03 abril 2016

Belesa (Plumbago Europaea)

Uno, al cabo de los años, descubre algunas veces las razones de aquellas cosas que, en su día, le parecieron misterios insondables. Entiendes que los demás quisieron ayudarte, bien con sutiles indirectas, o bien con palabras dirigidas a otros pero que, con tu buen criterio, debieras haber considerado admoniciones personales. Y es que, en general, la gente tiene un respeto y no le gusta señalar.
Por eso, sólo con la edad, comprendí aquella afición de algunos confesores a administrar el sacramento del perdón, especialmente a los muchachos jovencitos, por la puerta principal del confesionario, abrazándoles confianzudamente para, tapados por la cortinilla morada, animarles mejor, susurrándoles en la oreja y acariciándoles la nuca, a descargar el peso de sus culpas.
Otras veces son las indiscreciones las que, por muchos años que hayan trascurrido, te revelan la verdad. Así pude enterarme cómo fue que aquella noviecita, que transido de amor fui a visitar a las fiestas de su pueblo, insistió tanto para que no me quedara al baile, so pretexto de la beligerancia de su iracundo padre contra nuestra relación. Y, aunque yo la creí y regresé, igual que fui, caminando los quince kilómetros hasta mi casa, no se rompió mi amor ni mi fe en ella. Y ya la tenía en el olvido cuando, lustros después, el amigo de entonces, que se pegó con ella la fiesta aquella noche, me dio, tomando copas, el indicio que yo desconocía.
Estas verdades, que uno ignoró en su día, evitan enormes disgustos y hasta concitan risa pues, aunque la credulidad es la base de los mayores ridículos, la ignorancia del crédulo le sirve de antídoto. Y sólo se pasa vergüenza en diferido, o sea, con muchos años de retraso, lo que viene a ser, casi, como vergüenza ajena.
Pero dejando estos ejemplos, de los que en mi sagaz vida colecciono para dar y tomar, hoy he descubierto otro misterio del pasado.
Ha sido por mi afición a las palabras y a los libros. Pero si bien hoy he conocido su desenlace, la trama comenzó en los lejanos tiempos de mi mocedad.
En aquella época todos los veinteañeros andábamos cieguitos tras aquellas bellas muchachas apenas salidas de la adolescencia. Y, aunque todos nos sentíamos galanes e incluso, alguno el mismo Apolo, jamás ninguno consiguió emular nunca los éxitos románticos de “El Chicle”, también conocido como “El Abeja”. No nos explicábamos los éxitos amorosos de aquel tipo flaco y larguirucho, como espigado, con nariz de apagavelas y algo dentón. Y, como ninguno le tragábamos, le llamábamos el Chicle, y, por su afición de andar por el campo buscando flores, el Abeja. Lo cierto es que Longinos, alias el Chicle y el Abeja, era estudiante de farmacia y, a la vez, mancebo en la del farmacéutico titular don Apapurcio Cordával y Chorrón.
Pasaba Longinos muchas horas por los campos, recolectando plantas, hojas y flores en su zurrón, conocía sus nombres científicos que, dichos en latín, sonaban como escupitajos tan esquivos, que patinaban hasta por las memorias más adherentes. Y, según nos contaba, en los raros momentos en que conseguía nuestra atención, con todos esos hierbajos se podían preparar infusiones, decocciones, maceraciones, inhalaciones, cataplasmas, emplastos, compresas, jarabes, tinturas, jugos, pomadas, hacer enjuagues y gargarismos, tomar baños o hacerse lavados. Y ponderaba tanto y tan pesadamente sobre las inefables cualidades de aquellas substancias, que todos nos negábamos a aguantar sus monótonas peroratas. 
Pues bien, hete aquí que toda muchacha que accedía a acompañarle a la farmacia salía de ella, tras un par de horas, obnubilada por Longinos. Ninguno nos lo explicábamos pues las chicas que no le conocían no sentían ninguna atracción por él.
-¿Qué te parece Longinos, Candelitas?
-¡Huy! ¡Huy ése! Ése es más feo que un muerto con mocos.
Bien, pues a pesar de que, más o menos, todas coincidían en el dictamen, aquélla que le acompañaba a la farmacia indefectiblemente sucumbía. Y, tras conocer el desfile de beldades por la penumbra de aquella rebotica, todos llegamos a la conclusión de que Longinos, con toda su repelente fealdad, lograba su objetivo: jodía más que una mota en ojo.
Finalmente una de aquellas seducidas por el himenóptero, al que por sus triunfos en los asuntos del himeneo, comenzamos a llamar “El Zángano”, nos habló de una planta llamada Belesa.
No quisimos saber más. De inmediato le exigimos a Longinos que nos enseñara su secreto, que lo compartiera con nosotros, que no podía seguir acaparando el bien común.
Él nos dijo que no fuésemos tontos, que la Belesa era una planta que tenía pocos usos medicinales y que, si para algo sirvía, era para los dolores de muelas y que por eso se le llama también Dentalaria. Y, como no le creímos, uno con dolor de muelas se ofreció a probarla. Longinos, moviendo condescendientemente la cabeza, se la administró y el improvisado paciente, tras masticarla, sufrió tal inflamación generalizada de toda la boca que, efectivamente, olvidó al instante el dolor de muelas.
Pasaron los años. Los estudios, los trabajos y las ocupaciones nos disgregaron. Longinos era hasta hoy sólo un recuerdo
Esta mañana ha caído en mis manos casualmente un libro de Botánica. Al abrirlo al azar ha aparecido Belesa (Plumbago Europeae), también conocido por Dentalaria. He recordado al instante al bueno de Longinos y, antes de leer el artículo, casi me he enternecido. Sin embargo, al leer esto:
“…empleada su infusión por sus propiedades narcóticas e hipnóticas, de donde proviene la etimología del verbo embelesar…”
He atado cabos.
Cómo las urdía el cabrón del Zángano: las embelesaba. Las tenía embelesaditas.
Si es que, de otra manera, no podía ser.

9 comentarios:

Conxita Casamitjana dijo...

Menudo pinta estaba hecho el estudiante de farmacia, con ese "embelesar".
Hace mucho leí que "aquello que no sabes, no duele" pues igual con esas verdades que uno desconoce y que al cabo de los años, cuando se conocen igual hasta nos arrancan una sonrisa por ser inocentes.
Es mucho peor para aquellos que viven generando mentiras.
Un saludo

Soros dijo...

Me gusta mucho urdir historias, Conxita, así que no creas lo que escribo, puede ser sólo un cuento. En cierto modo soy uno de los que pasan la vida construyendo, al menos sobre el papel o la pantalla, mentiras. Así que, seguramente y visto así, soy uno de esos indeseables a los que aludes. No lo puedo evitar, me encantan las fantasías.
Por lo demás, estoy de acuerdo con lo que dices y, si la historia te ha hecho gracia, me alegro.
Saludos y gracias por venir y más por dejar un comentario, eso me anima mucho.

Conxita Casamitjana dijo...

Soros
¿De eso se trata no? de contar historias que no tienen que ser ni ciertas ni nuestras, por eso nos gusta imaginarlas.
A mi más de una vez en el blog me han preguntado si eran autobiográficas, no acostumbro a decir ni que si ni que no, aunque no lo son, porque desde el momento en que las imagino, ya son mías.
Un placer leerte y que hayas venido a mi blog, me ha encantado tu comentario, espero verte pronto de vuelta.
Saludos

Eme dijo...

Llego a tu blog a través del de Conxita y, si todas las historias que nos cuentas tienen este ritmo "pausado sin pausa" y se tiñen de ese carácter tan personal... menudo descubrimento el mío en esta tarde de sábado!.
Me ha gustado mucho leerte, con tu permiso me quedo por aquí.
Un saludo.

Soros dijo...

Oye, Eme, que una persona, de la valía de Conxita, me recomiende casi me abruma. Pero es un placer tener de vez en cuando algún lector. Así que quédate por aquí todo lo que quieras. Historias no han de faltarte, llevo casi diez años publicando cosas variadas en este blog modestito y arcaico donde hay muchas letras y poca tecnología.
Un placer, Eme, y muchas gracias por tu amabilidad.

AtHeNeA dijo...

Llego desde la casa de Eme y he de decir que ya sospechaba yo , más que nada por "embelesar" que realidad no era tal ese galán

Hilvanas las letras de una forma en la que apetece seguir leyendo más , incluso saber qué tenía preparado el destino para nuestro "a-puesto" protagonista.

Mi abrazo ✴

Soros dijo...

Gracias por leer y por comentar el relato, AtHeNeA.
Se ve que Eme va hablando bien de mí. Os lo agradezco a ambas.
Y, sobre todo, me alegro de que os haya gustado la historieta.
Un abrazo.

Zeltia dijo...

"la ignorancia del crédulo le sirve de antídoto. Y sólo se pasa vergüenza en diferido, o sea, con muchos años de retraso, lo que viene a ser, casi, como vergüenza ajena."

la vergüenza ajena también es mala de llevar...
(Te has currado la historia, pero el nombre del farmacéutico, no tiene precio)

Soros dijo...

Me alegro mucho, Zeltia, de que te haya gustado. Y también de que hayas hecho un comentario.
No sé por qué los farmacéuticos y los notarios solían tener siempre unos nombres muy raros, ni tampoco por qué anuncian las colonias con acento extranjero. Ambas incógnitas han marcado mi vida. :-)
Saludos.