26 noviembre 2010

Exilio

Se han conocido exilios masivos y desgarradores. Históricas huidas hacia lo desconocido provocadas por el miedo que, más cauto que la razón, impelió a muchos a abandonar su tierra por eso de que inquina y raciocinio son agua y aceite. Fueron frutos de postguerras, donde los perdedores le tuvieron mucha más ley al miedo alado que a la incierta humanidad del vencedor. Exilios obligados por eso de que, con la muerte, es mejor no jugar a cara o cruz.
Hay otros exilios voluntarios, del que no está de acuerdo con lo que le rodea y sabe que no puede cambiarlo. Estos exilios están revestidos de impotencia, pero también de dignidad y, sobre todo, de ese romanticismo al que se llama trasnochado pero que, en todos los tiempos, ha movido el mundo. Es el idealismo, presente en la vida de los soñadores, o de los menos conformistas, o de los más valientes, o, quizás, de los genios.
Hay, sin embargo, otros exilios interiores que son irrevocables. La dictadura del tiempo los gobierna. Éste nos echa de la niñez, de la adolescencia, de la juventud, de la madurez, de los gustos, del trabajo, nos exilia de los seres queridos, de los acostumbrados compañeros, de los entrañables amigos, a veces, también de los amores o del amor de nuestra vida, y termina echándonos hasta de los vicios y de la salud. Y no cejará hasta que nos desahucie de nuestro propio cuerpo. ¿Dónde iremos entonces?

1 comentario:

palomamzs dijo...

Pues eso parece que es la vida, ir de exilio en exilio hasta el definitivo.
A lo mejor está pensado para que nos vayamos acostumbrando.