26 mayo 2011

Apoyando al magisterio rural

La amistad con el matrimonio de maestros, don Luis y doña Covadonga, que regentaban las dos unitarias del pueblo, de niños y de niñas, se inició inesperadamente.
Una tarde se presentó con una carga de leña; otra, con una estufa de hierro.
-          Pero, Colás, qué poquitos en el pueblo demuestran su sensibilidad, cuántos debieran tomar ejemplo de conducta tan cívica y solidaria –dijo doña Cova, muy en su papel.
-          ¿Qué quiere usted, señorita? Uno anda por ahí mano sobre mano y, mejor que echar el tiempo a los demonios, digo yo, que será emplearlo para bien.
-          Lo dicho, Colás, levanta usted la moral del magisterio rural. En cuanto vea al alcalde se lo planto. Ejemplo deberían de tomar las fuerzas vivas.
-          No se moleste usted, doña Cova, que no lo hago yo por significarme, Dios me libre, sino por aprovechar un poco el tiempo, que de ordinario echo a perros, en algo de provecho para el pueblo que, al fin y al cabo, el mío es. Que un grano no hace granero, Doña Cova, pero ayuda al compañero. Pero a mí, en mi condición modesta, lo que no me gustaría sería verme en conversaciones y menos en boca de las autoridades. Me avergonzaría usted, doña Cova.
-          Bueno, no se lo diré al alcalde. Pero que conste que porque usted me lo pide que, si no, creo que no podría reportarme. Porque obras son amores y no buenas razones y tenga en cuenta que a bien obrar, bien pagar –contestó doña Cova que no quiso quedar por bajo en cosa de refranes.
De sobra sabía el Colás que la estufa venía de una granja ajena y que, visto el poco uso que hacían de ella, pensó que mejor avío haría en la escuela, dando calor a aquellas criaturitas, y así la hurtó, no por egoísmo, sino por un mejor empleo, que lo que poco se usa, poco se valora; y que la leña, acostumbrados como estaban a verle ir al monte al lote del Burraco, la había rebañado a deshoras de lotes ajenos, sin mala intención, tomada al azar, un poco de allí, un poco de allá, con cuidado de no perjudicar a nadie, que la propiedad es sagrada sólo cuando se la echa de menos. Pero, sobre todo, que era muy mala la caridad hecha esperando recompensa. Pues las buenas acciones suelen tenerla en sí mismas, como solía decir don Honorato, el cura.
Y ésta, la recompensa, no tardó en llegar pues, viendo la buena actitud de aquel hombre parado, que no ocioso, no tardaron los maestros en tenerle de recadero y en llamarle para los pequeños arreglos que surgían.
-          Oiga, don Luis, que si hay que arreglar alguna pizarra, en cuanto me lo diga.
-          Oiga, doña Cova, que si acaso provoca un pargülito, más que llamarme.
-          Oiga, don Luis, que si se pone malo un chico yo lo llevo a su casa.
-          Oiga, doña Cova, que ya les traigo yo la correspondencia y se la llevo.
-          Don Luis, usted me manda; doña Cova, a usted me entrego.
Y la familiaridad que engendró aquel roce fue productiva para el Colás, pues los ratos que no andaba ayudando al Jonasín los dedicaba a la maestra y al maestro. Y había que reconocer que le gustaba más atender los mandados de doña Cova y, de tanto como le gustaba, algunas veces se metía, sin mala intención, encimaza.
Sin embargo, las cosas comenzaron a torcerse un poco. El Colás, pasadas las primeras semanas, no parecía caerle ya tan bien a doña Cova.
-          Bueno, ¿y en que paró aquello, es que hubo motivos?
-          Quia. Anda que no le daba yo coba a doña Cova y, pese a todo, comencé a notar que no le caía bien. Y es que era una hembrota de bandera y, se conoce, que de vez en cuando se me iban los ojos, y juro que sólo los ojos, adonde más carne había. Y, claro, la que pasa, que por más cuidao que pongas, hay tías que te leen el pensamiento. Y ella, pues eso, que se lo debía columbrar. Así que doña Cova me rehuía y, lo que es más, me miraba asín como entre altanera y despreciativa y se escurría de mi vista con esos humos de hembra ofendida antes de la ofensa.
Otra cosa era don Luis. Éste no despreciaba ninguno de mis servicios y pronto se aficionó a ellos. Y anda que no era yo perseverativo.
Colás, da cal a las clases. Cal a las clases.
Colás, leña. Pues leña.
Colás, limpia los patios. Los patios como el copón bendito.
Colás, poda las parras. Sí señor, una y la muerta.
Asín que, poco a poco, le convencí de que lo mejor sería limpiar el casetón de los patios y dejarlo de leñera y para los trastos que andaban siempre por medio.
Me dijo que, si lo limpiaba, podría vender al trapero y al chatarrero cuanto de allí sacara y quedarme con lo que me dieran. Y, ¡papo!, qué más quería yo. Allí se acumulaban cacharros, trastos rotos y basura, desde tiempos terremotos, pero en dos semanas lo dejé como la mismísima patena. Y mis buenos duros que me saqué con el trapero y el chatarras y, más aún, con alguna cosa que arregle y limpié y luego le vendí al antigüario. Que lo que algunos no quieren ver, y menos tocar, lo convertía yo en campanitas de plata.
El día que llamé a don Luis para que lo viera, doña Cova no vino porque se iba a misa, es que no se lo creía. Dónde me pondría el tal don Luis, qué vaya casetón que había dejado, que qué persona tan trabajadora. Y tantas cosas buenas dijo de mí que algunos, al oírle, estaban convencidos de que hablaba de otra persona.
Mira que irse a misa y ni echarle un ojo siquiera, qué mujer tan despreciativa. ¡Buah, qué asperura! ¡Y qué sé yo por qué! ¡Figuraciones de ella!

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Como que me quedé con ganas de saber mas. Este personajazo del Colás, con ese lenguaje tan suyo. "Que se le iban los ojos donde mas carne había" ¡jajaja! así de discretas serían sus miradas.

Soros dijo...

El mundo está lleno, Piel de Letras, de criaturas trasparentes.
La sombra del Colás puebla muchos de mis relatos.
Las miradas de este personaje no dejaban mucho para suponer.
Saludos.