05 agosto 2013

VII.- El Renuncia: La Gavina de Polvoranca


Siempre le agradaba el camino de vuelta. Le gustaba acudir a la ciudad cada día porque era un espectáculo pero, al caer la tarde, indefectiblemente deseaba abandonarla. La urbe era un lugar bullicioso donde cada uno iba a lo suyo tan concienzudamente, que parecía que llevara su misión grabada en las mismas entretelas. Tal era lo rítmico de los movimientos de la gente, lo repetido de sus gestos e, incluso, lo similar de su atuendo, que los centros de todas las ciudades parecían decorados, cada vez más uniformes, para una representación idéntica. Y el mismo fenómeno trascendía a los comercios, desde que triunfaron las cadenas y las franquicias y todas esas denominaciones actuales. Entre todos aquellos engendros modernos habían dado al traste con el mercadeo tradicional donde, por extraño que parezca, era el cliente el que compraba lo que deseaba y no se limitaba a elegir entre lo que le ofrecían, porque, con ese invento de la moda, el comprar era ya someterse a otra pequeña y habilidosa dictadura.

Iba dejando atrás la zona comercial, con sus escaparates llenos de cosas, que la gente compraba sin mirar, como antaño se hacía, si eran necesarias o no. El comprar había trascendido la categoría de necesidad para entrar en la de lo lúdicamente imprescindible, una categoría un tanto ambigua, como para ricos, pero todos, aunque no lo fueran, comulgaban con aquel sentimiento absurdo. Y así, se oía decir a la gente: mira, me aburría y me fui a comprar. Y  lo decían como la cosa más natural, como si dijeran, por ejemplo, me aburría y me fui arrancar hojas a los libros o a tirar piedras a los patos, como si el comprar por aburrirse fuera menos absurdo. Estaba visto que lo que no podía ser, de manera ninguna, era aburrirse. Y el aburrimiento, al parecer, lo paliaba, no el entretenimiento, sino cualquier actividad costosa y, preferentemente, el comprar.

Sin embargo, a medida que se alejaba del centro, le parecía a Serafín que la vida se hacía más sencilla, perdiendo la vacuidad de lo moderno y revistiéndose del realismo de las cosas de antes, hasta hacerse casi rural, sólida, tangible y maciza, al divisar las astrosas construcciones y las pobres casas de La Gavina de Polvoranca, mitad pueblucho, mitad amago chabolista junto al gran vertedero. Y le parecía mucho más acorde, con su llamada a la sencillez, el hecho de vivir allí, en la fonda del tío Simancas. Así, su abandono diario de la ciudad, atravesando desde los barrios más lujosos a los más degradados de los arrabales y el extrarradio, significaba una renovación cotidiana de su imaginario voto. Atrás quedaban las mansiones de la ciudad que suponía habitadas por gente no proclive a renunciación alguna pero que, pese a sus propiedades, declararían a quien quisiera preguntarles que ellos, de toda la vida, eran partidarios acérrimos de la vida sencilla. Vivían, pues, como espejismos de sí mismos. Pero sí, decían esas cosas.

Con la caída de la tarde podían verse las bandadas de grajos alejarse de los vertederos, y también grupos de cuervos y de hurracas. Pero eran los bandos de gaviotas, pájaros que daban nombre al barrio, lo que más le gustaba observar a Serafín.

Él sólo había visto gaviotas en el mar y fue grande su sorpresa cuando, al iniciar su nueva vida y llegar a aquel barrio, descubrió las grandes bandadas. Todas las mañanas acudían, de no se sabía donde, para alimentarse con los despojos que rebuscaban en el vertedero, tras las descargas de basura que los camiones no paraban de hacer. Siempre tan blancas y tan grises, tan impolutas y lustrosas, metidas donde el mundo echaba sus inmundicias. Y le parecía que los animales, estuvieran donde estuvieran, eran elegantes por naturaleza.

Recordó que,  por distraer el día con don Macario, no había reunido con qué pagarle la pensión al viejo. Bueno, no le pesaba. No todos los días podía uno juntarse con personas cultivadas, sensibles y de finura intelectual, amén de con buenos sentimientos pues, motu proprio, le había invitado a un bocadillo de calamares y a cerveza. Nada menos.

Al llegar al poblacho dejó atrás la fonda y se encaminó al corral del Mondacimas. Allí seguía su coche. No lo había visitado desde el último día lluvioso. Le pesó que la tarde estuviera rasa pero, por otro lado, era bueno tener el coche para los días vacíos. Llamaba vacíos a aquéllos en los que nadie le había hecho una dádiva, a aquéllos en que el mundo había sido ajeno a su virtud y, en consecuencia, volvía sin los tres euros que el viejo le cobraba por dormir. De todos modos, tampoco era placentero yacer en un jergón, sobre el suelo de una sala sucia por cuyas paredes, apenas apagada la luz, organizaban sus correrías las cucarachas rubias. Solían compartir aquella sala, a la que llamaban con humor la sala de pendones, no menos de diez o doce pedigüeños, hediondos dos de cada par, borrachos los más y roncadores todos. Otros, pobres también pero de más posibles, que la pobreza también conoce rangos, dormían en cuartos con camas, pero pagando otra tarifa.

Estaba Serafín mirando embobado la última aureola morada del crepúsculo. Se había sentado en un poyo junto a la puerta del corral. Y, mientras miraba desvanecerse el último color del día, soñaba que fumaba un tabaco aromático, ligeramente picante, y, al hacerlo, se recreaba en la visión del horizonte, como si sólo a él perteneciese aquélla. Se alegró de no estar en la fonda, pese a echar de menos aquella sopa de ajo comunitaria que, el posadero, incluía con tal nombre en la tarifa de los huéspedes humildes, más con el fin de que echasen en ella algún corrusco de pan duro que les quedara, que con el de alimentarles verdaderamente, pues poco más que calor tenía el aguachirle y, si color, era éste el de una bahorrina.
Sintió entonces un ruido en la pequeña cuadra aneja. Vio salir a Gregorio. Seguramente habría venido a echar a la burra. Era una burra que se iba con las ovejas mientras las tuvo y que no había quitado, en parte, porque el que compró las ovejas no la quiso, en parte, por sentimentalismo. Gregorio, que llevaba un pequeño talego de tela en una mano, un botillo colgado del hombro y un candil en la otra, se acercó al poyo y se sentó junto a Serafín.
- Mañana vienen a por la burra –dijo por saludo.
- ¿Quién la quiere?
- El Maquila, el gitano.
- Y cómo es que la vendes.
- Porque le quedan cuatro días y… para encontrármela muerta en la cuadra.
- Entiendo.
Gregorio sacó una tartera del talego y media hogaza de pan que puso sobre el poyo, junto al candil y entre ambos. Quitó la tapa de la tartera y, usándola de plato, troceó en ella dos chorizos que sacó del cuerpo principal. Bajo los chorizos viajaba una tortilla de patatas que, el Mondacimas, cortó limpia y delicadamente en cuadrados con la navaja. Luego, colocó el botillo de pie sobre el mismo poyo, apoyándolo en la pared. Le sacó dos buenas rebanadas a la hogaza y le tendió una a Serafín.
- No será la pena lo que te incita a invitarme a cenar porque entonces yo no puedo aceptar…
- ¡Qué comas, coño!

2 comentarios:

Zeltia dijo...

y, en cambio, que angustia me entra a mí dejar al azar si ceno o no...
(está visto que una cosa es "que te guste la vida sencilla" y otra la libertad.

Soros dijo...

Quizás el azar rija las cosas más importantes de nuestras vidas, empezando por nuestro nacimiento, y, como nos gusta creer que las controlamos, nos empeñamos en querer tener previsto casi todo. Pero, aún así, la vida puede saludarnos, bendecirnos o maldecirnos a cada momento con lo inesperado. De modo que la libertad, si en ella creemos, es siempre provisional y reducida a unas pocas circunstancias.
Bueno, a mí me lo parece.
Saludos, Zeltia.