15 octubre 2009

Cantando por Antonio Molina


Hoy ha sido él el que me ha localizado. Iba rápido a mi trabajo. He debido de pasar a cuatro metros de él sin fijarme.
- ¡Sarvi!
Paro en seco y me vuelvo. Es la primera vez que le veo sentado en un banco. El hecho hace saltar en mí una pequeña alarma, como el muelle diminuto de un bolígrafo.
- Me he dicho, a ese que viene por ahí parece que le conozco.
- Colás, me alegro de verte. Perdona, iba rápido a trabajar. Y ni me he fijado ¿Cómo estás?
- Pues, malamente.
- ¡No fastidies, qué te pasa!
- Que se me ha muerto la andaluza. Sí.
Y al Colás se le hinchan los carrillos como a un niño a punto de hacer pucheros. Me siento a su lado, le pongo la mano en el hombro y le digo que lo siento mucho, que no sabía nada.
- Ya sabes que tenía el corazón más grande que la caja del pecho. Y eso ha sido. Se puso mala una tarde de julio, en el parque, conmigo, estando así sentada en un banco como nosotros ahora. Vamos a casa, Nicolás, que me encuentro mal, me dijo. En cuanto tuvo fuerzas para llegar a casa cogida de mi cintura, agarrada a mi correa por que no podía, cayó como un fardo en un sillón y allí perdió el habla y luego el conocimiento. Doce días nos tiramos en el hospital y el último boqueando hasta que se murió por la tarde. Pa mis chicas y pa mí ha sido. Sí.
- Ya me acuerdo de lo del corazón. Me lo tenías dicho. ¿Cuándo fue?
- El cinco de agosto, ¿fumas, Sarvi?
Y me percato de que está fumando un purillo pequeño y casi me dan ganas, por acompañarle, de decirle que sí y fumarme uno con él.
- No, Colás, ya sabes que lo dejé hace años.
- ¡Papo, Sarvi, es verdá! Como nos hemos fumao tantos juntos…
Me fijo en él y es la primera vez que le veo con los años que tiene. Pienso que también en la edad, como en casi todo, me ha engañado hasta hoy. Le veo tan caído que me pesa tener que trabajar esta tarde y no poder pasarla juntos. Se seca las dos lágrimas que tiene detenidas bajo los ojos. Luego da una calada al purillo, se reporta, y me dice que ahora come donde las chicas y duerme en casa, que por la mañana se va donde los viejos a jugar al billar porque en casa no aguanta y que, por las tardes, hasta la ocho no llega a su piso. Quedo en ir a verle para pasar un rato con él. Me despido. Pero por primera vez en mi vida, al darme la vuelta para mirar al Colás, sé que me he despedido de un hombre distinto, de un hombre que no había conocido triste hasta hoy y, menos aún, había visto definitivamente anciano.
Y mientras camino, aún conmovido por la reciente estampa del Colás, recuerdo cuando, en las bodegas de su pueblo, le cantaba a su mujer por Antonio Molina y ella, la andaluza como siempre la llamaba, se ruborizaba aunque, en el fondo, le encantaba y terminaba emocionándose.
“Como una barca sin dueño
abandonada en la playa
despertaré de mi sueño
el día que tú te vayas
te llevo dentro del alma
sin poderlo confesar
por fuera soy mar en calma
por fuera soy mar en calma
y por dentro el temporal…”

6 comentarios:

isidro dijo...

Mala noticia esta la que dio el Colas, que es ley de vida... pero que nunca la esperas.
Espero que él se recupere pronto, porque no hay más remedio que recuperarse de estos palos que te da la vida y que pronto tenga humor para contarte una nueva mentira.

Saludos SOROS

Piel de letras dijo...

Lamento mucho la pérdida del entrañable bromista de tus mejores recuerdos.
De verdad, a veces se ríe y otras se llora. Mucho antes de despuntar el sol en el horizonte.
Un abrazo

Soros dijo...

Este blog, Isidro, se llama "Aceptando lo que venga", y suena bien, pero es sólo una obviedad porque a aceptar lo que venga, finalmente, estamos todos avocados.
Pero es el aspecto y los ojos que te echan las personas, que siempre conociste en otras circunstancias, las que te llenan angustia.
Ya veremos si el Colás vuelve a sus mentiras porque ayer ya no era él.
Ya te contaré. Gracias por tus buenos deseos.

Soros dijo...

No, Piel de Letras, el Colás no era ningún bromista. Me hizo auténticas faenas pero, aparte de eso, siempre nos tuvimos ley y un gran aprecio que lo superaba todo, porque el Colás nunca fue nadie y por eso sé que he tenido la suerte de conocer en la realidad a un aútentico personaje de ficción. El Colás pertenece a un tiempo que ya está extinguido, es un personaje vivo de la picaresca, un fósil de un pasado que ignoran en mi país la mayor parte de los que hoy son jóvenes.
Lamento que hoy no haya sido uno de esos buenos días que nos da Dios, cuando quiere, y siento que el artículo te haya conmovido. A mí también.

Ángeles dijo...

Esta historia me pilla muy cerca y me ha conmovido. Mi padre y yo hemos pasado por ese trance no hace mucho y es verdad que se ve a las personas de otra manera.Ves debilidades, en el otro y en tí mismo, que no creíste nunca que existieran,y que de algún modo te transforman.
Pero lo más sorprendente de todo es que con el tiempo nos acaba pareciendo natural que un día nos falte alguien y que otro día nos faltará otro. La experiencia no quita la pena pero ayuda a sobrellevar el vacío, que duele incluso físicamente.
Gracias por contarlo tan bien.

Soros dijo...

Ángeles, parece que la vida es un viaje entre dos puntos que desconocemos. Y así no sabemos de dónde venimos y adónde vamos. Lo que sí sabemos es si en el viaje estamos acompañados y la calidad de la compañía.
Gracias por tu amable comentario.