04 febrero 2013

III.-El Renuncia: Macario Prosopón




Macario Prosopón era un hombre al que no le gustaban los otros hombres y menos las mujeres y, para no faltar al igualitarismo en sus desprecios, tampoco los niños. No escapaban a su desapego, por decirlo de una vez, entidades, corporaciones, sociedades, asociaciones, sindicatos, partidos, gobiernos, ni cualquier otra forma política o social conocida en el presente o en el pasado. Bueno, había llegado a tal punto, que despreciaba hasta a las Oenegés. Eso, ya daba una idea. Macario Prosopón aborrecía, por principio, todo aquello que pretendiera inspirar solidaridad, civismo y, en general, todos esos nobles y altruistas comportamientos a los que hoy el gentío pomposamente llama políticamente correctos. Tampoco era menor su desdén por todas esas delicadas cosas que enaltecen, promueven, potencian, dignifican, desarrollan, realzan y hasta se atreven a decir que ansían poner en valor, nuestros modernos ministros y gurús de las políticas culturales, sociales, medioambientales, etc. y a los que todo el mundo aprecia por, verbigracia, su capacidad de trabajo, su honradez, su talento y su acertada visión de futuro.
Qué poca consideración guardaba, aquel hombre, hacia las sutilezas de sus semejantes, por justas, oportunas y acertadas que aquéllas fueran.
Macario Prosopón, desde ahora MP, gastaba pocas bromas y menos palabras y, las que empleaba, no dejaban lugar a dudas sobre sus pensamientos.
- Don Macario, ¿ayudaría usted a aquella venerable anciana, que va en silla de ruedas, a cruzar la calle por el paso rebajado, anejo al de cebra, a salvo de todo vehículo motorizado inmerso en el proceloso tráfico rodado de la moderna urbe?
- No.
- Pero, don Macario, ¿y si la anciana, tullida por el paso de los años, ajada por haber traído al mundo una docena de hijos, estuviera perdida y no recordara siquiera quien era, por obra de ese mal que, con los años, a todos puede hurtarnos la memoria?
- No.
- Pero, perdone que insista. ¿Y si la anciana de escaso y níveo pelo, caquéctica, tiritando, con lágrimas en los ojos, posara éstos en los suyos y le confundiera con uno de aquellos vástagos que tuvo, y que ahora andarán, por mor de la competitividad, diseminados por esas comunidades históricas nuestras, y le dijera: “¡Hijo mío, ayúdame!”?
- No.
- ¿Ni siquiera en este caso mostraría usted su lado más eminentemente solidario y filial?
- No.
- ¿Y no cruzaría, llevándole amablemente del brazo a la otra acera, a ese pobre invidente, a ese discapacitado visual,  o  a ese cieguecito de nacimiento que va tropezando, el pobrecillo de Dios, torpemente con tanto obstáculo y mobiliario urbano de última generación como encuentra a su paso?
- No.
- Sr. Prosopón, ¿daría usted un donativo para la lucha contra esa enfermedad que a todos nos acecha, consistente en la propia rebelión celular anárquica e incontrolada, y que vuelve nuestro cuerpo contra nosotros mismos en forma de neoplasias tumorales, y que se llama cáncer por ese mal gusto que tenemos y ese afán tan nuestro por abreviar?
- No.
- ¿Ayudaría usted, don Macario, a una persona caída en la calle, con probables síntomas de hipotermia, desnutrición y dipsomanía, que estuviera en un estado de desvanecimiento y que, presumiblemente, pudiera llegar a presentar una o más lesiones realmente incompatibles con la vida?
- No.
- ¿Y a un discapacitado físico, a su vez desfavorecido económicamente y consiguientemente discriminado socialmente por ello, con problemas psíquicos sobrevenidos a causa de una incipiente disfunción eréctil y agravados por una desventaja capilar producida por la alopecia androide? ¿No le prestaría su ayuda de alguna manera puntual?
- No.
- Pero, ¿y si además estuviera el suelo cubierto por el albo sudario de un palmo de nieve y la temperatura, por debajo de cero, unida al helado céfiro del norte hicieran insoportable la sensación térmica ambiental?
- No.
- ¿Y si se tratara de un gatito perdido, famélico, excluido de la acción benéfica y social de las distintas protectoras de animales, a punto de ser aplastado por las ruedas de cualquier vehículo a motor, no lo socorrería usted? ¿No brotaría de usted, espontáneamente, su lado más humano? ¿No saltarían en su cerebro todas las alarmas que rigen la ternura más básica?
- No.
- Pero, ¿y si además fuera Navidad y estuvieran sonando, de música de fondo, esos villancicos de toda la vida con los que nos regala la megafonía parroquial o municipal, recordándonos nuestros orígenes cristianos mientras amablemente nos incitan a ese consumo generador de empleo? ¿No brotaría de usted su lado más espiritual y trascendente? ¿No se desbordaría ese torrente de calor humano que hasta el más insensible de los hombres alberga en sus entrañas?
- ¡Que no, coño!
- ¿Qué haría usted don Macario con esas personas que, ajenas a la condición de sus semejantes, bien disminuidos físicos o psíquicos, o con hándicaps de distinta índole, aparcan en las plazas reservadas para ellos o suben sus coches en las aceras haciéndolas inviables o los dejan tapando los pasos rebajados para sillas de ruedas o incluso en los mismísimos pasos de cebra?
- Condecorarles por su adaptación al tráfico urbano.
- Entonces todas las personas enfermas o discapacitadas, ¿no podrían salir a la calle?
- Exacto, lo mismo que los coches no entran en sus casas.
- ¿Y qué haría si topara con un cérvido herido en el bosque y éste, el cérvido, le mirara con esos ojos tan humanos, tan tiernos, tan brillantes, que dicen que hasta lágrimas echan, implorando su socorro y su solidaridad animal?
- Rematarle.
- No me diga que anda usted armado a todas horas a lo largo y ancho de este pacífico país. No me diga que no dudaría usted en mostrar su lado más violento.
- ¿Armado?, con un golpe de faca en el cuello bastaría para despenarlo.
- ¿Pero no me diga que sería capaz de comerse luego a un animal así, a una joya de la naturaleza, a una alhaja de nuestro ecosistema, a un ser que vio vivo y al que pudo ayudar en su propio biotopo? Repita conmigo que se lo comería, he de oírselo decir para creerlo. Dígalo.
- Pues claro, a fuerza de pan.
- Y, ¿qué me haría con esos automovilistas que no respetan a los peatones y que no paran en los pasos de cebra y que incluso llegan a atropellar viandantes en los citados pasos causándoles desde distintos traumatismos hasta lesiones de tal incompatibilidad con la vida que terminan real y literalmente muertos?
- Pagarles el chapista o, en su caso, coche nuevo. Y a los reincidentes, ¿cómo le dicen? Ah, sí, uno de alta gama, a elegir.
- ¡Oh, don Macario!, sin duda es usted un bromista,
- Si usted lo dice.
- Hoy en día, don Macario, está de moda el revival de las viejas tradiciones, de la recuperación de las cosas de antes, del recuerdo de cómo se vivió en tiempos pretéritos. ¿Sería usted tan amable de contarnos algún juego de cuando usted era niño? Por favor, muéstrenos su lado más infantil y desenfadado. Usted, tiene que tenerlo.
- Pues claro. Cazábamos una hurraca viva. La pelábamos por completo a excepción de las alas y luego la soltábamos. Había de verse cómo el resto de las aves la tomaban con ella. Debía ser porque no le perdonaban el ser distinta. Como la vida misma, no le digo.
- ¿Y no recuerda algún otro? No sé, algo, algo que mueva a la ternura, algo que nos hable del desamparo, de la inocencia, del candor de aquel niño que, sin duda, debió ser usted algún día.
- Sí, otras veces le sacábamos los ojos y luego la echábamos a volar. Había de verse como se daba de  porrazos contra todo, la muy handicapada.
- ¿Y a qué otras cosas se dedicaba usted de pequeño, don Macario?
- A tirar piedras a los otros, a matar pájaros a cantazos, a coger nidos, a ver capar los cochinos, a asfixiar pichones, a sangrar pollos, a cazar lagartijas y otros reptiles a chinazos, a coger murciélagos, a apedrear gatos, a cortarles el rabo a los perros, a ponerles lazos a los conejos, a hacerme panderetas y zambombas con los pellejos de distintos mamíferos y, también, a hacer de monaguillo.
- ¿Nos está usted diciendo que sólo disfrutaba produciendo esos graves desórdenes en el ecosistema medioambiental a la par que torturaba a los seres vivos del entorno? ¿Es ese, realmente, el alcance final de sus palabras, don Macario?
- Pues sí. Y a hacer de monaguillo. ¿Pasa algo?
- Y entonces, usted, cuando ve uno de esos autocares en los que realizan excursiones personas de avanzada edad o con distintas discapacidades, disfrutando así de los años de vida que les restan pese a sus muchas mermas, ¿qué es lo que usted siente? ¿Qué sentimientos afloran a su mente? Díganos don Macario.
- Pienso que no me extraña un pelo que tantos dictadores se liaran, en su día, la manta a la cabeza y cortaran por lo sano.
- Pero no me diga que comparte usted esas ideologías extremistas, que apoya sus ideas, que se atrevería usted a abogar por la implementación de tales comportamientos, amén de inhumanos, significativamente extremos.
- Yo ni comparto, ni apoyo, ni abogo. Sólo he dicho que no me extraña.
- Pero, ¿cómo puede usted decir eso? ¿No le preocupa que se malinterpreten sus palabras? ¿No le importa que le puedan tomar a usted por un, no sé cómo decirlo, un extremista, un loco, un fanático?
- No. Lo que yo tengo son las ideas claras y voy por la vida sin complejos. Eso es lo que molesta.
- Por favor, una última pregunta…
- No señor. Ya estoy harto de oír gilipolleces.

02 febrero 2013

II.-El Renuncia: De zapatos y espejos



Mientras caminaba miró sus zapatos. Habían sido unos zapatos suaves, flexibles, de un cuero finísimo parecido a la cabritilla, ese género que se solía emplear para guantes por su extremada blandura y flexibilidad. Fueron, y aún lo eran, unos zapatos confortables, elegantes y, sobre todo, cómodos. Pero habían pasado dos años y, en los contenedores, no había encontrado mejores sustitutos. Por el extremo cuidado de su curtido, el cuero, ya tan sobado y fino como una badana, no había llegado a romperse pero, sin embargo, aparecía ajado allá donde el pie doblaba y mostraba un sinnúmero de arrugas, casi simétricas que, llenas de mugre por la falta de limpieza, les daban una apariencia más desastrada y sucia que si acabara de cogerlos de un cubo de basura.
Mirando las arrugas de aquellos zapatos finos les encontró, o quiso imaginar en ellas, cierto paralelismo con las del pellejo rugoso de su cara. Era fino también y ya tiraba a viejo, y estaba resecado por la intemperie, amén de áspero, casi de continuo, por lo irregular de los ocasionales afeitados. Recordó entonces el espejo de casa, aquel espejo amigo que tantos años le acompañó día tras día en la agradable calidez del cuarto de baño. Supo entonces que, por el roce, aquél estaba compinchado con él y por eso le devolvía, al afeitarse, imágenes amables del inapreciable deterioro diario. Aquella hermosa luna, halagadora cotidiana, tenía la virtud de volver imperceptible el avance del tiempo. Era aquél un espejo afín a él, continuamente frecuentado, que le devolvía una imagen amorosamente distorsionada de sí mismo, así que, en él, se contempló siempre con benevolencia. Fue, sin duda, uno de los muebles de la casa a los que más cariño profesaba y a los que más tiempo dedicó. No se dio cuenta hasta ese día.
Ahora, a decir verdad, no eran muchas las ocasiones que tenía, viviendo en la calle, de mirarse detenidamente en un espejo. Además ya no era igual, eran espejos ajenos, desconocidos, comunes, espejos de urinarios públicos, de malolientes retretes de tabernas, de los servicios sucios de las estaciones, de letrinas hediondas y olvidadas, que incluso solían, además, estar empañados, mohosos, arpados, rotos o eran espejos enfermos que, con el azogue carcomido por los años, mostraban un cristal con aspecto de cancerosa podredumbre. A nadie podían gustarle aquellos espejos ordinarios, evidentemente sinceros, que, en su grosería, te devolvían una imagen no deseada, una imagen que no querías ver, como si te lanzaran un escupitajo descarado desde la otra parte del cristal. Así de soez era la realidad.
Parecía mentira que se hubiesen pasado un par de años. Él no lo había notado, pero los zapatos sí y no hacían sino recordárselo desde que, sentado en un banco del parque, había reparado en ellos y los miraba tan detenidamente como si fueran la cara familiar de un pariente estropeado por los años. Eran zapatos de tafilete, algo que ya no se hacía o, que si se hacía, se hacía para cuatro caprichosos dispuestos a pagar por un par una fortuna.
Fue lo último que compró antes de que muriera su mujer. Y el recuerdo le llenó de ensoñación. La muerte aquella fue una muerte mentirosa. Al menos, a él, le engañó. Fue repentina, como cuando a un niño se le revienta un globo. Tan asustado como sorprendido, tardó en entender.
Él era por entonces un hombre de fortuna. Su negocio marchaba. Hasta el punto de que, con unos cuantos becarios, gobernados por otros pocos contratados, con contratos basura, le bastaba para que aquello prosperara. Sólo pagaba un sueldo en condiciones: el de aquella gerente pelirroja, tan espabilada que era la única que percibía, en puridad, lo justo por llevar el peso del negocio. Él ya llevaba años dedicándose al ocio.
Pero, luego de entender la magnitud de aquel adiós inesperado, supo de sí mismo que ya no se necesitaba. La simpleza del asunto se le hizo evidente. Ya no quiso más aquel espacio que había sido su casa suntuosa. Abandonó el negocio en manos de la gerente jara. Dejó todo y se dio a la renunciación, que venía a ser igual que el ocio, sólo que sin dinero ni propiedades de consideración.

30 enero 2013

I.- El Renuncia: Vocación a la renuncia



Era un placer dormir en el coche. Habitualmente dormía en aquel fonducho que tenían los viejos. Pero nunca le gustó. Allí concurrían un puñado, poco variable y menos fiable, de personajes desgraciados. Eran individuos sucios y chocrosos que nunca habían conocido otro oficio que no fuera el de mendigo, pordiosero, guitón, gallofero o landrero, teniendo, en  todos ellos, bien recorridos los grados del escalafón.
Así que aquel atardecer, cuando sintió caer las primeras gotas, levantó la cara al cielo, miró las nubes grises y deshilachadas y se alegró.
Aún tenía el coche, un modelo antiguo, pesado y amplio, en el corral del Mondacimas. Dos años antes, cuando se dejó arrastrar por su vocación a la renuncia, que así había dado en llamar a lo suyo, había intimado con Gregorio el Mondacimas. Éste le permitió meter el coche en el corral que tuvo destinado a las ovejas y que la venta del rebaño, tras su jubilación, dejó sin uso. El recinto aún tenía el suelo tapizado de sirle y conservaba todo él, y también el aire aledaño, el olor acre del ganado.
Dejaba colgadas las llaves del coche en una escarpia clavada en la pared, junto a la puerta, al lado de otras alcayatas de las que pendían cordeles semipodridos y herramientas recubiertas de orín por la intemperie. Al pie de la pared estaban todavía los viejos recipientes oxidados, hasta casi la descomposición, por el agua de lluvia, ya rojiza, depositada en ellos. Mirando el abandono de aquel corral desocupado, tuvo la certeza de que el coche, sin aquel cobijo, sería ya una carcasa irreconocible y retorcida, sin ruedas ni cristales, achicharrada en mitad de algún descampado, o perdida entre las tierras removidas de cualquier vertedero.
Entró. Y, como siempre, sintió añoranza. Era el único objeto que le recordaba el tiempo pasado. Sonrió pensando que el viejo coche, que le mudó tantas veces de lugar, ahora, conservando algo de su utilidad, le seguía trasladando en el tiempo y que, al abrir su puerta, era su chirrido el inicio de una metáfora, aquélla del transporte solitario y singular que siempre experimentaba en su interior.
Tenía los asientos tumbados desde la primera noche que le cobijó y ya no se molestaba en devolverlos a su posición. Había rellenado los huecos, para alisar la superficie, con sacos, trapos y trozos de lona y arpillera que encontró en el zaguán de la ruinosa casa contigua. La noche se había cerrado sobre él mientras estaba distraído. Se tumbó en aquel improvisado lecho, se arrebujó bajo el par de pesadas mantas heredadas del pastor y recibió, en el silencio oscuro de la noche, el tintineo, primero tímido y luego continuo, de la lluvia sobre la chapa. Se sintió acogido en el pequeño espacio. Luego se acomodó y se imaginó náufrago en medio de aquel arrabal perdido, troglodita desamparado en una prehistoria a la moderna, con grutas hechas de quincalla y detritus de escombrera.
El interior cerrado de aquella promesa de chatarra era su santuario. Desde que llegó, las noches que llovía, venía al coche. El resto de las noches no tenía sentido y dormía en el fonducho del tío Simancas. Pero no le importaba, porque las noches sin lluvia eran mudas y solitarias, no tenían nada de atrayentes y daba igual donde pasarlas. Eran noches anodinas.
Sus ocasionales noches en el coche eran, si es que meditar, dormir, dormitar o semivelar en él podía serlo, el único placer antiguo. Y no quería romper esa costumbre, porque representaba el vínculo de lo que fue con lo que era. El viejo trasto, enraizado ya en el corral del Mondacimas, apenas con aire en las ruedas, era el recordatorio tangible de su vida anterior. El coche,  varado en el corral, era su referencia del tiempo anterior a la renuncia. Un fedatario de presente y pasado.
Bajo el ruido de la lluvia solía soñar con cosas agradables, ajenas al pasado y al presente,  y que se le antojaban adelantadas entregas de otros mundos por ver, si no en su futuro, sí cuando la puertecilla de la existencia se le cerrara en éste.
Pero, si no dormía, tampoco importaba. Consideraba el silbido del viento y el arreciar del agua contra la chapa protectora un monólogo regalado por los elementos y del que, si se prestaba atención, podían sacarse conclusiones inéditas. También, a veces, el persistente ruido le suscitaba ideas sorprendentes y, en cualquier caso y como poco, era un acompañante entretenido, evocador y, a su juicio, hasta mágico o tántrico por el modo repetitivo, incansable y oculto en que se manifestaba.
Cuando se entregó a la renuncia, que no a la pobreza, aunque reconocía que la segunda solía acompañar a la primera, no imaginaba la cantidad de personas que iba a conocer en un estado de necesidad parecido al suyo. Mas parecido sólo, pues las motivaciones, cuando existían, eran muy dispares y siempre diferentes a la propia. Sin embargo, en honor a la verdad, la inmensa mayoría de aquellas personas le decepcionó. Habían llegado a aquel estado por las circunstancias, los imponderables, la mala suerte, el delito, la poca cabeza… y no abundaban, ni mucho menos, casos vocacionales como el suyo. Casos en los que el detonante de aquella inclinación fuera el convencimiento, revestido con esa fuerza irresistible que, según dicen, sólo de la verdadera fe proviene. Consideraba a todos sus colegas pobres de oficio porque, en general, habían hecho uno de su estado y ningún otro, más que ése, conocían. Había que considerar, sin embargo, la excelente cualificación de muchos, pues habían aprendido a obtener lo necesario para el sustento cotidiano, y aún para los vicios, en menos tiempo que suena un cimbel. Mas no les envidaba por eso. Eran personas sucias, viciosas en general, aunque virtuosas de la haraganería, y carecían del mínimo sentido práctico que les permitiera, no ya apreciar, sino siquiera percibir alguna de las hermosas simplicidades que la vida de un pobre, siendo vocacional, ofrecía a diario.
Él, a través de su renuncia meditada, había llegado a la pobreza, pero, no siendo la segunda su objetivo, no era pedigüeño como los mendigos de ciudad o los pordioseros de pueblo. Inherente a su pobreza era la aceptación de ese estado no buscado y la delectación en el mismo, ya que le venía dado por añadidura, como un don. También gozaba recreándose en las muchas reflexiones que proporciona y el largo tiempo libre que da, así como la gran independencia de la que se disfruta por, como en las mejores profesiones, no depender de nadie.
Aceptaba su condición sin pedir ni rehusar, pues su estado no era consecuencia del orgullo ni de su hermana la soberbia y, menos aún, de la arrogancia que tuvo en otros tiempos y que también había abandonado tan voluntaria como gustosamente. Simplemente aceptaba lo que su mirada le permitiera captar de otras voluntades, sin importunarles con la palabra y sin suscitarles, al menos intencionadamente, sentimientos de conmiseración. Aceptaba lo que quisieran darle, pensando que los donantes lo hacían considerando que debían hacerlo, porque se solidarizaban con la grandeza de su sentimiento y no porque se apiadaran de la miseria inherente al mismo. Lo uno eran donaciones solidarias, lo otro limosnas denigrantes.
Lamentablemente ninguno de los que le veían, le auxiliaran o no, pensaban así. Porque tal es y será siempre la indiferencia del mundo a los más sublimes sentimientos. Sí.

18 enero 2013

Rafael Tolo



Por las calles de la judería los turistas caminan sin ver, aunque mirar, no cesan de mirar ansiosos. Buscan el detalle a fotografiar como si sólo vieran por el objetivo de sus cámaras. Ya nadie sabe andar por las calles sin un aparato. La simple observación, que animaba la imaginación y recreaba el espíritu, es cosa del pasado. Mientras, con sus pies olvidados, tropiezan en el empedrado irregular. Caminan tal vez subyugados por esas frases prometedoras de sensaciones, que ha acuñado el turismo, y que promocionan el placer de perderse por las callejuelas viejas de los barrios muertos. Y así,  caminan sin dejar de girar las cabezas en busca del detalle impresionante. Como zombis, deambulan por esos arrabales despoblados, los centros históricos, que ya sólo son decorados muertos del patrimonio turístico de otra ciudad más.

Rafael Tolo les mira con los ojos entornados bajo el dintel de su puerta. Sostiene un gesto altanero, mitad de burla mitad de desdén, en la faz turbia que apenas iluminan unos ojillos  oscuros y estrábicos.

Rafael va tocado con una boina verde, militar, ladeada, con insignias de la Brigada Acorazada, de los paracas, con estrellas militares prendidas y con un alfiler de mujer con un brillante de bisutería. Esto último priva a la gorra de su matiz marcial y se lo cambia por un toque cheli de esclavo del amor efímero y zorruno.

-        ¿Qué?, ¿livingyourwayforever, alcalde? –le chilla una gitana que baja jacarandosa de vender flores de la Plaza de la Corredera.

-        Foreverwhatever, preciosa –contesta Rafael, que sonríe a la gitana con la boca y con una disparidad más acentuada en la independencia de sus ojos.

-        Pues, hala, dame un cigarro. Ahora que no está el maromo. –replica la morena.

-        Olé las gitanas guapas. Que sólo cuando veo una tía tan buena como tú me doy cuenta de lo maricón que soy.

Y la gitana, con su cesta a la cadera, se va garbosa, con el cigarro encendido, como un velero al que las olas del mar contonean de balde.

Rafael, sin disimulos, se vuelve para mirarla. Y le lanza un último requiebro.

-        Cuando te vas, gitana, me rompes las amarras de la vista.

-        Pues no serán las de los ojos, alcalde, que esas te vinieron rotas de fábrica.

Da tres pasos como si siguiera la estela de la gitana que se aleja. Se aprecia entonces todo su atuendo militar, de pies a cabeza, con cruces religiosas pendientes por doquier y una estrella de sheriff en el pecho. Se ve, cuando se gira, una fina coleta que le llega hasta los glúteos y el pelo rapado a ambos lados de la gorra.

Las cámaras de los turistas, para entonces, han encontrado el blanco inusual de lo inesperado, de lo esperpéntico. Y, con más o menos disimulo, todos los objetivos, ansiosos de presas imprevistas, sorprendentes, únicas, apuntan a Rafael como si fuera un lince urbano salido momentáneamente de la oscuridad del cubil.

Él se deja. Posa con disimulo, presumiendo, como si no lo notara. Y sólo, cuando le llega el anónimo murmullo de un “quién será ese tipo”, estalla. Y la cara se le vuelve vinagre y el gesto, el del hurón furioso.

-        ¿Que quién soy? Un soldado de Dios. Un soldado del amor divino y del humano.  Un inspirado, uno que dice lo que le mandaron decir: “Amad a los demás como os amáis a vosotros mismos”. ¿Que quién soy yo, decís? Uno que cumple con su misión, ya lo sabéis. Un iluminado entre la oscuridad. Pero vosotros, ¿qué hacéis, además de mirar?, si no os amáis a vosotros mismos una puta mierda, cómo vais a amar a los demás. ¿Quiénes sois vosotros? No tenéis ni zorra idea. Ni siquiera sabéis qué hacéis aquí. Y, si no tengo razón, a ver, ¿quién me la quita?

Los de las fotos no contestan y se disuelven lentamente por las bocacalles estrechas como si se alejaran discretamente de un olor, que acabaran de descubrir, a perro muerto.

Rafael se vuelve y entra en una especie de cuchitril lleno de trastos. Tras unos segundos se escucha el sonido a todo volumen de la obertura del Holandés Errante de Wagner, como si fuera un anuncio del amanecer de un nuevo mundo o del comienzo del Apocalipsis. Y Rafael sale al dintel y se cruza, majestuoso, de brazos con la cara llena de orgullo, casi de soberbia. Su pose es ridícula y exageradamente egregia. Sólo le traiciona el cruce de sus ojos.

Dos policías municipales pasan lentamente por la callejuela en sus motos y miran detenidamente a Rafael que, altanero, les devuelve la mirada con desdén.

-        Amigo, ¿vende usted algo?

Rafael mira al hombre maduro que, seguramente por curiosidad o despiste, se ha atrevido a hablarle. Se pone muy serio, muy digno. Se levanta sobre sus talones. Frunce fastuosamente el ceño y, encampanado como un toro bravo, clava los ojos en el curioso.

-        Vendo todo. El hombre vive de vender, nunca de poseer. Vendo amor, sexo, drogas, pensamientos, libros, casas, consejos, pinturas, exageraciones, tristezas, textos, religiones, delirios y todo lo que se le ocurra, porque yo me dedico a livingmywayforever. ¿Comprende?

-        ¿Y la gente le aprecia? –no se desanima el despistado.

-        No me aprecian ni me quieren. Me adoran.

-        ¿Y las autoridades también, o le miran con recelo?

-        Esas no son gente. Ese es el poder. Me temen porque les absorbo y les anulo. Soy el castigo vivo del poder, su castigo hecho carne. Ellos me odian y yo, a mi vez, abomino del poder en todas sus facetas, modos y manifestaciones.

-        Pero, hombre, ¿cómo es eso?

-        Porque sólo del poder viene la violencia, que es el mayor mal del mundo.

-        ¿Es que la gente no es violenta?

-        Si la gente fuera violenta, España estaría en llamas. La violencia la genera el poder, sólo el poder.

-        Pero la gente está protestando de muchas cosas, se manifiesta, se queja, vituperan a los políticos, a los banqueros, a los empresarios, a los corruptos…

-        Sí, pero se les conmina al respeto, se les dice que usen la democracia, que cambien las cosas con su voto, que no tienen derecho a actuar de otra manera. Y la gente obedece, aguanta y sobrevive como puede. La gente, aunque absurdamente razonable, no es violenta. Se lo aseguro.

-        ¿Y el poder lo es?

-        Esa es su esencia. Imagine usted que hay unas elecciones y los poderes actuales se ven desbancados, imagine que la gente pudiera controlar a los políticos, a los banqueros, a los empresarios, a los poderosos de ahora y de siempre. ¿Cree usted que, llegado ese momento, lo soportarían democráticamente, tal y como ellos predican ahora que la gente haga ante sus infortunios?

-        Claro que sí. No tendrían otro remedio.

-        Pues yo le digo que no. Claro que tendrían otro remedio. Eche usted un vistazo a la historia. Esa democracia, que ellos ya no controlarían, no les serviría. Y entonces vendría la violencia. Ellos se encargarían primero de generarla, después de ejecutarla y luego de llamarle anarquía, ellos se encargarían de hacer inviable el poder del pueblo sobre ellos. Porque para el poder constituido, lo vedado a los demás, es naturalmente lícito para quienes lo detentan. Nos ponen límites quienes los desconocen, pero ellos, en ningún caso, estarían dispuestos a asumirlos ni a  respetarlos. Somos una grey engañada, dirigida y conformada y, si hiciera falta, seríamos domeñados por la fuerza. Por eso la violencia viene siempre del poder y jamás de las gentes. Las gentes aspiran seráficamente a la justicia e, incluso algunos, ni siquiera a la de este mundo, que ya les reconforta la esperanza de tenerla en el Más Allá. Afortunadamente en España no hay Mafia pero, desengáñese, es porque la política, los negocios y las finanzas les han dejado sin ningún espacio.

-        Veo que tiene usted las ideas tan claras como tristes.

-        Claro, porque las tengo claras soy el alcalde y así, respetuosamente, me llaman en toda la ciudad; porque las tengo tristes, me dedico al amor divino y al humano, únicas formas que he encontrado para evadirme de la melancolía.

-        Pues, encantado de conocerle.

-        Su gusto es el mío.

Monte El Marojal (Atienza-Guadalajara)



MONTE DE “EL MAROJAL”
Monte de Utilidad Pública nº 9

Perteneciente al término municipal de ATIENZA, partido de Sigüenza, provincia de Guadalajara.

Superficie: 1166,588 Hectáreas.
Enclaves: 0

Especie preponderante: Quercus pyrenaica Willd. (Marojo)

Límites:
  • Norte: Terrenos particulares de Atienza y Arroyo del Tejar en la Enguajarda o del Puente del Pizarral.
  • Este: Carretera de Jadraque a Soria y término municipal de Riofrío del Llano.
  • Sur: Antiguo término municipal de Cardeñosa, agregado de Riofrío del Llano.
  • Oeste: Términos municipales de La Bodera y La Miñosa, en su anejo Naharros.

Está situado al sur del término de Atienza.
Lo cruzan tres caminos. Del más alto al más bajo son:
  • El camino viejo de La Bodera.
  • La senda de la Sierra.
  • El Camino Real.
Tiene también caminos transversales y sendas que comunican estos tres principales caminos entre sí.
Tradicionalmente se le dividía en 18 parajes, en este orden:
I.- La Enguajarda, que limita por su parte alta con los términos de Naharros y La Bodera y con el alto de La Atalaya situada entre ambos términos; y, por la parte baja, con el camino viejo de La Bodera. Este paraje está atravesado, en buena parte, por el barranco de La Enguajarda, que también atraviesa, más abajo, La Marota. Linda también con la finca El Serrallo y el término de Atienza.
II.- La Marota, que limita, por su parte alta, con el camino viejo de La Bodera y con el cerro de La Marota y las peñas de La Marota y por su parte baja con la senda de la Sierra y, dando al término de Atienza, con las tainas de Mata.
III.- La Rezuela, bajo el camino viejo de La Bodera, linda con este término y con la loma y peñas de La Marota, hasta llegar por la parte baja a la senda de la Sierra.
IV.- Los Tajones, a continuación de La Rezuela, sigue lindando con La Bodera y, por debajo, con la senda de las Hoyas, quedando en medio las peñas de los Tajones que le dan el nombre.
V.- Las Hoyas, a continuación de la anterior, linda con el término de La Bodera y, por la parte baja con la senda de la Sierra.
VI.- La Sierra, es la parte más alta y además de lindar con La Bodera, linda también con el término de Cardeñosa y, por su parte más baja con la senda de la Sierra.
VII.- Los Ojos, por debajo de la senda de la Sierra y lindando también con Cardeñosa queda este paraje que, hacia dentro del monte, linda con el barranco de los Ojos que baja desde Las Hoyas. Comienza en Los Ojos la senda de la Tesuguera que irá a dar al Camino Real de Atienza.
VIII.- La Tesuguera, está al otro lado del barranco de Los Ojos, monte adentro, limitando con el Barranco Grande y lindando por la parte baja con el Camino Real
IX.- La Umbría de Barranco Grande, cayendo hacia el Barranco Grande, monte adentro, y cruzada por la senda de la Tasuguera viene casi a parar al Camino Real.
X.- La Solana de Barranco Grande, al otro lado del Barranco Grande, da por la parte de arriba a la senda de la Sierra y por la parte baja al Camino Real.
XI.- Los Enechos, a continuación de la solana y la umbría del barranco, monte adentro, lindan por arriba con la senda de la Sierra y por la parte baja con el Camino Real.
XII.- Los Temblares, entre Los Enechos, la senda de la sierra, el Camino Real y el término de Atienza.
XIII.- Los Puntales, paraje situado por debajo del Camino Real, lindando con la continuación del Barranco Grande y con el término de Riofrío del Llano.
XIV.- Peñarrubia, a continuación de los Puntales, al otro lado del Barranco Grande y lindando también con Riofrío. Su límite es el arroyo que baja por Peñarrubia.
XV.- Los Valondos, a continuación, tras el arroyo de Peñarrubia, se encuentran los barrancon de Valondillo y Valondo que dan nombre al paraje. La senda de Valdesteposo que sube casi desde el término de Riofrío es el límite del paraje.
XVI.- El Altillo, siguiendo el Camino Real, en dirección a Atienza, al otro lado de Los Enechos y Los Temblares, bajo el cerro del Altillo y limitado por el mismo cerro y la senda de Valdebernal está este paraje que linda ya con el mismo término de Atienza.
XVII.- La Umbría del Altillo, parte norte del cerro del Altillo que linda con el término de Atienza, con la carretera de Soria y con lo de Valdesteposo.
XVIII.- Valdesteposo, al otro lado de la senda de Valdesteposo, que linda con los Valondos, se extiende este paraje que limita con el término de Riofrío, con la carretera de Soria y en su punto más alto con el cerro del Altillo y la umbría de éste.


11 diciembre 2012

Ojos tragavacas



Cuando tenía necesidad de irse, buscaba La Senda. Desde el primer mojón del monte tenía la costumbre de volverse y observar el pueblo. Después de tantos años la vista le seguía impresionando. Como otros pueblos, que ya lo fueron medievales, tenía aquél la dignidad callada de esos asentamientos viejos, manteles de la historia de los hombres, de esos lugares cuya figura en la distancia resulta anterior a la memoria.
Era el Mojón Bajero parada obligatoria. Y su ritual de observación se parecía más a una oración callada o al recuerdo de seres conocidos o simplemente imaginados que, sin duda, se habrían vuelto desde siglos atrás para sentir, desde aquel punto, el magnetismo de la villa en la distancia. Perfiles viejos acariciados por idénticas luces en miles de retinas. El Pela, como otras veces, cumplió con el ritual callado de todo el que subía al Marojal.
La Senda discurría entre el camino viejo a La Bodera y la galiana principal, el histórico camino real. De entre los tres, La Senda era el más agreste y descuidado, casi perdido ya, pues, desde hacía muchos años, no iba a ninguna parte porque los caminos que pierden su servicio se quedan sin destino. Son cordeles cortados que no sirven de guía, como no sea a quienes los recorren por buscar el silencio o encontrar la quietud que otros dejaron en ellos cuando la vida regalaba ambas cosas.
Era el camino de las cortas, de los pastores, de los vaqueros, de los carboneros, el que pasaba por los antiguos chozos de piedra derruidos, por las cerradas desmoronadas y por unos parajes silvestres tan abandonados que al Pela le desazonaban.
Tomó el sendero, siguiéndolo más por intuición que por certeza, que le llevaría a la Fuente del Chorrillo, la que nunca se secaba. Pronto descubrió que era más fácil seguir las trochas de los jabalíes. En un año de sequía eran las muestras más fiables de que el manantial cumplía. Así era: de entre las cuatro piedras el agua rebosaba y se remansaba en torno a ellas en una esponja verde de berros, jaramagos y pamplinas, plantas que algunos llaman, con acierto y buen gusto, balsamitas.
De la fronda que rodeaba la balsilla voló, blanca y canela, la lechuza. Haciendo el mismo ruido que una mariposa, se posó en el tocón alto y pelado de un marojo seco y su dorso inmóvil se confundió al instante con el fondo del bosque.
A la izquierda del manantial se levantaba un promontorio plano de menos de tres metros de alto. Varias bocas grandes y sobadas tenían la firma del tejón que, seguramente, dormitaría en lo profundo de la tasuguera esperando las horas oscuras.
El agua hecha cieno y verdín bajaría, en cuanto le diera por llover o nevar, hasta Los Ojos. Era allí donde los esqueletos de unas cuantas vacas yacerían, no se sabe los metros, bajo el espeso lodo. Quién no conocía a algún viejo que no perdiera alguna res golosa tragada por la voracidad traidora y mansa de aquellos aguazales. Y El Pela miró con prevención el paraje, porque uno no podía fiarse de un lugar donde la hierba se tragaba a las vacas y no al revés. Dio un rodeo y sorteó Los Ojos mirando bien donde pisaba, que la tierra que se hace a la carne puede volverse viciosa y tomarle querencia, como le pasa al hombre.

05 diciembre 2012

Prácticas vergonzosas



En esto de la caza hay mil historias y, en los cazadores, una especie de orgullo o de amor propio o qué sé yo qué cosa por quedar bien. De lo uno y de los otros vienen los mitos, las exageraciones y otros tipos de mentiras. Las últimas no sirven para nada pero las exageraciones son, a veces, graciosas y los mitos llenan el campo, y las cabezas, de obsesiones y esperanzas que tienen bastante que ver con el hecho de cazar que a muchos, hoy en día, se nos antoja cosa casi milagrosa.
Sin embargo, está claro que a quien no le interesa la caza tampoco se siente interesado por ninguna de esas cosas y, para quienes están en contra de esta actividad, no hacen más que disgustarles tales cuentos o historias que consideran, desde todo punto de vista, innecesarias, crueles y fuera de lugar en una sociedad como la nuestra.
Creo que es una empresa vana la de convencer a nadie de unas cosas u otras porque, al final, cada uno es hijo de sus vivencias y de sus sentimientos y aun del estilo de vida que cada cual lleva y, así, hay algunos que disfrutan con lo que otros desprecian y viceversa. Y no es cuestión de que unos pongamos a otros verdes y a la inversa, porque para eso ya tenemos a los políticos, periodistas, comentaristas y tertulianos que ocupan a diario los medios de comunicación con que llenamos, de supuesta información veraz, nuestras vapuleadas y adocenadas vidas inmersas en la cívica civilización, supuestamente.
Así que, situándose al margen de la realidad, existen cazadores, o por lo menos algunos cazadores, que se inventan otra. Es un paréntesis de la vida real que, a veces, no se distingue de los sueños y en el que una persona sola se va al campo y, si puede, cada vez a un campo distinto y, una vez allí, se queda solo consigo mismo e intenta apropiarse de lo que la Naturaleza, originariamente, ofrecía a todos.
El asunto tiene por finalidad concreta volver a casa con alguna presa, pero no es esa la finalidad principal y, a veces, tras muchas horas de cuestas y barrancos, de páramos y vegas, ni siquiera se consigue.
El que caza para hacer carne, hoy en día más que nunca, termina dejándolo, porque la carne se encuentra preferentemente en los supermercados, en los mataderos industriales y en las explotaciones ganaderas, cosas todas muy racionales y civilizadas. La carne no es ya cosa de los cazadores, sino de las multinacionales.
Es más normal que persevere en el asunto el que busca el viejo juego de aprender de los animales, de entender sus costumbres, de acoplar sus pasos al clima, a la orografía, a la luz y al palpitar distinto que cada día trae consigo a cada lugar.
En esencia, la caza, es una búsqueda. En general, una búsqueda tan dura, tan constante, tan incierta y, generalmente tan vana que, cuando desemboca en hallazgo, el que la llevó a cabo se siente con derecho, con un derecho ganado tras muchas conjeturas y miles de pasos, al animal salvaje. Al animal que no es de nadie, que a nadie preocupó jamás de los jamases, pero al que todo el mundo hoy defiende, sin saber nada de él, como si fuera suyo. Y así, el cazador, pasa a ser un profanador de la Naturaleza, un asesino, un individuo que mata por capricho.
Sin embargo, hasta ahora, en esta civilizada sociedad, tan sensible con los animales, a muy pocos les importa de dónde sale lo que comen. Muy pocos son conscientes de que la muerte masiva de especies enteras está detrás de este bienestar tan aséptico del que gozamos, que la desaparición de extensas masas forestales está a punto de que en breve tengamos que pagar el aire que respiramos como ya hemos empezado a pagar el agua. Tal vez sería muy bueno para muchos hacer, sólo por una hora, de matachines y luego de matar al animal, del que tanto aprecian los filetes, tuvieran que destriparlo, quitarle la piel, trocearlo y ponerse de sangre hasta los codos.
Pero preferimos tener una mascota capada y darle pienso y, sobre todo, no saber las consecuencias de vivir tal como vivimos. Pregunte usted a alguien si es ecologista.
La caza siempre me pareció una actividad normal y, con ella, el mundo ha perdurado miles de años. No sé si perdurará otros tantos, tal y como lo conocemos, a esta civilización, tan aparentemente incruenta, del consumo y del desarrollo que la codicia llama sostenible. Por muchas piezas que mate un cazador, mata más la mentira en que vivimos, eso sí, tan contentos.