03 enero 2018

Empatiza


-Sr. V. P., ¿cuál es su nacionalidad?
-Rumana.
-¿Por qué vino a España?
-Porque el salario mínimo es tres veces mayor que en Rumanía.
-Pero, por esa misma razón, podía haber elegido Francia, donde es seis veces mayor que en su país. ¿Por qué eligió España?
-Pesaron en mí más las razones de afinidad, de hermanamiento. No sólo por el idioma, sino porque hasta en nuestro himno se menciona el nombre de Trajano. Trajano, nada menos, ¿se da cuenta?, ese ilustre español. Además los franceses son muy suyos, ya lo saben, a ustedes les vuelcan los camiones y les tiran el vino. A nosotros nos echan, vamos que ni nos dejan explicarnos, en cuanto nos ven, de patitas a la frontera, son abominables, qué rumanofobia tienen, mucha Revolución Francesa pero, sí, sí. Esto, sin embargo, es diferente. Siempre he sentido especial afinidad por los españoles, como si Rumania fuera una especie de república asociada a España, como si fuera casi una especie de Cataluña en la Europa del Este. Aunque yo, eso de que España nos roba, no podría decirlo nunca, sería un desagradecido.
-Bueno, bueno, pero Trajano, aunque nacido en España, era un romano de su tiempo y, además, en su himno también se menciona que por las venas de ustedes corre sangre de romano. ¿Por qué no fue a Italia?
-No, no. Mire, no me líe usted. Aquí encontré un trabajo en la construcción, vivía bien, pero durante la crisis lo perdí. No han vuelto a llamarme. Luego ya, vino una cosa tras de otra. Además en Italia ciertas labores están ya muy acaparadas y no se perdona el intrusismo. Italia, ante el mundo, da la imagen de ser un país dulce, pero no lo es, créame. Me imagino que usted estará al día. Hay que ser conformista, a veces, lo enemigo de lo bueno es lo mejor.
-Explíquese usted, Sr. V. P., por favor.
-De Italia, ni de ningún otro país, quiero decir más, porque yo, como sentirme, me siento español. Sí, soy rumano, pero me siento de aquí. No se puede luchar contra los sentimientos. Pero aquí, en España, tras quedar en el paro, pronto se me agotó el subsidio de desempleo y me vi en la calle. Pedí limosna en ella durante meses y viví en albergues de caridad e incluso dormí a la intemperie. Poco a poco las limosnas fueron menguando. Enseguida me vi, primeramente, ignorado, luego, mirado con desprecio y, finalmente, aporofobiado a tope, sin piedad, con esa aporofobia mala, pero mala, mala, ¿sabe cómo le digo? Me costó, juro que me costó mucho, pero fue entonces cuando renuncié a mis principios cristianos (“Es mejor pedir que robar”, por resumir) y, aprovechando mis conocimientos de F.P. en las ramas de cerrajería y electrónica, me asocié para delinquir, lo reconozco y, por todo ello, sufrí persecución por la justicia, talmente como los bienaventurados. Y todos estos hechos los acepto y no los niego, porque a ellos me abocó la miseria y porque de ellos estoy arrepentido mogollón. Afortunadamente, estoy en un país, de democracia contrastada y justicia garantista, que velará por mi derecho a la redención y, después de un castigo justo pero proporcionado, me reintegrará a esta sociedad a la que pertenezco y que ya identifico como mía. Aquí se aborrece el delito, sí señor, pero se compadece al delincuente. ¡Yo soy español, español, español! ¡Oé, oeoeoé…!
-Bueno, bueno, no se venga arriba, Sr. V. P. ... Comprendo su entusiasmo por nuestro país, cosa que le honra y que el país merece, pero guarde la compostura que debe ante este tribunal. ¿En cuántos robos ha participado?
-Hombre, robos, robos, dicho así… Muy pocos, casi no me acuerdo. Pero siempre sin violencia, mire usted. Somos cristianos en Rumanía y odiamos la violencia. Para que se haga una idea, ni siquiera amenazábamos si éramos sorprendidos. Por eso siempre, en nuestras actuaciones, hablábamos en rumano, para no asustar siquiera. Eso tranquilizaba mucho a las víctimas. Ya se daban cuenta de que no éramos ladrones malos de esos que dicen: “Quita de ahí, que te rajo” o “Como no te estés quieto, te corto los güevos” o “Como grites, te saco los ojos con el destornillador”. No, no, nosotros éramos ladrones no violentos, se nos notaba a la legua. Sólo robar y huir, ni tiros, ni puñaladas… qué va, qué va… bueno, ni siquiera una triste hostia, se lo aseguro. Ladrones pacíficos a tope. Lo mismo que le digo una cosa le digo la otra. Mire, en realidad, los de mi gremio somos una especie de okupas del dinero: al que no lo usa, se lo ocupamos. Lo mismo que hacen los perroflautas con los pisos, vamos. Una realidad social totalmente admitida y amparada por la jurisprudencia. Una especie de aplicación del derecho natural. Si lo miran así, seguro que lo comprenderán mejor. Perdonen por el ejemplo, pero es que a veces cuesta mucho que a uno lo comprendan.
-Y, ¿no le da vergüenza que, con sus actos, pueda destrozar la fama y el buen nombre de miles de compatriotas suyos que vienen aquí a trabajar honradamente?
-Pues sí. Eso lo he pensado alguna vez, es el punto más débil de mi argumentación, lo reconozco. Sin embargo, ponderando detenidamente sobre este hecho, yo me pregunto: ¿Hay algún colectivo que se libre de tener en su seno alguna oveja negra, algún descarriado? ¿O es que ustedes no tienen delincuentes autóctonos? ¿Deberíamos ser nosotros, los rumanos, una excepción? ¿Estaríamos entonces verdaderamente integrados? No quiera hacer de mí una excusa para la xenofobia, ustedes viven en una sociedad avanzada que está contra eso. Y, por otro lado, del mismo modo que mis compatriotas aquí, trabajando honradamente, contribuyen al aumento del PIB, ¿acaso no creamos los delincuentes puestos de trabajo? ¿No somos también generadores de empleo? ¿Qué me dice de los cerrajeros, los carpinteros, los fabricantes de alarmas, las fábricas de puertas blindadas, los guardias de seguridad, los psicólogos, los ansiolíticos, los tranquilizantes, la misma policía…? ¿Es que desde nuestra incorporación a la sociedad española no se han incrementado los puestos de trabajo en algunos sectores? Estaría usted ciego si diera la espalda a estos hechos. Y, como le digo, todo a cambio de una delincuencia de baja intensidad, que incentiva la ocupación laboral y que rehuye la violencia y los enfrentamientos: una delincuencia pacifista. Una cosa, en su género, casi aséptica.
-Pero, pese a lo que dice, ustedes se enfrentaron a la Guardia Civil.
-¡Cuidado, eh, cuidado! Que esos ya venían con muy malos modos, que esos sí que venían en plan agresivo, ¡menudos violentos!, que existe el derecho a la defensa propia, que, pese a lo que digan algunos catalanes, esto no es una dictadura… Pues claro que nos defendimos, hasta ahí podíamos llegar. ¡Vamos, hombre!
-Sr. Juez, no necesito más declaraciones de mi defendido, un hombre que demuestra ser más patriota que muchos españoles, un verdadero españófilo. Su detención, evidentemente, se debió a una desproporcionada violencia por parte de las fuerzas de orden público ante unos delincuentes pacíficos, socialmente desfavorecidos y aporizados por la coyuntura económica. Por ello pido la anulación de este juicio y la puesta en libertad de mi defendido, naturalmente, sin cargos. Y, además, reclamo un alegato final de este tribunal en contra de la aporofobia, pues ha quedado constancia de que mi defendido fue aporofobizado sin miramientos y, como consecuencia, se vio abocado irremediablemente a la delincuencia pacífica de baja intensidad. La elección menos mala, póngase en su lugar. Empaticemos todos, señoría. ¡He dicho!


12 comentarios:

Sara dijo...

Jajajaja, pues el Sr. V. P. podría ganarse la vida como abogado en las Américas, donde a los leguleyos les dan mucho dinero por defender (o defenderse). ¡Y así dejaría de sentir la aporofobia! :)

Besos, Soros.

Marisa C. dijo...

Interesante relato e interesantes reflexiones... Abrazos.

Ángeles dijo...

Un retrato social digno de los satíricos del XIX.
Muy divertido, si no fuera por lo que esconde.

Soros dijo...

Sí, Sara, las palabras dan para cualquier razonamiento.
Besos.

Soros dijo...

Gracias, Marisa C., por pasarte por aquí. Espero que vuelvas.
Un abrazo.

Soros dijo...

Ángeles, la sátira es tan antigua como la escritura. Pero, ciertamente, nos estamos encontrando con situaciones nuevas que no sabemos cómo afrontar. Es difícil buscar un equilibrio sensato cuando en uno de los platos de la balanza se posa la violencia.

Anónimo dijo...

Aporofobia es una palabra nueva para una realidad muy antigua, el miedo o el odio al pobre.
Pero no creo que la haya sufrido el protagonista de tu relato, por mucho que quiera aprovecharse de la novedad.

Soros dijo...

No, Palomamzs, el protagonista de mi relato se apuntaría a cualquier cosa que le conviniese.

Conxita Casamitjana dijo...

Desde luego no será porque no tenga argumentos y es que como bien dices el protagonista se apunta a lo que le convenga. Los prejuicios y los perjuicios y las palabras usadas según convenga. Interesante cuento con una buena carga de ironía.
Saludos

Soros dijo...

Conxita, alguno de mis maestros estuvo a punto de ahogarme de pequeño, sólo uno de ellos, más agudo, me recomendó dedicarme a la política. Desafortunadamente, no le hice caso y por eso no soy rico pero, a cambio, conservo el sentido del humor.
Un abrazo.

Sara O. Durán dijo...

Jajaja. Muy buena defensa. No necesita de abogados.
Abrazo.

Lan dijo...

Es una parodia, Sara O., pero tiene su fondo. A veces la gente se aprovecha de las cosas sin darse cuenta de que, al tiempo, las destroza.