02 febrero 2013

II.-El Renuncia: De zapatos y espejos



Mientras caminaba miró sus zapatos. Habían sido unos zapatos suaves, flexibles, de un cuero finísimo parecido a la cabritilla, ese género que se solía emplear para guantes por su extremada blandura y flexibilidad. Fueron, y aún lo eran, unos zapatos confortables, elegantes y, sobre todo, cómodos. Pero habían pasado dos años y, en los contenedores, no había encontrado mejores sustitutos. Por el extremo cuidado de su curtido, el cuero, ya tan sobado y fino como una badana, no había llegado a romperse pero, sin embargo, aparecía ajado allá donde el pie doblaba y mostraba un sinnúmero de arrugas, casi simétricas que, llenas de mugre por la falta de limpieza, les daban una apariencia más desastrada y sucia que si acabara de cogerlos de un cubo de basura.
Mirando las arrugas de aquellos zapatos finos les encontró, o quiso imaginar en ellas, cierto paralelismo con las del pellejo rugoso de su cara. Era fino también y ya tiraba a viejo, y estaba resecado por la intemperie, amén de áspero, casi de continuo, por lo irregular de los ocasionales afeitados. Recordó entonces el espejo de casa, aquel espejo amigo que tantos años le acompañó día tras día en la agradable calidez del cuarto de baño. Supo entonces que, por el roce, aquél estaba compinchado con él y por eso le devolvía, al afeitarse, imágenes amables del inapreciable deterioro diario. Aquella hermosa luna, halagadora cotidiana, tenía la virtud de volver imperceptible el avance del tiempo. Era aquél un espejo afín a él, continuamente frecuentado, que le devolvía una imagen amorosamente distorsionada de sí mismo, así que, en él, se contempló siempre con benevolencia. Fue, sin duda, uno de los muebles de la casa a los que más cariño profesaba y a los que más tiempo dedicó. No se dio cuenta hasta ese día.
Ahora, a decir verdad, no eran muchas las ocasiones que tenía, viviendo en la calle, de mirarse detenidamente en un espejo. Además ya no era igual, eran espejos ajenos, desconocidos, comunes, espejos de urinarios públicos, de malolientes retretes de tabernas, de los servicios sucios de las estaciones, de letrinas hediondas y olvidadas, que incluso solían, además, estar empañados, mohosos, arpados, rotos o eran espejos enfermos que, con el azogue carcomido por los años, mostraban un cristal con aspecto de cancerosa podredumbre. A nadie podían gustarle aquellos espejos ordinarios, evidentemente sinceros, que, en su grosería, te devolvían una imagen no deseada, una imagen que no querías ver, como si te lanzaran un escupitajo descarado desde la otra parte del cristal. Así de soez era la realidad.
Parecía mentira que se hubiesen pasado un par de años. Él no lo había notado, pero los zapatos sí y no hacían sino recordárselo desde que, sentado en un banco del parque, había reparado en ellos y los miraba tan detenidamente como si fueran la cara familiar de un pariente estropeado por los años. Eran zapatos de tafilete, algo que ya no se hacía o, que si se hacía, se hacía para cuatro caprichosos dispuestos a pagar por un par una fortuna.
Fue lo último que compró antes de que muriera su mujer. Y el recuerdo le llenó de ensoñación. La muerte aquella fue una muerte mentirosa. Al menos, a él, le engañó. Fue repentina, como cuando a un niño se le revienta un globo. Tan asustado como sorprendido, tardó en entender.
Él era por entonces un hombre de fortuna. Su negocio marchaba. Hasta el punto de que, con unos cuantos becarios, gobernados por otros pocos contratados, con contratos basura, le bastaba para que aquello prosperara. Sólo pagaba un sueldo en condiciones: el de aquella gerente pelirroja, tan espabilada que era la única que percibía, en puridad, lo justo por llevar el peso del negocio. Él ya llevaba años dedicándose al ocio.
Pero, luego de entender la magnitud de aquel adiós inesperado, supo de sí mismo que ya no se necesitaba. La simpleza del asunto se le hizo evidente. Ya no quiso más aquel espacio que había sido su casa suntuosa. Abandonó el negocio en manos de la gerente jara. Dejó todo y se dio a la renunciación, que venía a ser igual que el ocio, sólo que sin dinero ni propiedades de consideración.

4 comentarios:

Insumisa dijo...

Un abandono en espera de la muerte, parece. Entonces fue una renuncia apolítica. Sin idealismos trasnochados. Solo renunció.
La voluntad de cada uno es... a veces inexplicable.

(-_-)

Soros dijo...

Sí, Insumisa, una especie de renuncia laica, sin creencias, sin posturas definidas. Algo así.

Zeltia dijo...


La idea:

"Era aquél un espejo afín a él, continuamente frecuentado, que le devolvía una imagen amorosamente distorsionada de sí mismo, así que, en él, se contempló siempre con benevolencia".

Soros dijo...

Todos, Zeltia, nos contemplamos en el espejo de nuestra benevolencia.