03 septiembre 2011

¡Ole Camarón!

Qué sé yo como explicame, Sarvi. Porque uno, ciertas cosas, las siente en el magín del alma y en la masa la sangre. Y por eso muchas noches no estuve donde debía estar, porque ese raigón de la copla, que llevaba dentro, me tuvo en otros lugares.
Y de joven ya me empezó a pasar. Sí. Yo no sé qué es lo que el cante tiene. Pero en cuantito que yo me columbraba que lo había, o que la ocasión se prestaba para que lo hubiera en las cuevas de mi pueblo, yo era allí fijo. No lo sé. No sé el porqué, pero aquello me sacaba de mis mientes más que el flujo de las hembras, más que los hurones, más que la caza y, hasta puede, que más que la locura de los toros. Y es que el cante que sale por derecho del corazón, Sarvi, puede matar a un hombre y, también, le hace remontarse y vivir por unos segundos por encima de todo, de la miseria, del poder, de la injusticia, de las penas, de la vida y de la muerte. El cante, amigo, es lo más grande. Te lo dice el Colás. Sí, Sarvi.
Yo aprendí de mi prima que, mal me está el decirlo, era la mujer con más entrañas de mi pueblo. Tenías que haberla escuchao por la Niña de la Puebla o por la Marifé o por Paquira la Vieja. Era una divinidá, una emperaora, una fuerza de la naturaleza, una salvaje, un monstro del desgarro encarnao en mujer. Mi prima, cuando cantaba mi prima me sobrecogía, ma atenazaba, ma hacía sentirme como el barro, sí, como el barro, igual que el barro. ¡Qué garganta, papo, qué arranque, qué profundiá, qué sentimiento tan disforme! Ninguna hembra ma desarmao el cuerpo, ma ablandao la masa los sesos y la cáscara de los ojos como mi prima. Era pa verla.
Ella tenía tres o cuatro años más que yo, pero, pa mí, era más que mi madre. ¡Qué diosa, que princesa, cómo me hacía subir el ahogo la garganta arriba, como me anudaba las tripas aquella pagana descará de mi prima! Aquello sí que era un fuego andante. Yo creo que ha sido la única mujer en el mundo que ma anonadao. ¡Vaya hembra completa! Mi prima, sí: era pa descubrirse.
Lástima que tú sólo vinieras conmigo el día de su entierro. Bueno, también viniste a la cueva la última vez. Que yo le canté una de sus tiempos, por Farina. Pero ella ya no pudo responderme porque, por el mal, ya no valía. ¡Bien alto lo puedes decir: en mi pueblo aún no ha nacío otra como mi prima!
Y yo, pues claro, era jovencillo y, cuando iba con las ovejas al campo y nadie me oía, cantaba imitando a Porrina de Badajoz, a Marchena, a Farina, a Antonio Molina. Y, aunque mi voz no la tenía educá, yo me di cuenta que el cante nacía de las tripas, sí, de las mismísimas entretelas y que, si no nacía de ahí, no lo había. Ya podían educarte la voz los mismísimos cantores de Viena. Porque el cante, Sarvi, no es voz, ni melodía, ni música, ni ritmos, ni compases, ni solfas. El cante, amigo, es una fuerza más de la naturaleza, una pujanza, un ahogo, un desbordamiento que sólo aflora en los adentros de algunas personas, que es igual que el bramido de la tormenta, igual que el rayo blanco, igual que el vendaval, lo mismo que el ruido de los ríos o el latir de la mar. El cante verdadero, Sarvi, es un sonido de la tierra esta que pisamos y que, a algunos, se nos trasmite por las patas arriba y lo soltamos por la garganta porque no nos cabe dentro, porque su poderío podría matarnos.
Y asín fui ganando en práctica y, al final, me dejaron cantar en las bodegas. Yo, al principio, sólo imitaba. Sí. Sólo al cabo del tiempo me fui soltando y, poco a poco, me encontré a mí mismo y me di cuenta que había un rincón del cante pa mí. Pero, claro, como soy medio analfabético, siempre canté letras de otros que, para haber cantado las mías, primero hubiera tenido que ser capaz de escribirlas, cosa imposible, o que otros me las hubieran escrito, lo cual que carecía de fama y de posibles. Porque el sentimiento a mí ma dao de to menos dinero.
Asín que, siempre que bajaba a Bailén con la andaluza a ver a su familia, me pasaba el tiempo en el campo, mirando las ganaderías de bravo, asombrao con las reses, o en las tabernas escuchando de cantar.
Luego, ya sabes, después del accidente, como quedé como quedé, me di cuenta de que, por más que pusiera de mi parte, el cante me se quedaba dentro. Ya no valía de cantar, me se había muerto el nervio. Sí. Fue el peor trance de mi vida.
Asín que un día, en el mismo Bailén, sentí de cantar en una taberna. Me acerqué y entré. Había dos tíos a pique a cual mejor. En una parada les convidé a un vino fino. Y aluego le dije al más jaque:
-        ¿Me cantaría usté “Cuando cumplí mi condena”?
Me la cantó. Me emocioné, Sarvi. No había pa mí consuelo.
Y fue por entonces, pa mi santo, que entre las dos chicas me regalaron aquel disco, bueno disco, un cedé que dicen. Y cuando lo escuché me acordé de mi prima, porque desde que ella había muerto no había escuchado nada igual. Había un martinete en el que se resumía mi vida. Te lo juro, Sarvi. Lo escucharía en una semana más de cien veces. Esa voz desnuda na más que con un yunque de fondo me decía: Colás, ése eres tú golpeando y golpeando contra el hierro de la vida, gritando en ella, mientras ella permanece quieta como el yunque, haciéndote rebotar como al martillo.
Me bebí ese disco y me dije: este tío, el Camarón de la Isla, es lo más grande que ha habío en el cante jondo nacío de mujer. Quise ir a verle actuar donde estuviera pero las chicas me dijeron que ese mismo año se había muerto. Yo me llevé un disgusto casi como cuando se murió mi prima. Aluego, a la noche, puse una vez más el disco. Lo escuché entero llorando como una criatura. Y, cuando terminó, dije:
-        ¡Ole Camarón!
Y debí gritarlo con el alma entera porque mis chicas se levantaron de la cama, vinieron donde yo, y mi Roci, la pequeña, me dijo:
-        Anda papa, acuéstate y no bebas más.

4 comentarios:

Isidro dijo...

Genial, Soros, como todo lo que escribes del Colás.

Un saludo

Soros dijo...

Me alegro de que te haya gustado, Isidro.
Saludos.

Piel de letras dijo...

Recuerdo esa entrada sobre el Camarón. Mucho debe haberte gustado de siempre. Tendré que escucharle mas.

Soros dijo...

Sí, me gusta. No he encontrado ningún tipo de cante que me emocione como ése.
Creo que el Camarón fue un fenómeno al que aún nadie ha superado. Pero estas cosas tienen que ver con el sentimiento y con lo que una voz expresa y, tal vez, con lo que algunos creemos leer en ella. Así que no todo el mundo escucha lo mismo aunque los mismos sones oiga.
Saludos, Piel de Letras.