17 noviembre 2011

La fascinación

 A Isidro Martínez Sanz por sus recuerdos, narraciones de caza en solitario.

La caza puede ser también una fascinación. Hay casos que lo corroboran. El tuyo, Isidro, es uno de ellos.
Seguramente empezaste en la caza como tantos otros, pero llegó un momento en que tus esquemas se alejaron de los convencionales.
Del mismo modo que, hace muchos años, te topaste con aquellas huellas extrañas, por entonces, y empezaste a seguirlas sin saber adonde te llevaban, en los últimos años, con tus relatos, te has metido en el seguimiento de otros rastros nuevos: los de tus recuerdos.
Y estos rastros te están haciendo aprender, igual que lo hicieron las huellas de aquellos solitarios, cosas a las que tú nunca pensaste en acercarte. Puede que la principal de ellas sea, tal vez, el arte de narrar.
En una narración están los hechos. Y, tras los hechos, hay, en tu caso, una pasión fuerte y oculta que, con la mucha práctica, desembocó en ciencia eficaz. Fue a fuerza de observar, de andar y desandar, de imaginar, de probar, de fallar hasta acertar, y de, en conjunto, depurar tus conocimientos prácticos sobre unos animales míticos que, hace ya varias décadas, comenzaron a poblar La Alcarria. Así ocurrió.
Al seguir las pistas de aquellos grandes solitarios tú te convertiste en otro de ellos, en otro gran solitario de la caza. Y, en aquel momento, se produjo la metamorfosis, el gran cambio. Dejaste entonces para siempre de ser un cazador al uso. Pasaste a ser un individuo distinto y, según corroboran los hechos, único en tu género.
Tuviste que saltarte muchas reglas porque, de otro modo, aquella vocación habría quedado encarcelada.
No existía coto para tu pasión, y tu conocimiento de terrenos y lindes te sirvió para, como otro fantasma de los que describes, pasar invisible por unos y otras, aunque sin el sentido de impunidad del animal salvaje, libre e irracional porque, si hay algo que siempre acompaña al hombre, es el temor. Tal vez seamos por eso inteligentes.
Fuiste, en definitiva, un depredador más, pero no impune, sino con enemigos de tu talla. Y, si los codiciados solitarios acumularon prudencia e instinto de supervivencia en cien acosos, tú no les fuiste a la zaga en el arte de localizarlos evitando, a la vez, ser tú el atrapado por vigilantes celosos, por propietarios con muchos fueros y poca ley o por competidores varios que, casi siempre, jugaban con ventaja.
Puede decirse que tu aventura era doble: cazar y no ser tú la presa, llevando encima, aparte de tu entrañable Vieja, una mochila repleta de temeridad, de pasión y también de miedo soterrado. Un equilibrio difícil de mantener cuando no es flor de un momento, sino experiencia de días, noches, tardes y mañanas durante años, con los sentidos bien despiertos y un peso que, sin que el cuerpo lo aguantara, pesaba en tu alma.
Otros muchos factores colaterales te hicieron, ya de paso, perito en vientos, en heladas, en asperuras y blanduras, en noches de luna llena, en tormentas y en todas esas cosas que el campo tiene escritas por el aire y el agua en sus entrañas, en sus recovecos, en sus criaturas y en la misma palma de la tierra vieja.
Así que, amigo, te deseo lo mejor con tus relatos. Puedes mejorarlos, dejarlos tal como los tienes, publicarlos o no pero, para mí, serán un testimonio siempre grato del último cazador asilvestrado y libre del que tengo memoria.

4 comentarios:

Isidro dijo...

Emotivo y sensacional comentario Soros, para éste que lo ha leído con el máximo de interés. No es para menos, por el entusiasmo expresado en tus letras, con el que has repasado los realtos de PELUDO.

Muchas gracias
Isidro

Soros dijo...

Dicen, algunos expertos en literatura, que las narraciones tienen muchas lecturas. Es ésta una frase que deja siempre en buen lugar al que la dice. Sin embargo, en tu caso, está muy bien traida.
Gracias a ti.

Carles Valls dijo...

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Soros dijo...

Señor Carles Valls:
No estoy interesado en promociones. Escribo sólo porque me gusta. Así que agradezco sus palabras pero prefiero seguir en mi rincón sin buscar nada.
Un saludo.