27 enero 2009

Jubilación


Debiera de ser todo lo contrario. Con miles de horas trabajadas, con participación en experiencias contrastadas, con facilidad para resolver situaciones complejas, con conocimiento de pautas organizativas muy razonables… ¿No sería lo lógico que a la hora de abandonar una profesión tan trabajada y tan vivida se produjera un sentimiento doloroso por tener que dejar lo que, en definitiva, ocupó la mayor parte de tu vida y hacerlo, además, en el momento en el que más sabes de ello?
Como residuos del sistema, a todos nos ocurre lo mismo, deseamos abandonar la profesión cuanto antes. Desentendernos de todo aquello en lo que tanto trabajamos pero de lo que el tiempo y la frustración tanto nos ha alejado ¡Qué coincidencia!
- Bueno, alguno habrá que no quiera.
- Sí, pero justo es el que nunca tuvo ilusión por la profesión. El que nunca trabajó. Mire usted qué cosas. Ese no quiere irse ni tiene prisa alguna por hacerlo. Hay gente a la que se le pasea el alma por el cuerpo.
- Y esos por qué no quieren dejarla, si tan inútiles son.
- Porque en el trabajo jamás hicieron nada y temen que, fuera de él, en su casa, tal vez alguien les fuerce a sacar adelante algunas de las tareas domésticas.
Conocimos años brillantes, incluso fabulosos pero, ineludiblemente, vino el desengaño. No faltó la rebeldía de pretender ejercer lo aprendido, indiferentes al rumbo que marcaran los de arriba. Gran error, porque los de arriba siempre son políticos cuyo problema y programa es perpetuarse y, ¡qué carajo!, ha de hacerse lo que dicen para que lo consigan. Lo demás carece de importancia y, más o menos, cada uno llega a la conclusión que su trabajo merece un respeto y está al servicio de su prójimo, o sea de los ciudadanos, y no radica en servir los intereses de cuatro mangantes. Así que todo decae hacia la indiferencia y la tristeza.
- Y, ¿a nadie interesan los buenos proyectos que como tales funcionaron?
- No, si no lo fueron bajo las siglas de algún partido y de alguno de esos botarates que florecen en tantos despachos tomando su cafetito de por la mañana y su pinchito mojado con la cervecita del medio día. Sí los de los puestos de designación política, los miembros de esas sectitas en las que han derivado localmente los partidos. Esos esclavos del trabajo.
- Y, entonces, ¿qué hacéis los veteranos descreídos?
- Atender bien a la gente individualmente y cumplir con la ley que nos dan hecha y luego vaguear mucho y aburrirnos.
- Si tanto vagueáis para qué queréis jubilaros.
- Para no seguir viendo lo que podría ser y no es, pero ya sin siquiera tener que madrugar ni rellenar papelitos para cubrir las espaldas a los trepas esos de los despachitos.
- ¿Y no seréis unos resentidos?
- No lo niego, pero con el convencimiento de que la cosa tampoco tendría arreglo aunque no lo fuéramos.
Los veteranos, desengañados, estamos solamente concentrados en contar hacia atrás los años o los meses para la jubilación. Insensibles, a nuestro pesar, a cómo los que empiezan se atascan en errores que a nosotros nos llevó años el resolver. Tendrá que ser así, pero algo falla. Aunque dudo que a nadie le importe.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Me falta poco. Muy poco. Y espero, de verdad ESPERO que de verdad sea como me dijo un amigo: "jubilación viene de júbilo"
Pero lo que dice el diccionario es mas tosco.
Prefiero pensar en el júbilo.

Tengo tos :-(

Soros dijo...

Aunque jubilación venga de júbilo, no debes dejar bajo ningún concepto que tu cerebro deje de maquinar. Es más, debes de llevarle a retos que antes nunca tuvo para que de él dimane la energía que te siga manteniendo viva. Pues el cerebro no conoce ni debe conocer, como el cuerpo, la senilidad. El cerebro es esencialmente joven y, ¡ay, si no!
Besos