19 junio 2016

El Camino de la Ruina

Dicen que en un pueblo serrano, hoy desaparecido, había un camino que no llevaba a lugar alguno sino que tenía al tiempo por desembocadura. Le llamaban el Camino de la Ruina. Salía de una aldea, hoy abandonada, que tuvo por nombre Portarrecia y cuyos restos aún se reconocen entre la vegetación arrolladora y salvaje de un valle perdido del Sistema Ibérico.
Y cuentan, los que conocieron a alguna de las personas que transitaron por aquel camino u oyeron relatos de terceros sobre ellas, que los caminantes, que por esa trocha se internaban, a veces no volvían y, los que volvieron, nunca supieron con total certeza qué tiempo visitaron.
Algunos sostienen que los que por ese sendero se perdieron iban buscando el pasado. Y que, cuando lo encontraban, comprendían que el mundo era antaño mucho más injusto, con trabajos más duros, con más enfermedades, con menos alimentos y más hambre. Y que, por eso, generalizando, lo llamaban el Camino de la Ruina.
Otros, por el contrario, decían que los que anduvieron por tal camino buscaban el futuro. Y que, cuando daban con él, entendían que el mundo tendía a desnivelarse, que unos vivirían sin límite y otros morirían apenas alumbrados, que los más altos adelantos convivirán con el exterminio y que el género humano sustituirá los sentimientos por las utilidades. Y que es ésta la razón por la que llamaban al tal camino el de la Ruina.
Tras indagar mucho, me informaron de que en una residencia vivía un anciano de aquéllos que se sabía con certeza que habían recorrido tal camino. Pero, me dijeron, que no sabían si querría hablar conmigo ni si, en el caso de que accediera a ello, le encontraría en sus cabales.
Me sorprendió dar con un hombre que rondaba los cien años. Tenía tan ágil la mente como torpe el esqueleto. Pero no pareció extrañarle mi curiosidad, ni tuvo reparo alguno en conversar conmigo.
El señor Telesforo había sido cartero. Fue el último que hubo en Portarrecia. Todos los lunes bajaba a por la correspondencia a la cabeza de partido de aquella zona serrana. El resto de la semana la repartía en el pueblo, las aldeas aledañas y en los caseríos dispersos por las cercanías. Todos los trayectos los hacía en caballería pues los caminos de la zona no eran aptos para vehículos a motor y, además, había muy pocos por entonces.
Tras conversar con él y hacerme cargo de las características de su trabajo y de la zona y del pueblo que habitó, entré en el asunto que tan curioso me tenía:
-¿Qué me puede decir usted, Telesforo, del Camino de la Ruina?
El viejo cartero pareció sorprendido de que le mentase el tal camino. Pensó un poco antes de hablar. Al fin, sonrió y me contó lo siguiente:
-No sé lo que le habrán contado. Pero lo que yo voy a contarle, sin despreciar otras historias, es la mía y la de los míos en ese camino.
-Seguramente –le interrumpí- tuvo usted que recorrerlo alguna vez o pasar por él para cumplir con su trabajo.
-No. Mi paso por ese camino fue anterior. Lo recorrí en mi infancia, a pie, con mi hermana y mi madre y una perrilla conejera, pequeña y peluda, a la que llamábamos la Pulga. Mi padre había muerto un mes antes. Mi hermana y yo éramos muy chicos y mi madre era una mujeruca endeble y enfermiza. Lo poco que dejó mi padre lo consumimos en ese mes. Y, desesperados y acuciados por el hambre, un día decidimos los tres tomar ese camino y ver dónde llevaba, pues lo incierto nos tentó entonces como una esperanza, porque de lo cierto sólo la limosna nos cabía esperar y eso duraría poco. Porque los buenos sentimientos duran menos que el dinero. Y, por llamarse el Camino de la Ruina, nos pareció que, estando nosotros arruinados, bien podríamos transitarlo con todo merecimiento, por ver a qué sitio llevaba o si era cierto que no llevaba a sitio alguno, sino a otro tiempo diferente. Pues eso decía la leyenda que todos sabíamos en Portarrecia.
-Y, ¿dónde conducía? ¿Llegaron a otro tiempo?
-Pues no sabría decirle con exactitud, porque la sierra en la que nos internamos es, como todos los paisajes desiertos, ajena al tiempo. Pero puedo asegurarle que, tras varios días de caminar sin descanso y dormir en oquedades, terminamos también nosotros por perder toda relación con el espacio y con el tiempo. Y, acabadas las provisiones y desengañados de encontrar solución a nuestra ruina, una mañana, cuando al despertar nos encontramos de nuevo perdidos en la nada, decidimos abrazarnos los tres y despeñarnos.
Ya nos habíamos despedido y besado y pensábamos, con lágrimas en los ojos, que en breve nos reuniríamos con mi padre.
Cuando, abrazados los tres cuerpo con cuerpo, estábamos a un pie de dejarnos caer al precipicio, apareció la Pulga con un conejo en la boca. La sensación de que un animal era más valiente que nosotros me encorajinó, miré al vació y me dio tal vergüenza de nosotros mismos que vomité, aunque tan poco habíamos comido que sólo fueron bilis. Les dije a mi hermana y a mi madre que no nos tiraríamos y que nosotros éramos, al menos, tan capaces como un perro y que, entre los tres, nos las arreglaríamos para sobrevivir. El milagro obró y ellas se contagiaron también de mi valor recién nacido. Y, de aquel tiempo extraño que habíamos vivido en el camino, regresamos al nuestro y supimos dar con el de vuelta a Portarrecia. La gente del pueblo, al ver que habíamos regresado del Camino de la Ruina, nos miraban con respeto y nunca nos preguntaron a qué punto llegamos. Unos con una cosa, otros con otra, todos nos ayudaron y, con un poco de cada uno y un mucho de nuestra parte, salimos adelante. Yo he ocultado siempre con vergüenza lo que estuvimos a punto de hacer.
-Y, ¿por qué me lo ha contado a mí?
-Porque, por lo que veo, leo y escucho cada día, hay muchos lugares de los que hoy parten esos Caminos de la Ruina y son muchos miles de personas los que por ellos transitan y van en busca de algo que tenemos miedo a darles: ayuda y esperanza. Y pienso que, si a nosotros tres nos ayudó un perrillo a recobrar la fe, cuánto más podría hacer esta Europa opulenta para paliar tanta tragedia, salvarles a ellos y salvarse a sí misma del oprobio que a todos traen estas desgracias. Y porque creo que el Camino de la Ruina existe pero no lleva a ningún tiempo ni tampoco a un lugar, sino que nos pone delante de nosotros mismos. Porque sólo los ruines toleran la ruina.

12 comentarios:

Sara dijo...

Aunque el mensaje, evidentemente, es otro, yo me quedo con esa idea que lanzas de que el suicidio es algo cobarde y vergonzoso. Fíjate, yo pienso lo contrario. Uno no solo se quita la vida por desesperación ante la miseria; hay miles de razones: la inexorabilidad de la llegada de la muerte, por ejemplo. A mí el suicidio me parece no solo poético y heroico, sino de lo más valiente que se pueda dar. Es más, me da coraje no tener el valor (ni los medios) necesario para llevarlo a cabo cuando considere que ha llegado el momento.

Me ha encantado que digas que en el "futuro" se sustituirán los sentimientos por las utilidades. Creo sinceramente que ya estamos instalados en ese futuro, y creo que ahí está todo el meollo de tu interesantísimo relato.

Besitos.

Soros dijo...

Gracias, Sara.
En caso de no tener valor para el suicidio, puedes leer este relato que escribí como parte de uno más largo y del que tengo publicados en el blog muchos capítulos:
https://sorozs.blogspot.com.es/2013/08/vi-el-renuncia-mp-recapacita.html
Del pasado escribimos lo que creemos o estudiamos que pasó, del futuro, muchas veces, escribimos lo que nos tememos o vemos venir.
Un abrazo.

Sara dijo...

Aunque el relato es muy bueno, yo no me tomaría la cosa tan a chufla. Es más profundo de lo que parece. Sé de gente que, al verse presa de una enfermedad mortal y dolorosa, no ha dudado en quitarse la vida. Por ellos y/o por los demás. Me parece que es bastante dramático el considerar que una no tendría el valor de quitarse de en medio cuando esas "circunstancias" de Ortega lo estén pidiendo a gritos.

Saluditos.

Soros dijo...

No, Sara, no me la tomo a broma. Hace poco el veterinario sacrificó a mi perra de ocho años, fiel e inseparable compañera de campo que no de piso, y hubo de hacerlo porque tenía un tumor que la hubiera hecho morir entre dolores. Y, para abreviar, te digo que vivimos en un mundo donde, a veces, los animales tienen mejores derechos que nosotros.¿Por qué hay entidades y personas que se permiten interferir en nuestras vidas y dirigirlas hasta en la intimidad de la muerte? ¿Qué clase de libertad tenemos?
Un abrazo y gracias por leer mis cosas.

Ángeles dijo...

Me ha gustado mucho ese aire algo fantasmal que tiene el relato, y la idea de que unos creyeran ver en el camino el pasado y otros el futuro. Supongo que, si como dices al final, el camino le hacía a cada uno verse a sí mismo, los que veían como ruina el pasado tenían fe en el futuro, y los que veían como ruina el futuro tenían miedo del porvenir. Quizá es que deberíamos preocuparnos más por el presente, que al fin y al cabo es donde todo tiene lugar.

Me gusta mucho también la idea de que los lugares desiertos son ajenos al tiempo. Esto me hace pensar que somos nosotros, los seres vivos, los que llevamos el tiempo con nosotros, a cuestas, y que donde no hay vida no hay tiempo.

Es que el Tiempo a mí me parece un asunto fascinante.

Soros dijo...

Gracias, Ángeles.
De la preocupación por el presente se habla en el último párrafo que, si lo miras bien, es el meollo del cuento.
Esa percepción del tiempo a la que aludes, la comparto también. Y cuando uno camina en solitario y se interna en parajes desiertos tiene esa sensación, la de que el tiempo no existe, la de que el tiempo lo ponemos nosotros, la de que los seres humanos invadimos los lugares con "nuestro tiempo".
Y mucho de fantasmal tiene esa aventura, con tintes generalmente de desgracia, en la que hoy en día tantos de nuestros semejantes se embarcan. Y mientras sueñan en su viaje con unos ideales de esperanza, de amparo fraternal, se ven tratados como perros y no hay, sino unos pocos Quijotes solitarios, que tratan inútilmente de ampararlos. Benditos sean estos últimos.

Ángeles dijo...

Sí, sé que al final, cuando se habla del presente, es donde está el meollo del cuento, como dices.
De hecho, al llegar al último párrafo ha sido como apearme de un sueño y darme de cabeza contra la realidad.
Porque a mí, literariamente, me ha atraído más esa especie de "filosofía del tiempo" y esa atmósfera de irrealidad que recorre todo el texto y que me ha encandilado.

Soros dijo...

Creo que te entiendo, Ángeles, te ha gustado más el recorrido que la llegada. Pasa casi siempre. Tal vez, por eso, algunos cuentos sería mejor dejarlos sin final para que cada cual imagine un desenlace o se quede flotando en el misterio de lo que no se concluye.
Gracias de nuevo por tus comentarios.

Conxita Casamitjana dijo...

Buen relato en el que, para mí, se narra ese paso por la desesperación que lleva a soluciones drásticas, ni fáciles ni difíciles. El suicidio no es algo fácil de juzgar, porque quien toma esa decisión no ve más salidas y eso no implica ni cobardía ni valentía, sino desesperación.

Me ha gustado como a través de ese perrito consiguen contagiarse y luchar por seguir viviendo y esa comparativa con la situación actual donde a los que menos tienen les acabamos quitando casi hasta la esperanza.

Muy sensible y buen relato.
Un saludo

Soros dijo...

Gracias, Conxita.
Supongo que, con respecto al suicidio, pueden ser muchas las circunstancias que lleven a él.
Pero me resulta extraño que nuestra sociedad, a la que le sobra todo lo básico, tenga miedo de otras personas que se acercan careciendo de todo. ¿Tanto nos hemos aficionado a un nivel de vida en el que ha de sobrarnos de todo? ¿Tenemos miedo a los que vienen a Europa suplicando o nos lo inculcan? ¿Amamos tanto a nuestras delicadas mascotas que hemos perdido el amor a nuestros semejantes?
Hay muchas cosas contradictorias en nuestro comportamiento o, al menos, a mí me lo parecen.
Saludos.

Conxita Casamitjana dijo...

Somos muy contradictorios sin ninguna duda, y sí, ver nuestras actitudes con aquellos que solo desean vivir en paz es vergonzoso.
Un saludo

Soros dijo...

Conxita:
Nuestro comportamiento para con los que huyen debiera ser tal que a ellos y a nosotros nos dejara paz en corazones y conciencias.
Pero huyen de guerras y matanzas, no sería bueno que, al mismo tiempo, no pidiéramos razones de estas tropelías a los que las promueven, las toleran y las fomentan y que, alguna vez, nuestros políticos, que para eso están, nos hablaran de las razones de estas guerras y señalaran a los responsables y a los que obtienen beneficios de ellas. Pero seguramente estoy pidiendo peras al olmo.
Saludos.