26 mayo 2012

Bolarque (parte 11ª)


Al paso lento de su caballo, sin ninguna sombra de premura, el pensamiento de Juan Escribano se recreaba en su inesperado encuentro con el capitán Cunmeigas. Pero, sin embargo, y pese a haber salido entonces vivo y de una pieza, no le eran tan gratas las memorias del día en que, inesperadamente también, lo conoció.
Gravelinas, mal recuerdo, se dijo. Y eso que vencimos. Pero qué saben de victorias los que yacen muertos después de la batalla, y qué los que resultan lisiados para siempre. ¿Cómo recordarán los mutilados las glorias, cuando ahora tienen que andar mostrando sus muñones por las plazas y pidiendo limosna? ¿Dónde andará el honor y valentía que, como soldados, demostraron? Afortunados de los muertos, pensarán algunos, porque su virtud feneció con ellos y, olvidados, no han menester de la amarga caridad, única recompensa de los soldados pobres que, ante ella, han de entregar definitiva y mansamente lo que nunca entregaron por la fuerza: el orgullo. ¡Qué mayor deshonra, qué triste paga la del soldado!
Y otros extraños pensamientos le asaltaron:
¿Sabría él volver a aquel lugar? No querría. Sería como ir a visitar su propia tumba. Porque las de muchos compañeros de armas allí se cavaron y, viéndolas, se sentiría en el fondo un desertor de su suerte, uno al que el azar libró de su destino, casi como un vivo que debería hacerse perdonar por estarlo. Porque la suerte de los soldados ha de ser igualitaria siempre y porque lo fatídico se aceptaba mejor en compañía. Claro que, los muertos, poco podrían protestar, pero él, como superviviente, sabía que tenían derecho, todo el derecho, a hacerlo. Sólo la suerte estaba excusada de variar caprichosamente el destino de algunos.
Y le vinieron las imágenes. Tan nítidas como si acabaran de concluir. Tanto, que se tentó las cicatrices de la cara con el temor de hallarlas aún abiertas y frescas. Y recordó lo que, a veces, había oído describir a alguno: el dolor en los miembros amputados muchos años atrás, como si aún los tuvieran. Y se dijo que la memoria, muchas veces, era también dolor.
Sin la venturosa aparición de Cunmeigas aquel paraje habría sido el último que vieran sus pupilas. Sin tiempo para recargar el mosquete, dos jinetes franceses se le echaron encima. Se vio solo de repente, aislado y confundido en mitad del combate. Tiró de espada a duras penas y frenó como pudo sus primeros envites, saliendo con la cara cruzada por dos veces y perdiendo la espada. Al siguiente, hubo de tirarse al suelo y rodar por él y los caballos no le pisotearon por milagro. Viéndoles volver de nuevo, se aprestó a recibir el golpe definitivo amparándose instintivamente con lo primero que encontró a mano, una horquilla de mosquetón. La imaginó partida en dos pedazos y, bajo ella, su cabeza hendida en otros dos. Seguro de su muerte, su pensamiento quedó en blanco, como si quisiera ensayar alguna suerte de anestesia, y deseó que aquélla llegará fulminante y cuanto antes. Entonces apareció Cunmeigas, que junto a don Ruy debía andar próximo a nuestra ala, y, cruzándose veloz por un costado, derribó con un golpe de espada, que hizo silbar el aire, a uno de los jinetes. El otro, sorprendido, quiso volver la grupa hacia sus filas, pero fue tarde para él pues, Cunmeigas, al tiempo que el francés intentaba revolverse, le rebanó de un viaje medio cuello. A los pocos segundos varias balas silbaron y el caballo de Cunmeigas cayó fulminado y un trozo de carne, que no identifiqué, voló por los aires, salpicándole la cara y el pecho de sangre. Yo intenté ayudarle al creerle malherido y verle en tierra, ensangrentado, junto a su montura. Pero él, con gran voz y energía, me urgió a  cargar sin demora mi arma, al tiempo que media docena de mosqueteros de mi compañía alcanzaron nuestra posición con las armas listas. Mal fin tuvieron los que dispararon a Cunmeigas, pero peor lo habría tenido yo de no haber aparecido aquel gigante. Sólo entonces reparé en las heridas de mi cara y en que a Cunmeigas era un dedo lo que le volaron y, puestos en fuga los franceses, acabamos los dos en el cirujano.
Casi sin poder terminar de agradecerle mi vida a aquel cabo gallego, don Ruy, apenas lo supo curado, le reclamó inmediatamente. Desde entonces, hasta aquella tarde, no volvieron a saber el uno del otro.
Y mientras la última caricia tibia del sol de la tarde iluminaba la sierra y hacía que la sombra de caballo y caballero se alargara fantasmalmente, Juan Escribano se sorprendió tarareando con tristeza el viejo soniquete y le pareció que hasta el caballo acompasaba el paso a su ritmo lento:
“Oponiendo picas a caballos,
enfrentando arcabuces a piqueros,
con el alma unida por el mismo clero,
que la sangre corra protegiendo el Reino.
Aspa de Borgoña flameando al viento,
hijos de Santiago grandes son los Tercios,
escuadrón de picas, flancos a cubierto,
sólo es libre el hombre que no tiene miedo…”

7 comentarios:

zeltia dijo...

Me gustó este capítulo en flashback y, especialmente, el final tan visual del hombre alejándose sobre su montura, proyectando su sombra en el atardecer, mientras suena el himno de su recuerdo...

zeltia dijo...

Y creo q la parte donde narras la batalla debió ser difícil, no solo por el vocabulario especial,
Enhorabuena.

Soros dijo...

En los hechos violentos, Zeltia, se recuerdan portentosamente los detalles.
Luego, claro, volvía a la sierra y llevaba el sol a la espalda, si nunca te ha pasado, no imaginas, al igual que en los amaneceres con el sol a tu espalda, lo larguísimas que pueden ser las sombras.
Gracias. Me alegro de que te haya gustado.

Aldabra dijo...

Cada capítulo es una historia en sí misma por lo bien que narras todo, con todo lujo de detalles.
Guerras sangrientas las de entonces y las de ahora. Heridas que nunca cierran.

Genial final de capítulo, de verdad.

biquiños,

Soros dijo...

Gracias, Aldabra.
Pero no siempre se escribe igual, ni a gusto del que lee. Así que acepto tus palabras como contrapartida de las veces que te decepcione.
Bicos, generosa.

zeltia dijo...

Le añadiste el himno de los tercios?
o ya estaba antes?
mmmm... que mala memoria voy teniendo...

Soros dijo...

Estaba antes.
Creo que es un himno que se hizo después, pero eso no influye en mi historia.
Lo puse entre comillas para significar que no forma parte de mi escrito.
De la memoria, ando yo igual.
Bicos.