10 febrero 2014

XII.- El Renuncia: Almuerzo con el doctor Machado

Sin premeditación, guiado por la inercia de un automatismo, llegó a la Rotonda de la Marina Mercante. Allí fue donde conoció a don Macario. Cansado por la caminata, se sentó en el banco donde comieron los bocadillos.
Estaba terminando el verano y, como los que viven en la calle siempre van abrigados por temor a la intemperie, que es siempre incierta, Serafín, entre la caminata y el abrigo, estaba sofocado.
No llevaba ni cinco minutos descansando, cuando una chica con aire de colgada atravesó la rotonda acompañada por un perro garabito y de mal pelo. Los coches, entre bocinazos, les esquivaron a ambos. Serafín la vio venir hacia su banco sin atender al tráfico ni  tomar precaución alguna, y pensó que era otra como don Macario, que cruzaba las glorietas al dictado de la lógica, o sea, en línea recta. Le admiró el desdén de la muchacha al amenazador tránsito rodado. Ella, al llegar, le miró con indiferencia, como quien apenas repara en un bulto. La joven titubeó un instante y, finalmente, se dejó caer cansinamente al otro extremo del banco. El perro se tendió a sus pies, atento, sin dejar de mirarla. Rebuscó en el bolso con nerviosismo y, tras revolver un poco, sacó un paquete de cigarrillos. Se puso uno en la boca y volvió a buscar ansiosamente. Por fin, encontró el mechero. Encendió y aspiró profundamente. Entonces reparó en él y le preguntó, de improviso, si sabía donde estaba la Casa Beneficio, que le habían dicho que estaba por allí, pero que llevaba más de una hora recorriendo las calles adyacentes sin dar con ella.  Y añadió que allí ayudan a los toxicómanos, por si el dato le servía.
El Renuncia se da cuenta de que tiene la voz hombruna y cascada, los dientes negros y descuidados, y alguno perdido y un par de ellos rotos. Se percata también de que la chica está muy flaca y que, de cerca, parece una vieja joven. Serafín no ha oído hablar de la tal casa. Ella, repentinamente, parece notar la condición de Serafín y hace un mohín extraño, dándose cuenta de que ha ido a preguntarle a uno que, sobre ser vagabundo, está fuera de su onda y, además, no es de su cuerda. Le ignora instantáneamente. En cuanto ve venir a unos jóvenes por la acera se acerca a ellos precipitadamente, les para y les pregunta gesticulando. Los otros le contestan:
- Sorry, we don’t understand.
Mala suerte. Eran guiris.
Ya no vuelve al banco. Y el Renuncia sigue con los ojos el recorrido de su figura vacilante y errática, que se mete por la primera bocacalle seguida por el perro triste, fiel e inseparable.
A Serafín le da pena la muchacha con su nerviosismo, su ansiedad y su atolondramiento desvalido. Al Renuncia le llaman la atención esos seres que van a la deriva. Al Renuncia le pareció una chica demasiado joven y, aunque ajada y lánguida, bastante guapa. Lástima, se dijo, teniéndose a sí mismo por un ejemplo de estabilidad, que esas cabezas, así perdidas y desorientadas, fuesen de tan difícil recuperación. Si en su mano hubiese estado, le habría ayudado y, como poco, hubiese parado algún taxi para que le acercara a la casa que buscaba pero, estando sus bolsillos tan vacíos como su estómago, de nada valían los buenos sentimientos. Seguramente don Macario, que parecía hombre de arranques, habría tomado alguna determinación.
Pensaba, con los ojos entornados, casi cerrados, en los buenos deseos que proporciona el no tener y cómo el tener, en lugar de reforzarlos y ponerlos en práctica, los aniquila. Porque todo es esplendidez en la pobreza pero, cuando se es rico, ésta se torna toda en desconfianza. Y cuando se quiere ayudar no hay medios y, cuando se tienen, no hay voluntad, de modo que el querer no es poder y el poder no es querer, y menos amar, sino temer. Y si el poder es temer, termina haciéndonos más desgraciados que el carecer de todo. Y en esas estaba cuando le sorprendió una voz conocida.
- Pero, ¿qué haces aquí Renuncia?
- ¡Hombre, doctor Machado!, ¿qué hace usted tan lejos del lar de su iglesia?
- Pues ya ves, que llevo toda la mañana en la puerta de San Onofre con lo mío y, en un descanso, voy a comprar algo para almorzar. Si quieres, te convido. Y no me eches ningún discurso, porque te invito porque me da la gana, consciente, como soy, de tu situación, de la vida a la deriva que llevas voluntariamente por ese voto de renuncia y todo lo demás. ¿Vale?
- Hombre, pues, siendo así, se agradece. Que me viene bien.
Se encaminaron los dos hombres a un pequeño colmado que además vendía pan, regentado por unos pakistaníes y que, por eso mismo, abría los domingos. Compró Machado una barra larga, cuarto y mitad de mortadela de aceitunas y una caja de cartón en la que se leía: “Luchador, vino tinto selecto”.
A los diez minutos estaban de nuevo en el banco, comiéndose cada uno su media barra rellena del rosado embutido y pegándole alternativos y callados sorbos a la caja de vino pardillo.
- No es bueno este aloque, pero en nuestra situación no podemos elegir, ni nos conviene aspirar a más, por lo modesto de nuestro presupuesto –dijo Machado con mucha propiedad dándole otro tiento al vino.
- Pues a mí me parece pasadero.
- ¿El presupuesto? –dijo incrédulo Machado.
- No, el vino.
- Bien se conoce que no estás hecho al vino de dos orejas y como mínimo de dos hojas que, si lo estuvieras, muy otra sería tu opinión.
- No sabía yo que los vinos tuvieran orejas y nunca había oído que tuvieran hojas.
- Amigo, los árboles tiran las hojas cada año. De dos hojas indica que es vino de dos años y, cuando además es de dos orejas, lo aprecia el gusto por dos motivos: por bueno y por fuerte. Y así, el mejor órgano, el que tenemos entre las dos orejas lo aprecia justamente y de este modo lo cataloga con sabiduría.
- Doctor Machado, es usted un pozo de conocimientos útiles e imprescindibles.
- ¿De conocimientos? Puede ser, pero inútiles en su mayor parte. Bueno, amigo, te dejo. Vuelvo a mi puesto, que enseguida me echan de menos. Especialmente los domingos. No puedo faltar más que lo estrictito. Esto mío es muy esclavo. Tú tienes más suerte pues, con eso de la renuncia, hasta de pedir te ves liberado y exento. Gran talento el tuyo, que no el mío: conseguir vivir sin forzar a caridad voluntades y, siendo pobre, rechazando el oficio de los pobres, que no es otro que pedir.  Porque se dijo: pedid y se os dará. Así que en ello no es mucho el mérito, pero que te den sin pedir requiere mucha ciencia. A veces pienso en ti y, me digo, si no serás doblemente pobre por ser un pobre que, salvo salvedades, vive casi exclusivamente de los pobres. Porque sólo a los pobres nos es dado conocer a los que son más pobres que nosotros y, conociéndoles, ser para ellos lo que otros son para nosotros. Bien, qué sea de provecho.
- Igualmente y, ya sabe doctor Machado, le quedo agradecido, que para los buenos sentimientos no he tenido ni tendré renuncia y sí calor en el corazón. Y de su talento y su forma de expresarse, ni le digo. Mi admiración, doctor Machado.
El doctor Machado, pues sostenía serlo en medicina, solía ponerse a pedir en la puerta de San Onofre. Lo hacía de rodillas e incluso, a veces, con los brazos en cruz y la mirada perdida, como en trance. Su exagerada o perfecta, según se mire, puesta en escena era más propia de épocas tan pretéritas como olvidadas de la actividad mendicante. Algunos sostenían que era un modelo actualizado de la época de la picaresca. Y lo decían, sobre todo, porque su imagen, casi mística, contrastaba con las figuras de plástico, de dinosaurios de varios tamaños, que el mendigo colocaba delicadamente delante de sus rodillas, sobre un pañito más medio limpio que sucio. Y también extrañaba el gesto de sonrisa perenne, como de éxtasis contemplativo, que mantenía cuando hablaba solo o cuando hacía que rezaba o, quién sabe, rezaba verdaderamente.
Los niños, invariablemente, se paraban ante él y, con ellos, los mayores que, a la amabilidad del pedigüeño con los pequeños, solían corresponder con la pieza de euro o de medio euro. Los niños, que ya se habían hecho a él, cuando llegaban a la Plaza de los Jardinillos corrían a la puerta de la iglesia con un trotecillo alegre y una cierta familiaridad. Machado, arrodillado entre aquellas fieras prehistóricas, dejaba entonces de mirar al frente o a los cielos y salía de su tránsito momentáneamente para dirigirles una afable sonrisa y hacerles enseguida carantoñas.
- ¿Cuántos dinosaurios tienes, Machado?
- Pues ahora tengo cinco, pero voy a quitar dos porque tengo mucho gasto. Aparte del peligro, claro.
Cuando algunas noches Machado iba cayéndose, borracho, por las calles oscuras, estrechas y menos transitadas, sus conocidos le decían con un punto de guasa y punto y medio de crueldad burlona:
- Pero, hombre, doctor Machado, ¿no le daría a usted vergüenza que sus clientitos buenos, esos del euro, le viesen así, en este estado?
- Pues no. Porque son ya mayores y ellos mismos, por pudientes, no deberían ser ajenos a la compasión y, por el contrario, su cultura y humanidad debiera hacerles empatizar con mi desgracia y comprender mejor que otros impíos lo triste que es el sino de mi vida -respondía Machado con la boca pastosa pero con mucha dignidad y tino.
- Pero, ¿qué me dice de los niños?
- Ahí sí. Eso es verdad. Por ellos me daría vergüenza. Pero como, a estas horas, están acostados. Pero sí, lleva usted razón, ahora mismo me recojo.
Y, como podía, Machado desaparecía con paso vacilante y apoyándose en las paredes, hasta que se perdía en la oscuridad del barrio viejo en busca de acomodo, con sus dinosaurios, en cualquier rincón oscuro o en alguna casa abandonada o en ruinas. Y es que la borrachera le daba a Machado un aire de sumisión respetuosa.
El Renuncia le había conocido cuando llegó a la ciudad, aproximadamente en la misma época que él. Se alojó bastante tiempo en La Gavina pero, desde que ocupaba puesto fijo en San Onofre, ya no subía por lo del Simancas. Seguramente era para no alejarse del puesto de trabajo, evitar el absentismo laboral y, sobre todo, no incurrir en abandono del servicio, falta muy grave hasta en los cargos oficiales.
Algunas veces el Renuncia se sentaba en los Jardinillos y pasaba el rato observando la teatral cuestación diaria de Machado. El doctor Machado, pobre pero desprendido, sólo se dirigía al Renuncia en los intervalos que hacía en su horario de mendicante y, en la tasca más cercana, le invitaba a café o a lo que tomara. En días afortunados, como había sucedido en ése, almorzaban juntos o algo parecido. Que la amistad desinteresada no se reserva sólo a los magnates, y la largueza es más propia de los espíritus de los seres nobles que de los bolsillos de los acaudalados.

2 comentarios:

palomamzs dijo...

¡Qué bueno!, Soros, me ha gustado mucho. Tu escritura me recuerda un poco a Delibes.
Describes muy bien a los personajes, la chica me ha recordado a una que dormía en la entrada de una tienda de mi barrio, siempre me fijaba en ella porque era guapa aunque ajada o vieja joven, como has dicho tú. Y lo de los dinosaurios, es genial, tenía visión comercial el doctor Machado.
Y ahora, aclárame, ¿qué es un perro garabito?

Soros dijo...

Palomamzs, muchas gracias. Veo que también lees con avidez.
Pero, por lo demás, Delibes era un maestro y lo mío no pasa de afición.
Machado no nació en mi imaginación. Existió, ya no sé si existe, de verdad.
Un perro garabito es un perro mestizo, un mongrel, un "mil leches". Perdonada sea la manera de decirlo.