28 mayo 2016

Los brotes verdes

(Hoy me he dado cuenta de que ya llevo diez años rellenando de historias este colchón, que es mi blog, en el que paso tantos ratos recostado, aceptando lo que venga.)

Si, como dice el tango, veinte años no es nada, qué son diez.
No quería dar vueltas a su vida. La crisis lo había hecho por él. Esos años la volvieron del revés como si fuera un calcetín. Y, se dijo, que, como casi todos los humanos, había vivido en la inocencia, presumiendo una bondad bien poco contrastada.
Y sólo halló consuelo en las palabras escritas de algunos muertos que, de la vieja biblioteca, algunas veces pasaban a sus manos, pues, las que oía de los vivos, aumentaban su tedio, su pena y su desconfianza.
Su jefe, al despedirle, le dijo que no tardaría tres meses en llamarle. Cuando se le acabó el paro, fue a verle. Los dos pasaron un mal rato: él por implorar, el jefe para no compadecerse.
Su médico, al anunciarle aquello, le dijo que tuviera confianza, que aquello hoy, afortunadamente, era operable, que aquello tenía tratamiento, que por aquello era improbable que muriera. Vamos, por poco le convencen, que aquello era casi lo mejor que podía haberle pasado.
El doctor llevaba razón, pues ya de aquello cuatro veces le habían operado, sin asegurarle nada. Y, para que no perdiera la vida por aquello, le habían destrozado la existencia hasta el punto de desear ahora la muerte. Qué hermoso hubiera sido no haber despertado de la última anestesia. Haberse liberado de aquello sin enterarse, en un anónimo triunfo de la medicina.
Su mujer, cuando todo empezó, le aseguró que estaría con él para lo bueno y para lo malo, en la salud y en la enfermedad, así lo dijo. Él se emocionó. Pero, lo reconocía, seguramente a él le hubiera ocurrido lo mismo. Hay que ponerse en el lugar de los demás para entenderles. Ella era aún joven, bonita a él se lo pareció siempre. Y cuando se marchó, dos años después, él se sintió liberado de su compañía, le agradeció que siguiera su tendencia natural, que se dejara de tanta moralina, qué pintaba una mujer como ella atada a un desahuciado en la miseria. Para sufrir aquella ruina, se bastaba uno solo, ¿por qué destrozarse los dos? El romanticismo queda muy bien en las novelas pero, en la vida, donde se llora de verdad, ya son bastantes las lágrimas de uno.
En realidad no soportaba la atención caritativa y abnegada que en ella, contra natura, percibía. No hubo ruptura, un día ella se fue como si nada, sin amor ni rencor, sólo a seguir la vida como era, en realidad, su obligación.
Sus amigos, ¿dónde había oído él eso?, que contara con ellos para lo que hiciera falta. Amistad y dinero conviven bien juntos, caminando en paralelo, pero mezclan mal. Y, cuando lo que hiciera falta hizo falta, sólo pudo contar una vez y hasta uno. El resto de la numeración se había desvanecido. El uno le dejó quinientos euros para pasar un mes. Jamás se los pidió, pero tampoco volvió más a visitarle.
Sus conocidos dijeron que era una mala racha. Y él pensó para sí que le jodían los profetas, que estaba hasta los huevos de los oráculos que pronosticaban lo evidente. Pero siempre asintió con una media sonrisa, porque a la gente le caen bien los resignados.
Sus hijos no le dijeron nada porque andaban los tres a lo suyo y bastante tenían con intentar meter la cabeza en algún lado.
Fue una suerte, Dios aprieta pero no ahoga, que de la última operación quedara en silla de ruedas: le dieron la jubilación por invalidez. Y fue otra suerte, Dios escribe derecho con renglones torcidos, que le embargaran el piso: los servicios sociales le ingresaron en un asilo.
Y, cuando Sor María Paz, hermanita de los ancianos desamparados, le pidió aquel día que bendijera la mesa común, él dijo:
¡Oh, Señor, Señor, te agradecemos la esperanza de estos brotes verdes que con cada primavera nos envías y te pedimos que nos ilumines y nos hagas permanecer, como hasta el día de la fecha, en el recto camino. Sin manillar!

12 comentarios:

Isidro dijo...

Y espero que nos sigas deleitando muchos años más con tus sabrosas historias escritas de manera magistral.

Soros dijo...

Gracias, Isidro. Haré lo que pueda. Las historias tuyas tampoco tienen desperdicio.
Un abrazo.

Sara dijo...

Un relato tan duro que es hasta... ¡¡¡REALISTA!!!

Un beso y felicidades.

Me ha gustado muchíiiiiisimo.

Soros dijo...

Gracias, Sara.
Pero, en la realidad, todavía hay gente con menos suerte. Aunque suene sensato, hay que aceptar lo que venga. No hay otra solución mejor.
Un abrazo.

Ángeles dijo...

Te felicito por los diez años de blog, que no es cosa baladí (ni los diez años ni el blog), y, por supuesto, por todas las historias que has escrito.

Y yo me felicito a mí misma por el tino que tuve el día en que llegué a tu blog.

Un abrazo.

Soros dijo...

Gracias por la felicitación. En parte, gracias a esas historias, se ha aliviado el paso de estos años.
Con respecto a lo segundo, gracias, Ángeles, por no haber dejado de visitarlo.
Un abrazo.

Conxita Casamitjana dijo...

¡¡¡10 años!!!! Felicidades por todo ese tiempo escribiendo y que espero sigas muchos más. El tiempo pasado queda contado en esas historias que nos presentas, como la de hoy, aunque muy triste también una historia valiente y real, que con frecuencia ocurre en eso que es la vida.
Saluditos

Soros dijo...

Gracias, Conxita, pero la compañía que me ha proporcionado el escribir a nadie más que a mí ha sido de provecho. Que la palabra también es medicina y hay algunos que nos automedicamos. Y, en este sentimiento, ten a todo el que escribe por un ser afortunado.
Muchas gracias, Conxita.
Y un abrazo.

Conxita Casamitjana dijo...

Yo también creo y mucho en ese efecto terapéutico que tiene escribir. Afortunados somos aquellos que podemos usarlo.
Un abrazo

Soros dijo...

Que así sea, y por muchos años, Conxita.

Insumisa dijo...

Ahhhh ¡DIEZ AÑOS!
¿Qué se dice en estos casos?... ¿felicidades?, ¿en hora buena?, ¿¡Qué bien!?... no se. A mi solo se me ocurre un GRACIAS enorme. Por seguir al pie del cañón y tener la posibilidad de encontrarme (¿re?) con tus letras.
Respecto de tu relato... pura vida. Y yo no he de caer tan bien como el protagonista, porque de resignada muy poco.

Un abrazote apapachador.
;)

Soros dijo...

Querida doñita Insumisa y recordada Señora del Desierto:
Diez años escribiendo son para mí un regalo. Uno que me ha hecho la vida por permitirme sobrevivir con la cabeza relativamente tranquila en un mundo donde hay tantas perdidas.
Es una alegría recibir amistades de antaño. Alguna indómita como la tuya que siempre son como una luz en mitad del sueño de escribir. Quizás soy un resignado a la escritura y por eso no la abandono pero, no por mi vicio, dejo de comprender a otras personas que son más partidarias de la acción y de la pasión activa y no teórica.
Así que, por esa variedad que tú ofreces, creo que no dejarás indiferencia en parte alguna.
Apapachos de alegría.