09 mayo 2012

Bolarque (parte 7ª)


Abén Adnán, de cuyo nombre morisco, el ventero, en un alarde de reflejos, sacó el cristiano de Abel Adán, recuperó sin proponérselo los aires moros en su nombre, por la inclinación del lenguaje castellano a las palabras llanas y la del pueblo a pronunciar seguido: Abeladan.
La familia de la moza que acogió a Abeládan en Sayatón le trató bien al principio. Pero, cuando vieron pasar los años y que el ventero mandaba las ayudas y no visitaba al muchacho ni fiscalizaba su cuidado, se relajaron tanto que por casi olvidaron darle de comer.
Pero Abeladan era, para entonces, un arrapiezo inquieto, arisco y asilvestrado, que no respetaba huerto, ni huevos de nido, ni toperas, ni cangrejos de río, ni cosa alguna animada o inanimada y al que la necesidad espabiló tanto, que algunos decían que llegó a descubrir más cosas de comer de las que ninguno conocía.
Como, por sus acciones, vivía medio proscrito por ser mermador habitual de las alacenas de los vecinos descuidados, Abeladan aprendió pronto a moverse con más sigilo que los peces, más silenciosamente que una sombra y con más vista que las aves de la noche. Y algunos llegaron a decir que su olfato era mayor que el del cura que,  por poco anunciadas que fueran las matanzas, aparecía siempre como atraído por la sangre.
También se convirtió en un merodeador que, en sus salidas por el campo, cada vez abarcaba más terreno y, con los años, iba aumentando su avidez por los parajes nuevos y lejanos.
Así fue como, a los doce años, dio un día, que seguía la ribera del Tajo, con el Molino del tío Mosquete.
Abeladan no sabía lo que era aquello, así que exploró el caz desde donde éste tomaba el agua del Tajo, llegó a la represa y encontró la casa y vio que, bajo ella, pasaba el agua para salir después por el otro lado por unos arcos de piedra y volver de nuevo al río. Y le pareció un capricho que alguien se hubiera construído una casa junto al río e hiciera después que el agua pasara bajo ella. Mucho debía de gustarle el agua al que la hizo, para no contentarse sólo con tenerla al lado.
Como vio que la puerta del molino tenía la hoja superior abierta, asomó el hocico con curiosidad y luego puso las manos sobre la hoja baja de la puerta. Y así estaba, curioseando los extraños instrumentos que en el zaguán veía, cuando la voz sonó a sus espaldas.
-        ¿Quién mira dentro de mi casa?
El muchacho se volvió de un brinco pues no estaba habituado a que le pillaran por sorpresa. Vio al hombre más grande que nunca hubiera visto, que le miraba con una tranquilidad que contrastaba con las dos fieras cicatrices que tenía en la cara. La una le cruzaba la mejilla izquierda desde la oreja a la barbilla y, la otra, desde la frente hasta partirle la ceja derecha.
-        ¿Qué te ha pasado en la cara?
Al hombre le hizo sonreír la contestación curiosa del muchacho. Y sentándose en una banqueta que tenía fuera, le señaló otra al chico y, sacando un trozo de queso de un bolsillo y una navaja del otro, le dijo:
-        Anda, siéntate. ¿Quieres queso?
El muchacho, atrapado por la curiosidad y también porque ya hacía mucho que alguien le tratara sin mostrarle amenaza en el ceño, se sentó y engulló el queso en un santiamén.
-        ¿Qué te ha pasado en la cara?
-        Son unos recuerdos que me traje de Francia.
-        Y eso, ¿dónde está?
-        Muy lejos. Es otro país donde hay otro rey distinto del nuestro, pero donde las personas son igual que nosotros aunque hablan otra lengua.
-        ¿Y tú qué hacías allí?
-        Era soldado.
-        ¡Soldado! –exclamó admirado el chico- Del rey de Francia, claro.
-        No, hijo, del rey de España.
-        ¿Del rey de España? ¿Y por qué el rey de España tiene soldados en Francia?
-        Porque los reyes quieren mandar en todo y no les gusta que les lleven la contraria ni siquiera otros reyes.
-        ¿Y eso te lo hicieron los franceses en alguna batalla?
-        Sí. Así fue, pero salí con vida.
-        ¿Y tú mataste a muchos franceses?
-        Anda toma más queso. Y dime, de una vez, cómo te llamas.
-        Abeladan –dijo el chico tomando con avidez el trozo de queso.
-        ¿Abeladan? ¿De quién eres hijo?
-        Vivo en Sayatón, con los Sendines. Pero dicen que no soy hijo del tío Sendín y que nadie sabe quien es mi padre. Y los chicos, que soy un hijo de puta.
-        ¿Y cómo es que te has alejado tanto de tu pueblo?
-        No es mi pueblo. Y he venido porque me gusta explorar. A lo mejor podría hacerme soldado cuando crezca.
-        Yo fui soldado y ahora soy molinero.
-        ¿Qué es mejor ser soldado o ser molinero?
-        Depende de la persona. Pero los molineros puede ser soldados y casi ningún soldado puede ser molinero.
-        Entonces, ¿sería mejor que, antes de hacerme soldado, me hiciera molinero?
-        Sería un buen principio.
Tras esta conversación y otras que tuvieron, Juan Escribano, mal conocido como el tío Mosquete, se presentó un buen día donde los Sendines. La gente de Sayatón se alarmó al verle pues, aparte de que nunca abandonaba su molino, le tenían por hombre peligroso, extravagante y no muy en sus cabales. Le dio al tío Sendín una moneda de oro y un costal de harina y se llevó al chico para aprendiz de molinero. El tío Sendín quedó muy complacido pues de balde le hubiera largado al muchacho. Y Abeladan, muy contento, se marchó como aprendiz del soldado.

2 comentarios:

Aldabra dijo...

ya tengo preparada la lectura y leídos los comentarios ya sé dónde es Bolarque (no tenía ni idea),ya sé que no habrá revolcón(de momento) y ya sé que escribiste una novela anterior (mi querida Zeltia la atesora), y ya sé que tendré que usar muchas veces el dicionario... uf, cuanto trabajo me va a dar usted, caballero.

biquiños,

Soros dijo...

Bolarque no es un sitio famoso pero, es cierto, que allí establecieron los carmelitas a finales del siglo XVI su primer Desierto.
El paraje se presta a la fantasía, y como a mí ésta no me falta y en los libros de historia aparecen los datos, pues escribo historias que me invento en este entorno no demasiado lejano de mi casa.
Mi idea es la de dar placer al leer y no trabajo, así que, Aldabra, puedes preguntarme las palabras o cosas que no entiendas.
Bicos.