19 octubre 2009

Fantasía


A Elisa no le gustaba mucho la carretera pero sí, en la ciudad, había que reconocer que sabía desenvolverse muy bien con el coche. Era como una ardilla lista que aprovechaba cualquier hueco, cualquier rincón y se las arreglaba perfectamente en las calles y plazas. En todos los contratiempos que la vida le proporcionaba, y también en los pequeños roces cotidianos del tráfico, su aspecto innegablemente le ayudaba. Era una señora elegante, discreta, guapa que sabía lanzar el flash de una sonrisa en el momento oportuno, que era capaz de responder con una cara de póquer inmutable a las sugerencias, aunque fueran puramente gestuales, que no le parecían correctas o agradables o que eran descaradamente salaces. Más o menos venía a ser algo así como una mujer de bandera pero que sabía estar en su puesto y mantener a todo el mundo en el suyo. Tenía esa habilidad. Ese equilibrio.
El muchacho que le iba a atender en la gasolinera vendría a tener la edad de su hijo mayor, quizás dos o tres años más como mucho. Además se parecía a él. Por eso ella se fijó en el joven más de lo habitual y, bajo su insondable faz y sus gafas de sol, se preguntó, mientras le veía venir hacia el coche, si una señora como ella podría gustarle a aquel muchacho.
Al chico de la gasolinera jamás se le habría ocurrido que aquella señora de aspecto agradable y respetable estuviera pensando en tales cosas según le veía acercarse. Cuando llegó no pudo disimular la mirada de reojo que lanzó al escote de la clienta, imantado por éste, mientras ella le miraba a los ojos. Elisa era una experta en colocarse las tetas rebosantes y con la suficiente abertura de escote como para que ningún hombre pudiera resistirse a la ojeada. Ella lo sabía, es más lo hacía adrede y, aunque le encantaba, solía responder con una mirada de desdén muy a la altura de la señora bien, sofisticada, altiva y distante, que tan bien representaba.
Esta vez el gesto del muchacho tampoco le pasó desapercibido pero, contrariamente a sus principios, correspondió con una sonrisa algo pícara a la mirada ávida que sus pechos se llevaron. Le gustó haber captado la atención del mozo. Su vanidad se desperezó en su mente como una gata estirándose sobre un suave sofá.
- ¿Qué va a ser, señora?
- Diesel, llénalo, por favor.
- Parece que ha entrado ya el buen tiempo, ¿verdad?
- Afortunadamente, tengo que ir a diario a Fontelume y con mal tiempo no me gusta andar por esa carretera.
- Andá, a Fontelume. Yo soy de allí.
- Qué casualidad. Quizás coincidamos alguna vez.
- Puede ser. Bueno ya está. Son 38,50.
- Toma, quédate con la vuelta.
- Gracias, señora.
- Gracias a ti, guapo –se soltó Elisa, mirando al chico en un paréntesis instantáneo de descaro que su vanidad halagada le dio a su papel de distante señora.
Sin desmontar la sonrisa, subió a su coche y se marchó. El chico de la gasolinera quedó embobado por cómo le había sonreído aquella clienta, aquella hermosa mujer según se iba.
- Venga, Damián, a lo que estamos –oyó a sus espaldas vocear al encargado.

4 comentarios:

Piel de letras dijo...

Ah, esa imaginación y sus fantasías. ¿Que sería de la humanidad sin ellas?

;-)

Soros dijo...

La vanidad tampoco está mal. Ayuda a vivir: a quien la siente y a quien la fomenta. En cierto modo puede ser también un ejercicio de imaginación.

zeltia dijo...

coño, soros,
¡ni que lo hubieras vivido!
di la verdad,
algún día fuiste una madurita con tetas...
aaay qué bien se pasaba,
con esos jueguitos,
que facilones los jóvenes.
lástima estar un pasito más allá,
pero bueno,
los maduritos tambien dan juego, eh.
otro juego.

eres una caja de sorpresas, jajaja

Soros dijo...

No me esperaba que este relato te sorprendiera. Es facilón y, quizás, no sean hombres los que escriban de ello. Pero, observando un poco...
Por otro lado, uno, en su modestia, conoce a mucha gente...
Saludos, Zeltia. :-)