24 octubre 2015

El libro del extraño adiós: Capítulo I

Los lugares donde sólo queda el paisaje son desiertos. Quien los conoce o, por azar, los contempla, los mira con una mezcla de atracción y recelo. Unos saben y otros imaginan, y ni los unos ni los otros se equivocan, que son escenarios abandonados y vacíos de actores, que no de espíritus. Y muchos temen que sus antiguos moradores, conocidos o desconocidos, aparezcan por donde solían y les animen a desvanecerse con ellos. Quienes se internan en tales parajes son conscientes de que la incertidumbre es también una llamada a los espectros y que aquéllos podrían responder. Muchos, calladamente, iniciaron este viaje y no se sabe de ninguno que volviera.
El imparcial silencio es el único aval, y es tan válido para los descreídos que niegan como para los crédulos que afirman. Pero la evocación es un tipo de búsqueda que puede rumiar en su poderoso abomaso a quienes con precaución o sin ella la concitan.

Rafael, hemos dejado la venta en pos de un país hermoso pero siempre permaneceremos contigo y, quién sabe, puede que algún día regresemos por ti.
(Noche de las Ánimas de 1925)

Rafafá era un hombre tan crédulo que no le hubiera hecho falta volverse infante para recobrar la inocencia. Por eso, la simpleza de su cacumen, no le dejó entender que unos padres desaparecieran de aquel modo. Y tampoco comprendió del todo lo que aquellas palabras, escritas en la solapa de un libro viejo escrito en una lengua extraña, querían decir.
Desde aquel día, a pesar de los acontecimientos que se sucedieron, a todos los que pasaban por la venta les enseñaba lo manuscrito en el viejo tomo. Y pensaba que, tal vez, alguien con más luces que él lo podría entender y que, algún día, alguno le daría la clave que abriera su entendimiento.
Los habituales de la venta, paisanos que guardaban memoria de sus padres, fruncían el gabelo tras leer y preferían rumiar en su caletre las causas de aquella ausencia, pero ninguno se aventuró a proclamar en público lo que pensaba sobre la inesperada desaparición del tío Carrasco y la tía Ludi.
Sin embargo, aquellos otros, que pasaban por la venta por vez primera, no dudaban en maravillarse del insólito hecho y todos querían buscarle alguna explicación razonable.
Hubo personas muy leídas y doctas, de ésas que mentaban a personajes ilustres que habían iluminado al mundo, que daban por seguro que sus padres, enajenados por el extraño y galopante mal de la melancolía, se habían internado en el monte para desaparecer. Y le daban al hecho una simbología romántica envolviendo, con tan novelesco sudario, la segura e inapelable idea de la muerte de ambos orates.
Otras personas, de fe religiosa, aseguraban que los hombres se ven acosados, a veces, por grandes sentimientos de desvalimiento y que algunos, en tales casos, en lugar del recurrir al seguro y maternal consuelo de la Iglesia, se echaban en los brazos de la desesperación y, cegados por la soberbia, que es pecado que obnubila, decidían quitarse lo que no era suyo por habérselo regalado el Hacedor. Y, con el fúnebre manto del pecado, amortajaban para siempre el seguro suicidio de aquel extraño matrimonio.
Pero los razonamientos de unos y otros no convencían a Rafafá. Y, aunque intuyera lo que querían decir sin entender cada palabra, no quedaba conforme. Y es que Rafafá ni entonces sabía, ni llegó a saber nunca, de melancolías y desvalimientos, ni de enajenaciones y obnubilaciones, y menos aún de otros sonoros palabros que sólo estas personas empleaban. Pero, por respeto, nunca les contradijo y, por prudencia, jamás les preguntó. Pues, sabiéndose inculto, no quería demostrarlo hasta el extremo de que además le tomaran por necio.

4 comentarios:

Ángeles dijo...

Pues yo, sin fruncir el gabelo, rumio en mi caletre que se avecinan de nuevo grandes momentos de solaz y esparcimiento con esta nueva historia por entregas.

Soros dijo...

Amén. Pero eso ya lo veremos. En todo caso gracias, Ángeles, por tus esperanzas.

Zeltia dijo...

Y bueno! ya tenemos relato nuevo!
Terminé de leer el matacán hace ya varias semanas (lo imprimí y me lo llevé al pueblo, hasta había hecho anotaciones para escribirte el comentario)
Tengo que mirar!

:D

Soros dijo...

Pues sí, Zeltia. Estoy con este nuevo cuento.
Qué bien que te leyeras el otro. Ya me dirás qué tal te pareció.
Y me gustaría que te animaras a contarme esos comentarios.
Un abrazo y gracias por seguir estos cuentos.