18 octubre 2011

Nano para los amigos

Don Luis Fernando Alvarado y de Trempera-Tancat, Nano para los amigos, no pudo ser nunca dominado por su madre, una Trempera-Tancat del Priorat que, mermada su fortuna, hasta hubo de ponerse a trabajar, no le digo a usted más. Don Luis Fernando no se dejó tampoco amilanar por su esposa, braguetazo de sus años jóvenes y terrateniente con millones, hija de familia de ésas, de las toda la vida. Y eso que estuvieron casados, y hasta educadamente cerca, más de veinte años. Que se dice pronto.
-        El día que me marché, me fui con lo puesto. Hasta los colmillos de elefante le dejé. Me marché como un caballero.
-        ¿Se dejó también su colección de armas?
-        Sí. Sólo me llevé las más queridas: una pareja de Purdeys, otra de Grullas y un Holland & Holland 400 de cerrojo y, cómo no, el impagable Mágnum que tantas satisfacciones me dio en Kenia.
-        Entonces, fue usted un cazador empedernido.
-        No. En absoluto. Yo era un cazador social.
-        ¿Social?
-        Sí. No me confunda usted con esos escopeteros, pisaterrones y rebañalindes, que van por ahí, sin resuello, persiguiendo liebres y perdices. Yo, perdóneme la inmodestia, nunca he sido un ordinario. A nosotros nos invitaban a fincas. Luego, lógicamente, teníamos que invitar nosotros a las nuestras. El mundo funciona así. Los conocidos llaman a los conocidos, el negocio al negocio y el dinero al dinero. Pero todo con elegancia, con buenos modales y porte distinguido, y, sobre todo, sin sudores, caminatas, litigios, ni todo el resto de ordinarieces pueblerinas. La caza de verdad es otra cosa. Nosotros sabíamos estar.
-        Pero, ¿no le apasionaba?
-        La caza, en mi ambiente, es un modo de conocer gente adinerada. El aperitivo eran las perdices o los venados o los guarros y el plato fuerte eran los negocios, los contratos, las relaciones. Esas eran las verdaderas presas. La caza, en sí, un pretexto. El plato principal era el dinero.
-        ¿Y no podían hacer lo mismo sin cazar?
-        Bueno, la caza, como le he dicho, era sólo un pretexto. En realidad, nosotros no cazábamos, sólo disparábamos. He ahí la diferencia. Había siempre un pequeño ejército de ojeadores, guardas, perreros y secretarios que todo nos lo daban servido, incluso nos cargaban las armas y contabilizaban y localizaban las piezas que abatíamos. Tú simplemente disparabas. Así que esas cacerías suelen estar llenas de buenos tiradores. Prácticamente no hacen otra cosa en su vida: disparan y firman. Dos cosas que se parecen por lo decisivo e instantáneo. Y todos teníamos un buen estilo, una elegancia en ello. Algo adquirido con los años y nadie desentonaba, eso ni pensarlo, por favor.
-        Y, ¿por qué elegían esa actividad y no otra cualquiera, un deporte, por ejemplo?
-        Amigo, qué poco entiende usted la psicología humana. Porque la caza es un símbolo de poder. La caza es un sacrificio y, en ella, los cazadores, deciden dar la muerte a animales. Se elevan sobre el resto de los mortales. Llegan a creer que son todopoderosos. No hay otro sentimiento más potente que el de administrar la muerte, el dispensarla con el ligero movimiento de un dedo. ¿No recuerda usted a los césares? Ese sentido del poder es bueno para los negocios. Digamos que los propicia. ¿Deportes, dice usted? En los deportes se compite y unos quedan por encima de los otros. ¿Cree usted que eso es bueno para los negocios? No, no lo es. En los negocios todos han de sentirse poderosos, magnánimos con los de su rango. Lo que hoy haces por otro, mañana ese otro lo hará por ti. Ambos comulgáis administrando la muerte, el poder. Sois sus sacerdotes, compartís el sentimiento. Sois como hermanos, de la misma casta, formáis piña. Por eso la cacería se presta a los negocios. Ambas cosas, cacerías y negocios, se parecen mucho. Sólo las practican quienes pueden. Los demás miran o, como mucho, ojean o llevan las cuentas o limpian y venden las piezas por unas míseras monedas. Sí, ya sé que por detrás critican. Es lo único que pueden hacer, ¿qué importa eso? Pero, si un día se permitiera cazar seres humanos, los negocios se harían allí. No lo dude. La caza quedaría momentáneamente desbancada como un sucedáneo innecesario. De hecho, las mayores fortunas se han hecho siempre en las guerras, ¿o me engaño?

16 octubre 2011

La patasma

El Colás me tenía dicho que adentrarse en la noche por aquellas parameras, ora sembrados, ora selvas de matorral espeso, era tentar a la patasma. Que todo aquello de condes o condesas, marqueses o marquesas, duques o duquesas, princeses o princesas, era pa traginarlo por el día. Que aquella gente tenía muchas historias raras y que por las noches, en aquellos parajes, se te podían helar las entretelas.
-        No jodas, ¿qué es eso de la patasma?
-        Bien se nota que eres un inorante y un primo de la vida. La patasma es la patasma y puede ser cualquiera y no ser nadie. ¿Quién sabe quién es la patasma? Hasta puede resultar ser alguien de tu familia o un amigo. Con la patasma nunca se sabe. Y no me hagas aumentala más, que en qué hora la he aumentao.
-        ¿Y cómo es?
-        Como cada uno la ve.
-        Y nadie le ha descerrajado un tiro.
-        Nadie se ha atrevido, galán. ¡Huy un tiro, dices tú! ¡Te se escabulle!
-        Pero, ¿por qué?
-        Porque nadie conoce su identidá, ¿y si fuera tu propio padre o tu abuelo o tu mejor recuerdo? La patasma puede ser cualquiera.
-        ¿Y tú la has visto?
-        No sabría decirte, ni quio tampoco, pero ya que tú no la veas. No te aventures por la noche por esos montes y menos por lo de Navalzarzal. Y a callar que chispea.
Y ya, por más preguntas que le hice, el Colás no me contó nada ni me dio más señas. No hubo manera. Como si nada hubiera dicho.

Hubieron de pasar muchos años. En un octubre seco, de días inusualmente estivales, volví a aquellas parameras. Desde luego ya no eran lo que fueron. No tardé en comprobarlo. Pero me alivié pensando que tampoco era yo el que fui.
Alguien, interesadamente, me brindó la ocasión de estrenar escopeta en aquellos lugares. La Finita iba a debutar.
A cierta edad uno no tiene más amigos que los que pudo cosechar de joven, lo demás es engañarte. Sin embargo, se tienen muchos conocidos y, sobre todo, no se padece ya la estrechez de dineros de cuando a uno lo único que le sobraban eran ilusiones y fuerzas. De viejo añoras las fuerzas y de joven ansías los dineros. Así es la vida.
Como si se tratara de un cambalache, a costa de poder cazar, me dijeron algunas cosas que, de puro amables y sinceras, me descorazonaron:
“Este sábado tendrás la finca sólo para ti, para que no te despistes.”
“Es una finca llana, lo idóneo para tus condiciones.”
“No te apures, si algún día te llevamos con nosotros, te dejaremos la mano baja para que no tengas que esforzarte.”
“De todos modos con esa escopetilla del 20 no te cansarás mucho y seguro que consigues colgarte algún zorzal.”
“No, nos lo agradezcas. Si a una persona de tu edad y, además, sin perro, no es ningún compromiso invitarle. Lo importante es que te diviertas.”
“Algún domingo te llevaré a mi pueblo y, mientras nosotros cazamos, tú puedes entretenerte por los cipotillos de la vega, igual te bota alguna liebre y hasta, a lo mejor, le aciertas con esa escopetilla.”
“Cuando hagamos ojeo te dejaremos en una punta, por si acaso. Seguro que te entretienes mientras nosotros batimos los duros laderones.”
Era tal mi interés por debutar, tras 25 años sin cazar, que a nada contesté y, si mi amor propio acusó los comentarios, a ninguno le quité la razón. Era perder el tiempo. Estaba claro como me veían. Y tampoco yo sabía, a estas alturas, como me desenvolvería.

La escopeta era nueva. A mi juicio el calibre 20 es algo mítico. Tal vez por eso la compré. Siempre, en mis años mozos, había tirado con calibres mayores, el 16 y el omnipresente 12. Pero había leído relatos de cazadores que, en un momento de su vida, se pasaron al 20 y no regresaron a los calibres grandes. Y me dije: ya que vuelvo a la caza, de la que siempre me atrajo su misterio y su incierto desenlace, ¿por qué no hacerlo con una escopeta clásica y un calibre mítico?
Pero, a veces, tomamos decisiones de las que no terminamos de estar seguros. Porque el principal aditivo de la caza, como de la vida, es la permanente inseguridad.

El sábado en cuestión me presenté en la finca. Estaba amaneciendo. Para comenzar por un extremo hube de dejar el coche fuera de ella y caminar en la penumbra un ratito con la escopeta abierta, sin cargar. Al llegar a la primera tablilla, cargué el arma, la alimenté y le quité el seguro.
Una llanura grande de rastrojo con islas espesas de carrascas, repletas de maleza, se extendía ante mí. Como daba igual empezar por cualquier lado, porque un hombre solo en un campo grande es una mota perdida, decidí pegarme a la linde: una maraña en línea de carrascas, maleza y encinas.
Cubierta por la copa de una encina, sentí volar una paloma bravía, hacia atrás. No puede verla y cuando alcancé a hacerlo, y pese a lo inútil que la distancia hacía el disparo, disparé. No fuera a ser que el 20 alcanzará tanto como dicen algunos. Fue en vano. Recibí un culatazo que no esperaba recibir de ese calibre o, tal vez, fuera que había perdido la costumbre de recibir aquellas, otrora familiares, patadas en el hombro.
Fue entonces cuando la vi. Después del tiro no me lo creía. Hube de mirar varias veces para cerciorarme. Era una zorra aculada en el rastrojo a doscientos metros que me miraba como si se riera de mis pensamientos y mis dudas. Pensé que debía estar herida y caminé por derecho hacia ella. Ella se movía a mi paso guardando la distancia pero sin huir. Si me paraba, ella se detenía. Y así anduvimos sin perdernos de vista casi medio kilómetro.
Durante el trance, que para mí lo fue bien extraño por no haber visto nunca un comportamiento similar, me acordé del Colás y la Patasma.  ¿No sería la zorra una de sus formas? ¿No sería la burla de algún antepasado o de algún amigo desaparecido que se burlaba de mí por pretender esa ilusión de que el tiempo no ha pasado?
Cansado de seguirla y casi asustado por lo inusual y mosqueante de la escena, me desvié. Aún miré hacia atrás, supersticioso, no fuera que el animal ahora me siguiera a mí con esa risa muda que yo pretendía oír en la distancia. Pero no fue así, no volví a verla.

Tardé más de dos horas en llegar a la casa. La vieja casa, noble y bien conservada cuando entonces, era hoy una ruina sin tejado. Los terrenos que había recorrido eran tan sugerentes que reclamaban la caza de la que carecían. Las grandes manchas eran para mí cosas inútiles sin perro pero, a pesar de todo, me interné en algunas. Ningún resultado. Aquella finca no era la que yo recordaba. La escopeta, por mi falta de costumbre, comenzaba a pesarme en los brazos. El desánimo me decía que era labor inútil patear esa finca que parecía muerta.
Intenté serenarme. Recordé mis andanzas de hacía muchos años en lo libre. Y, como entonces, me dije: si alguna perdiz vuela va a estar en las lindes. Eso, si los cotos anejos tienen la caza de la que éste carece.
Trabajo me costó encontrar la linde por ese afán que tienen los vecinos de tirarse las tablillas unos a otros, o de no renovarlas, o coserlas a tiros, o tumbarlas por esa mala baba que se tiene cuando uno topa con los límites de una supuesta libertad y constata que ya no la hay ni en los más solitarios espacios abiertos y, además, no hay testigos de tales desahogos futiles y salvajes.
A duras penas fui siguiendo la linde. Los ojos me hacían chiribitas escudriñando las grandes extensiones ocres de terrones. A lo lejos volaban estorninos que se me antojaban patirrojas pero, tras un par de horas de linde y cuando más desengañado estaba, aparecieron. Ya me habían visto y, a trescientos metros, caminaban nerviosas, oscilando en su rumbo, sin terminar de decidir su dirección. Eran media docena. Me ladeé a la izquierda para cortar su vuelta al coto vecino y tuve éxito, pues volaron hacia el centro de la finca. Era el momento de apretar, pues se dieron al extremo de una mancha y a ella había de llegar lo antes posible. Pero cometí el error, por mis ansias nerviosas, de apretar demasiado y, al acercarme, volvieron a volar internándose en las manchas más espesas sin que pudiera ver donde se daban. Era misión difícil dar ahora con ellas, pero puse mi mejor voluntad y recorrí lo más espeso en todas direcciones. Tras una hora de sudadera y búsqueda desesperada no conseguí nada. Volví a la linde y continué de nuevo con un otear sereno y lento mientras avanzaba. A aquéllas se las había tragado la maleza o, simplemente, fueron más rápidas que yo y volaron a otro lugar sin que las viera.
Eran las doce y media cuando de una esquina lindera con el coto de al lado volaron cinco. Las vi echarse junto a una mancha. Puse la directa y tropezando torpemente por los terrones ásperos y pedregosos no tardé en presentarme en el arcabucal. Lo atravesé sesgándolo para salir rápidamente al otro lado. Ya había dos en los terrones de detrás. Saltó la primera tras ocho palmos de carrera. Cayó fulminada a los cuarenta metros. De la emoción olvidé tirar a la segunda. Seré gilipollas, me dije. Pero era tan grande mi emoción por haber bajado la primera perdiz que tiré con el 20 que me perdoné mi torpeza.
La Finita quedaba bautizada con la primera perdiz que encañonaba. ¿Había sido suerte o es que no había perdido la pericia vieja? El tiempo lo diría. Lo cierto es que no pensé con qué escopeta le tiraba. Tal vez a la perdiz se le tire con una parte de la mente que no conoce los calibres. Siempre fue mi presa más ansiada.

14 octubre 2011

El azar y los parajes

 
El paraje de Navalzarzal era, por entonces, una mancha de monte espeso con siembras diseminadas tan al azar como las manchas blancas en la piel negra de una vaca suiza. Estaba rodeado por otros lugares, fincas bien delimitadas pero igual de irregulares, con nombres tan sugerentes como: los Navajuelos, la Nava, Corrales Nuevos, Tres Mojones, Haza la Grama…
Navalzarzal era una finca llana bordeada por barrancos. En sus tiempos de esplendor tuvo una casa con una parte noble, bien amueblada y con habitaciones decoradas primorosamente, y otra parte rural y sobria para los guardas. La finca en sí era un enclave relativamente pequeño, de 360 hectáreas, en una propiedad muy grande, de unas 15.200 hectáreas de por junto, propiedad de los descendientes del conde. La casa se distinguía muy bien, no sólo por estar situada en un pequeño promontorio del terreno, sino por tener a su lado un ciprés alto y afilado que, en la distancia, destacaba. Al decir de unos era aquel árbol un símbolo antiguo y noble de hospitalidad; al decir de otros, un aviso del poder que, sobresaliendo de la vegetación autóctona en la lejanía, disuadía a extraños de acercarse.
Los descendientes del conde, además de atesorar títulos nobiliarios, reunían fincas y enclaves y parajes en un sinfín de propiedades que algunos ni siquiera conocían más que por su ubicación aproximada, y también, claro, por lo que les rentaban al final de cada cosecha cuando los encargados y arrendatarios les rendían cuentas. Y, casi todos, lo único que reconocían de sus tierras era la parte que les ojeaban cuando iban de cacería con sus amistades y ocupaban las distintas casas, auténticos palacetes muchas de ellas, que el servicio, por entonces abundante, les tenía limpias y preparadas para la ocasión.

Pasaron los años. Hice amistad con Rafa. Él, aunque pocos años mayor que yo y casado, inmediatamente congenió conmigo y, a ambos, nos unió de inmediato nuestra pasión por la caza y la similitud de nuestros criterios y fuerzas en el ejercicio de la misma. Cazamos juntos en algunos parajes de la sierra y, visto nuestro entendimiento, al llegar las primeras Navidades, Rafa me dijo:
-        ¿Dónde vas a cazar estos días?
-        En lo libre.
-        Si quieres, puedes venirte conmigo a lo de la marquesa.
Aquello de lo de la marquesa, de inmediato, me recordó al Colás. Pero nada dije y quedé con Rafa en la capital para ir de caza donde quiera que fuera y, por supuesto, si era a un coto, mejor.
El primer día que quedamos fuimos a recoger a su perro, el Tom, a una casa abandonada que en el centro tenía la familia de Rafa, medio apalabrada para su venta. Ocasionalmente, y puesto que sin duda sería derruida, mi amigo la utilizaba de perrera.
Acomodado el perro en el maletero de su coche, Rafa, sin mediar palabra, enfiló hacia los Cuatro Caminos y luego hacia el Sotillo.
-        ¿Dónde vamos?
-        Ya lo verás.
Cuando se desvió de la carretera, tomando la galiana a la derecha, me inquieté.
-        ¿Seguro que te han invitado a cazar por aquí?
-        Tú qué sabes la confianza que tengo yo con la marquesa. Pero, no te impacientes, que aún nos falta un buen trecho.
Yo veía pasar los cuarteles del monte y notaba que por aquellos caminos mi amigo se desenvolvía con soltura. Poco a poco me fui relajando y me dije: mira por donde voy a terminar catando los terrenos más apreciados del Colás.
En un paraje perdido, en lo más intrincado del monte, Rafa detuvo el coche, salió, soltó al Tom y se equipó de chaleco, canana y escopeta con la mayor indiferencia y soltura del mundo y yo, viéndole, hice lo propio. Al parecer habíamos llegado.
Aquel día estaba grisáceo de neblina y la visibilidad no era nada buena pero, según mi amigo, no había cuidado con eso por aquellos parajes, porque la marquesa no invitaba a nadie en aquellas fechas hogareñas, salvo a su distinguida persona.
Apenas nos internamos en la primera vaguada suave, la caza comenzó a salir como surgiendo de la tierra. Liebres, conejos y perdices hacían de nuestro avance un paseo triunfal con presas frecuentes. Pasado el medio día lo dejamos, regresando a casa con ocho piezas cada uno.
Los cuatro días siguientes repetimos, con más o menos la misma suerte, en similares parajes al primero. La climatología permaneció igual y nosotros, cada vez más relajados y ya acostumbrados a aquella abundancia, tirábamos cada vez mejor, pues el asunto no nos parecía flor de un día que hubiéramos de aprovechar con el ansia con que uno se agarra a la fortuna pasajera.
Fue el sexto día cuando se presentó el anticiclón de invierno, levantaron las brumas y, desvanecido el manto protector y muelle de las nieblas, lució un sol que permitía divisar grandes distancias en la atmósfera luminosa y diáfana.
Rafa iba a media ladera y yo en la parte alta, cuando vi venir, a menos de quinientos metros, a un guarda jurado con su ancha banda de cuero, con su plancha ovalada y brillante, su traje verdoso de pana, su sombrero con cinta verde y su tercerola, a nuestro encuentro. Ni me molesté ni me alarmé por su presencia. Así que nos juntamos el guarda y yo porque, obviamente, a mí venía.
-        ¿Qué hacen ustedes aquí?
-        Estamos invitados. Mi amigo tiene amistad con la marquesa. Él le dará razón.
Como viera en la cara del guarda la extrañeza, grité a Rafa para que subiera. Éste subió enseguida y, al toparse con el guarda, sacó el paquete de tabaco, le ofreció un cigarro y le dijo, como si le conociera de toda la vida:
-        ¿Qué pasa, Pedrolas, cómo te va, hombre?
-        Pero, ¿quién es usted?
-        Pero, hombre, no me jodas, ¿ya no te acuerdas de mí?
-        Pues, no.
-        ¿No recuerdas, hace un par de años, que estuvimos por aquí el capitán Porras, el brigada Casimiro, el teniente Ponce de la Guardia Civil y yo mismo, matando unos conejos?
-        Sí. Ahora que lo dice, ya caigo.
-        Pues nada, que como nos dijeron ustedes: ya saben donde tienen el coto, vengan ustedes por aquí cuando quieran. Pues, casualmente, venía hoy de Madrid con este amigo y me he dicho: vamos a matar un par de conejos, que conozco un sitio de confianza.
-        Hombre, pero debieran ustedes haber avisado. Además, los conejos están en aquella mancha y veo que llevan ustedes una buena percha de perdices.
-        Pues es verdad, pero ya sabes lo que pasa, Pedrolas. Que nos han salido las perdices y no hemos podido resistirnos. Teníamos verdadera ansia por tirar un tiro.
-        Además estos días de niebla he oído también tiros y estoy amoscado porque luego los hijos de la marquesa me culpan a mí de que escasee la perdiz.
-        ¿Cómo? ¿Qué me dices, Pedrolas? Es posible que ni estos cotos de toda la vida respeten ya los furtivos. Pero, cómo no nos ha avisado. Hubiera venido de inmediato una pareja.
-        Bueno, mire, sea como sea. Vuélvanse ustedes a la mancha aquella y déjenme quietas las perdices.
-        Pero, hombre, no faltaba más. Ahora mismo nos volvemos. Es más, en cuanto matemos un par de conejos nos vamos. Lo último que quisiéramos sería comprometerte. Dale recuerdos a la señora marquesa y la próxima vez avisaremos que, lo reconozco, ha sido un abuso de confianza por nuestra parte. Discúlpanos, Pedrolas. No volverá a ocurrir.
-        Bueno, pero vuelvan ustedes a la mancha y déjenlo pronto.
-        Ahora mismo, Pedrolas. No faltaba más. Venga, hasta otra.
Mi amigo dio la vuelta y, mientras yo me hacía cruces, él bajaba tan resuelto la ladera, como si tal cosa. Yo le seguía callado, avergonzado y con un miedo pesado y denso que me había sobrevenido de repente. No podía creerlo. Pero estaba pasando.
Cuando llegamos al fondo del barranco, aún no me atrevía a hablar por no delatarnos si mis palabras, por el eco, llegaban a oídos del guarda. Éste, que se había alejado siguiendo la mano de perdices que llevábamos, las voló doscientos metros más adelante. Una viró hacia atrás y vino derecha hacia nosotros. Yo, respetuosamente anonadado por la conversación que acababa de escuchar, miré la trayectoria que traía sin intención siquiera de moverme y, mientras la miraba, sonó a mi lado un escopetazo, la perdiz se hizo un ovillo en el aire y cayó como un taco a pocos metros de nosotros.
- ¡Bah, total, por una más!
De inmediato comprendí que se tarda en conocer a las personas y que yo aquella mañana, en un momento, había profundizado más en el conocimiento de mi amigo de lo que otras personas pudieran haberlo hecho en años. Menuda firma.
Al llegar a la casa ruinosa a dejar al perro, un viejo, antiguo vecino, saludó a Rafa.
-        ¡Andá, Rafa, tú por aquí!
-        ¿Qué pasa, Florencio, qué te cuentas?
-        ¡Hay que joderse lo malo que eras de pequeño! Que tu padre, el brigada, pa dominarte, tenía que amenazarte con el astil de un pico.
-        ¡Vete a tomar por culo, gilipollas!

09 octubre 2011

9 de octubre

Hoy me he despertado a las seis. He dormido de un tirón, sí. Pero a las seis el cuerpo ha dicho que tenía suficiente. Tal vez la excitación de ayer combinada con el propósito, que hoy tenía, de darme otro paseo por el campo, ha vuelto a instalar en mi cabeza el horario de cazador. El único problema es que no amanece hasta las ocho. Por lo que mi horario de cazador debe ir bastante adelantado.
He desayunado, más que por hambre, por gastar el tiempo. Un segundo café bien caliente para seguir gastándolo. Me asomo al balcón y el día que aún no viene. La perra ya me ha detectado y oigo su petición aguda. Los dos padecemos del mismo mal: ansia de campo. Pero la veda no se ha abierto y yo daré un paseo, pero la perra, a conformarse.
A las siete y media no aguanto más y para darle tiempo al día me bajo a la Fuente del Santo a beber agua.
Al asomar la primera claridad estoy más allá de los Azules. Hace frío al amanecer pero voy abrigado y, despacio, recreándome en la maravilla de la primera luz, me encamino a un paraje que, con esa claridad indefinida, es de lo más bello que conozco: los llanos del monte. Tengo el Este exactamente a mi espalda y, cuando sale el sol, es como una gran linterna que va iluminando todo mi campo de visión. Mi sombra, con el sol en la nuca, comienza a proyectarse más larga de lo que nunca la había imaginado y me precede muchos metros delante, como si delatara mi deseo y lo alentara.
Bajo lentamente hacia el Prado de Juan Herrón. Hay tal quietud en el ambiente que me parece que todo puede pasar. Mis recuerdos de años se acumulan e imagino el balanceo rápido de las perdices erguidas apeonando apresuradas y moviendo sus cabecitas con esa especie de tintineo que golpea el aire. Pero no veo nada.
Camino contagiado de la calma, embrujado por el ambiente incierto de las primeras luces, con esa indefinición en la certeza de lo que ves, con ese mirar que más que ver imagina. Y el campo me apabulla. Tanta belleza casi me da miedo.
En el prado hay dos corzos que se me quedan mirando. Me detengo y es como si ellos tampoco estuvieran seguros de lo que ven y así, quietos, pasamos un rato los tres. Continúo mi marcha y ellos saltan gráciles para pararse de nuevo a los cincuenta metros y mirarme antes de marcharse con cautela pero sin prisa. No me caen bien estos animales que no temen al hombre, no pueden ser salvajes. Algo hay en ellos que les ahoga el instinto. No me gustan.
Tras el prado, a la derecha, la primera vaguada. Busco en vano el recuerdo del bando que solía criar en ella. A lo largo la recorro despacio, pero nada. Tal vez la liebre entre la fina hierba seca, tampoco. Traspongo y aparecen más corzos. Lo mismo que antes. El bando de aquella vaguada es ya un bando de perdices fantasma.
Llego a otra cerrada que tiene girasoles. Me asomo y la zorra y yo nos descubrimos al unísono. La indina vuela entre los girasoles y a los pocos segundos la veo trasponer por el extremo contrario de la cerrada. La brinca con limpieza. No era joven, no tuvo un titubeo, y parecía que volaba o flotaba, huyendo a toda prisa entre las finas hierbas secas como de barba lacia.
Dejo atrás la cerrada y más corzos. Cuando llevo doce, dejo de contarlos. No vale la pena. Están por todos lados. Hay senderos tan sobados que parecen de conejos sólo que a escala mayor, hay camas de corzos bajo cada mata. Pero de las perdices ni el canto, ni la sombra. Y sigo esperando, al menos, la sorpresa de la liebre. Pero nada.
Recuerdo el nacedero que hay junto a otra próxima cerrada y con fe renovada me encamino hacia él pero, cuando llego, lo han canalizado y una arqueta cuadrada aparece rodeada por las zarzamoras.
Las Cuevas quedan abajo entre los amarillos ocres de los rastrojos que la luz comienza a hacer brillar en crestas que se elevan sobre los tonos variados que provoca el contraste de luces y sombras como un lago amarillo en movimiento.
Me hago la ilusión de que navego en un sinfín de chorreras con claros y manchas de las zarzas y de los espinos. Sé que la aparición ha de ser súbita. Pero nada, no sucede nada. Y sigo caminando sin prisa y descubro que, mientras lo hago, me voy contando historias. Y me admiro de que, tras tantos años, no me canse este ejercicio de búsqueda y sorpresa. Pero hoy no hay nada. Sólo los cuentos de historias en mi mente o, tal vez, inconsciente, vaya hablando en voz alta.
Llego al río y veo alguna huerta en la que, a estas alturas, quedan sólo cuatro berzas medio desmorochadas. Y no me resigno y miro este y aquel macizo de aliagas. Y me asomo aquí y me detengo allá y golpeo con la garrota en un tronco podrido. Pero no hay reacción. Hoy a mi imaginación nada responde.
Me acerco al Nacedero. Tal vez allí haya algún bando que se haya apanarrado junto a sus humedales. Tampoco.
Es entonces cuando oigo el motor lejano de un tractor y me meto en la cueva que hay en lo alto, en lo más alto de los rastrojos, donde la ladera asciende bruscamente para caer, al otro lado en el paraje más intrincado del Serrallo. Me cuesta entrar y me abro paso con la garrota entre la broza que obstaculiza la entrada. La cueva está relativamente limpia y caldeada y, a una mala, uno podría aguantar allí alguna tormenta. Además hay un asiento hecho con piedras y en la arenisca de su pared más blanda alguien grabó un año del que se conservan sólo las tres primeras cifras: 196?, porque la cuarta se ha desprendido y andará disuelta en el polvo del suelo.
El tractor se aleja y, tras el descanso, empiezo a subir hacia el Barranco de la Franciscona. Nada, excepto más corzos. El arroyo baja seco. Traspongo hasta uno de los caminos que llevan al monte. Bajo por los linderos de todas las cerradas. Llego a otra vaguada, en tiempos, de perdices seguras. Más fantasmas. Vuelvo a cruzar de nuevo el camino principal del monte. Dejo atrás las Tres Doncellas. Registro el Prado Grande, más macizos de aliagas, más jaras. Cuatro horas de camino por la nada más bella que imaginarse pueda: los llanos del monte. Una zorra y casi tantos corzos como imaginaciones.

8 de octubre

 A mi paisano, Isidro, pese a que no seguí sus experimentados consejos.

Han decidido abrir el último domingo de octubre. El motivo: la poca caza menor y la sequía.
Tras algunas cavilaciones he decidido volver adonde lo dejé. La única innovación va a ser el calibre. Esta vez será el 20, por lo demás: escopeta clásica, paralela, con choques fijos de 3 y 1, cañón de 28 pulgadas, dos gatillos y culata inglesa. Por más que lo he pensado, he decidido renunciar a las modernas semiautomáticas y a la, técnicamente superior, superpuesta. Reconozco que he tenido los mejores consejeros pero, al final, ha pesado más mi pasión por las escopetas tradicionales. Algo así como un cariño viejo, una especie de añoranza.
Este término tiene terrenos muy variados. Me precio de conocerlo bien. A las cinco de la tarde no puedo resistir la tentación de dar una vuelta por el campo y ver lo que me encuentro. La Fary está inquieta en el corral y lleva un buen rato emitiendo una especie de quejido y de súplica en un tono suave pero agudo. La perra está loca por salir. Sin embargo, no debo sacarla. En los pueblos todo se sabe y prefiero darme una vuelta por el campo sin ella. Un paseo lo puede dar cualquiera, ¿o también está prohibido?
Dejo a mi izquierda el Padrastro y metido en el barranco de los Alcobanes titubeo. Finalmente tomo un sendero que sube en dirección a la Cañada Real de las Merinas. Cuando alcanzo la cañada, que asciende hacia el pinar, he de decidir si bajar por el barranco a mi derecha a los Plantíos o, a la izquierda, enfilar hacia La Castellana. Dos perdices que salen juntas de un asomadero toman la decisión por mí: a la izquierda. Qué casualidad, me digo.
Me grabo el sitio donde se han dado y bajo por el barranco que acaban de cruzar. Si hubiera llevado escopeta podría haberles tirado, aunque han salido sin ruido, dejándose caer. Pero ya es bastante que, con sólo media hora de caminata, haya topado con dos perdices. Enseguida comienzo a subir sesgadamente al Altillo Redondo, un cerraco que siempre fue perdicero, y sigo su ladera por la parte baja, pero ascendiendo suavemente siempre, en la dirección en que volaron las perdices. Antes de llegar, ladera adelante, al barranco que bordea el cerro por el otro lado, vuela un bando desordenadamente. Las he sorprendido, y también me sorprendo yo, pues lleva más de veinte perdices. Parece que se hayan juntado dos bandos al menos. Se nota perfectamente que no están igualadas. Todo es tardío en este término, me digo. Luego vuelan dos perdices salteadas. Estas son grandes y arrancan con el turbo que aprendieron a usar en temporadas anteriores. Imagino que, de haber llevado la Finita, con alguna me podría haber quedado o, al menos, eso quiero creerme.
Estoy entusiasmado por las perdices voladas y avanzo por la solana del cerro, tan tenso y atento como si fuera cazando. Saliendo casi de ella, siento volar una perdiz por encima de mí pero, maldita sea, no la localizo. Me cabreo, pero sé la causa: no oigo igual por un oído que por otro. A veces los sentidos, con el uso y los años, nos juegan esas pasadas. Y cada uno ha de conformarse con lo que tiene. No hay otra.
Afortunadamente la vista me funciona muy bien en las distancias largas y localizo una perdiz apeonando a unos trescientos metros, en la ladera que tengo por delante, al otro lado del barranco que delimita el cerro. Me detengo a observarla. Pero no puedo hacerlo porque, al pararme, salta una liebre que, desde casi el borde del barranco, se aleja de mí a unos treinta metros sesgando a mi derecha. La liebre es grande y al verla cruzar atravesada me imagino que hubiera sido una ocasión inmejorable para probar la finita del 20. El Colás habría dicho:”Papo, Sarvi, ¡menuda mota hacía!, ha salido diciendo: mátame.”
Cruzo el barranco y avanzo lentamente entre una laguna de matas que me llegan a la rodilla, sabiendo que el bando de perdices,  que no está fogueado, tiene que andar cerca. Pero del bando se ha apoderado el desconcierto y van saliendo sueltas: tres por allá, una por allí, dos más abajo…
Hoy su querencia es darse la vuelta, no completamente, sino bajando a la izquierda hacia las tinadas que hay en unas hondonadas paralelas y poco pronunciadas. Continuo adelante, ya les haré una visita a la vuelta.
Cruzo un nuevo barranco y me dispongo a rodear un nuevo cerro en cuyo alto hay un nidal de piedras de treinta metros de diámetro al que las patirrojas le tienen querencia por la facilidad de ver a quien se acerque y por el punto elevado de salto que les proporciona. Al encaminarme al alto de las piedras, rodeándolo por bajo para darles la vuelta, me arranca de una carrasca una torcaz y con el estrépito que estas palomas preparan al verse sorprendidas, y al arrancarme de los mismos morros, se me llena el ojo de torcaz. Otra prueba fallida al ir desarmado. Pero el hecho me pone optimista. Estoy viendo muchísima más caza de la que esperaba.
Al llegar al nidal de piedras voy tan atento y excitado que me tengo que decir a mí mismo: tranquilízate hombre, que vas sin escopeta. Sin embargo, ni una sola perdiz se arranca de allí. Seguro, me las he dejado atrás. He subido por el lado equivocado del alcor.
Ahora bajo por el lado contrario y allá abajo, desde una junquera, van chorreando las perdices en dirección al perdedero que utilizó el resto del bando. Pues muy bien, me pilla en el camino de vuelta.
Voy bajando, atravieso ya los rastrojos que desembocan en las hondonadas donde están las tainas. Veo que entre la primera y la segunda hondonada un grupo de cuatro o cinco picarazas se mueve oscilando por las matas. Estas aves, que tienen fama de delatoras, me confirman que por allí han de moverse las perdices a no ser que cazurree alguna zorra.
No me engaño, de la primera hondonada vuelan las perdices, de nuevo chorreadas, y una liebre se ha levantado casi en el alto de la taina y sin huir a la desesperada, casi al paso, ha desaparecido en la hondonada siguiente.
Me asomo con todo cuidado, sólo la parte superior de la cabeza, y con agudeza, observo, no a la liebre, sino a una perdiz inmóvil bajo una aliaga. A los tres segundos ya me ha visto y arranca hacia mi derecha como un reactor, presa del pánico. Hubiera sido otra prueba interesante.
De la liebre nunca más se supo. Por hoy ya he movido bastante a los animalitos. Decido dejarlo, pero me voy entusiasmado. La persecución ha durado hora y media y he disfrutado viendo caza en una jornada que se me antoja abundante, como las de hace muchos, muchos años. Para colmo, al regresar, atravieso una pobeda y veo volar una docena de torcaces. Bien está.

04 octubre 2011

El Raulo de Gelpi

-Ya me queda poco. Ya me voy hoy, hermano.
Y Raúl con la camarita japonesa que se compró en España toma vistas de su barrio de Gelpi, de sus arrabalitos infantiles de Matanzas, en su querida Cuba. Y, acuciado por la premura de la partida tras unos pocos días en su tierra, toma con prisa las casitas de su infancia, los bohíos de su niñez, y hace un plano movido y circular de todo lo que ve, porque todo quisiera llevárselo en estos últimos momentos, metiéndolo ansioso por el ojito negro y diminuto de la cámara. En su día metió en la maquinita la matanza, y la fiesta que hicieron con el cerdo, y a los amigos que tanto en ella disfrutaran, y a su hermana y a sus papás viejitos, y la nueva planta que estaban haciendo sobre la casa chiquita de su infancia. Para esto último, amén de para otras cosas personales, sirvió aquella platita reunida que Raúl enviaba y envía, cuando puede.
Ahora, ya solo, en el último día de su estancia, toma a los viejos durmiendo, a las casas invictas por los huracanes, a las que cayeron, a las palmera, al abandono y al detalle humano, y hasta a los perros que se cruzan. Y de fondo se oye una salsa que sale de un viejo transistor, como si el tiempo no hubiera pasado por su barrio de Gelpi. Y a Raúl le duele aceleradamente la partida como un lazo de alambre que, al peso de su paso, le apretara crecientemente la garganta.
-¿Hasta cuando, Raulo?
- Ya me queda poco. Ya me voy hoy, hermano.
Pasaron unos meses y, como siempre que llamaba a su casa, todo estaba bien. Porque en Cuba todo está bien siempre y porque, si no lo estuviera, los de allá no quieren preocupar a sus hijos distantes. Pero aquel día su mamá le dijo:
-        Raulo, habla con tu papá. Y dile que coma porque tu papá no quiere comer.
Raúl habló con su papá. El viejo, según le contaron, le hizo caso y comió cuatro días, pero luego le dijeron que ya estaba totalmente ciego y que un mal día se negó a levantarse de la cama y así estuvo hasta que se lo llevaron para morir al hospital.
-        Tu viejo se dejó morir, hermano. Tú sabes, chico.
Y Raúl miró de nuevo aquellos videos de unos meses atrás y buscó los sabores y el olor de su tierra, de su barrio, de los suyos y hasta lloró mirando la fiesta del puerquito. Y muy despacio se detuvo en el plano de su padre platicando con los vecinos, a la puerta de su casa, bajo la nueva planta que orgullosamente les mostraba, y se quedó mirando los ojos de su viejo sentado en el escalón y recostado en la fachada y le pareció que aquella fue su despedida, con sonido de salsa y aromas de su barrio y de su infancia. ¡Ay mi Cuba!, se dijo.
- Ya me queda poco. Ya me voy hoy, hermano.

02 octubre 2011

El Galgo Verde


-        Harto de poner perchotes estaba yo en la dehesa de Valdemapa.
-        Valdeapa, ¿no?
-        Eso he dicho. Anda que subían mal a ellos entre las esparcetas, qué caminitos les tenía preparaos. Paece que los estoy viendo.
-        ¿Estuviste mucho haciéndolo?
-        Papo, hasta que me descubrieron y me dejaron sin una percha. Aquello si que era un trabajo de bricolás, qué artesanía. Pero pa ese día ya había hecho buen alijo.
-        Y, ¿cuándo ibas a instalar el bricolás?
-        Cerrada la veda, en los días efectivos.
-        Los festivos, ¿no?
-        Papo, Sarvi, eso he dicho.
Según íbamos andando voló el bando de perdices a más de cien metros en el llano y se dejaron caer, trasponiendo suavemente, en la primera cuesta.
-        Sigue tú despacio por derecho y dame tiempo a que me baje a media ladera. No asomes la gaita hasta que no te haga señal. Cuando vuelen ladera alante es cuando hay que apretales.
Según asomé la punta de la nariz a la cuesta, vi que el Colás venía a paso firme pero no exageradamente apresurado sin quitar ojo, simultáneamente, a la ladera y a la Juani. Poco antes de llegar a mi altura me hizo señal de que me descarara en lo alto. El bando levantó entonces y voló agrupado ladera adelante sobrevolando los macizos de aliagas. El Colás disparó a la única que quiso descolgarse sesgando medio para atrás. Me hizo señal de que me adelantara y él bajó en un suspiro, le quitó de la boca la perdiz a la Juani y, al ver que en sus manos aleteaba con fuerza, le mordió la cabeza y se la colgó en un movimiento sincronizado y rápido sin dejar de avanzar, esta vez con toda la ligereza de sus piernas.
Cuando, a la hora de persecución, las perdices llegaron a su perdedero, nos juntamos y dejamos de entendernos por señas. El Colás se había colgado cuatro y yo una.
-        Hala, vamos a echar un pajandini y luego ya, al paso, miraremos la ladera de enfrente, que ahora están desperdigás y pueden saltarnos sueltas en cualquier asomada a los morretes. Ya no hay que correr y sí mirar los recovecos.
-        ¿A qué viene eso de morderles la cabeza?
-        Papo, pa no entretenerme ni dejar de mirar adonde tengo que mirar. Qué quieres que las desnuque como los señoritos, contra los caños de la escopeta, y me entretenga en contemplarlas. ¿Te se han vuelto por arriba?
-        Sólo la que he matado.
-        ¿Has visto como por arriba tienes que ir adelantao y controlando?
-        Sí, pero alguna vez tendrás que dejarme coger la mano baja.
-        Cuando vayas afinando y hagas méritos, porque tiros, has tirao.
-        Sí, pero largas, quitando ésta que se ha querido volver.
-        Ya estamos con que largas. Siempre igual. Pa eso llevas esos cartuchos tan cojonudos, ¿no? ¿O los llevas pa hacer tracas?
-        ¿Qué tiras tú, Colás?
-        Lo mejor que hay en el mundo, lo que llevo siempre: el Galgo Verde.
-        Pues dicen que es malo.
-        El que lo haya dicho no tiene ni puta idea. Algún indocumentao.
-        Pues hay algunos que con eso no se quedan con una perdiz ni a quince metros.
-        No lo creo. Como no sea alguna partida defectuosa. El Galgo Verde es un cartucho suave y potente. Menudos pildorazos mete y sin levantarte casi la escopeta. Esto es mano de santo.
-        No sé, no sé. En las armerías ni los venden, ni quieren saber de ellos.
-        Pues vete a la sociedad, que allí tienes los que quieras y a mitad de precio que esos petados que tú tiras y que encima son extranjeros. A mí que no me saquen del Galgo Verde, hombre, ¡menudo cartucho! ¡Una divinidá de los explosivos españoles!
-        ¿Has matado caza con ellos verdaderamente lejos?
-        Caza y lo que no es caza. El otro día, sin ir más lejos, al caer de la tarde me fui un rato a la espera los conejos en la cuesta grande de Lupiana. Llevaba ya más de una hora amonao, sin mover un pelo, debajo una carrasca. Igual que una piedra estaba. Oye, ni un puto conejo, ni un movimiento. Pero, ¿qué les pasará a estos animalitos con lo querencioso que es el caer de la tarde? Y asín, yo aguantando ya con el sol en la cara, hasta que la guipé por bajo mío. Debió moverse una mínima milésima. Madre qué bicha tenía arroscá en lo alto una piedra a cuarenta metros. Era más gorda que mi brazo. Sí. Y vieja que tenía que ser, que yo creo que hasta pelo tenía al final de algunas escamas. Anda que no se tenía que haber tragao gazapos aquella pájara y huevos de perdiz y hasta pollos, que creo que los hinotizan con la mirada, les distraen con el guiz y los atontolinan con el chiflo fino y constante que les sueltan. Y allí estaba arroscá al sol la muy indina, seguro que digiriendo alguno que se habría traginao dentro las bocas.
-        ¿Y te dejó acercarte?
-        ¡Papo acercame! Moví los cañones más despacio que el sol se mueve a medio día. Tú qué sabes hasta que la enfilé. Que no quería que el menor destello la hiciera percatarse y se esfumara, que las bichas en un suspiro, en un pestañear, se meten en la tierra y búscatelas. Las bichas son como apariciones que las ves y, cuando ya no las ves, te quedas pensando si era verdad que las habías visto, ¡qué alimañas más resabiás y más ladinas!
-        ¿Y la heriste?
-        ¿Herirla? ¡Papo, Sarvi! Saltaron los cachos de carne a dos metros de altura, ¡dices tú del Galgo Verde!