortilla! –dijo el Juanan.
El hombre quería ser prudente pero el hambre le hacía comer con esa ligereza que no conoce disimulos. Cuando la calmó un poco, recordé al Rufo. Y en mala hora le pregunté por él.
-        Se murió ayer por la noche.
Los tres nos quedamos callados. Las mandíbulas del Juanan hacían un ruidillo casi sordo como si en la boca tuviera un charquito de saliva. Le llené el vaso de vino.
-        Tenía ya trece años –bebió un trago- y llevaba ya malo una semana. Yo creía que se le pasaría. Pero ayer, cuando me vine a trabajar, me despidió sin moverse apenas, sólo con un abrir y cerrar de ojos.
Rebañó el plato de pisto con un poco de pan. Bebió de nuevo y dijo:
-        Al volver por la noche, desde el jergón en que dormía, me miró pestañeando un par de veces. Luego movió la cola, sólo tris tras. Después cerró los ojos y se murió. Yo creo que me estuvo esperando para despedirse.

24 marzo 2012

Inmolación


Querido amigo, seguro que no esperabas encontrarte conmigo al abrir esta puerta, aunque los de seguridad y protocolo te hayan evitado la total sorpresa. Sí, sé que han pasado muchos años y, sin embargo, uno intuye que hay sentimientos que perduran. Te preguntarás cómo es que me presento en tu despacho tan sorpresivamente. No te asustes. No vengo a pedir nada, como estoy casi seguro que habrás pensado así, al pronto. Serénate pues, de ningún modo, es mi intención violentarte ni ponerte gratuitamente en trances que afectivamente no esperabas.
Se trata de otra cosa. Tú bien conoces mi modo de pensar y sé que estás al tanto de mi evolución en estos años. Pues bien, creo que ha llegado para mí el momento de sentar la cabeza como siempre he oído decir a nuestros mayores que conviene y se espera de un hombre cabal. Como sabes, hace ya tiempo que salté los cuarenta que, dicho sea de paso, es para mí una especie de edad mítica, fronteriza entre la vehemente juventud y la serena pero espléndida madurez, en la que un hombre, como es debido, debe plantearse obligatoriamente su vida con ponderada seriedad.
Hasta ahora, lo diré claramente, he preferido no dilapidar mi juventud, como tantos otros desdichados, dedicando los años más hermosos y alegres de mi vida a enterrarme entre libros, languidecer en bibliotecas y aulas, agostar mi juvenil pujanza entre estériles temarios de oposiciones y, menos aún, realizar trabajos que mantuvieran mi libertad bajo el yugo penoso de horarios, obligaciones, compromisos y otras trabas enojosas que cercenaran las alas briosas de mi feliz albedrío o, lo que hubiera sido aún peor, que derivaran mis fuerzas físicas a labores banales para el oneroso lucro de otros. No, eso jamás. Hubiera sido romper mi integridad y tirar por la borda los ideales que han marcado el rumbo comprometido de mi pensamiento.
Por todo lo anterior, puedo certificarte que no he dilapidado mi juventud sino, bien al contrario, he gozado con la bohemia de las noches sin final, he apurado el cáliz del fogoso amor carnal con cuantas flores de pasión y lujuria se han prestado a ello vocacional o pecuniariamente, me he deleitado con los efímeros placeres de lo prohibido, he paladeado la excitación suicida de los juegos y el prurito de los negocios alegales, que no ilegales, y, para no aburrirte con otros detalles farragosos, te diré que me encuentro en estos momentos doctorado cum laude en la universidad pagana de la vida y, si me apuras, con unos cuantos máster de más en el asunto. En fin que, como ves, de lo que hay que saber, más que estar en la cúspide, la sobrevuelo muy sobradamente.
Sin embargo, ¿sería justo guardar esta acumulación de ciencia sólo para mí? ¿Sería yo, acaso, un hombre de bien si me negara a invertir tan prolija experiencia en el progreso de mis semejantes? ¿Podría llamárseme patriota si no estuviera dispuesto a poner cuanto poseo y sé al servicio de mis conciudadanos?
Mi vida ha sido una especialización complementaria a todo lo que se adquiere con el trabajo, la investigación, la lectura y el estudio. No entregarme a los demás sería, además de una frivolidad y un despilfarro, un acto de soberbia y una injusticia que mis semejantes no merecen. Tal desapego sería algo que no podría perdonarme, ni mi país entendería y, si me apuras, algo que ni la historia podría juzgar sin censurarme.
En suma, amigo, ha llegado el momento de entregarme a la política. Heme aquí. Sé que es una decisión grave la que he tomado, sé que voy a tener que renunciar a mí mismo. Pero mi decisión, si bien cargada de meditada y grave responsabilidad, me hace feliz, pues nada, sino darnos con sencillez y sin reservas, nos puede hacer más dignos de llamarnos hombres.
Así pues, querido presidente, no vengo a pedirte, sino a darme. No vengo a reclamar, sino a entregarme. No vengo a demandar, sino a ofrecerme. No a exigir, sino a inmolarme. Porque ahora, por primera y definitiva vez en mi vida, he vislumbrado mi destino trascendente y sé que ha llegado mi momento. Por ello, con paso firme y ausencia de cualquier vacilación en mi talante, me avengo gozoso al holocausto: La política me pide altar.

16 febrero 2012

El Jardín de Sigüenza


La maleza se ha comido El Jardín. Las bardas airosas yacen, a trechos desmoronadas. El estanque, con una costra de dos dedos de hielo, quiere ya reventarse por una esquina. Sólo queda en pie una de las dos casas. La coqueta y diminuta piscina en forma de riñón está rellena de lodo helado. Al mirador se le han movido las piedras. Han reventado las terrazas. El camino, comido por tierras de labor, es una sendilla poblada por cardos borriqueros y un hilillo de agua. La puerta principal está atascada. Los gruesos llavones de tubo han olvidado su misión y, oxidados, hace ya muchos años que no copulan con unas cerraduras hoy amortajadas por el hielo y con las tripas, antes suavemente aceitosas, atascadas de orín. El venero del agua se ha secado, o seguramente cegado, y da pie a que el agua que almacena salga al albur por ojillos que ella misma horada donde puede. Hay trochas entre la broza hechas por animales, tal vez corzos, jabalíes, cabras u ovejas. Entre los árboles salvajes, que hieren con sus ramas más bajas, aparecen tocones de árboles tronchados por el viento, tumbados por él y, sus cadáveres podridos, descansan en los terreros llenos de maleza. Y todos los frutales han muerto.
Aún se ve un viejo velador, junto a un nogal hermoso, con sus bancos de piedra alrededor y uno de ellos, partido, le sirve de almohada a un tronco enorme. Los balates de los bancales y de las terracillas que escalan la ladera se han reventado o yacen aquí y allá, tripudos, a punto de parir, el día menos pensado, la tierra que llevan sujetando en sus entrañas tantos años. El invernadero ha perdido todos sus cristales y quedan sólo las estanterías de los tiestos y el casco de alguno con un geranio muerto. El tinao de los conejos, de las ocas, las gallinas y los pavos reales está destartalado, agrietado y con las vigas del techo carcomidas, y varias, ya partidas, han dejado caer las tejas y dejan ver el cielo.
Rezuman agua, en la parte alta, los mechinales del muro de contención. De la casa ya hundida, nada hay que decir, porque hay palabras que son definitivas. De la que hay aún en pie, sólo la parte baja induce a engaño. Cuelgan aún algunos candiles de las paredes llenas de telarañas. En la cocina queda una trébede torcida y herrumbrosa en el lar con restos de los últimos tizones. Las vigas que sujetan la planta de arriba se han combado y otras, descarnadas al caerse el yeso, están podridas y apuntaladas torpemente por cuatro gatos de albañil y un tablón blanquecino. Las alcobas de la planta de arriba son yacimientos de polvo, de manchas de goteras, de hundimientos en el suelo y en el techo, de ventanas partidas, de excrementos de palomas, de nidos viejos y hasta el cadáver podrido de un gato, en una posición extraña y convulsa, remueve el cuerpo al que lo ve. Por una escalera que se sostiene de milagro se puede ver la cámara, el armazón que sujeta el tejado con las tejas partidas, movidas por el viento, medio desordenadas, y una claraboya sin ventana que bosteza al viento solano desde arriba.
Delante de la casa, la mesa de piedra que presidió tantas jornadas de verano se ha desprendido de una de sus esquinas.
Dicen que esta finca novencentista era de una empresa del textil y que, en los años cuarenta del pasado siglo, hubo de pagar con ella a unos prósperos comerciantes del ramo. Conoció entonces años de pujanza. Cuentan que todos sus parterres estaban cultivados y que la hiedra hacía túneles de sombra guiada en los caminos por arcos de metal con hileras ensartadas de alambre entre unos y otros. Dicen que en la explanadilla, delante de la casa que aún se mantiene en pie, se celebraban fiestas y cenas estivales en torno a la mesa de piedra que hoy está mutilada de una de sus esquinas. Dicen que en el mirador cuadrado  se sentaban los dueños a ver ponerse en sol en las inacabables tardes de verano mientras iban apurando apaciblemente un vaso de vino espeso, dulce y abocado.
Hablan de risas, de gritos excitados de niños jugando al escondite ente los setos, entre las enredaderas, entre las matas esbeltas de las judías verdes de la huerta, divertidos por los saltos de nivel de las terrazas, ausentes de miedos y llenos del jolgorio salvaje de la infancia. Hablan del ruido de chapoteos en la alberca de piedra, de gritos de madres asustadas por la profundidad del agua fría, recién salida del venero, que llenaba de risa los chapuzones infantiles y de ahogos el alma siempre atenta de las madres. Hablan de jardineros y hortelanos, asiduos del cuidado de la espléndida huerta a la solana. Hablan de criadas presurosas, de bajadas y subidas al pueblo a por las compras.
Los niños se hicieron hombres y mujeres. Los padres, viejos. El dueño, raro. Porque no hay como el tiempo para hacer que a la gente le salga una piel dura y amarga. Al cabo de los años sólo quedó un hortelano que criaba conejos como asiduo usuario del jardín. Ese fue el último que dio el aviso al dueño.
-        Don Bruno, que una de las casas, si no repara usted el tejado, pronto amenazará ruina y puede hundirse.
El viejo, desde Barcelona, al otro lado del teléfono, quién sabe por qué miserias afectado, por qué rencores vencido y armado, por qué iras ocultas hacia lo que era suyo, por qué malas bilis o por qué sinrazones tan inhumanas o por qué desesperanzas tan humanas, tras unos segundos contestó lacónico.
-        Que se hunda.
Y la secuencia de tonos del teléfono colgado dejó en suspenso la existencia de aquella finca: El Jardín. Y todos los recuerdos de sus moradores volaron espantados en todas direcciones como un bando denso de jilgueros ante un escopetazo.

12 febrero 2012

Medicina privada: los mejores en lo suyo


Acosado por los dolores, no sabía qué hacer. Buscó, tras dudar de la eficiencia y la atención del equipo del hospital de la Seguridad Social, un especialista de renombre, una clínica avanzada, lo último en cirugía láser y en otras técnicas de las que, como de esta última, no sabía nada en puridad, excepto lo rimbombante del nombre.
Le pidieron, sólo por una consulta, un dineral, pero le dijeron que iba a verle el número uno en España. Vamos, uno de esos médicos a cuyos pacientes se les llena la boca con palabras  como: eminencia, genio, talento, mago.
Viajó a Madrid. La moderna clínica estaba montada en el barrio de Salamanca y ocupaba los bajos de un gran edificio. En el luminoso y espacioso recibidor, y tras un mostrador ondulado, dos recepcionistas guapas, con una cuidada simpatía que nunca llegaba al interés, le tomaron amable, pero concienzudamente, sus datos.
Le indicaron después que pasara a una elegante sala de espera alfombrada y llena de sillones grandes y mullidos. Tras poco más de una hora, una de las doctoras, de la media docena de discretos y eficientes profesionales que, callada y diligentemente, auxiliaban al Doctor, se presentó en la sala y pronunció su nombre mirando amablemente a todos los pacientes. Se levantó, con la sumisión que genera la esperanza, y la siguió.
En una pequeña sala de consulta, llena de aparatos, la callada doctora le fue haciendo pasar de unos a otros y, tras las comprobaciones, los tintados, las dilataciones de pupila, etc. iba tomando notas metódicamente en unas detalladas fichas dedicadas a parámetros médicos. La cara de la doctora al escribir los datos no indicaba nada, ninguna emoción, ni un gesto. Sólo de vez en cuando, como si lo tuviera pautado, sonreía al paciente y le decía: “no se apure, ha venido al lugar adecuado, el Doctor es el número uno en lo suyo”. En lo suyo seguro que sí, a la vista está –ironizó para sus adentros el paciente-, pero, ¿y en lo mío?
Y, las palabras de la doctora, no hacían sino acrecentar la incertidumbre sobre la importancia y el pronóstico de su dolencia. Casi le daba apuro, ante aquel rito silencioso, preguntar a la doctora lo que ella opinaba. Al fin, no pudo contenerse y le preguntó. Ella se detuvo un momento en sus anotaciones, miró fijamente los papeles, se bajó un dedo las gafas sobre el caballete de la nariz, le miró y, luego de un par de segundos, optó por decir mecánicamente: “Es mejor que espere a que el Doctor evalúe su caso pero, no se preocupe, está usted en las mejores manos.” Y, ante la respuesta, se arrepintió de haber preguntado.
De nuevo en la sala de espera, se deshacía en conjeturas sobre su mal. Así estuvo otro rato, cociéndose en su propio jugo de pensamientos, molestias, sensaciones y miedos. Al cabo de una hora, otra impoluta enfermera pronunció su nombre y le pidió que le acompañara a la consulta del Doctor. Siguió mansamente los pasos de aquella mujer con bata blanca y ésta le introdujo a la ansiada consulta: el corazón de la clínica, La Meca de su viaje.
Estaba vacía. Era un gran espacio rectangular, algo apabullante por las dimensiones, sin la aglomeración de aparatos que tenía la anterior. Pegada a una de las paredes había una silla grande de las que se usan para los reconocimientos oftalmológicos, subida en alto, sobre una gran tarima iluminada frente a una pantalla sin iluminar. En ella le pidió que se sentara y le dijo que el Doctor vendría enseguida. Dejó el informe sobre la amplia mesa del Doctor, que estaba enfrente, pero a un lado, con un ordenador sobre ella, y salió.
Desde su asiento elevado pudo observar la pared de su derecha llena de diplomas y titulaciones cuidadosamente enmarcadas, avales mudos de la competencia del hombre que, de un momento a otro, iba a hacerse cargo de su dolor, que iba a aplicar a su caso la ciencia con que aquel muro lleno de reconocimientos le avalaba y, seguramente, todo lo haría con la eficiencia que correspondía a la seriedad y reputación de aquella clínica. El Doctor iba a trasformar sus cuitas en un asunto propio. Ese era el trato.
Tras cinco minutos, una enfermera abrió la puerta y cedió el paso al Doctor. Sintió, desde lo alto de su sillón, que el juez de su causa había llegado. El oftalmólogo despidió con un gesto a la enfermera, saludó de soslayo al paciente y se sentó de inmediato a su mesa sin mirarle. Leyó el informe pausadamente sin levantar de él la cabeza durante diez minutos. Luego estuvo mirando otros cinco en la pantalla del ordenador. Era una mente concentrada.
Desde que el doctor entró tuvo tiempo de sobra para observarle. Era un hombre alto, que rebasaba los cuarenta, de tez blanca, pelo rubio, escaso y ondulado, peinado hacia atrás, ojos azules, atlético tirando a corpulento y con gafas de montura de oro. Llevaba la bata blanca descuidadamente desabrochada de modo que permitía ver un traje oscuro, elegante, cruzado, con botones dorados algo ostentosos, camisa de seda y corbata gris perla de grueso nudo Wilson. Su sólido empaque era la imagen misma de la solvencia, de la seguridad. Y, pese a sus molestias, el paciente esbozó una sonrisa ante la cuidada apariencia y puesta en escena del galeno: era, verdaderamente, la imagen de un redentor. Elegante, sí, pero un redentor.
Observó, interesado, la concentración que puso en la lectura de su informe y en los datos y figuras que sobre su caso aparecían en el ordenador. Y la imagen primera se afianzó en el enfermo. Todo parecía preparado para influirle confianza ante la aplastante  omnipotencia del Doctor que había llegado, tras hacerse esperar, precedido por todo aquel protocolo.
Finalmente, el Doctor levantó la cabeza hacia aquella especie de trono iluminado donde el paciente se encontraba. Sus deliberaciones habían terminado. Se quitó las gafas y se lamió ligeramente el labio inferior. Por fin, el Doctor, iba a hablar:
-        Creo tiene usted una lesión irreversible.
Dejó que sus palabras fueran asimiladas por el del trono. Tras unos segundos, el paciente dijo:
-        ¿Está usted seguro?
-        En mi opinión, sí.
El galeno esperó a que su confirmación produjera su efecto. Y como viera que el otro no contestaba, tal vez amilanado por su diagnóstico, añadió con un tono rotundo y triunfalmente esperanzador:
-        Sin embargo, escúcheme bien: yo tengo la solución.
Como el otro siguiera sin contestar,  para rendir su mutismo, dijo:
-        Todo depende de usted, claro.
-        ¿De mí?
-        Sí, como le digo –enfatizó-, yo tengo la solución, pero –bajó el tono- la decisión ha de ser suya. Se trataría de una punción láser que, al producir una micro hemorragia, facilitaría la fijación que su córnea necesita. Pero eso lo tiene que decidir usted.
-        ¿Tiene usted total seguridad en que no se fijará de modo natural?
-        En mi opinión, y sepa usted que mi mayor especialización es en córneas, no.
-        Y, ¿qué pasará si decido esperar y darle una oportunidad a la naturaleza?
El oftalmólogo hizo un gesto ampuloso con las manos –seguramente no esperaba encontrar esa resistencia en el paciente- y añadió en tono indiferente:
-        Su lesión se abrirá una y otra vez, usted ya conoce los dolores, y estoy seguro de que antes de dos meses nos veremos y será usted quien venga a mí y me pida la operación.
-        ¿Lo dice usted con un cien por cien de seguridad?
-        No, con esa seguridad no puedo decirlo desde un punto de vista médico pero, la opinión que usted me pide, acorde con mi experiencia, es que usted volverá en el caso de que no decida operarse inmediatamente – y concluyó vaticinando-.  Los dolores le traerán de nuevo.
El paciente, para su desgracia y las de otros, había visitado muchas consultas de médicos. Por eso toda aquella puesta en escena, lejos de impresionarle, le había hecho desconfiar. Había aprendido que aquellos despliegues tenían algo de teatral y que, la medicina privada, además de ser un servicio, al igual que la pública, no dejaba de ser un modo de ganar dinero. Además aquellas exageraciones nunca le habían gustado, le parecían un modo de amilanar a los pacientes, de quebrar las disminuidas defensas del que sufre. Sí, eso fue lo que le quitó la fe en el Doctor. Así que, venciendo el miedo, dijo:
-        Muchas gracias, doctor, pero ya veremos.
Al salir dijo a las recepcionistas que, mientras le preparaban la factura, iba a la máquina a tomarse un café.
-        No es necesario. Ya se la tenemos preparada.

08 febrero 2012

Fin de temporada


-        ¡Coño, cuánto echo de menos al Colás!
Sí, es cierto. Pero, sin embargo, me resisto a ir a verle. No quiero contarle que me he hecho cazador de nuevo. Y, menos aún, contarle mis cuitas.
El Colás, al contrario que yo, no ha dejado nunca de ser cazador en su cabeza.
-        ¡Papo, Sarvi!, si yo encontrara un compañero, aún me hacía con una escopeta y seguro que no quedaba mal. No como antes, o sea, pero mi papel lo cumpliría. Porque yo, antes muerto que rajarme. ¡Me cago en diole!
Y miro al Colás y veo a un anciano. Está entre los ochenta y los noventa. Tiene la espalda torcida. El pelo hirsuto, blanco. Camina de lado. Cojea, y se desplaza a golpe de meneo de cadera. Otea, más que ve, por un punto pequeño del centro de sus gafas.
-        Sí, es verdad –me digo- , pero, ¿y su cabeza?, ¿qué tendrá en su cabeza?
Hace poco me dijo que todavía creía que podía educarse la voz, o sea, por la cosa del cante. A punto estuve de decirle que él no necesitaba educación alguna, que, lo que había sido, bueno o malo, no tenía remedo ni cambio, pero que no pretendiera resucitar ni en el cante ni en la caza. Que lo escrito, escrito estaba. Me callé, ¿quién era yo para desengañarle? A los hombres, los demás, debieran dejarnos vivir. ¿Qué más les da nuestra quimera?
-        A las perdices no te digo, Sarvi, pero, ¿a la liebre? Me cago en diole, a pocos ibas a encontrar más finos que yo. Sí.
Y me daban ganas de decirle: “Pero Colás, adónde vas”, pero él, antes de que pudiera abrir el pico me decía:
-        A las liebres, talmente igual que antes, Sarvi, que las veo a cincuenta metros. ¡Papo, si las veo! Sí
Y yo miraba a mi entrañable Colás, con su cabeza blanca, con sus gafotas, con su obstinado porte de tornillo torcido y roto empeñado en erguirse ante de mí. Y, la verdad, es que me daban ganas de abrazarle. Como si fuera una criatura. Como a un niño.
-        Colás, Colás. Si mi afecto te devolviera la pujanza, aquella pujanza salvaje que un día tuviste, no dudes que te la devolvería. Es más, para mí la quisiera, pues no he conocido a nadie con tu fuerza salvaje, con tu conocimiento instintivo del campo abierto, del terreno agreste y puro. Colás, Colás, ¡cómo te echo de menos! Pero, ni mi afecto tremendo, ni nada, puede parar el tiempo. ¡Cómo podría convencerte! –pero esto, naturalmente, eran sólo mis pensamientos callados. De decirle a él, ni por pienso.
Y yo sabía que no era cuestión de palabras, que la caza es una cuestión de pensamientos, que el Colás se sentía por dentro tan joven como entonces, como si los años no hubieran pasado, como si la escoliosis no existiera, como si la artrosis no fuera con él, como si la vista no la tuviera taponada por unos culos concéntricos de vaso, como si las fuerzas vinieran sólo de dentro, del espíritu, y no las trasmitiera la máquina del cuerpo, cómo si los pulmones hincharan las velas de unas piernas que nos permitieran navegar al infinito, como entonces, sin acordarnos de toses, asfixias ni bronquios atascados. Como si olvidáramos que podemos caernos en lo más limpio y pretendiéramos, con el pensamiento, navegar surcando oblicuamente las laderas más accidentadas. Amigo Colás, cómo decirte que entonces era entonces. Cómo decirte algo tan sencillo.
-        Aunque, no te creas –me dijo, haciendo una generosa concesión a sus mermas-, ya no soy el de antes que, antes de que se muriera la andaluza, un día que se fue a su pueblo, yo me dije que, sin control como estaba, iba a cenar lo que más me gustaba: y me compré medio de castañas pilongas y un bote de kilo de callos. Me lo comí de una sentá, Sarvi, a fuerza de pan y vino, claro. Tú qué sabes cómo disfruté. Papo, Sarvi, las castañas pilongas y los callos, lo que más me gusta en el mundo. Pero, si no llega a venir un vecino y avisa, me muero esa misma noche. Me subieron a la residencia y me hicieron un lavao de estómago. Si no llega a ser por eso, casco. Sí.

El último día de caza de esta temporada salí de amanecida, como de costumbre. En el resguardo de la casa del pueblo hacía tres grados bajo cero. Pero venía un zarzagán que helaba la cabeza. El viento multiplica el frío. La jodida sensación térmica, que dicen por la tele.
Dimos, a la luz del amanecer, la mano de La Solana.  Unos dos kilómetros de ladera pelada, con altibajos en su falda, con matas hirsutas y peñascos calvos y erosionados. El viento soplaba con violencia y, sólo en los bajos, parecía posible que alguna vida se ocultara. Los animales son como las personas que, del viento helado, se resguardan como del fuego ardiente. Que, en puridad, al cabo de un rato, tanto quema el uno como el otro.
Llevé una mano llena de zarzales y aliagas. Al cabo de una hora tropecé y me di cuenta de que me había metido un pie en la pernera de la pierna contraria, desgarrada por la matas. Buen trompazo me dí. Pese a mis cuidados, con aquellos pantalones desastrados, ya no podía andar por las laderas irregulares y empinadas. Al terminar la mano se lo dije a mis compañeros.
Volvimos al pueblo. A la vista del tiempo, ellos se fueron a tomar café al Pelos y después a almorzar al Pesebre. Eran las diez y media.
Por mi parte, me cambié de pantalones y, tras cavilar, me largué de nuevo al paraje que me pareció más protegido de los vientos. Entré por bajo a los barranquetes de debajo de La Muela. La fui bordeando, despacio, por la falda que limita con baldíos y rastrojos. Llegué a una zona amparada del viento por la mole del cerro. Me detuve. Parecía un milagro encontrar un lugar calmado en medio de la cellisca que comenzaba a caer. Aquello era un abrigo natural. Casi estuve a punto de sentarme a descansar del vendaval, del frío y de los anisillos helados que caían y que zaherían cara, manos y ojos como puntas de alfileres. Pero no lo hice porque me pareció oír el canto ronquillo y quedo de la perdiz, reclamando a sus congéneres. Así era. Acosadas por los rigores del día, se habían refugiado al pie de aquella ladera orientada a contraviento: cazador y caza hermanados, me dije. Sesgué a la derecha en dirección al canto. Enseguida volaron. No eran más de media docena.
-        Si tiro cerro arriba tras ellas, volarán y no las vuelvo a ver. A favor del viento igual llegan a Cuenca –pensé.
Entonces me acordé del Isidro: “Si topas, yendo solo, con un bando, no las sigas de frente. Tírate más abajo de donde creas que se hayan echado y luego tuerce y ve subiendo en zig-zag. Irás tirando a las que se rezaguen y no las desperdigarás”- y, como en este oficio se aprende si tienes la humildad de aprender y la voluntad de andar, hice caso al maestro y empecé zurcir, en largas diagonales ascendentes, la falda tremenda de La Muela.
Al segundo zig-zag, me saltó una desperdigada, como mandan los cánones de Isidro. Salió larga y fallé el primer tiro y el segundo se lo tiré moviendo la mano a la desesperada. Para mi sorpresa cayó, a yo qué sé la distancia, en la cerrada de una chopera, que hay en los bajos del cerro, recién talada. En estos casos, siempre me quedo paralizado un momento al constatar lo que puede alargar una escopeta. ¡Vaya tiro! –me felicité.
Bajé a la carrera. Que si quieres. Media hora de búsqueda. Alocada al principio pero, luego, metódica. Ni rastro. La Tiqui se picaba siempre en el mismo sitio pero yo, como es nueva, no tenía fe en ella.
-        Lástima – me dije- no haberme traído a la Fary aunque, por otro lado – reconocí –, si me traigo a la fiera de la Fary igual me la habría levantado en las Chimbambas. Y, con esta idea, quise consolarme.
Cuando volví a la diagonal abandonada, me dije que las perdices ya debían de andar en lo alto. Así que tomé el sesgo más ventajoso para subir al empinado cerro con el menor esfuerzo. Al llegar arriba el viento me levantaba el macuto de la espalda y me daba con él en la cabeza. Con el viento a mi espalda intuía que esa era la dirección correcta, a salvo de él, en el que se resguardarían las perdices, cubiertas en la ladera que estaba a cobijo del aire.
Hasta la joven Tiqui se picó. Al avistar la ladera, en cuanto me asomé, saltó un perdigacho a veinte metros con la fuerza del viento en su cola. Tanto le quise ver caer, pues lo consideré muerto, que no lo cubrí: ¡Pun, pun! –y se escapó y se perdió en la distancia como un diminuto reactor. No me lo quería creer, pero era evidente. Por mi precipitación, me dejé los tiros bajos. No te reportas, me dije, pero en esta temporada, la primera después de tantos años, ha sido tu tónica tirando a la perdiz.
-        ¡Cojones, parezco nuevo! Y no me quiero dar cuenta de que al fin y al cabo, en estas emociones, nuevo soy, aunque me cueste creerlo.
Cabreado por una impericia que creía tener superada, sigo avanzando con cautela. Queda ladera a cubierta del viento. Alguna más tiene que haber. Y, efectivamente, quedan las otras que saltan, fuera de tiro, a más de setenta metros ladera abajo. Desanimado, ni hago intención.
Bajo de La Muela y recorro baldíos, regueras, rastrojos, pequeños surcos, y asciendo a los medianos tesos circundantes, pero mi imaginación no adivina dónde pueden estar las fugitivas. No doy con ellas.
Picado, subo de nuevo a La Muela. Ni en su cima ni en las laderas peinadas por el viento, que silba con fiereza, salta ninguna. Vuelvo a bajar y, cabreado, me dirijo al coche, pero no para marcharme, sino para ir al pueblo, dejar a la Tiqui, y traerme a la Fary y ver si, la fogosa braca, es capaz de cobrarme la perdiz perdida. Sé que es harto improbable que lo logre porque hace dos horas de ello pero, aún así, voy al pueblo a por ella.
Todo es inútil, la braca no da con rastro alguno. Así que decido dar una vuelta por la mano contraria y me voy a los bajos del Altillo Redondo. Nuevas subidas y bajadas animado por la fogosidad de la braca incansable. Me es difícil sujetarla. El día va venciendo y el viento viene cada vez más cargado de nieve. Reparo en que voy con la nieve adherida a cada centímetro de mi ropa, parezco un espantapájaros blanco. Y, al tiempo que lo pienso, me digo que no he podido dar con una expresión más acertada: me he pasado el día espantando pájaros.
La Fary, pese a sus excepcionales vientos y al terreno que mueve, no levanta una perdiz. Bajamos a lo más bajo del valle y, en cuanto se acerca a los surcones por donde evacuan el agua los cerros, comienza a picarse. Se tira en picado a un surcón de unos quince metros de profundidad. Está ciega y su rabo se mueve como un molinillo. Es indudable, la perdiz está cerca. De sobra conozco a la perra. Una vez más las perdices, como haría cualquiera, se refugian de las temibles condiciones atmosféricas en el fondo de los resguardos. Temo que saque larga a la o las perdices y corro tras ella siguiendo el hilo de la quebrada. Se para de repente, se vuelve, y marca en mi dirección. Deduzco que la perra ha rebasado a la perdiz y que la debo de tener casi a mi altura. Pero la fogueada patirroja no me da ni un segundo para pensar. La veo tomar carrera cuesta arriba a no más de quince metros. En mi ansiedad, a punto estoy de tirarle según toma carrera. Pero no, la dejo levantar: ¡pun, pun!, nuevamente me precipito y no la cubro. Es tal la fuerza del viento que se ve obligada a girar, rodeándome. Me doy cuenta de que la podría haber disparado a placer, en su giro, pero mi precipitación había vaciado nuevamente mi escopeta.
La tarde cae y la nieve arrecia. No por ir hacia el coche olvido que alguna más puede saltar pero, desanimado, casi prefiero que no sea así. Derribé una en el tiro más insospechado y las dos, cantadas, se me fueron como a un nuevo.
Definitivamente, no le diré al Colás que he vuelto a la caza.

25 enero 2012

El oficio más viejo

Aunque le costaba reconocerlo, tenía dolores fuertes en el espinazo. Pero le enorgullecía ser todavía capaz de cazar de sol a sol.
Especialmente en esos días, los dolores de espalda le recordaban a aquel otro viejo, de entonces, que vendría a ser, más o menos, lo que él era ahora. Y le parecía que, en los atardeceres mortecinos, escuchaba su queja sobre la cortedad de los días y su deseo de que, oscureciendo, el sol se detuviera y el ocaso prolongara el día de un modo indefinido. Recordaba la avaricia insaciable de aquel viejo por las horas de luz que, inevitablemente, se escapaban y hacían que la jornada no se acabara, sino que tuviera que suspenderse por causas ajenas a su voluntad. “Lo mismo pasa con la vida”, solía decir con una especie de disgusto resignado.
El viejo de su recuerdo no era precisamente un hombre diligente. Era, más bien, una persona tranquila, pausada en sus actividades diarias, buen conversador, socarrón y bromista, graciosamente dilatador de los trabajos y que tenía por costumbre posponer las tareas, por apremiantes que fueran, como si sus días no fueran otra cosa que una inevitable espera, abrumadoramente tediosa, de las jornadas de caza. Era lo único que tenía sentido para él, la única de las actividades de la vida en la que se volcaba. Era como si todo lo demás fueran enojosas fatigas, a evitar en lo posible, que no valieran la pena.
“Pero de algo hay que vivir, muchacho –le decía-, y pocos son los que viven de algo que les guste. Este es un mundo de resignados y fingidores. Nadie es libre.”
El viejo le enseñó muchas cosas. Lástima que él, por entonces, no las comprendiera del todo. Por ejemplo, le contó que, aunque toparía con grandes tiradores, la caza no era eso. Él sabía que los buenos tiradores se encontraban a cientos, pero no era la reputación ganada en concursos de tiro la que hacía al cazador, ni tampoco el número de piezas. Y menos lo eran las grandes cacerías, ni la vanidad, ni la fama, ni los cotos de muchas campanillas.
“El oficio de cazar es el más viejo, contra lo que se dice por ahí. Que la lujuria –hijo- viene siempre después de satisfacer el hambre, que es la primera dictadora.”
“Mira –añadía-, el cazador ha de fundirse con el campo, volver a ser un elemento más de él, como lo era el hombre libre en los principios del mundo, cuando la caza era su primera y única religión. Una religión que, en puridad, ha sido la única que, a lo largo de la historia, le ha dado al hombre de comer sin meterle en problemas.”
De él aprendió que, en la caza, cualquier tiempo pasado fue también mejor. Pero en esto no estaba del todo conforme porque, a decir verdad, muchas otras personas dicen eso mismo de la vida, siendo que lo que echan de menos es, casi exclusivamente, su juventud y otras cosillas agradables que ésta traía aparejadas.
Pero sí, la caza para aquel viejo era una actividad minuciosa, a la que se dedicaba concienzudamente y con un interés tan exacerbado como incomprensible. Volcaba en ella toda su capacidad de observación y, a la gran experiencia de sus años, sumaba, sin excepción, la peripecia del día anterior. Y, según él, todas esas cosas juntas no le permitían asegurar que no sería testigo, al día siguiente, de algo nunca visto ni, por asomo, imaginado.
“Tenemos, los cazadores, fama de mentirosos. Pero, amigo, no lo creas –acostumbraba a decirle-. Lo que ocurre es que contamos cosas que, a los profanos, les parecen inverosímiles porque desconocen que, en el campo, lo que no ha sucedido en diez años, puede suceder en un segundo. Pero, por desgracia, como ellos no han de poderlo comprobar jamás, por su indolencia, antes de pasar por crédulos prefieren hacernos pasar por mentirosos a nosotros, gente seria y honrada que, cándidamente, contamos cuanto nos sucede en lugar de callarlo y dejarlo egoístamente para nuestro magín. Y, así, en lugar de creer nuestras mentiras desinteresadas, que aunque lo fueran no harían mal a nadie, prefieren creer las patrañas egoístas de otros, más taimados que nosotros, que simplemente dicen a los auditorios lo que éstos quieren oír. Y no te digo más, hijo mío, porque no me gusta señalar a nadie.”
Al pasar por el cementerio de bardas de adobe carcomidas por el tiempo y gastadas por los aguaceros, se acercó a la tumba del recordado compañero. Las letras del nombre y los números de las fechas le parecieron mucho más antiguos, desvaídos y gastados que su recuerdo. Sólo el breve epitafio le recordó al viejo: “Finalmente libre”


12 enero 2012

Alcarrias

-    ¿Cuántas veces has visto amanecer?
-    Muchas.
-    Yo creo que nunca se termina de ver amanecer.
-    ¿Por muchas veces que lo veas?
-    Nadie ha visto amanecer, por muchas veces que lo vea.
-    ¿No te parece que exageras?
-    No. Creo que digo la verdad. Estoy convencido.
Amanecía. Hacía cinco grados bajo cero, si hay que hacer caso a ese instrumental con el que nos empeñamos en medirlo todo. La luna llena estaba anaranjada y exultante y, en la llanura de pedazos labrados y rastrojos viejos salpicados de encinas entre arcabucales, parecía más grande que de costumbre. Estaba al Oeste y el sol, que llevaba minutos atarantado anunciando su salida, le daba un color inusitado. El resplandor del Este iba creciendo pero, todavía, no proyectaba sombras.
-    ¿Te das cuenta de que nadie ha visto jamás amanecer?
-    Empiezo a entenderte. Le pones tanto empeño a lo que dices.
-    Lo dudo.
-    Procuro entenderte. Eres un cabezón cuando te empeñas.
-    Eso sí lo creo.
Caminaron, junto a los rispiones, por el borde de una hilera de chaparros tan juntos y rellenos de matas y maleza, que parecían cultivados. Terrones a un lado, rastrojo a otro, mohedales por doquier. A la derecha un paraje similar, a la izquierda otro, atrás el mismo, delante igual.
-    ¿Quién no se perdería en estos llanos?
-    Todo aquel a quien no le interesen.
-    Pero a mí me interesan, y me he perdido varias veces.
-    Yo también pero, con el tiempo, creo que he aprendido a conocerlos.
-    Eso creo yo de las personas pero, como con estos llanos, me engaño de continuo.
-    Llevas razón, nos pasa a todos.
El sol salió pegado al horizonte como una linterna roja con las pilas casi gastadas. Los dos se giraron a buscar la luna, pero ya no estaba. Había amanecido. Agradecieron el calor que, más que notar, imaginaban y ansiaban y por eso, tal vez, se empeñaban en sentirlo. Como el filamento incandescente, de una antigua estufa eléctrica, se suponía que el sol empezaba a caldear toda la llanada. Sin embargo, era más una impresión que una realidad. Las manos, aterecidas, les dolían del frío. Las palomas montesinas saltaban allá lejos, de las copas, y se unían a otras y zurcían el cielo del día nuevo como si gozaran de su vuelo atlético, anárquico y veloz. Las urracas y los rendrajos comenzaban sus salmodias agudas saltando de encina a encina, los mirlos jugaban al escondite en los espinos, algún mochuelo saltó de un majano y los petirrojos, por aquí y por allá, asomaban curiosos a su paso. La escarcha brillaba sobre las matas, hojas, fusca y rastrojos, y el suelo helado empezaba a respirar, por algunos sitios, soltando un vaho ligero al ser acariciado por las primeras luces.
Mirado desde allí el llano parecía infinito y daba la impresión de que igual daba caminar en una dirección u otra. Pese a las ligeras ondulaciones, el terreno parecía siempre el mismo, con muy poco desnivel entre los planos que se sucedían. Pese a la apariencia, ambos sabían que lo quebraban barrancos inesperados y que ese día, a la derecha, tenían la cuenca profunda del Tajuña.
Una bandada de quincinetas les sobrevoló. 
- Parece que el frío viene ya en serio.
Caminaban reconfortados por el sol que llevaba una hora ascendiendo y ambos pensaron que pronto la ropa comenzaría a sobrarles. Pero, en unos minutos, el sol, sin nubes aparentes, se hizo translúcido primero y, luego, casi opaco. Las nieblas ascendían del Tajuña a los llanos y las alcarrias, paulatinamente, quedaron en penumbra. El horizonte, en unos minutos, se redujo a cien metros.
-    ¿Es o no fácil perderse?
El mundo está, como el campo, lleno de referencias pero, ¿y cuándo éstas desaparecen?
-    Pues imagínate de noche.
-    No me refería sólo a eso.
-    ¡Joder, eres de ideas fijas!
-    ¿Qué más da la oscuridad negra o la blanca?
-    Pues, en ambos casos, tenemos que recurrir a lo que llevamos dentro: al instinto.
-    Y al conocimiento.
-    Llámalo como quieras.
-    A todo esto, ¿qué pintamos aquí?
-    ¡Coño, somos cazadores!
-    Y eso, ¿qué significa?
-    Para algunos que estamos obsesionados con matar.
-    Pues yo que creo que estamos obsesionados con vivir.
-    Pues la gente no nos ve de esa manera.
-    Si la gente supiera cómo les veo a ellos.
-    A mí no tienes que convencerme.
-    Ni a ti, ni a nadie.
-    ¡Joder, qué mañana tienes!