11 junio 2018

Preparación de un viaje a ciegas



Quería saber. Le advirtieron de los riesgos, pero se afianzó en su idea. Creía que las personas debían saber, aunque padecieran, antes que resignarse a vivir en el feliz sopor de la ignorancia o, lo que es peor, instalarse  cándidamente hipnotizadas en esas medias verdades gloriosas oídas en la infancia. Por eso indagó en la mayor gesta que en los tiempos conocidos alumbró su país y llegó a la conclusión de que tal epopeya fue y será, a no ser que el destino nos depare nuevas aventuras nacionales, el descubrimiento y la conquista de América. (Si algunos estaban pensando en el mundial de fútbol del 2010, lamento decepcionarles.)

Reconoció, empero, que todos los que han abierto heridas, o las abran, forzosamente habrán de ser tratados como agresores por la Historia y ninguno se librará de su juicio, eso sí, tan tardío como ineficaz. Sin embargo, cuántas gestas menos dignas de ser contadas se han difundido y qué poco las expediciones a lo desconocido de aquella vilipendiada España. Y así, con esa secular humildad española (de la que excluyó a Aznar, por perdonavidas) se dispuso a estudiar en los archivos más reconocidos e imparciales. Esos que aclaran u ocultan, según se consulten o no, los arcanos de la Historia.

Lo primero que le extrañó es que hubiese sido precisamente un genovés el que capitaneó la gesta. (Ya anticipo: nada que ver con los ocupantes de la actual sede política de la calle Génova. Que hay quien a todo le saca punta.)

Lo segundo, fue la fecha: 1492, por qué precisamente en ese año.

Lo tercero, fue que se propalara que la reina de Castilla hubo de vender sus joyas para financiar aquel viaje. (Una reina santa en el “Compro oro”, qué vergüenza.)

Lo cuarto, la magnitud de la expedición, referida a los barcos y sus características y al número y clases de hombres que la formaron. (Lo siento, pero no viajaron mujeres. Es un dato confirmado que no hubo paridad, aunque el machismo no se hubiese inventado todavía formalmente. Por la misma razón no constan datos del colectivo LGTBI, si es que lo hubo.)

Con respecto al primer punto, siempre había pensado que el genovés Cristóbal Colón apareció en España como un iluminado que, por designio del Altísimo, supo convencer a los Reyes Católicos de sus acertadas (en mínima parte) premoniciones geográficas. Algo así como un ser milagroso y providencial procedente de la culta Italia del Renacimiento con su Petrarca adorado.

Pero no era así, los genoveses no eran precisamente los faros culturales del mundo. Simplemente, por entonces, los mercaderes de Génova dominaban el comercio en el Mediterráneo. Y, por ejemplo, la familia genovesa de los Centurione era la más importante de las que se dedicaban a los negocios en Málaga. Pero eran muchas las familias genovesas que operaban tanto en Portugal como en España, las dos potencias navieras de la época (Los Doria, los Pinelli, los Ripparolo, Los Grimaldi, los Castiglione, los Vivaldi, los Fornari, los Malocello, los Usodimare… entre otras, y algunas de ellas siguen hoy en los negocios del mar).

Se dice que unas cincuenta poderosas familias genovesas tenían sus negocios ubicados en la península Ibérica. ¿A qué se dedicaban estos marinos? Al comercio de seda, de azúcar, de aceite de oliva, de tintes, de jabón, de trigo, de oro, de plata, de sal, de resina… pero, sobre todo, estaban especializados en la trata de esclavos. (La legislación laboral era aún más laxa que la actual y se admitía esta palabra sin ambages, remilgos ni eufemismos porque, por entonces, nadie osaba hablar de precariedad laboral y llamaban a las cosas por su nombre).

Pero, además de genoveses, también había florentinos, milaneses, venecianos… dedicados a idénticos menesteres (tal era ya la movilidad laboral), aunque, naturalmente, en colaboración con españoles y portugueses. Sin embargo, todo hay que decirlo, los ibéricos se preocupaban de la cristianización de los esclavos, mientras que a los itálicos, más prácticos, les traía al pairo el afán evangelizador hacia aquella masa laboral tan desfavorecida. Fue aquella vis comercial la que hizo de aquellos italianos expertos marinos, que, sorprendentemente, desde el punto de vista cultural, preferían estar al lado de las belicosas armas españolas que de las brillantes plumas italianas del Renacimiento, pero, a la par, sin rechazar los adelantos técnicos que dicho movimiento cultural trajo consigo, especialmente los más útiles y delicados: la brújula, el astrolabio y el arcabuz.

Por abreviar, diremos que Colón fue uno más de aquellos experimentados marinos al servicio del mejor postor y que, también, adquirió su experiencia con los negocios descritos. Cosa que no le quita al descubridor ningún misterio ni mérito, pero que decepciona mucho a las mentes más idealizadoras, tal como era la mía, de la cautivadora gesta colombina.

Con respecto al segundo punto, no cabe duda de que Colón les insistió varias veces a los Reyes Católicos sobre su proyecto, pero éstos no se decidieron hasta 1492. La razón primera fue que entonces acabó la guerra de Granada, los reyes se vieron dueños de la ciudad (último baluarte del Islam en España) pero cayeron en la cuenta de que se quedaban también sin los tributos del Reino Nazarí y de que sus asuntos en el sur de Italia necesitaban de nuevos fondos. Los frailes de La Rábida les insistieron en que la expedición que Colón proponía era una pequeña inversión, nada arriesgada, si se tenían en cuenta los ingentes beneficios que se podrían obtener.

Pero, además, los Reyes Católicos, especialmente Fernando, rey modélico hasta para el astuto Maquiavelo, vio que la empresa que unió a los españoles, la conquista de Granada, al tocar a su fin, pondría de nuevo a maquinar en su contra a toda la nobleza de los levantiscos reinos españoles, recientemente unidos por aquella santa empresa ya acabada. Haría falta darles, siempre que se terciara, un proyecto nuevo, ocuparles en otra causa cristiana, noble y ambiciosa. Y no eran sólo los ejércitos castellano-aragoneses (catalanes incluidos, como todos los demás, sin derecho a decidir) los que estaban bajo su autoridad real, sino también otros más. No en vano el italiano Pedro Mártir de Anglería (que ya nos vio el plumero en esto de las irredentas plurinacionalidades ibéricas) escribió en aquellos tiempos: 
“¿Quién jamás creería que los astures, gallegos, vizcaínos, guipuzcoanos y los habitantes de los montes cántabros, en el interior de los Pirineos, más veloces que el viento, revoltosos, indómitos, porfiados, que siempre andan buscando discordias entre sí por la más leve causa y como rabiosas fieras se meten entre sí en su propia tierra, pudieran mansamente ayuntarse en una misma formación? ¿Quién pensaría que pudieran jamás unirse los oretanos del reino de Toledo con los astutos y envidiosos andaluces? Sin embargo, unánimes, todos encerrados en un solo campamento, practican la milicia y obedecen las órdenes de los jefes y oficiales de tal manera, que creerías que fueran todos educados en la misma lengua y disciplina.”

Aquello fue como un milagro. O sea, que el descubrimiento de América (Las Indias) sirvió de nueva cohesión a las variadas sensibilidades e identidades culturales de las fraternales, pero siempre rivales, gentes de España. Puede que, sin el descubrimiento de Las Indias, tampoco existiera la España unida (todavía) que hoy conocemos. (Y, pensándolo, no sé si valió la pena, dada la estabilidad nacional de que hoy gozamos, alterar el curso de la vida en todo un continente.)

Lo tercero. Lo de las joyas de la reina Ysabel (entonces se escribía así, Y de yugo; F de flechas; Ysabel y Fernando, el yugo y las flechas) puede que se dijera para mayor gloria de la reina santa, pero los administradores de Castilla, y algún banquero, aseguraron a los monarcas que eso no iba a ser necesario. De hecho la expedición de Colón no llegó a costar ni dos millones de maravedís y, por ejemplo, solamente en la boda de la infanta Catalina, en Inglaterra, gastaron sus Católicas Majestades sesenta millones de maravedís. Vamos, que lo de la expedición primera de Colón salió casi como lo que hoy vendría a ser, sobre poco más o menos, una despedida de soltera. Perdonada sea la manera de comparar.

Lo cuarto: la expedición. ¿Cómo se imagina? Posiblemente, como algo grandioso. ¿Cómo eran las naves? ¿Cuántos hombres fueron?

Ante estas preguntas la imaginación vuela impetuosa. Pero la realidad es como una piedra que, atada a nuestros pies, nos devuelve al santo suelo. Dos carabelas fueron requisadas y hubieron de ser equipadas por los marinos de Palos (Huelva) por ineludible requerimiento real. Fueron la Pinta y la Niña, de entre 55 y 60 toneladas. Para hacernos una idea eran naves de tres palos de unos 21 metros de eslora, 8,5 metros de manga y 3,3 de profundidad.  Casi da miedo recapacitar sobre sus pequeñas dimensiones, si consideramos las distancias a recorrer en la Mar Océana. La tercera carabela, la Santa María, conocida también por María Galante o por la Gallega era un poco mayor y Colón hubo de alquilársela a Juan de la Cosa, marinero cántabro, residente en el Puerto de Santa María.

Uno se asombra al pensar que en la aventura sólo participaron 90 hombres. Fueron 45 a bordo de la Santa María, 26 a bordo de la Pinta y 24 de la Niña. Los navegantes procedían de Andalucía en su mayoría: de Río Tinto, Moguer, Huelva, Palos, Sevilla… Había algunos judíos conversos (la sociedad española estaba entreverada de cristianos viejos y nuevos, que no siempre se amaban), también varios vascos, algunos cántabros, un Mendoza de Guadalajara, dos portugueses… y, de ellos, cuatro o cinco navegantes eran delincuentes que escapaban de la justicia al enrolarse, varios eran funcionarios reales y no viajó en la expedición, por raro que parezca o tal vez por sabia prudencia, ningún cura ni fraile.

Los marinos experimentados cobrarían mil maravedís al mes y seiscientos los novatos. Aunque ha de mencionarse que ninguno, de los que sobrevivieron, cobró hasta 1513 (21 años después), por mor de esas complejas diligencias que originan pequeños retrasos (sobre todo en los pagos) y que la burocracia, por difícil que sea hoy creerlo, tenía ya en aquella época.

He aquí algunos apellidos de los navegantes, seguro que con ellos podríamos hoy formar gobierno en cualquier país de habla española: Talavera, Baraona, Vergara, Foronda, Patiño, Godoy, Mendoza, Vélez, Yáñez, Alonso, Pinzón, García, Sarmiento, Ruiz, Niño, Gama, Peñalosa, Gutiérrez, Arana, Torres, Pérez, Camacho, Vallejo, Rodríguez, Bermejo, Xerez…

¿Sabían cuál era su destino? Evidentemente, no. Pero esto ya queda para otro capítulo glorioso.

10 comentarios:

Sara dijo...

Realmente interesante, Soros, y muy ameno. Sobre todo me ha gustado esa idea de que, sin la conquista de América, muy probablemente no estaríamos constituidos como nación. Pero tengo una duda lingüística, ¿por qué “maravedís” en lugar de “maravedíes”? ¿Me lo puedes aclarar?

Fdo.: Una “astuta y envidiosa” andaluza. Jajaja.

Besos.

Soros dijo...

Gracias, Sara.
Siento lo de "astutos y envidiosos" pero no lo digo yo, lo decía ese Pedro Mártir, humanista italiano al servicio de los Reyes Católicos.

Con respecto al plural por el que me preguntas, hasta donde yo sé, en los nombres o adjetivos acabados en -í tónica es correcto utilizar los dos plurales, o sea, en -ís y en -íes. Así, por tanto, es tan correcto decir maravedís como maravedíes. Pero es que, además, esta palabra, como alguna otra, puede usarse con un tercer plural (también correcto, aunque de raíz popular) que es maravedises. Ya ves, cosas del idioma.

Un abrazo.

Paloma dijo...

Muy bueno, Soros. Muy bien contado y con mucha gracia.
El inicio de la aventura es bastante prosaico pero eso hace más interesante el casual descubrimiento posterior. ¡Qué emocionante tuvo que ser!
Eso nos lo cuentas en la siguiente entrega.
Besos

Soros dijo...

Gracias, Paloma. Emocionantes y angustiosas fueron las zozobras que vivieron aquellos seres perdidos (creían muchos de ellos) en un inacabable desierto de agua. Pero al descubrir tierra todo cambió y de sentirse seres inseguros y perdidos en manos de Dios (o del destino) volvieron todos a su condición humana.
Besos.

Ángeles dijo...

Qué interesante, Soros, y qué edificante. Y lo digo por la historia en sí y por tus irónicos apuntes.

Estas cosas (la historia bien leída y bien contada) nos enseñan mucho, y no sólo sobre la historia.

Sara O. Durán dijo...

Una clase de historia muy amena.
*El Rediezcubrimiento de México, autor: Marco A. Almazán. Búscalo en PDF, es de humor.
Un abrazo.

Soros dijo...

Gracias, Ángeles. Algunas veces en la historia de hace siglos se vislumbran las realidades actuales y lo que cuesta comprender se hace más asequible a nuestra mente.

Soros dijo...

Gracias, Sara. Seguiré tu consejo, de hecho ya le he echado una ojeada al libro que mencionas, y, entre bromas, hace precisiones históricas muy acertadas. El lenguaje me gusta también mucho, aunque supongo que el actual habrá cambiado con respecto al de 1929. Gracias también por este libro.

Conxita C. dijo...

Muy buena historia Soros que contada con ese fino humor que caracteriza tus escritos se hace muy amena y desde luego igual tocaría dar más historia a muchos para intentar no repetir ¿errores? que es lo mismo que aprender de ellos.
Un abrazo

Soros dijo...

Gracias, Conxita. Da mucha pereza tanto escuchar a los viejos como leer libros de historia pero, algunas veces, nos puedan sacar de nuestros errores y engaños Pero, en este mundo que funciona tan rápido, ¿quién se detiene a esas cosas?
Un abrazo.