09 mayo 2016

Entre dos aguas

Nuestras vidas pequeñas son mapas interiores de acciones y lugares ubicados en el tiempo engañoso de nuestra memoria. Y esas vidas pequeñas flotan a la deriva en el caudal de una historia grande y común que nos arrastra sin que apenas podamos intervenir en ella.
Hay lugares en esa geografía particular de los que uno no quiere acordarse bien porque su paso por ellos le avergüenzan, bien porque a nadie le interesan o bien porque razonar lo que ocurrió bien pudiera volverse en tu contra, porque todo argumento empleado en la propia defensa es, para muchos otros, un alegato evidente de culpabilidad.
Así la vida de algunos da como frutos, no ejemplos, sino obras literarias. Las hay de muchos tipos: memorias, novelas, poesías, obras de teatro, cuentos… Y en todas ellas los autores, queriéndolo o no, terminan por dejar el extracto de lo que fue su vida. Un destilado que se escurre por el serpentín de sus mentes y deja trazado en forma de letras la esencia de lo que vivieron, conocieron y aprendieron.
Algunas de estas personas han pasado a la Historia porque supieron trasformar en arte lo que de sus vidas extrajeron y, además, lo hicieron con tal tino y acierto que maravillaron a sus contemporáneos y, tras su desaparición, siguen iluminando las mentes y los ánimos de muchos otros que durante los siglos les vamos siguiendo por los sobados trayectos de la vida.
Pero los historiadores que, casi como detectives, indagan sobre las vidas de estos genios, no encuentran, por lo general, muchas certezas. Y en cuanto a las vidas pequeñas de estas figuras literarias, preclaras por sus obras, no hallan sino dudas sobre sus virtudes, sombras sobre sus negocios, contradicciones sobre sus conductas, recelos hacia sus inclinaciones y, en general, incertidumbre donde, tal vez, pensaron encontrar claridad.
Y todo parece concluir en que el ser humano hasta de sus miserias, o precisamente por ellas, puede sacar conocimiento, lucidez y una cierta templanza para reconocer todo lo que existe sin hacer aspavientos y sin empecinarse en negar nada. Y, ahí lo dejan, para que el que quiera tome nota y lo aproveche o, como poco, se entretenga y se ría.

Dejando aparte a estos seres únicos y universales, en el tedioso transcurrir de una vida anodina, como ha sido la mía, siempre he sentido también admiración por ciertos personajes populares. No son muchos, pero son humildes. Con una humildad en sus orígenes, que no en su temperamento ni, a veces, en sus modales. Ninguno es o fue persona conocida ni culta ni que goce o gozara de una situación respetable o destacada, en el buen sentido que, aún hoy en día, pueden tener estas palabras.
Han sido, por lo general, tipos que pasaban desapercibidos. Individuos sumidos, como lo estamos casi todos, en el estanque calmo y silencioso del anonimato. Gente de idéntico montón a ése donde yo me apilo. Sus vidas, ocultas a casi todos, fueron casi secretas en algunas materias. No eran malos, pero tendían a bandearse en una línea difusa, ésa donde, sin cerrarse el bien, el mal se abre. Zonas donde los espíritus rebeldes nunca acaban de entrar pero de las que jamás terminan de salir. Así que, por otro lado, eran personas normales, ni de malos tenían nada, ciertamente, ni de buenos tampoco. Pero a la gente desarmada de cultura y dinero, la inteligencia, cuando la tienen, suele servirles para nadar entre esas aguas con provecho. Y, por estas cosas y al mínimo desliz, siempre fueron sospechosos. Así que su audacia hubo de caminar de continuo, para amortiguar el ruido de sus pasos, sobre una  gruesa alfombra de cautela.

También he conocido algunas personas prominentes, de posibles, educadas y cultas, e incluso, algunas de ellas, con asientos en escaños, consejos y hasta en tertulias de la televisión, sin tener por ello ningún prejuicio hacia ninguna de ellas. Y éstas son mucho más fáciles de definir que las anteriores: hombres de bien, todos sin duda. Porque la bonhomía se gana a pulso cada día y en España es cosa que se alaba y se premia.
Y de los más famosos de éstos nunca he sabido si llegaron a serlo por fortuna, por talento, por trabajo o por la mezcla de todas sus facultades, adobadas por ese cambio mimético, esa adaptación a ultranza, que ya hizo triunfar a algunas especies en lo que se conoce como evolución natural. Pero es evidente que, para triunfar, algún algo ha de tenerse, pues toda consecuencia tiene una causa. Así que no seré yo, en mi ignorancia, quien a nadie le quite sus méritos o, peor aún, los ponga taimadamente en duda.
Pero estas personas no me han atraído, pues las aventuras de la buena vida son lujos, pero suelen ser tan aburridos como la monótona contabilidad que los sustenta. Por otro lado, siempre les consideré ya bien pagados por su fama o por sus cargos, cosas ambas que llevan sobre sus espaldas de una manera tan señorialmente rutinaria que desprende un halo triste de vulgaridad. Parecen de este siglo, del pasado y del anterior. Son siempre los de siempre, hacen lo de siempre y hablan igual que siempre.
Responden a lo que no les preguntan, como si sus palabras fueran salvas destinadas siempre a distraer y jamás a dar en la diana. Y es tan grande su finura intelectual que, si fuera necesario, declararían no constarles si engendraron a sus propios hijos o si guardan memoria de quiénes son sus padres o con quién o quiénes fueron sus coyundas. Son conscientes de que, llegado el caso, ni lo evidente puede demostrarse. Y no lo digo por alabarles ni porque me guste exagerar, sino porque su perseverancia en tales actitudes les define.
Generalmente, a los periodistas, que algunos también se las traen buscando las noticias por los vericuetos más inverosímiles, les gusta hablar de estas personas, según puede corroborarse por las constantes noticias que tenemos en los últimos años sobre esta elite de la nación. Personas todas muy previsibles, son el talento oficial vinculado al progreso. Y se asemejan todos a aquellos grandes capitanes o duques que el rey Felipe enviaba entonces a los Países Bajos para que, defendiendo los intereses españoles, regresen ahora con instrucciones inapelables de Bruselas.

Pero volviendo a mis predilectos, a esos personajes anónimos cuyo recuerdo atesoro, y tras pensar un rato sobre ellos, he caído en la cuenta de que todos tenían o tienen una cosa en común. Como sería muy complejo, y largo de explicar, cada caso, he buscado una expresión coloquial que brevemente los defina y, a la vez, clarifique el motivo de mi admiración por ellos: todos hacían o hacen la guerra por su cuenta. Me recuerdan al Jabato o al Guerrero del Antifaz, olvidados héroes del tebeo nacional y paladines ajenos a las nuevas tecnologías.
Y es que tanta defensa del trabajo en equipo, de la coordinación, de la competitividad, de la negociación, del consenso y de otras muchas de las virtudes sociales del presente y aún del futuro, me tienen un poco harto. Estos individualistas intuían, sin necesidad de meditar mucho sobre ello, que el sistema, por llamar con una sola palabra a nuestro modo de vida, era imbatible. Ninguno, abiertamente, se enfrentó a él. Admitían, sin discusión, su situación de marginados natos. Su sentido realista les hacía alejarse de cualquier ideal. Las palabras altisonantes les inspiraban desconfianza. Las alocuciones altruistas y sublimes de todo aquel que proclamaba vivir para servir al pueblo, a la nación, al país o a España, les eran tan ajenas como la música de los bares que frecuentaban donde, en aquella época, un Yulio Iglesias acaramelado y americanizado, vaticinaba melosamente eso de que: “La vida sigue igual”. Le creían firmemente. Todos ellos experimentaron en sus propias carnes que, el anuncio ese de la igualdad de oportunidades, la vida real lo desbarata pues, al final, son las posibilidades las que mandan. Así que casi todos fueron una especie de guerrilleros sobreviviendo siempre entre dos aguas o entre la línea de los dos mundos: el real y el soterrado.

Y, pasados los años, me pregunto: ¿En cuál de estos dos mundos viven más españoles? 

6 comentarios:

Ángeles dijo...


Ya que hablas de destilado, esta misma pieza me lo parece, aunque no seas una de esas figuras literarias que perviven a lo largo de las generaciones. Para ello te falta la difusión. Lo demás lo tienes.

Te felicito por este texto, por el contenido y por la forma.

Soros dijo...

Lo que, con seguridad, tengo son los ratos que paso escribiendo. Me obligan a darle vueltas a la cabeza y, en esas piruetas, me entretengo y eso ya es mucho para el que no tiene grandes esperanzas.
Muchas gracias, Ángeles, por tus palabras amigas que me halagan.

Sara dijo...

Pues la verdad es que no sé si eres muy "viejo", pero permíteme que, por tus palabras, te llame "viejo profesor". Me fascina este texto, en serio, y te diría muchas cosas que me ha sugerido. Pero como no quiero ser una pesada te diré que, en mi modesta opinión, cuando un caballero (o dama) lo es de verdad puede ser tan humilde como cualquiera de esos amigos individualistas que tan bien has descrito. Y, por supuesto, puede hablar de cualquier cosa. ¿O soy una ingenua?

Saludos.

Soros dijo...

Muchas gracias, Sara. Tus apreciaciones me animan. Porque siempre se reciben con agrado las reacciones, sean las que sean, a lo que uno escribe. Así que, en lugar de considerarte pesada, me sentiré objeto de tus atenciones cada vez que te apetezca comentar algo. Y claro que podemos hablar de cualquier cosas. Soy un mindundi y lo hago. Así que no eres ninguna ingenua. Hay muchas gente y de muchas clases y cuando cualquiera expresa su sentir sincero es muy bueno escuchar. Se esté de acuerdo o no.
Soy más viejo que joven, a eso llego, pero para profesor me temo que me falta mucho. Pero, cómo no, te agradezco el halago.
Saludos.

Conxita Casamitjana dijo...

Buen texto para la reflexión, muy bueno.
Personalmente prefiero a esos anónimos cargados de razón o no, que viven sus vidas, que las aprovechan al máximo con sus posibilidades y que pasean por la vida disfrutando de lo que han conseguido. He conocido a muchas personas anónimas que podrían dar muchas lecciones a conocidos, famosos con fama acertada o no, pero que muchas veces no tienen las vidas interiores que tienen estos anónimos, que comparten de forma generosa y que es un placer aprender de esas reflexiones basadas en la vida, en la experiencia y en la sabiduría del día a día.
A esos sabios anónimos es un placer encontrarlos, esos mindundis como dices, que nos enseñan tanto sin querer, que saben escuchar, decir lo que toca cuando toca y encima no es para quedar bien ni salir en la foto...pues qué quieres que te diga, yo prefiero a los anónimos, bien por ellos y porque sigan diciendo las cosas como las ven, ¿no te parece?

Un saludo

Soros dijo...

Te lo agradezco mucho, Conxita.
Pero lo que me pasa es que ante las alabanzas me quedo sin palabras.
Y siempre me temo que, el creernos buenos en algo, no contribuye a hacernos mejores, sino, en algunos casos, a todo lo contrario.
Pero también me agrada mucho que cualquiera comente lo que escribo por la gentileza que supone cualquier tipo de comunicación. Y, en tu caso y con tus cualidades, mucho más.
Mil gracias.