12 febrero 2012

Medicina privada: los mejores en lo suyo


Acosado por los dolores, no sabía qué hacer. Buscó, tras dudar de la eficiencia y la atención del equipo del hospital de la Seguridad Social, un especialista de renombre, una clínica avanzada, lo último en cirugía láser y en otras técnicas de las que, como de esta última, no sabía nada en puridad, excepto lo rimbombante del nombre.
Le pidieron, sólo por una consulta, un dineral, pero le dijeron que iba a verle el número uno en España. Vamos, uno de esos médicos a cuyos pacientes se les llena la boca con palabras  como: eminencia, genio, talento, mago.
Viajó a Madrid. La moderna clínica estaba montada en el barrio de Salamanca y ocupaba los bajos de un gran edificio. En el luminoso y espacioso recibidor, y tras un mostrador ondulado, dos recepcionistas guapas, con una cuidada simpatía que nunca llegaba al interés, le tomaron amable, pero concienzudamente, sus datos.
Le indicaron después que pasara a una elegante sala de espera alfombrada y llena de sillones grandes y mullidos. Tras poco más de una hora, una de las doctoras, de la media docena de discretos y eficientes profesionales que, callada y diligentemente, auxiliaban al Doctor, se presentó en la sala y pronunció su nombre mirando amablemente a todos los pacientes. Se levantó, con la sumisión que genera la esperanza, y la siguió.
En una pequeña sala de consulta, llena de aparatos, la callada doctora le fue haciendo pasar de unos a otros y, tras las comprobaciones, los tintados, las dilataciones de pupila, etc. iba tomando notas metódicamente en unas detalladas fichas dedicadas a parámetros médicos. La cara de la doctora al escribir los datos no indicaba nada, ninguna emoción, ni un gesto. Sólo de vez en cuando, como si lo tuviera pautado, sonreía al paciente y le decía: “no se apure, ha venido al lugar adecuado, el Doctor es el número uno en lo suyo”. En lo suyo seguro que sí, a la vista está –ironizó para sus adentros el paciente-, pero, ¿y en lo mío?
Y, las palabras de la doctora, no hacían sino acrecentar la incertidumbre sobre la importancia y el pronóstico de su dolencia. Casi le daba apuro, ante aquel rito silencioso, preguntar a la doctora lo que ella opinaba. Al fin, no pudo contenerse y le preguntó. Ella se detuvo un momento en sus anotaciones, miró fijamente los papeles, se bajó un dedo las gafas sobre el caballete de la nariz, le miró y, luego de un par de segundos, optó por decir mecánicamente: “Es mejor que espere a que el Doctor evalúe su caso pero, no se preocupe, está usted en las mejores manos.” Y, ante la respuesta, se arrepintió de haber preguntado.
De nuevo en la sala de espera, se deshacía en conjeturas sobre su mal. Así estuvo otro rato, cociéndose en su propio jugo de pensamientos, molestias, sensaciones y miedos. Al cabo de una hora, otra impoluta enfermera pronunció su nombre y le pidió que le acompañara a la consulta del Doctor. Siguió mansamente los pasos de aquella mujer con bata blanca y ésta le introdujo a la ansiada consulta: el corazón de la clínica, La Meca de su viaje.
Estaba vacía. Era un gran espacio rectangular, algo apabullante por las dimensiones, sin la aglomeración de aparatos que tenía la anterior. Pegada a una de las paredes había una silla grande de las que se usan para los reconocimientos oftalmológicos, subida en alto, sobre una gran tarima iluminada frente a una pantalla sin iluminar. En ella le pidió que se sentara y le dijo que el Doctor vendría enseguida. Dejó el informe sobre la amplia mesa del Doctor, que estaba enfrente, pero a un lado, con un ordenador sobre ella, y salió.
Desde su asiento elevado pudo observar la pared de su derecha llena de diplomas y titulaciones cuidadosamente enmarcadas, avales mudos de la competencia del hombre que, de un momento a otro, iba a hacerse cargo de su dolor, que iba a aplicar a su caso la ciencia con que aquel muro lleno de reconocimientos le avalaba y, seguramente, todo lo haría con la eficiencia que correspondía a la seriedad y reputación de aquella clínica. El Doctor iba a trasformar sus cuitas en un asunto propio. Ese era el trato.
Tras cinco minutos, una enfermera abrió la puerta y cedió el paso al Doctor. Sintió, desde lo alto de su sillón, que el juez de su causa había llegado. El oftalmólogo despidió con un gesto a la enfermera, saludó de soslayo al paciente y se sentó de inmediato a su mesa sin mirarle. Leyó el informe pausadamente sin levantar de él la cabeza durante diez minutos. Luego estuvo mirando otros cinco en la pantalla del ordenador. Era una mente concentrada.
Desde que el doctor entró tuvo tiempo de sobra para observarle. Era un hombre alto, que rebasaba los cuarenta, de tez blanca, pelo rubio, escaso y ondulado, peinado hacia atrás, ojos azules, atlético tirando a corpulento y con gafas de montura de oro. Llevaba la bata blanca descuidadamente desabrochada de modo que permitía ver un traje oscuro, elegante, cruzado, con botones dorados algo ostentosos, camisa de seda y corbata gris perla de grueso nudo Wilson. Su sólido empaque era la imagen misma de la solvencia, de la seguridad. Y, pese a sus molestias, el paciente esbozó una sonrisa ante la cuidada apariencia y puesta en escena del galeno: era, verdaderamente, la imagen de un redentor. Elegante, sí, pero un redentor.
Observó, interesado, la concentración que puso en la lectura de su informe y en los datos y figuras que sobre su caso aparecían en el ordenador. Y la imagen primera se afianzó en el enfermo. Todo parecía preparado para influirle confianza ante la aplastante  omnipotencia del Doctor que había llegado, tras hacerse esperar, precedido por todo aquel protocolo.
Finalmente, el Doctor levantó la cabeza hacia aquella especie de trono iluminado donde el paciente se encontraba. Sus deliberaciones habían terminado. Se quitó las gafas y se lamió ligeramente el labio inferior. Por fin, el Doctor, iba a hablar:
-        Creo tiene usted una lesión irreversible.
Dejó que sus palabras fueran asimiladas por el del trono. Tras unos segundos, el paciente dijo:
-        ¿Está usted seguro?
-        En mi opinión, sí.
El galeno esperó a que su confirmación produjera su efecto. Y como viera que el otro no contestaba, tal vez amilanado por su diagnóstico, añadió con un tono rotundo y triunfalmente esperanzador:
-        Sin embargo, escúcheme bien: yo tengo la solución.
Como el otro siguiera sin contestar,  para rendir su mutismo, dijo:
-        Todo depende de usted, claro.
-        ¿De mí?
-        Sí, como le digo –enfatizó-, yo tengo la solución, pero –bajó el tono- la decisión ha de ser suya. Se trataría de una punción láser que, al producir una micro hemorragia, facilitaría la fijación que su córnea necesita. Pero eso lo tiene que decidir usted.
-        ¿Tiene usted total seguridad en que no se fijará de modo natural?
-        En mi opinión, y sepa usted que mi mayor especialización es en córneas, no.
-        Y, ¿qué pasará si decido esperar y darle una oportunidad a la naturaleza?
El oftalmólogo hizo un gesto ampuloso con las manos –seguramente no esperaba encontrar esa resistencia en el paciente- y añadió en tono indiferente:
-        Su lesión se abrirá una y otra vez, usted ya conoce los dolores, y estoy seguro de que antes de dos meses nos veremos y será usted quien venga a mí y me pida la operación.
-        ¿Lo dice usted con un cien por cien de seguridad?
-        No, con esa seguridad no puedo decirlo desde un punto de vista médico pero, la opinión que usted me pide, acorde con mi experiencia, es que usted volverá en el caso de que no decida operarse inmediatamente – y concluyó vaticinando-.  Los dolores le traerán de nuevo.
El paciente, para su desgracia y las de otros, había visitado muchas consultas de médicos. Por eso toda aquella puesta en escena, lejos de impresionarle, le había hecho desconfiar. Había aprendido que aquellos despliegues tenían algo de teatral y que, la medicina privada, además de ser un servicio, al igual que la pública, no dejaba de ser un modo de ganar dinero. Además aquellas exageraciones nunca le habían gustado, le parecían un modo de amilanar a los pacientes, de quebrar las disminuidas defensas del que sufre. Sí, eso fue lo que le quitó la fe en el Doctor. Así que, venciendo el miedo, dijo:
-        Muchas gracias, doctor, pero ya veremos.
Al salir dijo a las recepcionistas que, mientras le preparaban la factura, iba a la máquina a tomarse un café.
-        No es necesario. Ya se la tenemos preparada.

4 comentarios:

Aldabra dijo...

pues comprendo perfectamente la actitud y los sentimientos del paciente, a mí me pasaría otro tanto porque siempre me han disgustado las desmedidas.

lo has contado divinamente.

bqñs,

Soros dijo...

Gracias, Aldabra.
¡Ah! Y el ojo lo curó la Madre Naturaleza. El otro día me lo dijo el excéptico.
Bicos.

Aldabra dijo...

pues me alegro mucho por el escéptico, no me gusta que se mercadee con algo tan serio como una enfermedad.

bqñs,

Soros dijo...

Aldabra, si se mercadea con la muerte, cómo no se va a mercadear con las enfermedades que son su antesala.
Pero, bueno, al excéptico le encontré muy optimista por no haberse equivocado ante el médico dominador.
Bicos.