13 julio 2013

IV.- El Renuncia: El Encuentro



Macario Prosopón, o sea MP, estaba cagando tranquilamente sobre el césped del jardín, cerca del parterre cuyas flores formaban el escudo de la ciudad, cuando aquel pobre le vio y se sentó en uno de los bancos a verle obrar, por si aquella insólita acción podía aportar algo, espiritual naturalmente, a la renunciación vocacional que el indigente arrostraba.
- ¿Qué mira? –dijo MP, concentrado en los esfuerzos.
- Contemplo su estampa en esa insólita acción.
- ¿Es que acaso no cagan los perros en el césped? Pues entonces, también yo tendré derecho, ¿o no?
- Sí, señor, pero se da el caso de que sus amos recogen luego el truño dejado por el animalito, según rezan las normas municipales.
- Pues mire usted… el mío se va a quedar aquí… porque da la puta casualidad de que yo no tengo amo que lo recoja… ¿Se entera? –contestó MP un poco entrecortadamente por los esfuerzos finales.
- Muy interesante. Y, a la par, razonable. No había caído yo en ese detalle. Y, si me permite que se lo diga, creo que lleva usted razón.
- Menos mal que, alguna vez, topa uno con alguien razonable. Estoy hasta los lorolos de que me tomen por loco.
- ¡Huy por loco! No señor. ¡Dios me libre! A mí me parece que está usted volviendo a la vida natural, al reciclado de la materia, a la genuina cadena trófica, al uso de los fertilizantes orgánicos, a todo lo que se nos dice que hay que hacer pero que nadie hace. Pero si hasta me parece usted un ecologista, talmente de Greenpeace, oiga.
- ¡Mire, no me toque los cojones! –contestó MP con su peculiar tendencia inmoderada a la violencia.
- ¡Tío guarro! -le chilló una señora que venia de por el pan.
- Ve usted, como no hay vergüenza -dijo MP, momentáneamente calmado y con cara de resignación, mientras tiraba el puñado de césped con el que acababa de limpiarse en medio del escudo del parterre.
- Hay que tener paciencia, la gente necesita educación. Es nuestra única esperanza, señor mío.
MP se acercó despacio mirando detenidamente a aquel mendigo que, para variar, le había caído razonablemente bien. Cuando llegó al banco dijo:
- Me llamo Macario Prosopón, ¿se puede saber cuál es su gracia?
- ¿Cómo que mi gracia?
- ¡Que cómo se llama! ¡Coño!
- Ah, sí, usted perdone. Serafín Tirado, servidor de usted.
Entonces MP le largó la mano, en un detalle que hacía tiempo que no ensayaba. Serafín miró la mano un segundo, algo escrupuloso, y se la dio tragándose los melindres pues, siendo él un harapiento con más mugre que el palo de un gallinero, no parecía correcto que pusiera reparos en estrechar la mano amiga que, tan campechanamente, le ofrecían. Luego del saludo, se restregó un poquito la mano en el pantalón, iluminado por un ciento de lámparas, como el que no quería la cosa. Sin embargo, resistió la tentación de olérsela con disimulo.
MP se sentó a su lado y pasó un buen rato sin que uno ni otro dijeran palabra. Su silencio sólo era interrumpido por el sonido del tráfico y por los ruidos de las tripas de Serafín que, aburridas del excesivo espacio hueco, jugaban a pasarse el aire de unas a otras. MP se levantó al cabo de un rato y dijo:
- No crea usted que no comprendo lo que me ha dicho. Espere aquí un momento. Ahora continuaremos nuestra conversación.
Cruzó la plaza por mitad de la gran rotonda, entre el inmediato concierto de bocinazos, y entró al bar El Diamante Africano que estaba al otro lado. A los cinco minutos deshizo el recorrido, entre otro trompeteo similar, y se presentó ante Serafín con dos bocadillos, envueltos en un papel que traspiraba manchas de grasa, y dos botes de cerveza.
- ¿Por qué no utiliza usted los pasos de peatones?
- Porque yo voy allí, y no a dar la vuelta a La Alcarria, que esa ya la dio Cela en buena hora. ¿Qué culpa tengo yo de que todo en las ciudades se haga en función del tráfico rodado, señor mío?
Le largó un bocadillo y una cerveza a Serafín y éste, contento de que el bocadillo viniera envuelto, quitó el papel y contempló con delectación que era de calamares rebozados.
- Mil gracias, don Macario.
- No se merecen.
- Bien veo que se ha dado usted cuenta de mi condición.
- ¡Hombre, según le sonaban las tripas!
- No me refiero a ésa.
- Pues no sé a qué otra puede referirse.
- Hombre, yo había pensado que, siendo usted una persona de recia lógica, nada más verme y cambiar conmigo unas pocas palabras, se habría dado cuenta de que lo mío es vocacional.
- ¿Quiere decir que tiene hambre porque quiere?
- No señor, quiero decir que mi estado es voluntario y que, lo del hambre, es algo derivado de él, pero no consustancial.
- ¡Aaah!
MP miró a aquel desgraciado con más conmiseración que antes y sintió ganas de largarse, porque bastante loco estaba ya el mundo como para acompañarse de un ejemplar, hecho carne, de la demencia misma. Así que, en vez de discutir, dijo simplemente:
- Entonces, ¿qué?, ¿está bueno o no está bueno el bocadillo?
- Bueno está, sí. Pero esa no es la cuestión. Necesito saber si usted me ha comprado el bocadillo por lástima o porque ha comprendido la hondura de mi vocación, de mi limpia y pura tendencia a la renuncia.
- Huy, copón –dijo MP, casi para sí y, enseguida, por tener la fiesta en paz, añadió- Mil veces prefiero yo ayudar a un hombre a seguir su vocación, que llenar los vacíos de un estómago hambriento. Y lo digo bien alto, pese a quien pese.
- Siendo así, -repuso Serafín muy complacido-  le acepto el bocadillo, pues veo que es usted persona capaz de apreciar lo que tiene delante y no se deja, como el vulgo, engañar por las apariencias –y, dicho esto, engulló la mitad de bocadillo que le quedaba y que sus escrúpulos, esta vez espirituales, habían retenido en espera de la respuesta deseada.
MP respetó el silencio, originado en Serafín por los movimientos de mandíbulas, y se puso a su vez a hacer lo mismo. Cuando el pobre terminó de comer dio un traguito a su cerveza y observó como MP se la echaba al coleto de un par de tragos largos y sordos. Hubo unos segundos de silencio hasta que MP, tras soltar un sonoro eructo, dijo a modo de disculpa:
- Ya sabe usted, Serafín, que esto es lo que tiene la cerveza, que abre víscera.

3 comentarios:

Zeltia dijo...

abrir víscera (anotado queda)

Zeltia dijo...

la foto es muy muy interesante.
para estudiarla.

Soros dijo...

Te gustó lo de "abrir viscera". Lo decían hace años en algunos ambientes "Cheli".
La foto es, como tantas, de la calle. Por donde estamos todos.