15 diciembre 2015

Crónicas del Tango (Cap. 8)

Aquel primer jueves de noviembre se sintió recuperado. Antes de decidirse lo pensó. Hacía muchos años, demasiados años, que había cazado allí. Eran otros tiempos. Por entonces tenía un compañero de caza de su mismo temple, con la misma afición.
El viejo no lo era entonces, todo lo contrario. Acababa de terminar la mili. En su trabajo le destinaron a Sigüenza. Aún era soltero y estaba por cumplir los veintitrés. Así que, de aquello, hacía más de cuarenta años.
El amigo se llamaba Rafa. Era otro apasionado de la caza. Coincidieron en Sigüenza y, enseguida, la afición les juntó y, en el campo, les hizo inseparables. La misma pujanza, la misma juventud, la misma devoción por la caza y el campo. En cierto modo, la misma locura.
Fue Rafa quien le habló de la cuesta de Paredes. Por entonces era terreno libre. Rafa sabía que había perdices, pero el terreno tenía uñas.
Con Rafa cazó aquella cuesta varias veces. Alguna de ellas en no muy buenas condiciones. Después de trasnochar y haber dormido apenas unas horas. Todavía bajo los últimos efluvios de las copas. Pero, pese a todo y en el peor de los casos, cada vez que iban, salían, al menos, a dos o tres perdices por cabeza.
Sí, todo eso era verdad, pero habían pasado los años. Rafa había muerto hacía veinticuatro. Y, aquella pujanza de ambos que recordaba, era sólo eso: un recuerdo.
El viejo, aquel jueves, ante la perspectiva de poder cazar aquella cuesta nuevamente, se imaginó que la cazaría, como siempre, con el Rafa. Pero la realidad le dijo que ya no era posible y que, en todo caso, y si se atrevía a desafiar a los recuerdos, la cazaría solo. Que ya no podría derrochar las fuerzas como entonces, que, en todo caso, le bastaría con aguantar la mañana despacio, con cabeza y sin rajarse.
Se sentía incapaz a sus años de enfrentarse con aquella mole. Pero, aquel jueves, aunque nada más fuera por recordar, se decidió a hacerlo. No importaba que no diera pique a las perdices, si es que aún las había. Quería recordar de nuevo aquellos tiempos, pisando con su paralela en las manos los parajes por los que tantos años antes trotó con el Rafa, ambos con aquella juventud que despreciaba el cansancio. Y, tras vencer el miedo a la nostalgia, decidió cazar la cuesta de Paredes.
Por lo que recordaba de entonces, dejó el coche arriba, en lo más alto. Subió con él la cuesta de la carretera que lleva a Baraona y lo dejó en el páramo. El término de Paredes ocupa una parte de la planicie que, en la llanura, linda con Alpanseque, primer pueblo de Soria por ese lado. Las perdices solían quedarse en lo más alto y, si las acosabas entrándoles por la linde soriana, se tiraban a la cuesta de Paredes. Entonces ya se podía meter uno en la pendiente e intentar sorprenderlas. De no entrar de esa manera, se internarían en los llanos, rehuyendo la cuesta, y era mejor abandonar, porque en los llanos de Alpanseque el viejo no tenía autorización para cazar.
Dejó el coche en la misma senda Galiana, testigo secular de trashumancias procedentes de los Cameros sorianos y logroñeses. Se internó con el Tango en el llano. Y, de la carretera de Baraona a la derecha, siguió las tablillas de Alpanseque.
Habían pasado muchos años pero no se equivocó. El Tango seguía con él la linde pero, al cuarto de hora, cogió rastro. El perro se desplazó a la derecha por el llano, llegó a unas cerradas y el cazador vio apeonar al bando de perdices. No sujetó al perro porque las perdices,  de ningún modo, se hubieran dejado acercar en aquel llano. El Tango las voló a la cuesta de Paredes, según lo previsto. La primera fase estaba conseguida. Ahora tenía sentido meterse por la gran cuesta.
Desde el alto Conchá, donde el Tango había volado las perdices, siguió el cazador la linde hasta el barranco Valhondo. Allí giró a la derecha y comenzó, sin bajarse demasiado, a coger la cuesta.
Ni diez minutos habían pasado cuando le salieron tres. Marró el primer tiro pero, al segundo, descolgó una que, a causa de la pronunciada pendiente, cayó cien metros abajo. El Tango no la vio y el viejo bajó con cuidado sin perder la referencia del punto de caída. El Tango cogió rastro, dio con el pelotazo y al medio minuto tenía la perdiz en la boca. Definitivamente el perro estaba saliendo con muy buenas trazas.
Siguió por la parte alta pero, aunque volaron más perdices, no dio pique a ninguna y, por más que tiró a un par de ellas fiándose del plomeo largo de la paralela del veinte, las marró. No sabía si las tiraba tan lejos por la eficacia del veinte en la distancia o porque su vista, engolosinada por los tiros largos, le engañaba en el cálculo.
Poco a poco fue bajando casi hasta la carretera que discurre frente a Paredes y Rienda. Las perdices que vio, avisadas ya, salían siempre largas.
Siguiendo por la parte de abajo, casi por las labores, recordó, de cuando sus correrías con el Rafa, que había dos oteros, dos pequeños cerretes, dos tesos casi cónicos, donde tenían las patirrojas querencia por quedarse.
Llegó al primero y lo subió despacio, cruzándolo en diagonal, con el perro delante. Y, al dar cara a la salida del teso, cuatro o cinco saltaron de la parte de abajo, pero nuevamente marró. Y, esa vez, estaba seguro de que salieron a tiro. De nada le valió mosquearse consigo mismo.
Ahora sólo quedaba llegar hasta el otro otero, ya pegando a la linde con lo de Valdelcubo.
Al cruzar un conjunto de tainas abandonadas y diseminadas entre los dos cerros, varias perdices se le volvieron por arriba. Y volvió a acordarse del Rafa que, cuando entonces, solía apretarles por la parte alta y chistarle las que bajaban. Estaba bien recordar al Rafa pero, ese día, sólo quedaba echarle de menos.
El Tango comenzó a adelantarse, pero el viejo se dio cuenta de que el animal buscaba en las junqueras. Buscaba agua porque en toda la ladera no había gota de ella. El manantial de siempre, entre las tainas, estaba también seco.
Llegaron, a pesar de todo, al otro otero, al de la linde de Valdelcubo. Y, de acuerdo, es cierto que el Tango se adelantó un poco pero, las perdices, salieron por detrás de una ancha encina que hay en su ladera y el viejo no pudo tirarles, porque no acostumbraba a disparar a los sonidos. Mala suerte.
Subió a lo alto del teso. Agotado, se sentó en una piedra. Miró al Tango jadear, con un palmo de lengua fuera, tan largo como una gran loncha de jamón. Y el cazador se apiadó del perro y vertió en una oquedad de la roca el medio litro de agua que llevaba y dejó que el Tango, ansioso, la apurara.
Eran más de la una. Sabía que sus fuerzas estaban ya semiacabadas. Sabía también que las perdices voladas, a esas alturas, habrían subido ya nuevamente ladera arriba.
Fatigosamente subió la cuesta describiendo ángulos para que se le hiciera llevadera la ascensión. Una vez arriba emprendió el regreso hacia el coche intentando sorprender a los pájaros en cada asomada que le pareció propicia.
En muy pocas botó alguna perdiz, pero, cuando botó, siempre lo hizo por abajo a gran distancia. No tiró. No tenía sentido.
En una de las últimas asomadas, estando ya relativamente cerca del coche y dando vista nuevamente a la senda Galiana, el Tango marcó antes de asomarse. Miró al viejo y le esperó, como con deferencia. Y, cuando éste se asomó, saltaron dos perdices a unos cuarenta metros. Afinó el veterano y cayó una.
Inmediatamente llevó al perro al sitio de caída. Pero el Tango parecía loco por alejarse de aquel punto. Hubo de llamarle varias veces y obligarle a rastrear. Pero la perdiz no aparecía. El viejo tuvo al perro de aquí para allá un cuarto de hora por la zona, pero nada lograron. ¡Qué decepción más grande, con las patadas que costaba abatir una!
Bajaron más abajo en la ladera. Pero sin éxito. Sólo entonces reparó el cazador en que el Tango miraba continuamente hacia abajo y emitía una especie de gemidos muy quedos. Animó al perro. El Tango enfiló entonces cuesta abajo cada vez más picado. Su velocidad era creciente y el viejo se quedó observándole, sin voluntad por seguirle, sin fuerzas. Desapareció el Tango ladera abajo perdiéndose por las hondonadas. El cazador no sabía dónde estaba, lo había perdido de vista, pero tampoco lo llamó. Le esperaría y, cuando el perro se cansara, ya regresaría en su busca al punto de partida.
Habían pasado más de cinco minutos. El cazador ya estaba nervioso por la ausencia del perro. Temía que se hubiese bajado hasta la carretera. Fue entonces cuando lo vio emerger de una hondonada medio kilómetro cuesta abajo. El viejo afinó su vista y, a medida que el perro trepaba por la cuesta y se acercaba, no se podía creer lo que veía. El Tango subía con la perdiz en la boca.
No daba crédito a sus ojos. Cuando el Tango le dio la perdiz no sabía qué halagos hacerle. Pero también comprendió que contar esas cosas, a quien no fuera un gran aficionado o un amigo, sería acrecentar la fama que de mentirosos tienen los cazadores.
Y el día, para el viejo, no pudo acabar con más felicidad. Y se dio cuenta que esas alegrías eran, en él, una amnesia para el cansancio. Al menos momentáneamente. 

14 diciembre 2015

Crónicas del Tango (Cap. 7)

El vigoroso Tango salió brioso del corral, bufando por la emoción, jadeando por las ansias, brincando en torno al cazador, como si quisiera abrazarle. Pero al viejo le pesaban las piernas, le dolían los riñones y los tendones le tiraban como cuerdas resecas. Las caminatas del jueves y de la víspera le tenían agarrotado.
Los cazadores locales sabían que, para ese domingo, estaría cosechada la gran zona de girasoles donde todos creían que anduvieron refugiadas las perdices el domingo anterior, el del desvede.
Así que el veterano, enemigo de las aglomeraciones, buscó un paraje solitario. Dejó el coche junto a las paredes de un prado grande y perdido. Se dijo que quizás no viera una pieza pero, al menos, cazaría con la calma y la concentración que le gustaba y que, a su juicio, era la idónea para continuar con la enseñanza de un perro nuevo.
Por otro lado, estaba tan cansado de las caminatas de los días anteriores, que deseaba una caza lenta, casi de paseo, de un vagar barzoneando por el campo, sin tener otra esperanza que disfrutar de la lasitud de su propia desgana. El cuerpo le imponía lentitud. Se daba cuenta de que su físico ya no daba, al menos ese día, para la rápida persecución de las perdices y, en el fondo, casi agradecía lo remota que era la posibilidad de que éstas aparecieran por aquellos solitarios páramos.
Además, no se veía a nadie en kilómetro y medio a la redonda. Eso le encantó. Y, con todos los razonamientos anteriores, comenzó a cazar.
Pero quiso el azar que todos sus pensamientos se trastocaran y que aquella jornada, que se prometía a sí mismo tranquila, no lo fuera.
Cuando bordeaba perezosamente el largo prado, con la lentitud y la distracción propia del que nada espera encontrar, todo empezó. De la esquina más alejada, voló inopinadamente el bando de perdices. Iban aproximadamente una docena. Le salieron por la espalda, detrás de una pared de piedra envuelta en zarzamoras, cuando ya las había rebasado. Se volvió sobresaltado por el aleteo brusco e inesperado. Tiró mecánicamente, atontolinado, sin recuperarse de la sorpresa, como en un sueño, y así marró ambos tiros y, decepcionado por haber perdido la ocasión, las vio desaparecer planeando con el viento a favor. ¿Dónde habrán ido a parar?, se dijo.
Tan cansado estaba que estuvo en un tris de no seguirlas, de ignorar su repentina irrupción y de buscar muy despacio la liebre, como si aquello de las perdices hubiera sido un espejismo que nada tuviera que ver con él.
Pero, al pronto, reaccionó y se dijo: “¿Tú que pintas aquí? ¿No querías cazar? Pues ahí las tienes. Te jodes y tiras como puedas tras de ellas.” Y así se impuso en él ese sentido, algo espartano, que la caza tiene.
Dio la vuelta y las siguió. Lo hizo con harto dolor de su cuerpo, muy remiso a plegarse a su voluntad, pues sabía que, de momento, había de caminar ligero, coger un ritmo rápido y, a la vez, estar atento y listo para dar pronto con ellas y no perderlas.
Impuesta la diligencia, llegó en pos del bando a la primera ladera y pensó, por la dirección del viento, que las perdices, al echarse, se habrían escorado a la derecha donde había un roquedo muy propicio para que, desde él, los pájaros le otearan y, saltando desde su alto, le burlaran en cuanto se diera a ver.
Para evitar eso, en lo posible, entró al roquedo por su parte baja, tapándose con el propio terreno todo cuanto pudo. Pese a sus esfuerzos por ocultarse, enseguida saltaron algunas, pero no todas. No pudo tirar a las primeras. Al dar la vuelta por completo al roquedo, en el último instante, le saltaron tres por encima de la cabeza y aunque puso su mejor intención en echar dos al suelo, sólo una cayó en lo limpio y quedó inmóvil a unos cuarenta metros.
Ya no volvía de bolo, se dijo. Y la idea le alegró. Y aquella perdiz le encandiló el rescoldo de la caza, el mismo que el cansancio tenía casi sofocado. El Tango no la vio caer y andaba como loco con el rastro de las otras por el roquedal. Pero el cazador, lejos de cobrarla, le llamó con el tono y las palabras de pieza abatida: “Tango, muerta está, muerta está”. Rápidamente vino el perro y buscó la perdiz de nariz, localizó el pelotazo y enseguida la cobró y se la trajo. Buena nota para el perro.
Las perdices se habían desperdigado, que para eso se inventó este verbo partiendo de su nombre. La mayor parte de ellas a favor del viento. Eso no era bueno para el viejo. Así que dio un gran rodeo para, después de  subir por el páramo un kilómetro, bajar luego con el aire dándole en la cara.
Siempre que hacía esta maniobra, de cogerles el aire en contra, se acordaba de su amigo Vicente: “Únicamente los gilipollas cogen las perdices con el viento en la espalda y voceando al perro, sólo les falta ir cantando.”
Apenas inició la maniobra de bajada, el perro recibió los efluvios de cara y comenzó a picarse fuertemente pasando de unos estepares a otros y cazando, no por derecho, sino en zigzag, como mandan los cánones y tanto le gustaba al cazador. Era un placer ver al Tango tan encelado, tan centrado. Y eso hizo que el veterano, disfrutando de ver cazar al perro, se olvidara del cansancio con que empezó la mañana.
Muy concentrado y atento, bajaba tras el perro. Enseguida, de uno de los estepares que el perro movía, saltó una perdiz. La perdigonada la alcanzó a unos cincuenta pasos y aunque, tras caer, intentó correr, el Tango la cobró a treinta metros de donde dio en el suelo. Esta vez la vio y no hubo que avisarle de que la cobrara. Se la trajo y recibió las felicitaciones de rigor.
Con dos perdices estaba feliz. Pero teniendo más pájaros sueltos por allí no podía irse a casa y perder la oportunidad de que el perro siguiera aprendiendo o, según se mire, enseñándose. Así que pudo de nuevo más su ilusión que el plomo de sus piernas.
Siguiendo con el derrotero que llevaba, vio saltar otra. No le tiró pero notó que llevaba una pata colgando. Al ver lo de la pata, siguió la dirección de la perdiz. Pensó que quizás la hubiera herido cuando salió el bando o que también podía estar así de otra jornada. Pero, en cualquier caso, no apeonaría mucho y, si daba con ella, tenía posibilidades de cobrarla.
Fue con mucha paciencia batiendo todos los macizos de broza donde podría haberse quedado la coja. Anduvo muy concentrado en su búsqueda. Miró cada grupo de aligas, cada puñado de estepas, cada mancha de biércoles. Pero la coja no apareció. Y, cuando más concentrado estaba en su tarea, fue una media liebre, una farnaca, la que le saltó, cuando menos lo imaginaba, del borde de unos biércoles. La sintió muerta antes del tiro. Un error que se comete algunas veces. Apuntó sin precipitarse pero, justo al disparar, quebró la liebre junto a un matojón, como si hubiera intuido el roce de su dedo en el gatillo. La tapó la broza y, cuando ya la daba por muerta, la vio aparecer lejos. De nada sirvió ya el segundo tiro, de nada la carrera del Tango tras de ella. El exceso de confianza le privó al viejo de una pieza que sintió colgada antes de disparar. Sólo le consoló de su torpeza el pensar que llevaba dos perdices y eso ni lo había imaginado al salir aquella mañana. También lo sintió por el perro, que comenzaba a acostumbrase a cobrar después de oír un tiro. Y pensó que esos fallos clamorosos debían desanimar también a los canes.
Pero volvió sobre sus pasos y recorrió otro kilómetro hacia arriba en su búsqueda con el viento de cara y en silencio, según los cánones del recordado Vicente.
Gozó viendo cómo las perdices, ya avisadas, saltaban a distancia. El terreno, excesivamente llano, no era propicio para que se aguantaran. Pero no cejaba el perro, pese a todo, y se esmeraba y seguía los rastros sin parar. Esto hacía que el corazón del cazador palpitara de continuo al ritmo de la emoción. Y, sobre todo, que no dejara de admirarse de las buenas maneras del Tango. Sus horas de trabajo con él estaban dando fruto y notaba que se entendía con el perro. Y, lo bueno de los perros, tan distintos a los humanos, era que lo que aprendían ya jamás lo olvidaban.
En línea recta estaba a unos dos kilómetros del coche. Entre aquellas idas y venidas, vueltas, búsquedas, desviaciones para mirar rincones y registrar todas las pequeñas asomadas del terreno, el tiempo había volado y eran casi las dos de la tarde. Sin duda tenía que tomar el camino de vuelta. Sus fuerzas estaban al límite. Se preguntaba por dónde regresar para que, en la vuelta, tuviera, ya que tenía que volver de todos modos, alguna posibilidad de dar con caza.
Un lejano canto orientó su brújula mental. Emprendió el camino sorteando pequeñas vaguadas con manchas, aquí y allá, de estepas. El perro iba siempre animado por algún rastro, de modo que no le dejaba relajarse.
Hizo un extraño el Tango en un apretado grupo de estepas que al cazador le llegaban a los hombros. Pero era tan tupido, que si alguna caza había allí sólo saldría pisándola.
Hizo un esfuerzo y se metió a machote entre las matas. Al poco sintió algo a sus pies. Al pronto pensó que, en semejante espesura, tenía que ser el desencame de un corcino. Sentía su mota, sin distinguirla, correr apresuradamente bajo la maleza.
El viejo no recuerda si lo dijo o sólo lo pensó: “¡Qué coño el corcino. Es una liebre como un perro!”
Pero no podía disparar a algo que no veía y cuyo bulto, a gran velocidad, apenas vislumbraba bajo la espesa fusca. Dudó mucho de que se hiciera con aquella liebre. Era de las que ves que se van sin remisión. No podía disparar a ciegas. Pero, por fortuna, se reportó y siguió su sonido entre la espesura con los cañones de la escopeta. Al fin salió por un extremo. En apenas dos metros con visibilidad la revolcó y a los pocos segundos el Tango se lanzó a por ella y la levantó orgulloso en la boca, caminó con ella ocho o diez metros y la dejó en el suelo. Entonces reparó en que el Tango estaba tan cansado como él. Aquel liebrasco pesaba lo suyo.
Llegó a casa reventado, pero contento por el día que, sin esperarlo, había pasado. Y sobre todo, cada vez más ilusionado por la actitud del nuevo perro.

13 diciembre 2015

Crónicas del Tango (Cap. 6)

El cazador, si quiere, tiene ocasión de cazar en Rienda. Pero ha de ir el sábado. Si no, la perderá.
Sopesa lo cansado que está. Recuerda que, de joven, cuando le sobraban ansias y energías, solían faltarle oportunidades, medios o lugares de caza. Ahora, con las fuerzas mermadas, le sobran posibilidades. Quizás sea por aquello de que Dios da dientes al que no tiene pan y pan al que no tiene dientes. Que también son ganas de tocar las narices.
Y pasa el viernes descansando del jueves y, sin embargo, no deja de pensar en el sábado. Y sabe que tiene que decidir. Y recuerda los consejos del Quijote: “Quien bien tiene y mal escoge, por mal que le venga, no se enoje.”
Pero como, en el fondo, la ilusión del cazador suele vencer a su prudencia, se sorprende dándose consejos a sí mismo. Se dice que irá muy despacio, que buscará la liebre, que andará paseando, que evitará las cuestas, que lo hace porque el perro no pierda… Pero el viejo sabe que se engaña, que la caza es caprichosa, que nunca sabes a qué paso te llevará ni a qué lugares. Ni tampoco sabes la distancia que, al final, terminarás recorriendo.
Pero, al amanecer del sábado, la ilusión ha triunfado una vez más. Por eso, al tiempo que amanece, las primeras luces del alba le sorprenden dejando el coche junto a las antiguas salinas de Rienda.
Se da cuenta de que comienza a cazar cansado. Pero confía en que el cuerpo se le caliente y que el ejercicio le disipe la vagancia muscular del mismo modo que el calor del sol desvanece las neblinas matinales. Y, en cualquier caso, apenca con la nueva caminata: “A pecado nuevo, penitencia nueva”.
Comienzan cazador y perro rodeando el Morro de las Rivillas y la zona aledaña. El morro es un altozano que domina la secular laguna salinera que, entre su maraña de espadañas, conserva humedad pero no agua. El terreno es bonito y prometedor pero, luego de un rato, resulta engañoso. Al cazador le llama la atención la resecura. La tierra parece haberse vuelto arenosa y la vegetación está encogida, polvorienta y, casi tan enteca, como los restos amojamados de una momia.
Cruzan los Pradejones y el camino de Valdelcubo. La fuente de las praderas está seca y su estrecho cauce es polvo o barro seco y cuarteado. Y nada ven por más que el Tango se mueva con soltura y el viejo, que se prometió un paseo, comience a acelerar el paso.
Casi por la cima de las Lomas de la Sierra va la linde con Valdelcubo y las consiguientes tablillas. Es la ladera más empinada de Rienda, dejando aparte la quebrada que da al monte. Y espera ver en ella el cazador algún bando de perdices. Pero sólo ve un zorro lejano y los omnipresentes corzos.
Arriba, a más de mil metros de cota, está el paso del Portillo. A él llegan sin ver nada. Empieza allí una zona de monte espeso y quebrado que hace una hoya cuyo fondo es La Riba de Santiuste. El cazador decide tirar a la derecha y bordear por la cota más alta, que le lleva a tener a su diestra la ladera suave de las Lastras y, a su izquierda, el gran barranco donde se abre el monte. Un monte que, desde arriba, parece un edén para los amantes de la caza mayor. Así lo atestiguan algunos árboles que los jabalíes usan de restregaderos tras frecuentar algunas bañas.
Desde la altura, se recrea en el paisaje: abajo, el castillo de La Riba de Santiuste,  a lo largo, el monte con la buitrera de La Muela en su punto más alto y los abruptos roquedales desde los que, de vez en cuando, vuela algún bando lejano de palomas zuritas.
Hizo, sin poderlo remediar, algún vano intento por sorprender a las palomas, pero el movimiento del perro le delató y las zuritas se tiraron el barranco abajo, siempre fuera de tiro.
Decidió el viejo bajarse por la suave ladera de las Lastras y, cruzándolas, descender muy lentamente, en diagonal, hacía las lejanas tierras de labor de Rienda. Tenía la esperanza de que en zona tan propicia, o eso le parecía a él, saltara la liebre. Pero no fueron liebres, sino corzos, los que no pararon de llamar la atención del perro.
Llegaron a la ermita de San Marcos, en un pequeño promontorio sobre las labores, y, desde ella, continuaron por una pequeña ladera, que va sobre las hazas, en dirección a Tordelrábano. Pero aquello parecía un desierto donde sólo habitaban corzos y más corzos.
Descorazonado el cazador, decide regresar por las labores a las antiguas salinas, donde ha dejado el coche. Se dice que en alguna parte tienen que parar las perdices o que, quizás, le salte alguna liebre de la espuenda de alguna de las acequias. Pero el aspecto de las labores no le inspira confianza.
El Tango, por lo despejado de las terroneras, barbechos y rastrojos, se impacienta, se aburre y va deprisa. A veces, sediento, busca un agua, que no encuentra, en cualquier asomo o conato de junquera. El cazador comprende al perro, pero le tiene que llamar constantemente.
Cruzan los campos de labor dejando Paredes a la izquierda y Rienda a la derecha. Pero las esperadas perdices no aparecen y ninguna liebre se desencama en el trayecto.
Sortean como pueden la zona del Calzaízo, poblada de maleza de espadañas, que rodea las salinas abandonadas. Cruzan a machote las pobladas junqueras y las caceras secas que daban agua a las albercas. Pero ni en las viejas salinas hay agua ese día. Los cocederos y calentadores en ruinas y las dos norias hundidas son los únicos testigos de su paso.
Son más de las dos de la tarde y han zurcido pacientemente el término durante seis horas largas. Otro día echado a perros. Nunca mejor dicho. Y el viejo se pregunta si, en esos días tediosos, se aprende alguna cosa que no tenga que ver con la resignación, la paciencia y el cansancio. Y, finalmente, se dice que, las tres cosas, son inherentes a la caza. Sobre todo a esa caza que él se empeña en practicar en solitario. Bueno, con el Tango.

12 diciembre 2015

Crónicas del Tango (Cap. 5)

Al viejo aún le chirriaban las articulaciones por causa de la soba del domingo. Pero aquel jueves podía cazar en lo de Imón. Y, como solía ocurrirle, la vana ilusión le inundó el ánimo igual que la niebla abraza los cerros. Y la imaginación se impuso, una vez más, al realismo del cansancio con que el cuerpo pretendía disuadirle.
A las seis de la mañana estaba desayunando en una churrería y, más o menos al amanecer,  tras hora y cuarto de viaje, estaba en el pueblo recogiendo al Tango.
En Imón, por un camino que deja a su izquierda las viejas salinas que un día abastecieron a Madrid, se sube a las Miruacas, un val entre dos cerros: La Viña Redonda a la derecha y, a la izquierda, Castilviejo. Ambos con cotas que superan los mil metros.
En el val dejó el coche y,  enseguida, comenzó a subir, en diagonal y lentamente, la ladera de Castilviejo llevando al Tango, gozoso de impaciencia, en vanguardia.
Se ilusionó porque a los diez minutos volaron tres perdices y, tirando tras ellas, subió arriba del cerro, hasta donde éste linda con lo de La Olmeda. Esto le calentó el cuerpo, aunque no consiguiera dar pique a las perdices.
Pero su impresión inicial fue engañosa. Las pocas patirrojas, en aquel cerro de vegetación baja, salían siempre en los demonios, aunque a él le daba gusto ver al Tango volviéndose loco con los rastros.
El cerro de Castilviejo tiene más de un kilómetro de largo y sus laderas son pronunciados cotarros con una vegetación rala, plantas espinosas y escasos majuelos, donde las perdices aguantaban difícilmente la caza al salto y el cazador se veía permanentemente mecido por la difidencia y el desánimo, por más sigiloso que fuese su rececho.
En su extremo norte, Castilviejo, linda con otro cerro de parecidas dimensiones y altura, que se llama el Montecillo y que está a la derecha de Castilviejo comunicado por una vaguada que llaman el Portillo. En ambos cerros se cansó el cazador de subir y bajar, de escudriñar macizos de aliagas y de mirar con atención todas las asomadas que el irregular y pedregoso terreno le proporcionaba. Los dos cerros resultaron dos moles rocosas muy fatigosas de andar, donde las cuestas no daban reposo y la escopeta era un adorno, pues las perdices no se dejaban acercar y la probabilidad de sorprenderlas era muy remota.
Rodeó las lindes con Bujalcayado y La Olmeda, pero no hubo manera. Dio con los restos de una liebre, apenas cuatro pellejos, que el zorro había devorado. Pero, por más patadas que dio, ni vio liebre alguna ni perdiz que le saliera a tiro. Todas, las pocas que volaron, salían, como poco, a cien metros, zumbando como obuses.
El terreno era un pedregal y los pocos eriales estaban secos y duros y por ninguna parte había gota de agua. Solamente en el oquedal de una roca pudo beber el Tango algo de agua de lluvia.
No tiró un tiro y a las dos de la tarde estaba derrengado y se sentía incapaz de salvar el gran cerro que le separaba del coche. Cerró los ojos e imaginó que un par de ángeles le trasportaban en volandas y le dejaban junto al vehículo, pero no aparecieron los seres celestiales. Y es que el descreimiento, algunas veces, no está reñido con la ilusión que nace de haber tenido una educación cristiana, amenizada en la infancia por los bonitos relatos de la Historia Sagrada.
Así que, con toda la humildad que da el estar extenuado y derrotado, comenzó el viejo a subir la tremenda y accidentada ladera. Lo hizo en zigzag salvando como pudo las masas de rocas y pedruscos y temiendo, por las pocas fuerzas que le restaban, dar de bruces entre los guijarrales.
El Tango iba mohíno y casi tan cansado como él, y se miraron, y no supo decidir el veterano cuál de los dos sentía más pena del otro.
Al final llegaron al alto. Ya en la larga ladera de bajada al coche, aún tuvo fuerzas para acercarse a un gran macizo de aliagas, aquél donde en la mañana salieron las tres perdices tempraneras. Tenía la nimia esperanza de que, si allí habían dormido las perdices, bien pudiera haberlo hecho la liebre y quedar encamada, sin saltar, por su paso presuroso de horas atrás. Y es que al viejo siempre se le iban ocurriendo posibilidades, por más remotas que éstas fueran.
Apenas iniciada la entrada en las aliagas, el Tango fue y se puso de muestra. El cazador se sobresaltó por la emoción, por vez primera, en aquella monótona mañana. Ya está: la liebre. Lo pensó al tiempo que se preparaba y alargaba el pescuezo, mirando con codicia cualquiera de las posibles salidas de las matas. Pero quia,  contra lo que esperaba, saltó una perdiz que, esa vez, en lugar de tirar hacia adelante, voló en semicircunferencia a su izquierda y bastante por debajo. Fue un tiro velocísimo, pero la vio caer allá abajo tras unos pirliteros y el perro también se percató. El Tango bajó en menos que se persigna un cura loco e, inmediatamente, se volvió a quedar de muestra frente a los zarzales. Pero esta vez se lanzó al segundo y a los pocos instantes venía ya hacia el viejo con la perdiz en la boca.
¡Qué halagos le hizo al Tango, sólo le faltó besarle!
Y ese pequeño éxito fue el que le salvó el día pues, la postura y el cobro, fueron más propios de un perro viejo y resabiado que de un cachorro de once meses.
El cansancio, ante aquella descarga de emoción, se le pasó al cazador de repente, como por milagro. Al final, fueron siete horas de cuestas y más cuestas jugando al “que te cojo” con la decena de perdices que le burlaron de continuo a lo largo de la mañana. Y, la escopeta, fue un peso inoperante que sólo le sirvió en aquel último instante de fortuna. Pero así es la caza.
La emoción fue efímera, el cansancio fue más duradero. El cuerpo, que no olvida, le mostró al viejo sus rencores los días siguientes.

Crónicas del Tango (Cap. 4)

La media veda había terminado. El cazador tenía por costumbre hacer balance, pues era un permanente anotador de recuerdos y detalles. Así supo que había cobrado veintiocho codornices y dos torcaces. Ningún motivo de orgullo, porque esa percha, hace unos cuantos años, se solía colgar en la primera mañana de la media veda. Y, aún menos satisfacción, porque, para tan exiguo balance, había empleado quince jornadas que, a una media de seis horas, daban un tiempo aproximado de noventa horas de búsquedas y  caminatas zurciendo el campo.
Sin embargo, creía que ese tiempo campeando había producido un gran cambio en el Tango. Al menos, eso le había parecido el último día. Pero tal suposición, sólo cuando la general se abriera, podría constatarse.

El último domingo de octubre se abrió la general en el pueblo. Los cazadores ese día estaban nerviosos y muchos salían al campo con desasosiego. Eso hacía que, los más, cazaran desordenadamente, poseídos por una vehemencia que les hacía, a veces, vagar sin mucho tino. Las cuadrillas se cruzaban unas con otras estorbándose, en su afán por buscar la caza en los parajes más querenciosos, especialmente, para las perdices. En resumen, aquel primer día de caza fue, como lo eran todos los de los desvedes, un día anárquico, desordenado, con tiros por doquier, los más, sin fundamento, carreras e incluso imprudencias de todo tipo.
El viejo, al verse a solas con el Tango, decidió eludir aquel maremágnum. Y, en lugar de meterse en las zonas mejores, donde reinaba aquella confusión de cazadores, perros, prisas, voces y escopetazos, buscó tranquilidad para intentar que el perro continuara con su aprendizaje. Así que abandonó las zonas más querenciosas y propicias y buscó un paraje que no estuviera concurrido.
Sabía que, para la caza, sobraban las prisas y, aún más, la competencia. Era para él, por el contrario, un ejercicio personal, concentrado, lento y de estrategia y, solamente, cuando tenía las perdices delante, con total seguridad, solía dar un apretón. La anarquía que reinaba en el campo, aquellos primeros días de los desvedes, le descomponía y, su primer objetivo, consistía siempre en eludirla.
Quería que el perro anduviera concentrado y no se despistara. Y, si era posible, cobrara alguna perdiz. Así que se alejó de aquel tumulto buscando la suerte en lugares que la mayoría de los cazadores descartaban.
Tomó el antiguo camino de Cardeñosa, dejó el coche junto a las Cerradas del Abogado y, congraciándose de que la zona estuviera desierta, se encaminó hacia la Viñuela.
Entre la Viñuela y el Barranco de la Franciscona había una amplia zona que, por la parte baja, estaba poblada de aliagas y espinos y, por la alta, abigarrada de macizos de biércoles y estepas con algún que otro pino intercalado. Se formaba así una ladera, no muy inclinada, en la que la erosión había trazado pronunciados surcos en la tierra roja. Esas torrenteras, de vegetación rala y no demasiado profundas, se intercalaban sucesivamente entre las espesuras de biércoles y estepas y, tras atravesarlas, se terminaba dando en el barranco, más profundo, de la Franciscona, cuya ladera, mucho más grande y empinada, daba sobre las viejas huertas, perdidas y llenas de maleza.
Apenas cruzadas un par de torrenteras y metidos cazador y perro de lleno entre los biércoles, saltó de entre la fusca, a unos cien metros por delante, un pequeño bando de perdices. El cazador notó que las seis o siete que salieron no estaban fogueadas, porque dieron un vuelo corto. Apretó el paso y sintió latir su corazón como si fuera joven. Mientras avanzaba a buen paso, iba rogando que la Naturaleza y el ojo le permitieran hacerse con alguna. Y, más que en su ilusión de veterano, pensaba en el aprendizaje del perro que, esta vez, podría finalmente cobrar alguno de aquellos animales cuyos efluvios tanto le excitaban.
El Tango las barruntó, pues, inmediatamente, bajó el hocico al suelo y empezó a caracolear entre los espesos biércoles. Enseguida volaron de nuevo y el viejo tiró a una un poco larga, pero la marró. El Tango iba muy picado y el cazador gozaba viéndole con aquella especie de desasosegado nerviosismo.
No tuvo dudas, el segundo vuelo había llevado a las perdices a la más inclinada y profunda ladera del barranco de la Franciscona. Dio un pequeño rodeo por arriba para anticiparse a la huida de las perdices y, además, aparecer por donde éstas no le esperaban. En cuanto asomó empezaron a salir desperdigadas. Pero esta vez no quiso arriesgar y sólo tiró a una rezagada que se quiso cruzar barranco abajo. La perdigonada alcanzó a la perdiz cuando rebasaba como un cohete la copa de unos pinos y el viejo, aunque no vio el punto de caída, supo que, muerta o herida, la tenía en el fondo del barranco. Quizás, por la inercia alcanzada en su vuelo, a más de treinta metros por debajo de donde la vio desplomarse en el aire.
Llamó al perro a la voz de “Muerta está” y sin dejar de animarle bajaron los dos la empinada ladera. El perro, excitado, descendía como loco y el cazador, atento, con cuidado de no perder pie y romperse la crisma. Al trasponer los pinos, una maraña de maleza le hizo comprender que el debut del Tango no iba a ser precisamente pan comido.
Siguió animándole a la voz de “Muerta está”, en un tono que al perro debía darle certeza para que en adelante, cuando lo oyera, supiera con seguridad que había pieza que cobrar.
Para su sorpresa el Tango localizó enseguida el pelotazo de plumas donde la perdiz dio contra el suelo y, describiendo olas en zigzag, siguió el rastro entre la maleza y, al cabo de medio minuto, dio con ella. La cogió palpitante de entre las zarzas para satisfacción del cazador que, entonces, cambió el tono de voz y, sin ir hacia el perro, sino sesgando sin perderle de vista, comenzó sus alabanzas “Bien, bonito”, “Bien, Tango”. A medida que el viejo sesgaba alejándose en diagonal, el perro emprendió otra diagonal convergente con la suya, con la perdiz en la boca, hasta que coincidieron y delicadamente, mientras le acariciaba la cabeza, se agachó, le sopló en el hocico y el Tango dejó caer la perdiz en su mano. Las caricias y los halagos al perro siguieron a tan sorprendente primer cobro. Y el viejo no cabía de satisfacción en el chaleco.
Las demás perdices habían volado hacia la parte más alta del Barranco de la Franciscona, casi hasta los Picachuelos. El viejo se pegó una jupa tras de ellas sin obtener, pese a su esfuerzo, ningún resultado. Pero notó cómo el Tango seguía con mucha más seguridad sus rastros antes de que aquéllas saltaran, fuera de tiro, a más de cien metros.
Como las perdices, tras subir a lo más alto, habían vuelto a descolgarse hacia los bajos, terminó el viejo regresando casi al mismo punto donde las sacó. No había más remedio que seguirlas, “el que no cazurrea, no coscurrea”.
Iba por un macizo de biércoles que le llegaba hasta los muslos cuando, al llegar a una de las escorrentías, saltó la liebre. No le dio tiempo a tirarle, como no hubiera sido a tenazón, pues la rabona se metió a lo profundo del surco y sólo se dio a ver cuando traspuso por el otro lado. Pero el veterano, que la estaba esperando aparecer, la alcanzó, pese a todo, de chiripa. Y no sólo por lo distante del tiro, sino por la velocidad con que entró en la fusca la rabona al dejar la escorrentía. Pero, como tenía casi la certeza de que el tiro la había pillado, entonó de nuevo el “Muerta está”, cruzó el barranquillo y el Tango, apenas llegó a la trayectoria seguida por la liebre, se picó de inmediato con el rastro. No se equivocó, herida, la liebre se había amagado pero, ante la presencia del Tango, saltó de nuevo. En diez metros el Tango la agarró y, ya cantaba el cazador victoria, cuando la liebre se puso a chillar, con tal fuerza, que parecía un gato furioso y el perro la soltó, pues en su vida se había visto el can en semejante trance ni sabía lo que era una liebre. Pero, apenas corrió otros pocos metros, la volvió a agarrar y la soltó de nuevo entre sus chillidos y así jugó con ella tres o cuatro veces. Cuando se acercó el cazador ya estaba muerta y con el perro encima, ciego con ella, sin dejarla.
Recapituló que, para ser el primer día, no podía haber pedido más: el Tango mordió perdiz y liebre y cobró su primera perdiz y la trajo a la mano como es debido. Eso sí, de las siete de la mañana a las cuatro de la tarde, ambos habían pasado nueve horas zarceando por el campo.
El lunes, cuando cazador se despertó, se levantó de la cama en varios tiempos.

11 diciembre 2015

Crónicas del Tango (Cap. 3)

Era el último día de la media veda. Y, aunque el viejo no tenía esperanzas de disparar siquiera, seguía con su afán por enseñar al Tango. No había conseguido que hiciera botar una codorniz en toda la media veda. El viejo sabía que era improbable que sacara una en el último día. No las había habido en abundancia ni al comienzo y si, ni para perros viejos, es la codorniz tarea fácil, cuánto más para aquel cachorro que ni las barruntaba.
Salió con él al Hontanar de amanecida. Pero, apenas comenzó a cazar, escuchó unas voces inconfundibles:
- ¡Rita, rita-rita-rita-rita! ¡Rita, rita-rita-rita-rita!
Y, enseguida, supo que se acercaba el Juan Pedro con su hatajo de ovejas y que, de aparecer a aquella hora temprana, iba a dejarlas a su careo entre los rispiones del trigo, cerca del manantial, para que no les faltara de nada y se amorraran a la sombra cuando el hartazgo y el calor les acuciaran.
Como, cuando aparece ganado, éste tiene prioridad y la zona se convierte en zona de seguridad, el viejo se marchó del paraje. Al Juan Pedro le dio con la mano desde lejos. El de las ovejas entendió y el viejo quedó bien, tanto con el pastor, como con el severo reglamento de la caza.
Cruzó hacia las laderas del Cerro de la Horca y se entretuvo obligando al perro a pisar las malezas de aquellos ribazos que hacían de cabecera de rastrojos. Pero, como el perro era bisoño y apenas había codornices, el Tango desfogó sus fuerzas en carreras inútiles, vueltas y más vueltas sin conocimiento, pero, como era de esperar, no sacó nada. Sus despistadas idas y venidas y sus alocados saltos sin bajar la nariz no servían. La codorniz, aún abundando, requiere perros constantes, cachazudos y perseverantes, cosas que a los perros y a los hombres, solamente, y no siempre, proporciona la edad.
Se fue luego al paraje de las Cuevas, donde hay un abrevadero para el ganado, para que el perro bebiese, pues tenía por una crueldad grande mantener a los perros de caza largo rato sedientos.
Por las Cuevas, aparte de agua, tampoco vio nada. El perro sació su sed y se revolcó feliz en el charcón. Así que cruzó a los rastrojos de las Lagunillas y los Azules donde continuó sin que su suerte mejorara. De allí enfiló hacia el Bacho Guadiña, por ver si había algún prado sembrado de cereal, pero ese año no los había. Parece que tocaba dejarlos de barbecho.
Eran las doce de la mañana. El cazador, más que cansado, estaba aburrido por el discurrir tedioso del día e iba ya a volverse. Fue entonces cuando, por pura casualidad, vio un lejano bando de perdices que voló, arrancando de un baldío, y, sobrevolando dos cerradas de piedra, planeó en dirección a las tierras de labor. Como no tenía mejor desempeño ni otra proporción más atrayente, se le ocurrió ir tras de ellas.
No las siguió por tirarles, que no era su tiempo ni la orden de vedas lo permitía, sino por ver qué hacía el perro. El Tango aún no había visto una perdiz en su corta vida canina. Así que el viejo tenía mucha curiosidad por ver la reacción del animal.
Había pasado la mañana corriendo tras cualquier pajarito, pero obedeciéndole siempre cuando le llamaba. Pero, ¿qué pasaría con las perdices?
Al llegar al baldío de donde saltaron las patirrojas, ocurrió lo inesperado. El Tango pegó el hocico al suelo. Ya era hora de que este perro empezase a bajar la nariz, se dijo el viejo. El Tango comenzó a mover nervioso el corto rabo y caracoleó excitado de una mata a otra. Una vez más el cazador se admiró del maravilloso influjo que el rastro de la perdiz produce en los perros. Sin haber visto nunca una de ellas, el Tango sucumbía a esos efluvios que, para los perros de caza menor, deben ser como los de Chanel o Dior para algunas señoras.
Llevó al perro en dirección al lugar donde voló el bando. Tras las cerradas, en mitad de los ocres de una terronera, junto a unos cenizos que habían arraigado en su centro, estaba el manojo de perdices. Saltó el bando entero, junto y a distancia, en cuanto las aves les divisaron. Pero el perro no las vio y el viejo, nuevamente, le condujo hasta los cenizos desde los que saltaron. El Tango no parecía el mismo. Con la nariz pegada al suelo parecía que quería beberse los terrones. Al cazador le estaba encantando la actitud del Tango, sus horas de rodaje en el campo empezaban a dar resultados.
Las perdices, en su vuelo, habían sesgado hacia los herbazales de encima de las Cuevas. Se encaminó hacia allá sujetando al perro con la voz y controlando con llamadas secas su tendencia a irse más lejos de la cuenta.
Al llegar a los herbazales el Tango iba loco de nervios, cerca del cazador, pero verdaderamente entusiasmado con el aroma que las aves dejaban al apeonar. El viejo le bajó a contraviento para que usara mejor la nariz y, de este modo, comenzó a caminar muy lentamente por el herbazal de abajo a arriba. El perro iba a su izquierda y subiendo, picado y requetepicado por un rastro que no sabía a qué animal correspondía pero que, sin duda, le atraía como un imán gaseoso. Repentinamente hizo una muestra, la mirada fija varios metros delante, una mano en el aire y el rabo tieso. La perdiz aguantó tres segundos y saltó con el brusco estrépito de su aleteo a cinco metros del perro. El viejo ni siquiera levantó la escopeta pues, de haberlo hecho, la costumbre le habría traicionado y, tras tomar los puntos, habría venido la perdigonada. Y los pecados contra la Naturaleza no los puede perdonar nadie, porque le insultan a uno desde dentro y se arrastran hasta el fin de los días en la mala conciencia. Aunque de pecadores estaba el mundo lleno, y más, el cinegético. Y el viejo conocía a algunos que, en el campo, tenían perdido, y aún olvidado, ese concepto de pecado que a él tanto le abrumaba.
El perro dio cuatro saltos tras la perdiz volada y miró al viejo, cómo diciendo: “¿Y a esta maravilla por qué no le tiras, tío vaina?”
Pero el viejo sabía que el perro acababa de hacerle el mejor regalo: una muestra. Y no a los pajaritos, como solía, sino a toda una perdiz. Una muestra majestuosa, la postura por excelencia. Y al viejo esas cosas le emocionaban.
Subió el cazador un poco más y enseguida voló el perro otra.
Y ya los dos, como un perfecto tándem, comenzaron a mirar el resto del herbazal. El Tango con la nariz en el suelo y el cazador con los ojos atentos. Y el perro comenzó a parecer un perro de caza y el cazador, seguramente, un alma cándida que no tiraba a las perdices fuera de temporada. Y, mirando al Tango, se preguntó el viejo cuál de los dos actuaba de un modo natural y, sin dudarlo, supo que no era él, sino el perro.

Crónicas del Tango (Cap. 2)

Durante los siguientes días hábiles de la media veda, el viejo fue de caza. No lo hizo por las codornices, que eran muy escasas, sino porque el Tango no perdiera jornadas lectivas.
Sabía que las horas de campo eran para los perros como las horas de vuelo para los pilotos. Y no le importó volver apenas con dos o tres codornices cada día, y alguno con ninguna, con tal de que el nuevo perro se fuera fogueando. Y, amadrinado como estaba con las perras, comenzase a imitarlas buscando y, sobre todo, obedeciendo cuando se le llamaba.
Durante aquellas jornadas deambularon por muchos parajes: El Hontanar, la Bragadera, los Alcobanes, los Azules, la Mimbrera, Cerro Pozo y otros lugares en los que el perro se fue endureciendo con horas de caminata, sed, sol, rastrojos, junqueras y aliagas. Aunque, como todos los cachorros, tuviera la tendencia innata a correr tras cualquier cosa y no sacase codorniz alguna.

Fue un domingo de septiembre. El viejo sacó sólo al Tango. Al principio el perro, como solía, iba buscando sin parar a las perras que, hasta entonces, habían sido su guía. Como andaba despistado en ello, el viejo se escondió. Cuando el perro se sintió perdido, hubo de buscarle y, a partir de ese momento, el perro entendió que su nueva brújula era el viejo. Durante las seis horas de campo le fue inculcando la costumbre de no perderle de vista porque, si no se convertía en su referencia, el perro, en lugar de cazar para el cazador, cazaría a su aire y eso no era lo buscado. Naturalmente, para que esta costumbre se asentara era necesario que el perro empezase a cobrar alguna pieza. Pero esto era difícil por la escasez de codornices, tórtolas y torcaces, únicas especies a cazar.
Así que, aquella mañana del debut del cachorro en solitario, llevó al perro a la zona del Hontanar, sitio con visibilidad y donde era fácil que perro y cazador no se perdieran de vista.
A primera hora le metió por unas junqueras aledañas a unos rastrojos de trigo donde, si quedaba alguna codorniz, era posible que estuviera refugiada. Naturalmente, el viejo hubo de meterse por mitad de las brozas pues, al ser nuevo el perro, si no le veía meterse por lo espeso, también él tendería a ir por lo limpio. Esto a muchos les daba grima por temor a las culebras pero el viejo carecía de esa aversión, aunque tenía cuidado con las víboras tanto por él como por los perros.
Pero, volviendo al caso, en las junqueras no saltó ninguna codorniz. Para compensar, le salió al Tango, de los mismos hocicos, una liebre. Al viejo le hubiera gustado revolcarla por encelar al perro, pero se reportó porque no era tiempo de liebres y no le gustaba ir por el  campo haciendo malatines. Así que el Tango la persiguió cuarenta metros, desconcertado, como diciendo: ¿Qué demonios es eso? Pero, en cuanto la perdió de vista entre la maleza, se paró y miró al viejo. Éste le llamó y le felicitó por la carrera, pero dudó mucho que el Tango comprendiera su afán, tal vez exagerado, por respetar escrupulosamente los tiempos de las vedas.
A fuerza de caminar, el perro se fijó repentinamente e hizo postura, esto alegró al cazador porque era la primera vez que el perro se quedaba de muestra. Pero, en lugar de la ansiada codorniz, saltó un triguero del rastrojo. Así que tampoco hubo disparo y sí nuevos ánimos para el novel cachorro.
Al cabo de tres horas, subían por un arroyo que llevaba a un manantial. Andando el curso del frondoso regato, que el nacedero proporcionaba, llegaron a la zona más espesa y arbolada. Repentinamente el perro receló al sentir algo. De la sombra de los árboles saltó una hermosa corza que, ante la proximidad del perro, salió de su encame tan nerviosa y azorada, que tropezó y cayó aparatosamente y, en su frenética arrancada desde el suelo, casi se llevó al viejo por delante. Tampoco disparó a la corza, pues la caza mayor no era lo suyo y, además, nunca se le debe disparar con perdigones. Aunque, si hubiese apretado el gatillo a esa distancia, el tiro habría sido tan mortal como el de una lupara siciliana. El viejo se alegró, con una media sonrisa, de no haber adoptado maneras de la mafia. Pero, eso sí, el Tango, al haberle salido la corza de los mismos morros, emprendió una rápida carrera tras de ella y, tan veloz quiso ser y tanta codicia puso en el empeño, que perdió las patas por la empinada cuesta y se dio una costalada que le hizo rodar una decena de metros varga abajo.
Solamente al llegar a lo más alto de la misma cuesta, siguiendo el regato y cuando casi estaban llegando al manantial, el viejo sintió entre la arboleda el estrépito de la brusca arrancada de torcaces. Lógicamente, salían por el lado opuesto de la fronda. Las oía, pero estaban fuera de su vista. Pero, como el miedo se contagia de la primera que arranca a las demás que, sin haber percibido al cazador, imitan a las que huyen, el viejo se previno. Sabía que solía haber alguna despistada que podía volar en la dirección equivocada.
Así fue, una torcaz cruzó los árboles por su lado, a unos cuarenta metros por debajo. El viejo se esmeró en el tiro porque la escopeta del 20 abre poco, aunque concentra mucho el plomo, y eso hizo que, pese a llevar perdigón fino, la torcaz cayera.
Se alegró por el perro que hubo de buscarla entre la espesura de los árboles. Cuando la localizó, la cobró de un gran salto y se cebó en ella porque era la primera vez que cobraba una presa. Tanto le gustó que casi la despluma entera. Poco a poco consiguió el viejo que se la cediera, soplándole en el morro (un truco que nunca le  fallaba). Pero aún así se las vio y se las deseó para que le permitiera meterla en el morral, pues el Tango saltaba continuamente queriendo recobrarla e, incluso, hacía amagos de meter la cabeza en el macuto para recuperarla. Dejó al perro recrearse en la faena para estimular su codicia y su ambición por cobrar nuevas piezas.
Tuvo halagos y felicitaciones el Tango y, su codicia al cobrar, le gustó. Así que ese día regresó contento por la cercanía que le mostró el perro (cazaron los dos juntos a no más de 40 metros) y su ansia al cobrar. Ahora tenía que rodar muchas horas por el campo y morder caza, se dijo el viejo, pero pensó que el cachorro podía llegar a ser bueno.

05 diciembre 2015

Crónicas del Tango (Cap. 1)

Fue en agosto cuando el Tango mudó de residencia desde una perrera aislada, de la parte de Berlanga, al corral de una vieja casa en Atienza.
A los ocho meses el drahthaar tenía un aspecto desmañado: la cabeza grande, negra y barbuda era desproporcionada con respecto al cuerpo jaspeado de gris, delgado y esbelto, de hirsutos pelos y aún poco musculado. Su falta de relación con los humanos a quienes sólo vio, de vez en cuando, alimentar de pienso la tolva de la que se alimentaban él y sus hermanos, le había hecho asustadizo, tímido y huraño. Sólo la buena acogida de sus dos compañeras de corral, la Fary y la Tiqui, parecían hacerle feliz. Del viejo no se dejaba ni tocar. Pero, al menos, no le gruñía ni hacía intención de morderle.
Su cuñado le dijo:
-El veterinario ha dicho que la Fary tiene los días contados, así que me he hecho con este elemento. A ti te toca enseñarle.
El viejo miró al perro, pero no dijo nada. Sopesó, por un lado, la dedicación que conllevaría el enseñar a un perro nuevo y vigoroso y, por otro, las fuerzas menguantes de un hombre bien metido en los sesenta. Y tuvo una extraña sensación de interés, por el reto, y de desgana, por las horas de campo y las agotadoras caminatas que habría de afrontar en el empeño. Quien sabe de esfuerzos, es perito en imaginar perezas.

La media veda se abrió el 21 de agosto. El viejo salió de madrugada con los tres, las dos perras y el nuevo cachorro. Acompañado por el alborozo de las perras entró en el coche el Tango, no sin desconfianza. Una vez dentro de él quedó inmóvil, asustado y, aplastado contra el suelo, sin moverse un centímetro en el corto trayecto.
El viejo sabía que aquel año, como los últimos, sería un pésimo año de codorniz. Pero, si había de enseñar al perro, nada mejor que sacarle con las veteranas: La Fary, la segura braca, y la Tiqui, la juguetona y pequeña garabita. De algún modo tenía que ganar la confianza de aquel tímido desconocido.
En el campo apenas había agua, así que buscó un regato escondido que raramente se secaba y cuyo hilillo de agua discurría por una juncosa zanja entre los pedazos. Y, siguiendo la húmeda acequia, bajó lentamente por ella, desde los bajos de la huerta del Juan Ramón a los rastrojos de la linde con Cinco Villas.
El Tango, al verse suelto en campo abierto por primera vez, se quedó un instante sorprendido pero, enseguida, siguió a las perras y no hizo por escaparse. Las perras, que sabían muy bien a lo que iban,  trabajaban a conciencia rastrojos y brozas mientras el Tango, sorprendido por aquella libertad desconocida, intentaba jugar con ellas que, ajenas a los saltos y cucamonas del cachorro, le soltaban algún bufido de vez en cuando. Parecían decirle: “No molestes, estamos trabajando”. Pero el perro no cejaba en su empeño juguetón.
A la media hora, en un rispión de trigo, se quedó de muestra la Fary. La Tiqui también se percató, pero el Tango acosaba a ambas con brincos y cabriolas mientras la pequeña le gruñía y la segura braca permanecía de muestra, imperturbable como una piedra bajo la tormenta. Saltó la codorniz y enseguida la cobró la perra vieja. La Tiqui fue a olerla a su hocico mientras el Tango seguía en sus carreras y saltos sin haberse percatado de nada. Al viejo, la actitud del perro, lejos de disgustarle, le animó. La razón era muy simple: no se había asustado del tiro. Era el primero de los muchos que oiría y, el no espantarse, era buena señal.
A lo largo de la mañana se repetiría la escena, hasta acabar con cinco codornices colgadas y los perros exhaustos. Aunque el cansancio del Tango sólo procedía de correr tras los pájaros y las mariposas, de jugar con las perras y de curiosear cuanto veía. Al final de la mañana el viejo hizo recuento de los objetivos: el Tango entraba en el coche, no se asustaba de los tiros y, por primera vez, se dejó tocar. Para ser el primer día de campo, el aprendizaje no iba mal. Las codornices eran lo de menos. Añorar aquellos años de perchas abundantes no tenía sentido. El declive de la caza menor estaba fuera de discusión.

04 diciembre 2015

Crónicas del Tango (Preámbulo)

Lamento confundir al lector que, embaucado por el título, llegue a este artículo indagando sobre la música argentina. Nada encontrará en estas letras relacionado con la melancolía rioplatense, con el lunfardo o con el bandoneón, porque, en este relato, Tango es un nombre de perro.
Según me dijo el viejo, el perro es un cachorro que nació el pasado diciembre.
Estas crónicas narran la conjunción de un perro nuevo con un cazador viejo. El viejo también nació en diciembre, pero de mediados del siglo pasado, según me confesó.
Esta secuencia de cuentos es un conjunto de jornadas de caza.
Quienes se sientan repelidos por tan cruenta actividad deben abandonar esta lectura antes de sentirse obligados, con justa razón, a insultar al autor o mentarle a la madre. Quien esto escribe, servidor de ustedes, no puede hacer más. Ya desengaña de continuar a quienes vituperen la caza, así que, si deciden leer, no quiere quejas ni indignados improperios.
A quienes les guste la caza y a los indiferentes, que a la par sean adictos al vicio de leer, les anticipo que son modestas historias de la más humilde de las cazas: la caza menor, en solitario y al salto.
Pero que no se confundan, tampoco encontrarán en estos relatos ojeos de perdices en hermosos latifundios, ni historias de cuadrillas afamadas, ni memorias de ningún atlético campeón de caza menor. Sólo se trata de los modestos itinerarios de campo de un viejo y un perro.
Del mismo modo, prevengo a los amantes de los grandes entornos cinegéticos, a los asiduos de las grandes fincas y a los profesionales de los ganchos en afamadas manchas, que nada encontrarán en estas páginas del postín, el nivel y el tronío de las grandes cacerías. No se tratará aquí de la caza mayor, ni se hablará de rifles, ni de miras telescópicas, ni de visores nocturnos, ni de sorteos, puestos, secretarios, perreros, esperas y jaurías famosas. Nada útil hallarán esos grandes monteros, maestros del arte venatorio, en estos modestísimos relatos. No hay trofeos ni marcas ni, mucho menos, la vida social propia de esos grandes eventos, llenos de hermandad y sana camaradería, que los del gremio llaman monterías. La caballeresca nobleza de esos épicos lances monteros brillará por su ausencia en estas croniquillas.
Aclarados estos puntos, quien, pese a las advertencias, persevere, puede leer, si quiere, estos relatos.
Tal como me los contó el viejo, los escribo.

20 noviembre 2015

El libro del extraño adiós: Capítulo XIII y fin del cuento

Sin apenas haberse recuperado del efecto que en su sensibilidad causó este primer artículo. El muchacho leyó vorazmente el segundo. Éste se titulaba:
O CARRASCO, el verdugo arbitrario.
Y decía lo siguiente:
Estimados lectores, de todos es conocida mi acendrada defensa de estos ejecutores de la ley a los que antes, con crueldad malsana y gratuita, llamaban verdugos.
Pues bien, hace algunos años que esta Audiencia Provincial de Orense carecía de ejecutor. Simplemente no era necesario por no haber condenas capitales que justificasen un dispendio en tal funcionario.
Desgraciadamente, por los hechos que ustedes conocen y fundamentalmente el nefasto avance del terror anarquista en nuestra patria, estos funcionarios han vuelto a hacerse imprescindibles, esenciales para cualquiera que respete el derecho a la vida.
Pero hoy no voy a hablarles en general. Deseo exponerles un caso concreto del que he sido testigo excepcional y que muestra hasta qué punto es peligroso el libre albedrío cuando se empeña en actuar contra natura.
Este verano convocó la Audiencia un concurso para ocupar la plaza de ejecutor en esta ciudad. Entre los candidatos que se presentaron, y una vez revisados objetivamente sus expedientes, resolvió la Audiencia conceder la plaza a Breixo Rafá, también conocido como O Carrasco. El individuo procedía de la zona de Tras-os-Montes y tenía referencias de las autoridades lusas de Bragança y también cédula que le acreditaba como médico que moró en Coimbra y con edad madura de casi 50 años.
Las ponderadas razones que consideró la Audiencia para su nombramiento fueron estas, a saber:
·       Ser persona procedente de Portugal y, por tanto, desconocida aquí. Lo que aseguraba su falta de lazos afectivos, conocimientos o amistades en esta provincia. No es baladí el hecho de librar al ejecutor de ajusticiar a amigos y parientes y buscarse así malos quereres en el seno de la propia familia y allegados.
·       Ser persona de condición asocial por carecer de familia, fortuna y vivir de modo errante. El anonimato cuadra mejor con la ceguera que a la Ley conviene.
·       Ser sus conocimientos médicos idóneos para el nuevo carácter vocacional, pero profesional, que se le quiere dar a la carrera emergente de Ministro Ejecutor.
·       Ser de excelente salud y fortaleza, así como de ánimo templado y con la madurez necesaria para el desempeño de tan discreta como noble tarea.
·       Tener experiencia en el oficio, avalada por certificaciones de las autoridades de Bragança e, incluso, por su mismo remoquete familiar: “O Carrasco”, que en la dulce lengua hermana portuguesa significa: El Verdugo. Y, para evitar suspicacias,  aseguro que no hay constancia de que dicho apodo se le adjudicara, como a algunos otros galenos, por su praxis médica.
Pues bien, tomó posesión este sujeto y se le dio albergue en la Prisión Provincial que me honro en dirigir. He de reconocer que, por sus dotes de hombre sereno y cultivado, se ganó la confianza de todos los funcionarios y especialmente la mía. Llegué a pensar, y no me duele el admitirlo, que me encontraba ante el paradigma del ejecutor con el que siempre soñé para la moderna administración de la justicia.
La víspera del día 23 de octubre, día de su primera actuación, se le permitió ocupar, como es costumbre, una celda junto a las de los cinco condenados que había de agarrotar al día siguiente. Pidió hablar con cada uno de ellos, como tampoco es infrecuente entre los ejecutores de la ley. Y esgrimió para ello dos razones: la primera, que, en su calidad de cristiano, deseaba aliviar las conciencias de los reos, y la suya propia, pidiéndoles perdón por lo que había de hacerles y, al tiempo, escuchar sus últimas confidencias para, en lo posible, liberarles de sus postreras angustias; la segunda, que, en su calidad de médico, deseaba administrarles un tranquilizante para que aquella, su última noche, pudieran conciliar el sueño y llegar enteros y lúcidos al trascendental paso de entregar sus vidas.
Ambas cosas me parecieron de una gran humanidad y, orgulloso del nuevo funcionario cuyas ideas sobre el servicio de ejecutor coincidían tan plenamente con las mías, otorgué mi venia sin dudarlo.
Dedicó a su humanitario cometido el tiempo que precisó y luego volvió, en total recogimiento, a su celda. Y todos los funcionarios tuvimos una noche inusualmente sosegada. ¡Qué orgullo sentí en aquella serena madrugada!, ¡ni una voz de angustia, ni un grito intempestivo! Al fin veía dignificada la figura del ejecutor, encarnada en un hombre que iba a administrar la muerte con sana piedad, con verdadero sentimiento cristiano, con la mayor humanidad. En las manos de aquel hombre la ejecución de una sentencia parecía talmente un sacramento.
Llegada la hora de las ejecuciones nos llegó la sorpresa. El Ministro Ejecutor había desaparecido y los reos yacían todos en sus catres en la relajada postura del que duerme bajo el calor tibio de su manta. Pero todos ellos estaban muertos y los jergones empapados con su sangre. Al parecer, el alevoso ejecutor les dio un potente sedante y, una vez inconscientes, les hizo a todos cortes de bisturí en los vasos sanguíneos más eficaces para la hemorragia y más ocultos para la vista de los funcionarios. Así, sin ninguna apariencia de violencia y sin haber dado un ruido en la noche, todos se desangraron tan impune como mansamente durante el sueño.
Por mi experiencia en prisiones he conocido ejecutores muy variopintos pero nunca me había encontrado con un ejecutor al que calificaré de asesino arbitrario. ¡Qué oprobio, qué vergüenza, qué sindiós bajo los cielos !
Ninguna persona tiene derecho a matar por su cuenta. Es la delegación del Estado en el ejecutor la que ennoblece su trabajo, la que lo dignifica y la que le da una trascendencia que le convierte en un vicario del Altísimo, único dueño y señor de nuestras vidas.
El crimen de Breixo era aún más execrable que los de aquellos a los que había de ejecutar, pues les mató con gran alevosía tras sedarles, sin respetar su derecho inalienable a enfrentarse limpiamente con la muerte, a percibir que era la sociedad quien les ejecutaba por mano delegada. Este hombre conculcó todos los principios del orden al que había jurado fidelidad. No conocí nunca un hecho de mayor vileza no sólo para los reos, sino para el fin último de la Justicia. Un hecho, en resumen, de total desprecio hacia la vida.
Exasperado por estos hechos y sintiéndome especial y personalmente defraudado y, además, concernido por mi condición de celoso funcionario, colaboré estrechamente con la policía en la localización y detención de ese verdugo usurpador e indigno que apostató de su ministerio y se tomó la justicia por su mano.
Tras unos pocos días de indagaciones, lo localizamos en una venta camino de Portugal. Conociendo la psicología de estos asesinos, enseguida intuí que no se entregaría. Así fue, intentó escapar a las bravas a uña de caballo. Fue inútil darle el alto y disparamos. Y, sin rubor, confieso que, si alguna de mis balas le alcanzó, nunca la di por mejor empleada, pues ningún hombre puede arrogarse el derecho de matar al prójimo a su antojo.
El cadáver de Breixo no recibió cristiana sepultura pues, su crimen, era un crimen contra la naturaleza de su oficio, un oficio cuyo elevado ministerio traicionó. Su comportamiento arrastró el mayor anatema social en el sistema penitenciario y en el gremio.
Sólo falta que la anarquía llegue también a los patíbulos, que la administración del castigo supremo dependa de la arbitraria voluntad de un funcionario que decide matar al buen tuntún y con sospechosos afanes de una bondad inaceptable y perniciosa. Y, defendiendo siempre la figura del ejecutor, he de proclamar a los cuatro vientos: ¡Dios nos libre de los autodidactas de la muerte! Siempre estaremos en su contra.
Diosdado Pexegueiro Teimoy
Director de la Prisión Provincial

Y, tras leer estos artículos, quedó aún más confusa la mente del muchacho. Y, al contrario de lo que se dice en los mil cuentos que acaban felizmente, no tuvo la certeza de que sus bisabuelos, huyendo de este país, llegaran alguna vez al de Jauja. Pero lo deseó.


FIN