04 septiembre 2014

XXI.- El Renuncia: En camino

¿Cuándo vendrás amor?
¿Cuándo vendrás a verme?
Que los días se desvanecen,
y mi cuerpo se vuelve de arena, sin verte.

Caminaban el viejo y el Renuncia otra mañana más. Por fin había dejado de llover. Serafín iba recordando las noches de lluvia bajo la chapa de su coche viejo. Órgano, en la negrura de aquellas noches, de conciertos irregulares o monótonos de gotas imprecisas e improvisadoras o, a veces, regulares. Las variables sinfonías de los arreones del agua del cielo, allá en el corral del Mondacimas, se le antojaban viejas y borrosas, como si el tiempo las hubiera envuelto en su neblina y, el hecho de rememorarlas, las volviera aún más usadas y sobadas.
El viejo se acordaba del olor a humedad secular de su escalera, y de las manchas de aquélla en ésta, y del olor a cocido y a guiso antiguo de cebolla repartido por igual y por doquier en las paredes, los rincones, los techos y los suelos de su piso de siempre en la calle de la Madera.
-        Es bonito oír cantar a una mujer haciendo las labores de su casa.
-        Sí que lo es, Serafín. Pero, aparte de eso, quién sabe cuál será el amor que la mujer añora.
-        ¿Cuál ha de ser? Será el de su novio o el de su marido o el de su amante que, cantando así, no tiene por qué descubrirlo ni ella descubrirse.
-        Puede que sea así, Serafín. Pero el corazón de las mujeres suele ser mudo y, para el amor perdido, las más de las veces suelen guardar el mejor recuerdo, por eso de que, como no fue realidad o no lo es ya, puede imaginarse a conveniencia.
-        ¿Y cree usted que las mujeres, siempre tan prácticas, guardan ese recuerdo tan celosamente?
-        Así lo creo, Serafín. Porque es la realidad la que se empeña en que refuercen los tales recuerdos. Rara es la que consigue en la vida lo que quiere, por no decirte, abiertamente, que lo que hayan en ella suele decepcionarles de continuo, por más que, las más de las veces, hagan por disimularlo y les dé por decir que son todo lo felices que habían deseado.
-        Pero, igual les ocurrirá a los hombres.
-        Te engañas, Serafín. El hombre es menos imaginativo y, al conformarse con poco, piensa que puede conseguir lo que desea y, cuando lo hace, aún da por mucho lo conseguido. La mujer es el motor del hombre, es la que le espolea como si lo montara y, los más de ellos, a nada llegarían si no fuera por su jinete. La mujer está hecha para progresar o para el progreso, según se mire. El hombre se parece más al buey, más hecho a la comodidad del pasto y de la holganza.
-        Y, entonces, ¿nosotros dos, qué somos?
-        Un viejo al que el juicio le ha llegado con tardanza y un iluminado que, sin saber lo que hace, camina por las trochas desconocidas de la suprema sensatez. Aunque también te digo que, para la estampa que das, más te valiera ser un poco más listo y un poco menos joven. No obstante, la naturaleza corregirá lo segundo y, lo primero, si tienes suerte y pones voluntad, se irá acrecentando  con lo que aún has de ver y con la reflexión sobre lo que ya tienes visto. Que todo ayuda.
Y así se alejaron los dos, sin darle más vueltas a la cosa. Como si cuanto habían dicho les hubiera llegado con el aire fresco de la mañana y, con la misma fresca, se hubiese marchado.
Como dos motas pardas se perdieron camino adelante mientras la canción de la mujer, añorando su amor verdadero o sólo imaginario, resonaba ya sólo en sus mentes.

21 abril 2014

XX.- El Renuncia: La salida

El día que decidieron salir de la ciudad madrugaron. La víspera habían hablado de por dónde salir. No tenían preferencias por lugar alguno e idearon marchar por el camino que antes les sacara a campo abierto.
Así, aquella mañana, antes de que el sol saliera, dejaron las calles del centro. Lo hicieron con paso silencioso y ligero, como si no quisieran despertar al amigo que se deja, a ese amigo de siempre que un barrio viejo representa.
Enseguida comenzó a sentirse el lento avance de la marea de la urbe despertando y, por contra, su pasó se aceleró deliberadamente para escaparse en una huída meditada y silenciosa. Querían alejarse antes de que la ola urbana, definitivamente, se encrespara.
Así, con decisión, pero también un poco de nostalgia, se encaminaron hacia la circunvalación paralela a la Avenida de la Bicicleta. Con la primera luz del día, oculta todavía por los cerros del Este, cruzaron la autovía por uno de los túneles que había bajo ella. Las aguas y los fríos habían alejado de él a los desahuciados que lo ocuparon durante el buen tiempo. Sólo quedaban basuras, excrementos, un olor hediondo y un colchón en el que, como en un mapa, el moho, la humedad y las manchas habían dibujado contornos de un modo aleatorio y caprichoso. Al salir del túnel el aire se hizo de nuevo respirable.
Sentían intensificarse la luz a cada paso como en esas obras de teatro en que, con la luz artificial, se simula el avance de los amaneceres.
Ya caminaban por un camino irregular, de tierra blanquecina, poblado de piedras al albur, erosionado por las aguas y con profundos sonruedos de tractores.
Al llegar a las ruinas de una granja, donde acababan las labores, MP se detuvo. El camino se transformaba allí en sendero. Las tierras de cultivo limitaban con el inicio de una ladera pina, con un barranco que la hendía por medio.
-Mira, Serafín, esa es la Cuesta La Culebra. Hace muchos años, en ese barranco, murió un niño. No lo había recordado hasta este momento.
-¿Conocía usted al chico?
-Sí.
-¿Qué le ocurrió?
-Murió sepultado en una cueva. Tuvo una agonía lenta y larga. Metieron un tubo para que respirase mientras intentaban rescatarle. Incluso llegaron a hablar con él. Pero todo fue inútil. Recuerdo, sobre todo, los gritos de la madre cuando se lo dijeron.
-¿Y cómo le ha venido a la memoria?
-No lo sé. Tal vez porque es el único lugar en el que hay sitio para todo: para lo nuestro, para lo ajeno, y hasta para los niños muertos. Quizás porque en la memoria, igual que en el campo surgen flores silvestres, brotan, inesperadamente, recuerdos pequeños, de hechos diminutos o nimios que, en su intrascendencia, nos llenan de desazón ante lo que no comprendemos. Y también porque me he imaginado al grupo aquel de niños huracando, cada día un poco más, en la cueva que un día iniciaron, hasta que, carentes de cálculo, se les vino encima. A las personas, teniendo el cálculo del que los niños adolecen, nos pasa muchas veces lo mismo, que cae sobre nosotros esa cueva en que, a veces, nos empeñamos en convertir nuestra existencia.
MP comenzó a caminar, ya sin prisa, por el sendero. Éste se iba haciendo cada vez más angosto. Cuando llegaron a media ladera las aliagas, a ambos lados, casi lo cerraban. Tardaron media hora en culminar.
En lo más alto, los dos se volvieron. Contemplaron las tierras que habían atravesado. Lejos quedaba la autovía, rutilante en la distancia por los brillos veloces de los coches, y, al fondo, la ciudad que, en la lejanía, era sólo una imagen estática y muda a la luz oblicua del amanecer. El ruido lejano era sólo rumor. Se recrearon, los dos silenciosos, un rato en las vistas.
Unos grajos graznaron en el barranco del niño muerto y una perdiz cantó a lo lejos, a golpes, con su voz de carraspera. A Serafín, los nuevos sonidos le parecieron un saludo; Macario estaba absorto en la ciudad, sabiendo que, con el gesto sencillo de girarse, se despedía de ella.
Y luego, quedaron los dos solos en el campo abierto.

20 abril 2014

XIX.- El Renuncia: Los preparativos

MP tan pronto como terminó la cena, excitado por los acontecimientos del día y, sobre todo, por la inesperada decisión que a sus años había tomado, se acostó. A los cinco minutos, sus ronquidos profundos y regulares proporcionaron un palpitar propio al piso viejo y destartalado de la calle de la Madera. Al Renuncia, acostumbrado a los conciertos nocturnos polífonos y descompasados de la fonda del tío Simancas, aquel solo rítmico y nasal le pareció un murmullo somero, incapaz de turbar su descanso. Serafín, tras las chuletas fritas con pimientos que cenaron, se había echado a dormir en el sofá bajo una manta que le había pasado el viejo.
Se despertó Serafín, abruptamente sobresaltado por el rumor bronco, salpicado de alaridos de sirenas, del tráfico del centro. Permaneció unos instantes desorientado, abrumado por un fragor que ya sólo tenía en el recuerdo. Tan abrumador era el clamor urbano, que Serafín buscó con ansia la claridad del día. Ésta había sido su despertador silencioso últimamente y, al encontrarla irisando los visillos y darse cuenta de que, aún tenue, estaba comenzando a entrar en la pieza, se tranquilizó. Se incorporó, apartó la manta, y quedó sentado en el sofá que le sirvió de lecho. Sobre la mesa baja había un cenicero, con la mitad apagada del cigarro que don Macario le ofreció, y las dos copas de coñac, vacía la que bebió su anfitrión, y con medio dedo la suya. Tomó el medio cigarro y lo encendió. La primera calada le supo agria y apestosa. Se llevó la copa a los labios y apuró el medio dedo de coñac de una vez. Le escoció ligeramente la garganta y, para compensarlo, aspiró de nuevo el cigarro recién encandilado. No se oía ya ronquido alguno o, tal vez, si lo había, la estridencia aguda de la calle lo tapaba.
Se sorprendió pensando en lo que iba a dejar. Pero, enseguida, pensó que no dejaba sino una cosa dentro de otra. Se dijo si la vida no sería un abandono concéntrico de cosas. Porque, hasta él, seguía manteniendo pertenencias y, por insignificantes o intangibles que fueran, a todas les cogía apego. Era, se dijo, como si la vocación natural fuera el tener y el único acto que requiriese de la voluntad fuera el abandonar.  Y se sintió viajero de una noria que le subía a lo alto y que de inmediato le devolvía a ras del suelo. Dejaba cosas para, sin remedio, conocer otras y apegarse de nuevo a ellas. El Renuncia se sentía niño con sus pensamientos. Y, se decía, que al tener nunca se le acababa el fondo pero, al desear, tampoco se le apagaban los anhelos y las ansias. El tener pesa y el desear nos vuelve tan ligeros que volamos. Y cayó en la cuenta de que le habían engañado con aquello de que es mejor tener que desear.
En eso andaba su cabeza, cuando se levantó don Macario. Sin muchas palabras, se fueron los dos a trastear a la cocina y desayunaron sendos tazones de café con leche y galletas María. Luego se adecentaron un poco en el servicio y cuando ambos, en su concepto y medida, se encontraron presentables salieron a la calle.
Una vez en la tienda de sofisticado material deportivo, se dejó don Macario aconsejar por Serafín en la elección de la impedimenta necesaria. Pero antes, MP despotricó a modo sobre la moda deportiva y sus tendencias. También abominó de todo aquel diseño, que el dependiente, deshecho en explicaciones técnicas y con un alarde de palabras extrañas, se empeñaba en mostrarles. Terminaron por comprar botas aparentes, sacos de dormir, macutos y otros pequeños aditamentos que, aunque don Macario consideró pijoterías vergonzantes para el equipo de un hombre, Serafín estimó necesarios. Finalmente, vino el poner el grito en el cielo por los precios que, naturalmente, eran muy altos para estar acordes con la elevada tecnología de las prendas y objetos. Pero MP, al fin, dejó de protestar porque consideró que no era buen comienzo el iniciar aquel periplo indefinido montando una gresca de calado con el de la tienda y, menos aún, con el compañero, que habría de serlo, de fatigas.
Como invirtieron la mañana entera en aquella tarea, se metieron a comer en una taberna cercana de parroquianos tan abundantes como vocingleros. Pidieron un consistente menú del día a base de judías con chorizo, huevos con morcilla, frasca de morapio y, de postre, cuajada. Y andaban ya en la sobremesa, rematando el vino, cuando el Renuncia dijo, en tono reflexivo:
- No termino de entender, don Macario, como me veo metido en esto. Casi me parece que lo estoy soñando.
- Hay momentos lúcidos en los que, sin tener evidencia de nada, lo ves todo claro –contestó con parsimonia MP- Te das cuenta de que en cada momento hay algo nuevo que descubrir. Algo inesperado que súbitamente aparece e ilumina una parte, hasta entonces oscura, de tu entendimiento. Pero, a la vez, tampoco es que descubras sino lo obvio, como tantas veces pasa –hizo una pausa, tomó un sorbo del vino y siguió- A los viejos nos acude periódicamente la verdad al ánimo, sin aviso, como las aves migratorias que cada año vuelven impertérritas y machaconamente a sus sitios. Y fíjate, Serafín, en medio del estrépito de este bar, veo las cosas como son, aunque tantas veces me he obcecado en verlas de otro modo. Dentro de nuestros seres todo es secreto y todo anda anegado en el agua tibia de la soledad y el miedo. Da igual que seamos hombres o mujeres, el fenómeno se repite indefectiblemente y sin fallos. En todos nosotros ocurre lo mismo, como si fuéramos diminutos relojes de sangre y conciencia. Pero hay momentos de especial lucidez, de una clarividencia inesperada que apenas necesita de palabras o, mejor, que no las necesita en absoluto. Entonces algo, que permanecía oculto, se desvela. Sucede sin dramatismo, sin conciencia apenas de que se produzca, sin causa, pero, por una vez, con la certeza de que algo nuevo ha sucedido en tu interior; de que, de repente, has aprendido algo más y, sobre todo, algo sorprendente e inesperado. Admira más la forma en que se produce que el hecho en sí. Y esto fue lo que me ocurrió ayer, amigo Serafín. Fue un día de clarividencia que, en estos momentos y gracias a ti, me ha puesto la cabeza donde debe.
- No comprendo el porqué, don Macario. Pero, si usted lo cuenta con ese convencimiento, de algo serio e importante para usted debe tratarse.
- No me interrumpas con cumplidos. Te hablo de la vida de los seres humanos, no te estoy contando anécdotas personales. Lo que estoy diciendo tiene que ver más con la capa de la soledad, a la que todos estamos avocados, y con la boca del miedo, entrada de la caverna adonde los años terminan por llevarnos. No te hablo de lo que damos cotidianamente por importante o por sabido, porque esto queda siempre atrás.
- ¿Y en medio de este estrépito es usted capaz de concentrarse en tales cosas?
- Y aún en medio de una tempestad sería capaz de hacerlo. Nada de lo que nos acontece aparece porque sí. Todo obedece a circunstancias personales que se aprovechan o no.
- ¿Es, entonces, una especie de lotería?
- En cierto modo sí. Es la lotería del pensamiento. En ella, quienes más piensan, pueden tener alguna posibilidad de ser premiados y quienes deambulan por ahí, sin plantearse nada, no pueden serlo de ningún modo. Y te digo esto, porque la casualidad, que ha hecho que nos encontremos, nada habría producido si nosotros dos no fuéramos personas de pensamiento y, por tanto, seres ajenos al común de los conversadores, saludadores, fumadores, comedores y bebedores que en este momento nos rodean y nos invaden con su efímero bullicio. Ese bullicio, que es la forma más sofisticada de disfrazar de algo lo que sólo es la matanza del tiempo, ese bullicio, al que por, otra parte, somos tan aficionados y tanto nos distrae.
- Pero, quienes nos rodean son gente común, personas como nosotros.
- No te engañes, Serafín, son personas que pudiendo o aparentando ser como nosotros, no lo son. Nadan en la superficie de las cosas, pero nosotros no. Nosotros estamos hundidos en las cosas, metidos dentro de ellas. Ellos son náufragos y nosotros nos hemos dado ya por ahogados, y vagamos sin miedo muchos metros bajo la superficie que ellos sobrenadan. Apenas compartimos con ellos la especie. Nuestras vidas tienen que ver con las suyas lo mismo que la de un halcón con una almeja.
- Muy clasista le veo, don Macario. ¿No le estará sentando mal el vino? –dijo Serafín por banalizar tanta profundidad.
- No te tengo por tonto, Serafín, así que no me contradigas ni me contraríes por esa moda, tan vigente como idiota, de la controversia insulsa.
- Dios me libre –dijo Serafín, muy serio ahora, pensando que, tal vez, su compañero iba a contarle algo aún más sorprendente y desconocido.
Sin embargo, el otro calló y estuvo un rato pensativo. Ambos miraban distraídamente a la gente que, ajena a sus honduras, llenaba todos los espacios del bar con su presencia, sus conversaciones y sus voces. El viejo se había trasmutado de repente en un ser cansado, no por la algarabía reinante, sino cansado de verdad, aterido por el frío escandaloso de toda aquella inconsecuencia que les rodeaba.
Al cabo de un rato el viejo dijo:
-Me gustaría poder describir lo que siento. Pero para mí, que no he renunciado a nada en mi vida, resulta difícil. Tal vez tú, Serafín, que eres un ser más puro, alguna vez seas capaz de hacerlo. Puede que ahora ni siquiera lo pienses pero, el día que te llegue la hora de sentir las cosas que se ocultan bajo tanta superficie, puede que hayas aprendido a hacerlo y, sin darte cuenta, lo hagas. Quizás tú, amigo, reúnas algún día el talento necesario para ello.
Serafín, viendo al viejo súbitamente tan marchito y lejano, no abrió la boca. Le miró y sintió como aquél, sin atender a su mirada, apreciaba la caricia atónita y comprensiva de su actitud respetuosa y sorprendida.
Y así, quedaron los dos tranquilos y con las ánimas suspendidas entre el griterío festivo que les circundaba. Conformes a la fuerza. Sumergidos bajo aquella superficie ruidosa.

19 abril 2014

XVIII.- El Renuncia: El proyecto

Dejaron la taberna e iba Serafín a despedirse, para emprender su caminata de vuelta a La Gavina, cuando don Macario le propuso tomar café en su casa.
- Hombre se agradece el detalle pero, si se me hace tarde, tendré que pernoctar en la calle y no me gustaría.
- No se preocupe que, llegado el caso, algo se nos ocurrirá.
Así se encaminaron tranquilamente hacia el pisito antiguo de MP, en la calle de la Madera, que no quedaba lejos.
Era un segundo piso. Según subían los peldaños de madera gastada, percibió Serafín los olores antiguos que impregnaban escaleras y rellanos, pisos, paredes y puertas. Eran una mezcla rancia de humedad y guisos populares los que, entremezclados, daban al edificio un aroma particular que el Renuncia no supo calificar porque, no era desagradable ni tampoco placentero del todo.
Abrió con parsimonia MP los dos viejos cerrojos que cerraban la puerta de su piso y cedió cortésmente el paso a Serafín para que entrase en la vivienda. La luz tenue, que procedía de la única ventana, pasaba a través de una puerta, de cristal traslúcido en su parte superior, que daba desde la pieza principal al minúsculo recibidor. De éste salían otras dos puertas, la una, a una estancia alicatada de blanco y con una cocina económica de hierro fundido sobre la que había un hornillo de butano, y, la otra, a un dormitorio oscuro con un cuarto de baño adosado, pequeño y añejo, cuyos grifos goteaban casi silenciosamente. En menos que tardó el Renuncia en apreciar esos detalles, ya había terminado el viejo de enseñarle su vivienda.
Le condujo luego al comedor, la pieza más alegre por la luz que le venía de fuera. La única ventana era de dos hojas con visillos, cenicientos por el uso y amarilleados por el tiempo, que tuvieron un lejano pasado de blancura. MP le hizo seña de que se sentase.
Serafín se sentó en el sofá, frente a una anticuada librería de formica brillante. MP, con parsimonia, sacó, abriendo la puertecilla abatible de un compartimento del mueble, una botella de coñac mediada y dos copas abombadas, ni grandes ni pequeñas, que llenó sin consultar. Dejó abierta la puertecilla del mueble y así quedó encendida una minúscula lucecita que tenía dentro. Se dejó caer en el único sillón de orejas y alargó una de las copas al Renuncia.
MP bebió un sorbo largo de su copa y fijó después la vista en la pared. Le pareció a Serafín que miraba una foto de una pareja que, sin duda, sonreía esperanzada por lo reciente de su boda. Adivinó el Renuncia que aquel era el fantasma que recordaba a don Macario su implacable soledad diaria. Y, con esa solidaridad espiritual que tanto le gustaba ejercer, ya iba el Renuncia a decir algo amable cuando la voz de MP le cortó el revesino.
- Esta casa es mi ataúd. En ella voy saboreando, a mi pesar, lo inexorable de mi condición, de mi futuro sin esperanza, ni alegría alguna. Aquí degusto a diario mi derecho consolidado al tedio. Siempre he pensado que irme de esta casa sería desertar, intentar vanamente contravenir mi sino, que ya daba, hasta hoy, por trazado. Sin embargo, es éste tan triste y lo tengo ya tan paladeado, que esa locura, que usted me ha propuesto hace un rato, me ha tentado.
- Sí, pero yo…
- No, no hace falta que se justifique. De sobra sé que es una insensatez, una petulancia, por mi parte, atreverme a iniciar un conato de vida nueva. Porque, al fin y al cabo, esa es la condición que tiene para un hombre, a mi edad, iniciar un viaje a pie, sin saber si tengo fuerzas para ello, y, por demás, cuando el camino carece de destino y de finalidad, excepto la del viaje en sí. Es justamente lo que jamás he hecho en mi vida. Por eso estoy seguro de que, independientemente de lo insensata que pueda ser mi osadía, emprenderé una acción por mí nunca intentada y, si le soy sincero, ni tan siquiera imaginada.
- Bueno, yo, fundamentalmente, hablaba en teoría. No quisiera, don Macario, que por mi culpa abandonase usted este paraíso de paz del que disfruta en solitario y, sin proponérselo, se embarque usted también en este mundo de la renunciación sin meditarlo bien.
- Meditaciones razonables son las que atiborran desde siempre el cuenco de mi cabeza. No puedo criticar un día más lo marchito de cuanto me rodea y que, por lo que veo, me lleva indefectiblemente a la inercia, a la anuencia y al desánimo. Y, aún temiendo que me hayas contagiado en parte tu locura, pienso que será más razonable ponerle un punto de ilusión al final de mis días. Aunque sea un inconsciente, como tú, quien me lo venga a sugerir. Al fin y al cabo, la sabiduría quizás tenga más que ver con la ilusión que con lo rutinario.
- No me ofende, don Macario, con su sinceridad. Pues lo mismo que dos manos tiene el hombre y la una se auxilia de la otra, y los viejos segadores llevaban la hoz afilada en la una y la zoqueta roma en la contraria, y siendo ambos instrumentos tan distintos se complementaban,  lo mismo la conjunción de dos espíritus dispares y, a veces, contrapuestos, pueda dar resultados valiosos e incluso sorprendentes en el diario trajinar. Así que, tan pronto como se decida, estaré dispuesto a despedirle y desearle la mejor de las suertes.
- ¿Cómo a despedirme? ¿Es que no piensas acompañarme en acontecimientos tan nuevos para mí? ¿Piensas dejar a este viejo a la aventura, luego de ponerle la miel en los labios? Es tu compañía cuanto necesito para partir, ese es mi equipaje imprescindible. ¿Cuento con ella?
- Me obligará usted a dejar cuanto tengo que, en este momento, es lo que quiero. Mientras que usted hará lo mismo pero por voluntad de buscar cosas nuevas. Tendré que pensarlo.
- Vaya, estaría bonito. Yo creía que eras un renunciador natural y, sin embargo, veo que te sientes atrapado por la situación que tienes, basada en todo lo que no tienes pero circunscrita a un lugar. ¿Ha quedado atrapada tu renunciación por un lugar y una situación? Por lo poco que te conozco, no me cuadra que me digas que tienes que pensarlo. Sepas que contigo cuento y, en principio, mañana nos pondremos, los dos, manos a la obra.
- ¿Cómo manos a la obra?
- Pues sí, porque tendremos que comprar algunos efectos que posibiliten nuestra supervivencia de transeúntes del mundo. Aunque tampoco estaremos siempre al albur, que yo, que no tengo hecho voto alguno de renunciación, no pienso renunciar a mi pensión aunque me disponga a padecer o a disfrutar, que ya ha de verse, con aquello que me ofrezca la vida errante.
- En ese caso, yo, que nada aporto ni aportaré, le ayudaré en todo lo que pueda y, siendo más joven, soportaré las cargas y los trabajos más duros. De otro modo, no podré aceptar.
En ese momento MP se acercó al estante iluminado de donde había sacado la botella y sacó de una caja metálica dos puros finos, tendió uno a Serafín y luego, tras darle fuego, prendió el suyo.
- Fumemos estos cigarros y tomemos estas copas para sellar nuestra sociedad, recién creada, de ociosos errantes. La SOE.
- Fumemos, don Macario.
Y aspiró el Renuncia su cigarro, gozoso de ascender otro grado en la renunciación a instancias de quien menos pensaba.

09 abril 2014

El control de lo nimio

Al llegar al coche, tras unas horas de caminata por las foscas de barrancas y pinares, me estaba esperando la Guardia Civil. Estaban junto al coche que había dejado al amanecer en el culo del mundo. Nada más verles, saqué la munición de los dos cañones de la sobada escopeta y, seguidamente, desmonté ésta. Entonces me acerqué al automóvil de los guardias y uno de ellos se bajó.
-        Buenos días.
-        Buenos días.
-        ¿Al rececho del corzo?
-        Sí. Al rececho.
-        Por favor, carnet de identidad.
Y les mostré el carnet. Luego, las peticiones siguieron con monotonía burocrática: Licencia de armas, guía de la escopeta, seguro de caza, licencia de Castilla-La Mancha, tarjeta del coto, permiso para el corzo, autorización del titular del coto, precinto para la pieza abatida. Para satisfacción de los guardias y, sobre todo, mía, todo estaba correcto.
-        Ha de mostrarnos la munición que lleva. Ya sabe que a la caza mayor sólo está permitido dispararle con bala.
-        Comprueben que sólo llevo balas –dije mostrando el chaleco.
Así lo hizo el guardia y luego dijo:
-        Hemos de ver el macuto por si lleva piezas no permitidas.
-        Sólo llevo en él unos prismáticos, pero aquí lo tienen. Compruébenlo.
Tras de hacer las comprobaciones, me indicaron amablemente que había de abrirles el coche por si en él llevaba alguna pieza cobrada con anterioridad o prohibida.
Abrí el coche y ellos comprobaron que nada de lo dicho había dentro.
Después de todo ello, el guardia me saludó y amablemente dijo:
-        Muchas gracias.
-        Que tengan buen servicio –respondí yo en idéntico tono.
Mientras el coche de los guardias civiles se alejaba me quedé pensativo. Para salir al campo en busca de un animal salvaje, me paré a contar todos los requisitos. Si no me equivoco, fueron doce. Repasé los papeles y los ordené. Volví a guardarlos cuidadosamente en la vieja carterilla y los puse de nuevo en el bolsillo del chaleco.
Según arrancaba el coche, no llegaba a entender cómo era posible, con tanto control para lo nimio, que escaparan de balde tantos defraudadores, explotadores, corruptos y granujas, a gran escala, como pululan por el país. No era posible. No podía ser. Algo fallaba. Sin duda algún matiz se le escurría por sus añejas grietas a mi pobre y caduca inteligencia.

07 marzo 2014

XVII.- El Renuncia: La tasca

El Mesón Zuriza estaba lleno. Atendía la barra un hombre menudo, nervioso y parlanchín pero de gesto serio, que hablaba mientras tiraba cañas y, sin perder comba, contestaba a las intervenciones de los clientes con un desparpajo inusual:
- Pónganos dos cañas, caballero –pidió con seriedad castiza MP.
Mientras tiraba las cañas el camarero le soltó esta retahíla:
- Caballero es dignidad otorgada por el rey mediante un golpe de espada sobre el hombro y, como yo soy republicano, dudo tanto de que el rey me lo diera como de que yo le permitiese el dármelo. Por otro lado, llámase también caballero al hombre armado que, en el medioevo, era izado a una montura, pues él sólo no podía subir, para participar en hechos de guerra u otros lances de armas. Así que, como ve, no me encuentro en el caso de poder ser llamado de tal modo.
- También lo es el que monta a caballo –contestó MP, algo molesto por el inesperado e impertinente discurso.
- No señor, que ése, por tal hecho, sólo es jinete –replicó el camarero que parecía tener respuesta para todo.
- Entonces cómo tengo que llamarle para que me ponga las cañas de una puta vez –rugió MP.
- Pues compañero o camarada no estaría mal. Son términos que me gustan, palabras que me agradan, que transmiten un afecto humano y cordial…-dijo el otro con voz intencionadamente melosa.
Sirvió las cañas a MP y a Serafín y cambió su punto de atención.
Los parroquianos se agolpaban en la barra mientras el nervioso hablador que la atendía no paraba de rajar a la vez que tiraba cañas y ponía pinchos, vinos y raciones.
- Danos un vino bueno, de ese que pones en esas copas grandes –pidió un parroquiano orondo con las mejillas coloradas.
- Pedirlo en copa grande es no decir nada, pues bien puedo ponerle en ella un vino peleón, si es copa grande lo que desea. Otra cosa es que me pida Somontano o Ribera del Duero o Chacolí o Rioja o Alvariño o Ribeiro o Ribeira Sacra o Contraviesa o Priorat o Toro o Jumilla o Bierzo o Requena o Ampurdán o Valdepeñas o La Mancha o…
- ¡La madre que lo parió! –dijo, ya mosqueado, aunque por lo bajo, uno de los clientes.
Y así, ese hombre menudo que no paraba, iba de un lado a otro de la barra apostillando las peticiones que le hacían los clientes a la par que, con rapidez, les servía.
- ¡Venga, hombre, pídele ya! –le urgió un parroquiano al compañero que estaba junto a la barra.
- Espera, hombre, que aún no estoy preparado, dame tiempo para concentrarme y hacer la petición debidamente, ponderando, como es menester, el preciso peso de mis palabras.
Los dos hombres se sientan y se toman las cañas. Una camarera menuda, talluda y callada, en contraste con el parlanchín de la barra, se les acerca y les pregunta si quieren comer algo. Tienen un menú dominical de 12€ pero no les conviene y, tras un breve intercambio de opiniones, piden dos raciones de callos con pan y una jarra de vino tinto mediana.
- Estoy harto de la misma rutina.
- ¿De qué rutina? –preguntó Serafín.
- De la de la vida. Es siempre lo mismo. Primero la sufrí cuando fui conserje y ahora, de jubilado, que esperaba tener una vida nueva, plena y sólo mía, compruebo que todo se convierte en rutina y más rutina.
- ¿Cómo puede hablar de rutina un hombre de posibles como usted? ¿Un hombre de su solvencia, que puede ir aquí o allá sin los impedimentos de quien carece de fortuna y sólo puede moverse al albur de sus benefactores, como, verbigracia, es mi caso?
- Su caso no lo sería, si usted volviera a su empresa.
- No puedo, ya lo sabe. Sería ir contra mis principios. Traicionarme a mí mismo. Bien se conoce lo ajeno que le es a usted el voto de la renunciación.
- Mira, Serafín, cada día tengo menos paciencia. No me creo que puedan crearse a corto plazo relaciones profundas entre las personas. Desconfío de la mojigatería que rige el mundo. Me asquea el sentimentalismo de tanto pie de foto. No me convencen las expresiones apasionadas y sentimentales. Me repatea la gente que se empeña en contarme por qué no hizo bien algo. Me descomponen las sobreactuaciones. Tengo alergia a los cumplimientos sociales y a sus expresiones. Cada día aspiro más, únicamente, a que me dejen en paz. Sé que esto es imposible, pero aún no le está vedado a nadie exponer sus deseos. Ni siquiera sé por qué le aguanto a usted sus peculiaridades –iba a decir excentricidades pero MP cambió la palabra a tiempo con inesperado tacto.
- ¡Huy, qué cúmulo de protestas! Usted lo que necesita es un cambio drástico en su vida, algo que le aleje de todas esas rutinas a las que está usted acostumbrado… Creo que ya sé lo que usted necesita: un viaje.
- ¿Cómo que un viaje?
- Sí, don Macario, todo en la vida es similar a un viaje. Hasta los términos que siempre se emplean son propios de un viaje. Siempre se han planteado los pensadores que no sabemos de dónde venimos ni adónde vamos. Así, si consideramos la vida como un viaje, cosa que yo doy por sentado y por indiscutible, y, en un determinado momento, nos ponemos en camino, nos encontraremos viajando doblemente, pues estaremos haciendo un viaje dentro de otro. Eso, créame, es lo que siempre viene bien cuando los espíritus, como en este caso el suyo, quedan anclados largamente en el puerto incoloro del tedio, la desgana y el aburrimiento.
- ¿Qué sugiere, que me apunte a esos viajes organizados de los viejos? Que a mis años vuelva al jardín de infancia, que viaje tutelado por un par de asistentes sociales y me lleven a ver promociones de productos que ni me interesan ni pienso comprar, y que, a cambio de eso, me paguen un menú del día baratito en cualquier hotel desierto de alguna provincia limítrofe, ¿Es eso lo que quiere? Porque, si es eso lo que me está diciendo, puede usted meterse el viaje por…
- No, don Macario, de lo que yo hablo es de viajar en serio.
- Pues entonces aún le entiendo menos, porque si he de viajar de otro modo no sé cómo me las voy a arreglar, si ni siquiera tengo coche.
- Tampoco le hablo de viajar en coche, ¡vaya ordinariez! Le hablo de viajar en serio y, desengáñese, hoy en día, el único que viaja de verdad es el que lo hace a pie. Se lo aseguro.
- Pero, ¿usted cree que estoy yo en condiciones de echarme al monte y de ir por ahí de la ceca a la meca como si no tuviera donde caerme muerto?
- Justamente. Viajar, como le digo, es la única manera de no acabar prematuramente muerto de aburrimiento, de tristeza, de falta de deseo por la vida, que no otra cosa es lo que le sucede. Pues sepa usted que el tedio es enfermedad de consecuencias peores que el cáncer, aunque esta ciencia nuestra, en la que tanto confiamos, no lo tenga por tal.
Don Macario no respondió esta vez airadamente, porque en la proposición de Serafín el Renuncia había algo que le llamaba la atención, aparte de la originalidad.  Y era la total fe de Serafín en su discurso.

06 marzo 2014

XVI.- El Renuncia: Los poetas callejeros

Un muchacho de rostro sereno y gesto agradable, aseado, modesto en su atuendo pero no mal vestido, se acercó. Cuando se encontró a su altura enseñó los dientes blancos con la mejor de sus sonrisas y, acompañándose de una mirada limpia y directa, les dijo:
- ¿Quieren colaborar con nosotros?
- ¿A qué llamas tú colaborar? –le espetó MP con cara de pocos amigos.
- Primeramente a que me escuche y después, si le parece, a que contribuya al sustento de mi compañera y al mío, ambos servidores de usted, y, de profesión, poetas.
- Tú dirás –dijo MP, mosqueado como cada vez que alguien le abordaba por la calle.
- Estamos haciendo poesía para no morirnos de hambre – y le tendió un fajo de hojas arrancadas de un diminuto bloc con poemas escritos a mano.
- Pues, si lo conseguís, tendréis mucha más suerte que el novecientos noventa y nueve por mil de los poetas –dijo MP sin tomar las hojas que le ofrecían, pero algo sorprendido por lo original de la propuesta.
- No crea usted, –dijo ingenuamente el muchacho- que hay días que sacamos para comer, y eso que somos dos.
- Pues entonces debe tratarse de una poesía muy buena y, ¿es vuestra?
- La que le voy a dar a usted sí –dijo alargándole una cuartilla plegada, que se sacó del bolsillo de atrás del vaquero, y que guardaba para los potenciales clientes que le parecían de cierta entidad.
MP la desdobló, carraspeó, sacó las gafas y leyó de mala gana:

“Se han marchado los gitanos que sembraron las higueras,
las matas de calabaza, los tomates, las chumberas…
Se han ido de la cañada al barrio de las cocheras,
donde la piel de pollino se hace chapa carrocera,
donde el ladrido del perro ya es aullido de sirena.
Apenas abandonadas las chabolas de madera,
de uralita, de cristales, de pladur y de escombrera,
con pisos de sintasol, tabiques de cartón piedra,
tres buldózer se disputan el terreno con fiereza,
muerden y arrasan con prisa, con miedo a que la miseria,
de inquilinos renovados, brote ocupando la tierra.
Mientras, las gitanas viejas, arracimadas de niños,
cargadas con muchas cestas, no saben mirar al frente,
siguen mirando a sus puertas y ven cómo van quedando
sus desvelos y sus días laminados por la bestia.
Se han marchado los gitanos que sembraron las higueras,
las matas de calabaza, los tomates, las chumberas…”

Cuando termina de leer los versos le pasa la cuartilla a Serafín que, tras leerlos, dice:
- Me recuerdan el último realojo de La Gavina.
- No es que se lo recuerde, es que de ese desahucio trata –dijo el muchacho.
- ¿Y a vosotros qué coño os importan los gitanos, es que no tenéis bastante con lo vuestro? –dijo MP.
- Las historias de todos son también parte de nuestra vida y, tal vez, aún lo sean más esas historias que, como ésta, nunca se escribirán, a menos, claro, que lo hagamos los poetas.
- ¿Y por qué los poetas? ¿Qué tienen de malo los periodistas?
- Porque los poetas escribimos desinteresadamente y hacemos de lo irreal cosa concreta y, a veces, trasmutamos lo desconocido en sentimiento y, a más razones, porque tenemos fama de no ser mentirosos, como pueden serlo los autores de otros géneros literarios. Porque los poetas, sépalo usted, hacemos que la realidad sepa a emoción propia, nunca al revés. Y cada uno de nosotros traducimos los sentimientos a nuestra lengua. En realidad, sólo somos traductores. Los periodistas siempre trabajan para alguien. Nosotros, los poetas, somos libres.
- Pero, ¿por qué defendéis a una gente que se instala donde quiere, como en una cañada, que ya lo dice el poema, en un terreno que no les pertenece?
- Porque si a los que no tienen nada se les niega el derecho a vivir en la calle, pretextando que la calle y aún los caminos medievales también tienen dueño, usted me dirá qué les queda a los desheredados.
MP, a su pesar, tuvo que callarse, pues el razonamiento del muchacho le había desarmado. Se echó mano al bolsillo y dijo:
- ¿Qué te debo?
- ¿Se le debe algo a quien te enseña a mirar? La poesía no tiene precio y muestra algunas veces lo que no sabemos ver. Ya me doy por pagado si le ha servido a usted para percatarse de algo.
- Muy bien contestado, –dijo Serafín- porque el poeta no escribe para vivir, escribe para que vivan los demás. Un poeta es un ser desprendido que no puede trocar su talento por dinero. Bien le daría yo cuanto llevara encima, mas nada llevo porque lo mío es también, sin ser en puridad poesía, la mera renunciación al mundo.
Vaya diálogo de altura para ser dos muertos de hambre, se dijo MP. Y dándole un euro al muchacho le devolvió la cuartilla y le deseó suerte. Se alejó el poeta, tras hacer una leve inclinación de cabeza, con esa dignidad y ese tipo escuálido de tardo adolescente, que el hambre le ayudaba a conservar.
Callados, continuaron caminando. Serafín orgulloso de haberse sincerado con un alma gemela, el poeta; Macario contrariado porque Serafín, a la primera de cambio, se hubiera puesto de lado del primer mindundi que les abordara por la calle. Pero, considerando el estado de Serafín, no le pareció raro que no pensase que tuviera nada que perder quien ya daba todo lo que no tenía por perdido. Y viendo que era hora más que cumplida dijo:
- Creo, Serafín, que podríamos comer algo.
- Bajo las premisas que usted ya conoce, don Macario, aceptaré honrado su invitación.
MP, dando un gruñido, dijo:
-¡Hay que joderse!
Y se encaminaron a una tasca cercana.

05 marzo 2014

XV.- El Renuncia: La mujer ideal

Serafín, tan pronto como don Macario se sentó a su lado, le puso en antecedentes sobre el doctor Machado. Cuando el Renuncia terminó, MP caviló un minuto antes de abrir la boca.
- Ese hombre no puede ser médico –sentenció MP.
- ¿Por qué no?
- Porque no se hubiera avenido a la condición que tiene ahora. Un médico, sea cualquiera su padecimiento, tiene recursos y está siempre respaldado para alojarse en una buena residencia y ser atendido sin pasar penurias.
- Le recuerdo que yo soy empresario, nada menos, y me hallo en esta situación por propia voluntad y decidido convencimiento.
- A usted le tengo por un caso raro. De esos que, siendo yo niño, decía el maestro de mi escuela que eran las excepciones que confirmaban la regla. Cosa, por cierto, que yo no entendía y que me parecía un modo de salir por encima. Porque, digo yo que a fuerza de excepciones, las reglas, en lugar de confirmarse, se desvanecerán. Pero así lo decía el maestro y así lo digo yo.
- ¿Es que usted no se ha visto nunca en situaciones en las que jamás había pensado en encontrarse?
- Pues sí, pero solamente cuando murió mi esposa. Durante el resto de mi vida han sido todos mis pasos calculados.
Sólo en ese momento se posó una sombra en los ojos de MP.
- ¿Hace mucho de eso?
- Poco más de dos años.
- ¿De qué murió?
- Murió a lo tonto. Un loco, o un borracho, o un drogado, o vaya usted a saber un qué, la atropelló en un paso de peatones.
- ¿Es que no se detuvo?
- ¿Es usted tonto? Ni se detuvo, ni lo detuvieron, ni se ha sabido de él o de ella hasta la fecha.
Serafín dejó de preguntar pues el ceño de don Macario estaba fruncido y su expresión era taciturna y también algo amenazadora.
- Las mujeres son la sal de la vida –dijo Serafín por ver si don Macario relajaba aquel gesto tan hostil de su faz.
- La mía era la sal, el vinagre, el aceite, el azúcar y todas las demás especias reunidas.
- Pues a mí, sépalo usted don Macario, lo que me gustaría es encontrar una mujer romántica. También yo, sin tener su experiencia, me he dejado seducir por el irresistible hechizo femenino. Verá usted: He soñado tantas veces con una mujer que fuera capaz de hacer mil y una locuras por amor, que hoy vienen parejas a mi mente las palabras mujer, ilusión y entrega generosa. Imagino una mujer a la que le interesen los hombres sencillos, que no busque más que a la persona, que no vea nada más en mí que el reflejo de su rostro en mis embelesados ojos. Sueño con una mujer que solamente busque que la quieran y que le den amor. Una mujer con personalidad y chispa, pero desinteresada. Alguien que no tema a los hombres sino que, al contrario, les inspire hondo respeto y cuyo atesoramiento de virtudes sea tal que, en lugar de deseo, inspire a los hombres fortaleza. No hace falta que sea guapa, aunque mi mente la imagine rubia, de ojos verdes, labios rosas y mucho corazoncito, usted ya me entiende don Macario. Sólo deseo que sea una de esas mujeres mucho más bellas por dentro que por fuera, de fuerte magnetismo pero de limpia atracción. Una mujer discreta que, a los hombres, más que inspirarles salaces frases al pasar, les haga pensar en el ser excepcional que el azar pone ante sus ojos y les provoque mudas, profundas e intensas reflexiones. Una mujer amante de la familia, que sepa cultivar su físico y su intelecto a la par y que carezca de inclinación alguna por lo banal, lo mundano y lo efímero. Una pensadora preocupada por la trascendencia y que medite para descubrir su interior y encontrarse consigo misma y, de este modo, se enriquezca espiritualmente de continuo. Alguien que sea capaz de pensar en otra vida, es más, en otras vidas paralelas y posibles. Una mujer capaz, fíjese bien lo que le digo, de escribir un libro sin palabras, un libro de miradas que fuera totalmente comprensible. Una amante sencilla de los niños, las flores y la poesía. Un prototipo de ternura a seguir desde la infancia, un ser sin maldad ni doblez, un alma cándida en la que mirarme como en un espejo. Una mujer que busque mi compañía porque encuentre en mí lo que yo en ella: la felicidad complementaria. Una mujer venusina en su ideal pero que a mí no me identifique con Marte, porque ni de marciano ni de marcial tengo nada. O sea, que no espere de mí nada extraordinario. Que me vea sólo como lo que soy, un simple mortal dispuesto a darlo todo por y para ella. Aunque mi todo, en estos momentos, sea nada.
Con un rictus de introspección y mirando humildemente al suelo hizo un paréntesis Serafín para, después de respirar profundamente, continuar diciendo:
- Será siempre la rectitud de mi comportamiento y la generosidad de mi total entrega lo que la bella de mí percibirá. Ella, por otro lado, será siempre capaz de inspirar fidelidad, rectitud y verdad a la misma Santísima Madonna.
MP se sorprendió, al comienzo, del inesperado discurso de Serafín pero luego, observando perplejo la vehemencia de éste, olvidó su triste recuerdo y se vio captado por el apasionado alegato de la mujer soñada que aquel vagabundo, compañero accidental de banco, acababa de largarle.
- Muy alto apuntas, Serafín, compañero. Creo que buscas al unicornio. Me parece que has fraguado en tu mente una quimera.
- Todo lo contrario, don Macario, la mujer que yo imagino existe.
- ¿Cómo puede existir un ser humano que en sí reúna ese sinnúmero de perfecciones?
- Porque la naturaleza es más sabia de lo que creemos y, para toda necesitad, pone un remedio sencillo y, para colmar los anhelos de todo ser, produce, de modo natural, su complemento. Lo tengo comprobado.
- Y, si existe, ¿tendrías la bondad de decirme quién es el objeto de tu inspiración?
- Si promete usted discreción y respeto, le confiaré este secreto que guardo tan celosamente o más, si cabe, que el origen de mis votos de renunciador.
- Prometo –dijo MP con gesto solemne.
- Maleni Gracia.
- Pero, ¿cómo? ¡Maleni Gracia! Pero si es una…, una… bailarina, una chica del Play-Boy, una famosilla… -y ahí, don Macario se cortó a tiempo de decir una petarda, como en algunos círculos de acreditados tertulianos televisivos se calificaba a la aludida.
- Ya veo –dijo Serafín, ciego y sordo a todos los matices- que también usted, don Macario, conoce sus dotes de actriz, de show woman, de cantante, de presentadora, de intérprete, que recuerda sus actuaciones en el cine, en la televisión, su labor como reputada conductora de programas y hasta el lado sexy de esta luchadora innata e infatigable por la vida. Cómo me gusta, don Macario, que entienda usted lo discreto pero, a la vez, profundo de mis inclinaciones, que ahora comparte y, haciendo honor a su palabra, espero que jamás revele.
Y MP, persuadido por la calmada experiencia que en las lides del amor dan los años, renunció a razonar con aquel enamorado y rumió entre dientes lo escuchado y, exclusivamente y para sus adentros, dijo su frase favorita en estos casos: “¡Huy copón!” No obstante, añadió ya en voz alta y sin mucha esperanza:
- No dejará, amigo Serafín, de aprender usted de las mujeres pues, pese a unos criterios de tanto fundamento como los que usted manifiesta, no deja de ser el trato directo una fuente de conocimientos más útil, cercana, continua y aleccionadora.
- Ya daría yo una de mis manos por tenerlo con la mencionada. Ese trato, digo, don Macario.
- Guarde usted sus dos manos por si, dado el caso, pudieran hacerle falta y reflexione sobre lo que le digo.

Pero no hubo forma. Se hizo el silencio. Dejaron el banco, dirigieron un gesto de despedida al doctor Machado y, luego y en silencio, caminaron un rato. Serafín el Renuncia iba absorto en la ensoñada contemplación de su admirada dama, buscándole, si cabe, aún más perfecciones de cuantas, a su parecer, ya reunía la señora. Pero MP cavilaba sobre la distorsión que los sentimientos hacen sobre las cosas y como, de entre ellos, el amor es el más infeccioso y tóxico pues, además de provocar periódica o constante calentura, no es infrecuente que produzca delirios que, quien observa, sabe engañosos, pero que son tremendamente veraces y creíbles para el que los padece. Pero, ya  se guardaría él muy mucho de influir con palabra alguna de menosprecio en los hondos sentimientos que su compañero de paseo, aquel orate renunciador e incomprendido, le había confiado. Que no era él ningún amigo, por ponderadas razones que tuviera, de ejercer de cagaflanes.

04 marzo 2014

XIV.- El Renuncia: La dignidad

A MP, tras su conversación con el rumano, se le esfumaron las ganas de caminar. Olvidó también sus aviesas intenciones contra perros y perreros. Se dio la vuelta. Desistió de ir a La Gavina. Por ese día no quería ver más pobretería. Si la había encontrado donde no esperaba, ir a La Gavina era apostar sobre seguro. Le parecía que contemplar la miseria era como retrasar el reloj de la vida, pero no para volver a encontrar la juventud, sino para topar con fantasmas que creía desaparecidos y olvidados.
Era mediodía. Buscaba el lado sombrío de las calles porque el sol a esa hora ofendía. Los comercios cerrados y los pocos peatones caminando despacio y con aire despistado le confirman que era domingo. Los días laborables la gente caminaba rápido y él, sin darse cuenta, aunque fuera sin prisa ni rumbo, terminaba caminando como ellos. Era un placer, pensó, que fuera domingo y que los pocos que caminaban fueran despacio y con aire errático, deambulando como a la deriva.
Había algunas plazas soleadas y de ambiente agradable cuyas terrazas estaban llenas de gente. Algunos leían el periódico mientras tomaban el vermú, otros engullían aperitivos en los concurridos bares de tapas y algunos, negros o árabes en su mayoría, tenían sus mantas extendidas en el suelo con discos pirateados, o sus baratijas prendidas con imperdibles en paraguas abiertos. En las esquinas más discretas grupos de dos o tres prostitutas observaban el acercamiento, más o menos disimulado, de potenciales clientes. Algunos conversaban brevemente con ellas, les preguntaban el nombre y regateaban. Los más se iban, pero siempre se quedaba alguno  que, en llegando a un acuerdo, se marchaba con alguna de ellas pasándole confianzudamente a la mujer el brazo por los hombros.
Pasaba MP muy digno ante dos de ellas. Una, por lo bajo, le incitó:
-        Vente conmigo, grandullón, que lo vas a flipar.
-        No tenéis dignidad, ¡golfas!, más os valdría trabajar.
-        ¿Dignidad, abuelo? –chilló una de las aludidas, estirándose felinamente sobre sus zapatos de plataformas- ¿De dignidad me hablas a mí y me llamas golfa?, ¡cabrón de mierda!... Mira, llevo dos años en tu puto país, no tengo papeles, la administración sólo me pone trabas. Los empresarios no me contratan porque no los tengo. Los de la economía sumergida me explotan y cuando quieren desaparecen sin pagarme. Así que por eso me hice puta. Y, ¿sabes una cosa?: en la calle nadie pide papeles a nadie, en la calle todos volvemos a ser iguales, como cuando nacimos, y es duro decirlo y entenderlo, pero la calle me ha devuelto la sensación de ser libre, de ser normal. A veces la calle devuelve la dignidad a las personas. ¿Te enteras viejo asqueroso?
MP se dio cuenta, al instante, de que la había cagado. También de que el uso del idioma no era precisamente una muestra de la falta de integración de la ramera. Siguió apurado y presuroso calle adelante, deseando desaparecer, mientras la ofendida meretriz terminaba de lanzarle su airada diatriba.
Aunque se alejó rápido de su imprecadora, observó que había fulanas por doquier y ya de todos los tipos y pelajes. Esa mañana, al pasar, no vio ninguna. Se ve que en el oficio no se requería madrugar. También había bastantes policías. Los agentes estaban colocados estratégicamente por parejas y aun por tríos en las esquinas y los cruces, pero parecían relajados y charlaban entre ellos, sin poner, aparentemente, atención a nada. Los hombres anuncio surgían como setas según se acercó al centro. Los había por todas partes. Sobre todo proliferaban los que anunciaban pequeñas oficinas de compra-venta de oro y empeño de alhajas.
Siguió con su escapada por las callejuelas más vacías. Meretrices, ahora más orondas y maduras, con la carrocería bien pintada, ofertaban su cuerpo a los vejetes con tarifas adecuadas a la crisis e, incluso, grandes rebajas para los conocidos puteros habituales, que, en el negocio del puterío, también se primaba el consumo.
Esta vez, aunque le comprometieron, MP se ahorró comentarios y pasó de largo. Ya quedó escarmentado.
En los cruces concurridos hay más hombres anuncio y algunos transeúntes desaseados con mochilas sobadas y astrosas se mezclan con todo tipo de gentes que deambulan por la zona.
Enseguida dejó atrás los callejones y salió a una calle principal. En una esquina, sentado en un cartón puesto en el suelo, un hombre en calzoncillos muestra los muñones de las dos piernas con la mirada triste, pero ensayadamente digna, de un nazareno urbano. Tirada a su lado tiene una silla de ruedas plegable y delante un platillo con monedas. No muy lejos, hay una mujer que, tendida en un hule, muestra una pierna y un brazo extraña y horriblemente deformados. MP piensa que vaya día lleva y se encamina hacia el tramo final de calles, callejuelas y plazoletas que le lleva a su barrio. Sólo le queda atravesar la Plaza de los Jardinillos, frente a la magistral, y ya estará en su vecindario.
Esquiva a una mujer desgreñada con un saco de dormir azul celeste, orlado de brillante suciedad en cada uno de sus pliegues, que camina despistada oscilando de un lado para otro, como una náufraga perdida entre los viandantes. El saco es un reguño desordenado bajo uno de sus brazos y uno de los extremos casi arrastra por el suelo. Vuelve la cabeza y la ve alejarse errática, igual que venía. Nota que está cansado. Y, en el momento en que decide sentarse en uno de los bancos, es cuando se percata de que en la misma Plaza de los Jardinillos está sentado Serafín, mirando a un mendigo arrodillado que pide a la puerta de San Onofre. MP se alegra, por fin una cara amiga. Por un momento, se imaginó MP que se había colado, por una rendija del tiempo, en la España de la novela picaresca. Y, cuando vio al Renuncia, no acertó a decidir si acababa de escaparse de esa época o se metía definitiva y aún más profundamente en ella.
-        ¡Serafín!

-        ¡Hombre, don Macario! ¡Cómo me alegro de verle!