05 diciembre 2012

Prácticas vergonzosas



En esto de la caza hay mil historias y, en los cazadores, una especie de orgullo o de amor propio o qué sé yo qué cosa por quedar bien. De lo uno y de los otros vienen los mitos, las exageraciones y otros tipos de mentiras. Las últimas no sirven para nada pero las exageraciones son, a veces, graciosas y los mitos llenan el campo, y las cabezas, de obsesiones y esperanzas que tienen bastante que ver con el hecho de cazar que a muchos, hoy en día, se nos antoja cosa casi milagrosa.
Sin embargo, está claro que a quien no le interesa la caza tampoco se siente interesado por ninguna de esas cosas y, para quienes están en contra de esta actividad, no hacen más que disgustarles tales cuentos o historias que consideran, desde todo punto de vista, innecesarias, crueles y fuera de lugar en una sociedad como la nuestra.
Creo que es una empresa vana la de convencer a nadie de unas cosas u otras porque, al final, cada uno es hijo de sus vivencias y de sus sentimientos y aun del estilo de vida que cada cual lleva y, así, hay algunos que disfrutan con lo que otros desprecian y viceversa. Y no es cuestión de que unos pongamos a otros verdes y a la inversa, porque para eso ya tenemos a los políticos, periodistas, comentaristas y tertulianos que ocupan a diario los medios de comunicación con que llenamos, de supuesta información veraz, nuestras vapuleadas y adocenadas vidas inmersas en la cívica civilización, supuestamente.
Así que, situándose al margen de la realidad, existen cazadores, o por lo menos algunos cazadores, que se inventan otra. Es un paréntesis de la vida real que, a veces, no se distingue de los sueños y en el que una persona sola se va al campo y, si puede, cada vez a un campo distinto y, una vez allí, se queda solo consigo mismo e intenta apropiarse de lo que la Naturaleza, originariamente, ofrecía a todos.
El asunto tiene por finalidad concreta volver a casa con alguna presa, pero no es esa la finalidad principal y, a veces, tras muchas horas de cuestas y barrancos, de páramos y vegas, ni siquiera se consigue.
El que caza para hacer carne, hoy en día más que nunca, termina dejándolo, porque la carne se encuentra preferentemente en los supermercados, en los mataderos industriales y en las explotaciones ganaderas, cosas todas muy racionales y civilizadas. La carne no es ya cosa de los cazadores, sino de las multinacionales.
Es más normal que persevere en el asunto el que busca el viejo juego de aprender de los animales, de entender sus costumbres, de acoplar sus pasos al clima, a la orografía, a la luz y al palpitar distinto que cada día trae consigo a cada lugar.
En esencia, la caza, es una búsqueda. En general, una búsqueda tan dura, tan constante, tan incierta y, generalmente tan vana que, cuando desemboca en hallazgo, el que la llevó a cabo se siente con derecho, con un derecho ganado tras muchas conjeturas y miles de pasos, al animal salvaje. Al animal que no es de nadie, que a nadie preocupó jamás de los jamases, pero al que todo el mundo hoy defiende, sin saber nada de él, como si fuera suyo. Y así, el cazador, pasa a ser un profanador de la Naturaleza, un asesino, un individuo que mata por capricho.
Sin embargo, hasta ahora, en esta civilizada sociedad, tan sensible con los animales, a muy pocos les importa de dónde sale lo que comen. Muy pocos son conscientes de que la muerte masiva de especies enteras está detrás de este bienestar tan aséptico del que gozamos, que la desaparición de extensas masas forestales está a punto de que en breve tengamos que pagar el aire que respiramos como ya hemos empezado a pagar el agua. Tal vez sería muy bueno para muchos hacer, sólo por una hora, de matachines y luego de matar al animal, del que tanto aprecian los filetes, tuvieran que destriparlo, quitarle la piel, trocearlo y ponerse de sangre hasta los codos.
Pero preferimos tener una mascota capada y darle pienso y, sobre todo, no saber las consecuencias de vivir tal como vivimos. Pregunte usted a alguien si es ecologista.
La caza siempre me pareció una actividad normal y, con ella, el mundo ha perdurado miles de años. No sé si perdurará otros tantos, tal y como lo conocemos, a esta civilización, tan aparentemente incruenta, del consumo y del desarrollo que la codicia llama sostenible. Por muchas piezas que mate un cazador, mata más la mentira en que vivimos, eso sí, tan contentos.

2 comentarios:

zeltia dijo...

después de leer esto me entran ganas de comer verduras para los restos. Pero como dice mi compañera de trabajo: claro, como las plantas no te miran con ojitos, hale, todos a comérselas.

cazar para comer parece algo tan natural como respirar. somos depredadores. Es cierto que hemos evolucionado y que si para estar bien alimentados no necesitamos privar de vivir a ningún ser vivo estaría genial. Aunque, como dices, es muy comodo tener quien hace el trabajo sucio, no mancharme de sangre, comer el jamón ibérico directamente en el plato, hoy que es fin de año.

Feliz Nochevieja! y que en el año que entra, que no será próspero, tengamos momentos lindos.

Soros dijo...

Casi todo lo que comemos primero hay que matarlo o, si no, matarlo a mordiscos.
Que tengas un buen año, Zeltia. Aunque no sea próspero, porque no por eso ha de ser malo.