12 enero 2012

Alcarrias

-    ¿Cuántas veces has visto amanecer?
-    Muchas.
-    Yo creo que nunca se termina de ver amanecer.
-    ¿Por muchas veces que lo veas?
-    Nadie ha visto amanecer, por muchas veces que lo vea.
-    ¿No te parece que exageras?
-    No. Creo que digo la verdad. Estoy convencido.
Amanecía. Hacía cinco grados bajo cero, si hay que hacer caso a ese instrumental con el que nos empeñamos en medirlo todo. La luna llena estaba anaranjada y exultante y, en la llanura de pedazos labrados y rastrojos viejos salpicados de encinas entre arcabucales, parecía más grande que de costumbre. Estaba al Oeste y el sol, que llevaba minutos atarantado anunciando su salida, le daba un color inusitado. El resplandor del Este iba creciendo pero, todavía, no proyectaba sombras.
-    ¿Te das cuenta de que nadie ha visto jamás amanecer?
-    Empiezo a entenderte. Le pones tanto empeño a lo que dices.
-    Lo dudo.
-    Procuro entenderte. Eres un cabezón cuando te empeñas.
-    Eso sí lo creo.
Caminaron, junto a los rispiones, por el borde de una hilera de chaparros tan juntos y rellenos de matas y maleza, que parecían cultivados. Terrones a un lado, rastrojo a otro, mohedales por doquier. A la derecha un paraje similar, a la izquierda otro, atrás el mismo, delante igual.
-    ¿Quién no se perdería en estos llanos?
-    Todo aquel a quien no le interesen.
-    Pero a mí me interesan, y me he perdido varias veces.
-    Yo también pero, con el tiempo, creo que he aprendido a conocerlos.
-    Eso creo yo de las personas pero, como con estos llanos, me engaño de continuo.
-    Llevas razón, nos pasa a todos.
El sol salió pegado al horizonte como una linterna roja con las pilas casi gastadas. Los dos se giraron a buscar la luna, pero ya no estaba. Había amanecido. Agradecieron el calor que, más que notar, imaginaban y ansiaban y por eso, tal vez, se empeñaban en sentirlo. Como el filamento incandescente, de una antigua estufa eléctrica, se suponía que el sol empezaba a caldear toda la llanada. Sin embargo, era más una impresión que una realidad. Las manos, aterecidas, les dolían del frío. Las palomas montesinas saltaban allá lejos, de las copas, y se unían a otras y zurcían el cielo del día nuevo como si gozaran de su vuelo atlético, anárquico y veloz. Las urracas y los rendrajos comenzaban sus salmodias agudas saltando de encina a encina, los mirlos jugaban al escondite en los espinos, algún mochuelo saltó de un majano y los petirrojos, por aquí y por allá, asomaban curiosos a su paso. La escarcha brillaba sobre las matas, hojas, fusca y rastrojos, y el suelo helado empezaba a respirar, por algunos sitios, soltando un vaho ligero al ser acariciado por las primeras luces.
Mirado desde allí el llano parecía infinito y daba la impresión de que igual daba caminar en una dirección u otra. Pese a las ligeras ondulaciones, el terreno parecía siempre el mismo, con muy poco desnivel entre los planos que se sucedían. Pese a la apariencia, ambos sabían que lo quebraban barrancos inesperados y que ese día, a la derecha, tenían la cuenca profunda del Tajuña.
Una bandada de quincinetas les sobrevoló. 
- Parece que el frío viene ya en serio.
Caminaban reconfortados por el sol que llevaba una hora ascendiendo y ambos pensaron que pronto la ropa comenzaría a sobrarles. Pero, en unos minutos, el sol, sin nubes aparentes, se hizo translúcido primero y, luego, casi opaco. Las nieblas ascendían del Tajuña a los llanos y las alcarrias, paulatinamente, quedaron en penumbra. El horizonte, en unos minutos, se redujo a cien metros.
-    ¿Es o no fácil perderse?
El mundo está, como el campo, lleno de referencias pero, ¿y cuándo éstas desaparecen?
-    Pues imagínate de noche.
-    No me refería sólo a eso.
-    ¡Joder, eres de ideas fijas!
-    ¿Qué más da la oscuridad negra o la blanca?
-    Pues, en ambos casos, tenemos que recurrir a lo que llevamos dentro: al instinto.
-    Y al conocimiento.
-    Llámalo como quieras.
-    A todo esto, ¿qué pintamos aquí?
-    ¡Coño, somos cazadores!
-    Y eso, ¿qué significa?
-    Para algunos que estamos obsesionados con matar.
-    Pues yo que creo que estamos obsesionados con vivir.
-    Pues la gente no nos ve de esa manera.
-    Si la gente supiera cómo les veo a ellos.
-    A mí no tienes que convencerme.
-    Ni a ti, ni a nadie.
-    ¡Joder, qué mañana tienes!

4 comentarios:

Isidro dijo...

Interesante diálogo entre los dos cazadores.
Pero si, si que te puedes perder, ya lo creo, porque parajes como ese se repiten desde La Cabañuela hasta el término de Villaviciosa. Un día, vi tres veces mis propias huellas.
Ahora bien, los que no se perdieron, fueros los dos perros que me faltaban.
Sucedió, en una jornada habitual de gateo.

Un saludo

Soros dijo...

Sabía, Isidro, que enterderías muy bien lo de perderse.
Un saludo.

Aldabra dijo...

como no tengo ni idea de caza el vocabulario del texto a veces se me hace difícil aunque en general se entiende.

los diálogos encajan muy bien con el paisaje, frío por la madruga... callado.

es un texto muy diferente a los que leo por el tema.

biquiños,
y gracias por pasarte por mi blog, tu comentario me pareció muy ocurrente y sesudo.

Soros dijo...

Creo, Aldabra, que no es el vocabulario de caza el que no entiendes, sino el de la cosas del campo.
La caza, como otras cosas, es algo distinto para cada uno.
Bicos.