31 octubre 2012

Enseñando a la garabita



Las cuatro horas seguidas de frenética caza por barrancos, laderas, quebradas y masas compactas de aliagas, espinos, rocas y retamas, no sirvieron sino para romper los riñones y las piernas del voluntarioso trío. Al cabo de ese tiempo, sudados y derrengados, los tres cazadores pusieron en su cuenta otro fracaso. Habían espantado a la media docena de perdices aisladas que, a duras penas, consiguieron levantar fuera de tiro.
Dos de ellos lo dejaron. El tercero tomó un café en el pueblo y salió de nuevo. La afición es una vieja compañera que se empeña en hacer creer a los ilusos que puede triunfar maña donde fracasó fuerza.
Se llevó a la perra nueva. La pequeña Tiqui, una renacuaja garabita, salió ufana, sintiéndose protagonista; la Fary, madura y poderosa braca, se quedó aullando rencorosa y lastimeramente su desprecio. Pero el cazador viejo quería llevar un animal sin avance, porque él tampoco lo tenía ya, y menos tras la jupa desde el amanecer.
Eligió una vieja acequia ancha y herbosa que venía a morir junto a la carretera. A los lados, terreno limpio: rastrojos y barbechos. Subía lentamente acequia adelante, con la ilusión de que la liebre se hubiera refugiado en ella de la primera helada contundente del otoño. La garabita, al sentirse centro de atención, movía hierbas, matojos y junqueras a seis u ocho metros por delante de él, y hasta daba la impresión de que cazaba o, al menos, parecía que lo hiciera.
A la media hora, la perrilla levantó la cabeza y simultáneamente un perdiz voló, cruzándose, treinta metros delante a la derecha. El cazador, en un acto reflejo, tomó los puntos, tiró de la mano y la perdiz cayó al segundo tiro en el extremo del rastrojo. La Tiqui corrió hacia ella, la persiguió un par de metros en el suelo, la atrapó y la sujetó entre sus fauces pequeñas contra la tierra, en parte dudando de su fuerza y, en parte, de su inexperiencia, porque era la primera perdiz que cobraba. El cazador cargó rápidamente, por si la acequia se hubiera convertido en el refugio de alguna otra patirroja. Al ver que no salían, no se movió del sitio y esperó que la perra no hubiera olvidado lo que aprendió en la codorniz. La menuda garabita no cesaba de mordisquear la perdiz, sin soltarla un momento de la boca ni moverse del lugar donde la había cogido. Para provocar la reacción del animal, el cazador, sin quitarle ojo a la perra, echó a andar. La Tiqui con la perdiz en la boca comenzó a venir hacia él. Él siguió andando y sólo cuando la perra estaba a un par de metros se paró. La perra hizo lo mismo y, acercándose a ella, la acarició y felicitó por su faena y le tomó lentamente la perdiz de la boca. Mientras guardaba el ave, la perra no paraba de saltar a su lado, intentando mordisquear nuevamente la pieza. Luego, volvió a su puesto, cazando con tal brío y con tal dedicación como su rabillo enhiesto demostraba. La Tiqui estaba tan orgullosa de su triunfo, que sus cinco kilos le cundían más que si tuviera la estampa y la estatura de un poderoso pointer. El cazador se sonreía al verla tan ocupada y con tanta incumbencia.
Siguieron un par de horas de recorrer praderas juncosas, chorreras húmedas, acequiones profundos, pobedas pequeñas y fondos de barrancas perdidas, con un paso tan terco como poco fructífero.
Entre las aliagas aparecieron setas de cardo. Dedujo el cazador que muy despacio debía de ir, más de lo que pensaba, para haberlas descubierto al paso. Y, como no tenía prisa, fue llenando los bolsillos con ellas. Siguiendo más el rastro de las setas que el de una caza, que se había mostrado tan esquiva, llegó casi sin pensarlo al punto de descumbrar una buena ladera. La vieja costumbre le hizo ponerse en guardia y, sujetando a la perrilla, asomar juntos al otro lado. De veinte metros más abajo, entre dos encinas, saltaron dos torcaces con el estrépito propio de su sorpresa. Los disparos fueron rápidos. La primera cayó aleteando fieramente en el suelo diez metros por debajo de una encina, la otra remontó y, con un giro veloz e inesperado, eludió el plomo que la buscó en vano.
La Tiqui localizó en una aliaga a la torcaz caída, pero era tan vigoroso en tierra su inútil aleteo que la perrilla, nunca puesta en tal trance, no le quitaba ojo, pero no la cogía, temerosa sin duda del estrepitoso aleteo de un ave que para ella era aún animal desconocido.
Volvió con las dos piezas y sus bolsillos de setas y con la perra garabita rellena de nuevas experiencias. Al otro lado de la balanza, cuatro horas a destajo y otras cuatro cazando mansamente.
-        ¿Qué, vende usted esas piezas?
-        No señor, la caza es para casa.

25 octubre 2012

Perdices del llano



La mañana grisácea invitaba a meditar más que a ir de caza. El Pela pensaba así mientras montaba la escopeta. Luego, él solo se enfrentaría a la llanura. También a la incertidumbre de por dónde empezar, que le suscitaba una mezcla de interés y pereza. Ésta última por lo ingente de la tarea. Era un juego de azar en aquel campo pedregoso, a ratos de rastrojo barbado, a ratos de terrones rojos y resecos, el dar con el bando de perdices o levantar por casualidad a la rabona. De hecho, para cualquiera, era difícil imaginar que en aquellos campos, más parecidos a planicies desiertas, se moviera nada fuera de algún tractor lejano o de algún rebaño de ovejas careando.
Esto de la caza se está convirtiendo en buscar lo que uno no está seguro de que exista, se imaginó nada más empezar a andar.
El Pela recordó cuando cazaba con la cuadrilla que le dio la alternativa muchos años atrás. Los terrenos eran parecidos, pero entonces ningún día de caza le incitaba a pensar. Seguramente la juventud le hacía comerse el terreno sin titubear, al paso obediente, o a veces no tan obediente, que marcaban los veteranos dirigiendo la mano. Lo de darle vueltas a las cosas vino mucho después, con la soledad. Que, en el campo, una persona sola ha de buscar la compañía de sus pensamientos. So pena de aburrirse y marcharse a casa.
En cualquier caso era más cómodo lo de antes. El verte solo, te hace plantearte las cosas, se decía. La compañía nos hace menos pensadores. La cosa se reduce a seguir las manos o a conversar, si la cosa se da mal.
Se paró un instante. La llanura se extendía ante él como un pastel plano, sin contornos visibles. Sólo a varios kilómetros sobresalían las primeras lomas, las de la linde y, a otros tantos, la chopera verde del río mudando ya al color rojizo anaranjado del otoño. En el llano pequeños ribazos de cuatro palmos de alto, con alguna zarza, separaban algunos pedazos de los otros. El campo así, tan levemente escalonado, protegía de la vista algunas zonas muertas. Eran las pequeñas franjas que servían a los animales para protegerse de los vientos y, en su huida, resguardarse y burlar a sus perseguidores. Árboles había pocos, dos álamos junto a uno de los caminos de labor. No más. Y las armaduras del tendido eléctrico desentonando y sesgando diagonalmente la llanura. Al menos eran alguna referencia, se dijo.
Sin pensarlo mucho caminó hacia el punto más alto. Era un pequeño teso, apenas un montón de tierra. Desde él, la vista del terreno parecía una manta cosida con retazos de trozos amarillos y ocres. Reconoció que aquella monotonía silenciosa le daba al campo un aspecto intemporal. Y le parecía ayer cuando cazaba en campos como éste con aquella cuadrilla.
Se giró y oteó hasta donde la vista le alcanzaba. Una mancha verde junto al camino que enfilaba al pueblo le dio una pista de por dónde empezar. A medida que se acercaba a ella vio que eran esparragueras y que la mancha era mucho más grande de lo que le pareció al descubrirla. Imaginó que las perdices habrían pasado buena parte del verano en ella, a resguardo del sol y arregostadas al agua de su riego. Él, si fuera perdiz, lo hubiera hecho.
Cuando el Pela llegó a la esparraguera, la encontró mucho más espesa de lo que pensaba. Y, caminando entre los surcos siguiendo las ruedas de tractor, comenzó a atravesarla en un sentido y en otro, desde el camino hacia las labores de la parte opuesta. Los tallos le llegaban al pecho. Y se decía que, sin perro, y en aquel cultivo tan tupido, las perdices, si había acertado y las había, apeonarían sin que pudiera verlas.
Más de una hora se pasó zurciendo aquella mancha grande y rectangular. Lo hacía concienzudamente, con la esperanza de que, llegando al borde, las perdices botaran o las divisara apeonando por los terrones de al lado.
Tras vueltas arriba y abajo, llegó a la última pasada caminando mecánicamente. El Pela casi había olvidado su objetivo. Es más, por unos instantes, estuvo convencido de que había sido una cabezonada suya el pensar que algún bando estuviera allí precisamente. Una simple conjetura interesada que le permitiera empezar por algún lado. Pero el campo era muy grande, por qué habían de estar allí.
El ruido lejano de un tractor le distrajo de sus pensamientos. Se paró. Lo localizó a más de un kilómetro seguido de una cosechadora. Aguzó la vista y vio que entraban en un campo de girasol.
Fue entonces cuando vio la sombra presurosa y fugaz de la patirroja apeonar gacha por los terrones, azorarse, coger carrera, estirarse y saltar, todo casi al unísono, y fuera prácticamente de tiro. Tan nervioso como ella, corriendo la mano, le soltó los dos disparos sin pensarlo. Sin quitar el dedo del gatillo, sabía que se había equivocado y se maldijo por ello, y, efectivamente, al instante, seis más saltaron del borde de las esparragueras. Tomó la referencia de su vuelo y cargó con la esperanza vana de que alguna otra quedara rezagada. No fue así.
Tontería ir por derecho tras ellas. Daría un rodeo amplio por la derecha e intentaría, protegiéndose de su vista en aquel terreno tan poco propicio,  sorprender a alguna en los pequeños y discontinuos ribazos. Sabía que tenía que caminar ligero, armarse de paciencia, tomarles la vuelta y, sobre todo, no precipitarse.
Tras un rato de rápido caminar comenzó a girar para tomarles la vuelta. En cada pequeño desnivel las presentía y el corazón le latía con más fuerza. Enseguida vio saltar a cuatro muy largas. Las otras no podían andar lejos. En el siguiente ribacete saltaron otras dos. Se contuvo. A treinta metros, tras una zarzamora, quiso volvérsele para atrás la otra. Se hizo con ella al segundo tiro. Pero el animal, una vez en el suelo, rompió a correr. El Pela agradeció que cayera en los terrones y, sin perderla de vista un segundo, corrió tras ella. Con tanto brío corría que olvidó sus años y por no perder de vista a la perdiz no miró al suelo y así, tras tropezar, en lugar de perdiz cogió una buena liebre, rodando por el suelo tan largo como era. La ansiedad por no perder la pieza le hizo levantarse al instante y ver, en el último instante, al pájaro amagarse en los terrones a unos cuarenta metros. Caminó despacio, con los ojos clavados en el sitio, acariciando vengativo el gatillo. Cuando llegó al lugar, la encontró muerta. Notó entonces lo mucho que le dolía una rodilla.
No era momento para pararse. Las otras habían volado en la misma dirección. Volvió a buen paso a su rutinaria búsqueda. Tras veinte minutos las vio volar de nuevo, por aquí la una, por allá la otra. Maldita sea, en esta llanura y desperdigadas, se dijo. Llegó un momento en que no sabía qué dirección tomar.
Reparó entonces en que la cosechadora y el tractor que viera por la mañana se alejaban, dejando sin segar la mitad del campo de girasoles. Tal vez habían llenado el remolque del tractor. Y entonces se dijo que, no sabiendo donde ir, más le valía dar una vuelta a los girasoles que quedaban en pie. Alguna podría haber buscado allí refugio.
Los girasoles, como le pasó con las esparragueras, resultaron más espesos de lo que imaginaba. Encima se había levantado viento. Y ya se disponía a darle un repaso concienzudo cuando, apenas internado en él cincuenta metros, la vibrante arrancada de una frenética aleteadora le sobresaltó. Voló a favor de viento pero, en esta ocasión, el Pela tiró tan rápido y con unos reflejos tan diestros, que el animal cayó desmadejado en medio de lo espeso. El cobrarla le llevó su tiempo pues, aunque estaba donde cayó, los girasoles por su uniformidad no admiten más referencia que la aproximada de la caída.
Andaba ya el Pela satisfecho con sus dos perdices. Cuando pensó que aún le quedaban energías para volver a las esparragueras. Tardó un buen rato en presentarse en ellas. Y, al llegar, supo que no le quedaba otro remedio que repetir el monótono divagar por las rodadas de tractor entre ellas. Hasta el extremo y vuelta más adentro. Y aburrido estaba de dar vueltas cuando vio a una torcaz venir de lejos. Se amonó, agazapándose entre la línea de las esparragueras. La torcaz venía a buena altura pero la confianza ciega que anima siempre al cazador le hizo verla más cerca y, a la que le rebasaba, le soltó relajadamente los dos tiros, dando por hecho que serían los últimos del día. Y lo fueron, porque al ruido de éstos, le saltó la perdiz de las esparragueras a menos de diez metros dejándole con la boca abierta y cuarto y mitad de decepción. Buen par de tiros, se dijo, ni torcaz ni perdiz.
Miró al reloj, llevaba ya seis horas andando. No podía quejarse, amén del episodio de la liebre, se llevaba a su casa dos perdices de las siete que vio. Que todos los días fueran como ése, que, para volver de bolo, ya tenía toda la temporada. ¿Quién sabe si volvería a dar con las perdices del llano? Tal vez, para otra vez, ya se habrían vuelto un recuerdo, como les pasó a los compañeros de cuadrilla. Quizás hacerse viejo sea buscar recuerdos de cosas que, al final, uno no está seguro de que llegaran a ocurrir. ¡Hay que joderse, cómo se me ha puesto la rodilla!


19 octubre 2012

De Cantalojas a Grado del Pico



Anoche nos dijeron los del Bar Plaza que la pista que deja a la izquierda el Castillejo es la que va a Grado del Pico. También nos dijeron que tiene unos ocho kilómetros y que, en tiempos, en Grado del Pico se hacía la remonta. Esto de la remonta era un servicio que se hacía con sementales del ejército, traídos de Alcalá de Henares, para mejorar la raza de la ganadería caballar de la zona. Pero todo eso ya es historia porque en Grado del Pico sólo quedan cinco habitantes fijos.
Parecen serios los parroquianos del Bar Plaza si no fuera porque todos se ponen de acuerdo para iniciar a un albañil rumano en la caza del gamusino, cuya veda según ellos se acaba de abrir. El rumano atiende muy atento a las explicaciones de los viejos que le documentan sobre el animal.
-        En esta zona es de las pocas de España en las que aún quedan gamusinos autóctonos en terreno abierto –le dicen con mucha autoridad y orgullosos de haberse aprendido la difícil esdrújula.
-        Hay que aprovechar estos pocos días porque enseguida les nacen las alas y ya no hay quien los agarre. Echan luego una concha más dura que la de los galápagos, se arrancan en los demonios y entonces no los bajas ni con plomo zorrero.
-        Me han dicho que en los Montes de Toledo quedan todavía algunos ejemplares como los de aquí.
-        Quiá. Esos son de repoblación. Los únicos gamusinos buenos, pero buenos buenos de verdad, son los gamusinos comunes. Los de aquí de toda la vida. Por ahí echaron gamusino japonés que es mucho más pequeño y, aunque es más trabajador y cría bien, no sabe a lo que tiene que saber y tiene mucha merma. Dónde va a parar. Y además, en el campo, creo que son una cosa tonta, que los coges hasta sin perro ni garrote. Vamos, a mano, que es que no tienen ni un mal cantazo.
-        Bueno, en el Pirineo creo que hay otra variedad del terreno y también muy apreciada: el gamusino becado. Que allí la conocen desde siempre.
-        Sí, eso es verdad. Pero ése se cría a más de tres mil metros de altura, en la linde con Francia, y claro, no compensa, porque si te pegas la pechá de subir y luego, por un casual, no ves ninguno, pues has echao el día de cojones.
Tras cenar en el bar, dejamos a los parroquianos del pueblo documentando al rumano sobre la caza nocturna del gamusino. Como de costumbre nos vamos a dormir a la furgoneta y dudamos de que nos hayan dicho la verdad sobre la pista que lleva a Grado del Pico y su distancia.
A la mañana siguiente no madrugamos porque la distancia a recorrer no lo merece. Al salir del pueblo, por si acaso, preguntamos a dos mujeres si por la pista que vamos a coger vamos bien a Grado.
-        Huy, ya lo creo. No tienen más que seguirla y en cuanto lleguen a aquel monte no hay más que bajar.
-        Muchas gracias.
-        No se merecen.
La pista de tierra, al poco, está cruzada por una cancela. Abrimos y cerramos, como es la costumbre y continuamos por una pista que ahora está alfombrada de cascajo de piedra para que el agua, cuando caiga, no interrumpa el paso rodado por ella. Hay decenas de vacas en las praderas.
Poco a poco vamos dejando el pueblo atrás y el cerro pelado del Castillejo a la izquierda. Topamos con un conglomerado de vacas en mitad de la pista. Hay dos vaqueros, al otro lado de una alambrada, que acaban de separarles de sus terneros. Las vacas mugen sin consuelo llamando a éstos y se agrupan obstinadas junto al alambre espinoso que les separa de ellos.
Uno de los vaqueros, al ver que nos acercamos, sale del cercado y, girando la garrota en una mano, amaga a las vacas y hace que éstas lentamente abran paso. Como toda precaución es poca entre gente tan burlona, repetimos la pregunta.
-        Nos podría decir si vamos bien a Grado del Pico.
-        Claro, hombre. Claro que se lo podría decir.
-        Pues, hombre, díganoslo. ¿Vamos bien o no?
-        Si no dejan la pista, sí.
-        Es que hay más pistas.
-        Sí, por allá salen varias, pero ustedes no dejen esta. No tiene pérdida, siempre subiendo. Luego ya, más que dejarse caer y a Grado.
-        Muchas gracias.
-        No corrían prisa.
Seguimos la pista y vamos dejando atrás espléndidas praderas y más vacas. Las praderas se van estrechando y llegamos a un paso en forma de embudo, arriscado a la izquierda y con una ladera muy pina a la derecha. Hay una subida fuerte pero que no parece muy larga. También aparece otra cancela que abrimos y cerramos al pasar.  Al cabo de un cuarto de hora descumbramos y damos con la otra vertiente. El campo cambia y ahora la vegetación apelmazada y agreste puebla ambos lados del camino que baja a Grado. Al fondo se ve la gran montaña que da apellido al pueblo.
Todo es bajada. Al principio muy pronunciada y luego más atenuada. Hay mucha maleza en el barranco de la izquierda. Parece una zona de pastos abandonada. Aquí y allá se ven chabolas de pastores hechas de pizarra y cerradas llenas de aliagas y estepas que claramente demuestran su falta de uso. Sólo al final de la bajada, ya cerca del pueblo, hay un par de tainas grandes con cubiertas de teja roja que aún se mantienen en pie. Hay también algunas praderas. Pero sólo en una de ellas pastan media docena de caballos. Entre las praderas y el comienzo de las laderas pobladas de maleza saltan, con su ruido metálico y vibrante, un par de bandos de perdices. Parece que las perdices sobreviven en estos parajes aislados y perdidos mejor que en muchos cotos de postín.
Atravesamos el río de agua clara y abundante, que nace poco más arriba, y no vemos a nadie. Sólo un letrero de madera indica a la derecha “Senda de los Caracoles”.
Los pitidos estrepitosos de una furgoneta rompen el silencio e indican que el panadero o algún vendedor ambulante ha llegado al pueblo.
Atravesamos la desierta población, cuesta arriba, hasta llegar a la iglesia. Es románica con una bonita arcada tabicada para hacer una capilla y los capiteles que quedan a la vista nos parecen hermosos. Las casas tienen las puertas cerradas y casi todas tienen un tablero adosado en su parte inferior por si baja fuerte el agua por las calles.
Un hombre con un mono blanco está pintando la puerta de la iglesia y, se conoce que aburrido de no ver a nadie, nos dice si queremos ver el interior. Todo es un pretexto para echar un cigarro y charlar un rato.
El pintor resulta ser un tal Pacomio que vive en Cantalojas y que nos dice que, en realidad, no hay 8 kilómetros sino 10 entre ambas localidades, que lo tiene bien medido con el cuentakilómetros del coche, y que más vale que hayamos traído algo de comer porque allí no hay taberna abierta. También nos dice que lo de La Senda de los Caracoles es un complejo de esos modernos y que por ahí hay algún folleto del lugar.
Comemos queso con pan al lado de la fuente que hay en la plaza del pueblo. Luego localizamos uno de los folletos junto a una puerta y, gracias a él, nos documentamos. La Senda de los Caracoles se anuncia como un hotel rural SPA con encanto. Hay que ver cómo la cursilería no respeta siquiera estos desiertos. Qué encanto de mundo.
El negocio ofrece, como su nombre indica, SPA, pero complementa esta sucinta información con el ofrecimiento de: hidromasajes, aromaterapia, masaje relax, exfoliante corporal con envoltura en café, cereza, chocolate, algas o barro más hidratación corporal, circuito terapéutico, drenaje linfático, tratamiento anticelulítico reductor, tratamiento de piernas cansadas, reflexología podal y tratamiento facial regenerador y equilibrante y, además, piscina activa, jacuzzi, nadadores contracorriente, parafango y cascadas.
El contraste entre estos parajes desolados y los servicios del hotel hace que nos entre la risa simultáneamente tras unos segundos de tenerla contenida. Decidimos renunciar a las cascadas y al parafango, y a todo lo demás. Nos imaginamos a los pastores que un día habitaron el pueblo disfrutando de estos modernos tratamientos. Aunque antes, a lo que más se llegaba, en caso de extrema necesidad, era a meter los pies en agua de sal. Qué ordinariez, por Dios, qué ignorancia y qué falta de refinamiento, qué desdén al progreso. Así va el país.
Desandamos el camino a Cantalojas y nos dura otras dos horas, como el camino de ida. Comemos en el bar Plaza, donde nos dan lo que tienen casi a las tres de la tarde. Las raciones de gamusino se les acaban de agotar.

13 octubre 2012

Fin de ciclo



Llegué bastante antes de la hora del entierro. Me dirigí, sorteando por las cuidadas calles los patios de tumbas nuevas, al viejo y arrinconado cementerio civil. Enseguida localicé la sepultura. “Morir es ley, no existe ley para matar”.
“Ni por España, ni por la República, ni por la libertad, ni por la hostia, ni por los cojones. Yo quería poner cuatro palabras que hicieran pensar. Y bien que le di vueltas a ver lo que ponía. Cuando encontré ésas, descansé.”
El epitafio reza en la cabecera de una tumba sin cruz pero remozada con esos granitos al uso, oscuros, pulidos y brillantes. La lápida estaba echada a un lado, el cemento fresco listo en una arqueta y las plaquetas de ladrillo dispuestas para sellar el alojamiento del nuevo féretro.
Me asomé a la fosa. Los cuatro cuerpos de ésta estaban vacíos y, bajo el cuarto, había un agujero rectangular, mucho más pequeño, con una caja medio podrida. Canuto me lo tenía dicho.
“En esa tumba enterré a mi hermano un día de abril de 1940. Lo picaron junto a otros 14 el día de antes. Como no confesó no le pusieron en el pecho un cartel con el nombre como hacían con los otros. Lo tuve que reconocer entre los demás cadáveres. Todos los años pagué la sepultura. Hasta que, después de la democracia, me dejaron comprarla. Luego, cuando tuve dinero, la arreglé, puse el epitafio y metí sus restos en una caja de madera en un agujero que mandé hacer debajo del cuarto cuerpo.”
Mientras recorría las solitarias callecitas del cementerio hacia la puerta vieja, recordaba  e imaginaba a Canuto. A los 16 años inmerso en una guerra y falsificando su edad para ir al frente. Desfilaron también muchos parajes: Montarrón, Sigüenza, Brihuega, Maluque, Don Benito, Teruel, el Ebro, Valencia, Alicante… También los fantasmas amalgamados de las gentes: civiles, militares, milicianos, comisarios políticos, anarquistas, comunistas, socialistas, fascistas, italianos, alemanes, rusos, brigadistas, moros… También los episodios de su vida tras la guerra: su hermano y su tío fusilados, los campos de concentración, los batallones disciplinarios, los campos de trabajo.  Dos años y diez meses, me dijo. Luego, ya rehabilitado, vino el nuevo servicio militar como soldado ya bueno, de Franco, y, con éste, otros tres años en la frontera con Francia por el asunto de la guerra europea. Después el desprecio, la humillación y la desconfianza de los vencedores, su trabajo de albañil y su vida digna, de trabajador, sin renunciar nunca a su idea de la vida ni a su memoria… Y, sin embargo, Canuto no fue jamás un hombre triste, juro que no lo fue. Todo lo contrario, tanto debió darle la vida, que también se sobrepuso a la tristeza. Ninguna pena logró doblegarle. Y llegó a los 92 y ha muerto con la cabeza bien sana.
“Mi familia ha sido muy normal, de gente pobre y humilde pero que si ha habido un duro se ha repartido. Yo no es que quiera defenderme, pero los pobres éramos nosotros. Ellos tenían el dinero, el ejército. Pero de cultos e inteligentes nada, lo que tenían era el dinero. Y donde está el dinero está el poder, a eso no le des vueltas. Un tío con dinero, haga lo que haga, ese tío se salva y, sin embargo, un desgraciao la pringa siempre. Para eso no hace falta estudiarse la Historia de España. Nos ganaron porque no teníamos dinero ni armas. Por eso nos ganaron tan fácilmente aunque, bueno, también les costó lo suyo. Y no duró menos porque no pudieron machacarnos antes. Ya pueden decir los historiadores lo que quieran.”
Al llegar a la puerta del cementerio, poco a poco se va congregando alguna gente. Unos pocos son muy viejos, pero hay un grupo de gente joven que me esfuerzo en identificar con familiares sin conseguirlo.
Cuando llega el coche fúnebre, veo el féretro tapado con una bandera de la Republica y otra bandera anarquista. El coche no puede entrar hasta el cementerio civil y llevan la caja a hombros como se hacía antes.
Cuando, pendiente de las maromas, comienzan a bajar el ataúd, uno de los jóvenes, con cara aún de niño, hace que suene en su móvil el himno de la República. En medio de la silenciosa escena la música es como un hilillo de sonido apenas audible que, tal vez por eso, convierte el momento en algo tan discreto como sentimental, casi íntimo.
Pero a Canuto le queda un hermano que, por esas cosas de la vida, es pastor de no sé qué iglesia evangelizadora y que se resiste a no decir unas palabras. A mí me parece que más por él que por los demás.
Dice unas breves y manidas palabras de alivio y elogio para los hijos y la viuda, pero no se aguanta y menciona la voluntad de Dios.
-        ¿Dios? ¡No me jodas! –dice el viejo que tengo a mi lado.
Termina el pastor y, antes de que la gente se mueva, uno de los jóvenes se pone junto a la tumba y dice que ellos son anarquistas y que como tales no creen en Dios y que, si la gente vive la vida, es para algo, que Canuto ha vivido una vida de lucha y trabajo para sus semejantes. El muchacho es muy breve y muy directo. Luego entona su himno:

“Negras tormentas agitan los aires
nubes oscuras nos impiden ver
Aunque nos espere el dolor y la muerte
contra el enemigo nos llama el deber.
El bien más preciado
es la libertad,
hay que defenderla
con fe y valor.
Alza la bandera revolucionaria
que del triunfo sin cesar nos lleva en pos.
Alza la bandera revolucionaria
que del triunfo sin cesar nos lleva en pos.
En pie el pueblo obrero a la batalla
hay que derrocar a la reacción.
¡A las Barricadas! ¡A las Barricadas!
por el triunfo de la Confederación.
¡A las Barricadas! ¡A las Barricadas!
por el triunfo de la Confederación.”

Y levantan todos las dos manos por encima de la cabeza con los dedos de la una encajados en los de la otra como si cada par de brazos fueran el eslabón de una cadena.
Según me voy alejando, me doy cuenta de que Canuto era el último combatiente de la Guerra Civil que yo conocía. Y una fuerte sensación me acompaña hasta las puertas del cementerio y me sigue fuera de ellas.
El sentimiento de la vida dibuja a veces círculos interiores y extraños en nosotros. Ciclos que no teníamos previstos y que únicamente descubrimos, como si fueran revelaciones súbitas, en el momento mismo de su inesperada conclusión.
La muerte es una puerta que cierra con certeza historias personales concretas, vulgares o  increíbles, a veces inefables, casi siempre mestizas, y abre la marisma inmensamente oscura del mayor de los abandonos: el olvido.
Pero son sólo algunas de estas inevitables desapariciones, no necesariamente de seres muy cercanos ni de padres o hermanos, las que cierran una época y se sienten repentinamente como una soga que ciñe la garganta. No va más. La historia no da más de sí. Ha acabado y nadie sabe si habrá otra venidera que se le parezca o si esta vida virtual en que vivimos tiene vacunado al mundo frente a la ignominia y nos hace creernos inmunes a la barbarie.
No lo quiera Dios, dicen las almas piadosas que, cómodamente, delegan en la divinidad sus miedos, como si fuera el más eficaz deshacedor de sus desasosiegos. Tan ciertos éstos como improbable la existencia de aquélla.
Nunca se sabe, dicen los temerosos de su propia duda para no equivocarse.
No es posible, dicen los optimistas que, con su negación, pretenden tabicarse ojos y oídos y ponerse un marcapasos en el alma.
Todo irá bien. Seguro. Esperemos. Ojalá.

14 septiembre 2012

De Cantalojas a Majaelrayo




Cantalojas (Guadalajara).- 1314 metros de altitud // 172 habitantes
Majaelrayo (Guadalajara).- 1185 metros de altitud // 62 habitantes.

Distancia entre ambos pueblos.- 23 kilómetros.
Duración de la marcha.- 6 horas.
Fecha de la marcha.- 11 de Septiembre del 2012
Temperaturas.- Entre 10 y 26 grados

Cantalojas (⇨ 3) Casa forestal (⇘ 1,9) Río Lillas (⇗ 2,7) Pradera (⇘ 1,3) Puente (⇗ 2,9) Pradera (⇘ 2,5) Río Sonsaz (⇗ 1,5) Última subida (⇘ 7,2) Majaelrayo

Canta el gallo, pero el bisbiseo del despertador se le ha adelantado. Nos vestimos y organizamos la furgoneta con la torpeza de la somnolencia. Luego nos lavamos en la diminuta pileta del fregadero. Hacemos café y desayunamos lentamente para que nos dé tiempo a volver a la vida y, al día, le dé lugar a empezar a clarear.
A las siete menos diez dejamos el pequeño hogar motorizado, donde hemos dormido, cerca del hostal que hay a la salida de Cantalojas. Aún es de noche. Los ojos se nos irán haciendo a la luz creciente del amanecer que nos iluminará por la espalda.
Al principio el camino es una carreterilla que va en dirección al hayedo de la Tejera Negra. Asciende ésta tan lentamente como la luz del nuevo día le araña el sitio a la oscuridad. Algún mastín de los vaqueros sale al paso, pero nuestra impavidez y el garrotón que cuelga de mi muñeca le hace entender, sin más señas, que sólo somos caminantes decididos pero inofensivos.
Las extensas praderas, moteadas de pinos gruesos y retorcidos y tapizadas de pasto crujiente por lo seco del verano, nos ofrecen las vaharadas del olor profundo y resinoso de las coníferas viejas. Son algo más de tres kilómetros hasta las casa de los forestales. Aquí la carretera muere. La pista de tierra blancuzca que sale a la izquierda va a Majaelrayo, la de la derecha continúa hacia el hayedo de la Tejera Negra y al paso viejo de Puerto Infante. En la primera, un pequeño indicador de madera señala 20 kilómetros a Majaelrayo. Es la que tomamos.
A partir de este punto la pista desciende despacio. Con las piernas ya calientes, la suave bajada invita a la conversación. Reparamos en que hablamos bajo, debe ser para no romper el encanto silencioso del paraje.Tras casi dos kilómetros llegamos al río Lillas que, pese a la sequía, baja agua y que cruzamos por el bonito puente de pizarras. Queda a nuestra derecha un conglomerado de tainas viejas con una punta de vacas coloradas y negras que se desperezan.
A la izquierda de la pista dejamos un viejo campamento, en desuso, que tiene las cocinas y los servicios abandonados en una vieja casa rectangular, aún en pie y con cubierta, y el comedor al aire libre sin techo y con las mesas y bancos de madera retorcidos, negruzcos y combados. Más arriba una casa de la misma hechura es, en realidad, un viejo depósito de agua que surtía al campamento.
Comienza la primera subida. El apeonar de un bando de perdices nos sorprende en la primera curva y, enseguida, titubeantes, vuelan y se desperdigan ladera arriba entre robles y jaras. Apresuramos el paso con el aliciente de verlas de nuevo más arriba. Así es. Pero la segunda vez, una tras otra, apeonan y saltan en vuelos cortos siempre ascendiendo.
La subida se va poblando de espinos, de pirliteros, de jara, de estepas y de pequeños grupos de árboles. El suelo está tapizado de vegetación. El olor de las plantas se mezcla y, el conjunto, produce un aroma tan fresco y sutil como inefable. El paisaje, el silencio y la brisa perfumada sobrecogen. La pista serpentea para ganar altura. Tras más de dos kilómetros y medio de ascensión, y antes de iniciar una nueva bajada, paramos a contemplar el mágico paisaje que tenemos ante nosotros. Es una pradera ascendente. Junto a una pequeña caseta de pizarra un camino sale a la derecha. Un nuevo bando de perdices se escabulle raudo trasponiendo una loma a nuestra izquierda. Ninguna salta, pero apeonan con gran prisa hasta que la ladera les tapa nuestra vista. Calculamos que llevamos andados entre siete y ocho kilómetros.
Al descender de nuevo hacia el siguiente barranco, dejamos a nuestra izquierda una parte de la pradera levantada por los jabalíes. Los rodales parece que los ha roturado un tractor.
Tras poco más de un kilómetro termina la bajada. Lo hace en un puente sobre un arroyo seco.
Comienza otra subida, más empinada y larga que las anteriores. La vegetación se hace ya espesa y los pinos se adensan a ambos lados de la pista proporcionando una sombra maciza, fresca, densa y protectora. Entre las vueltas y revueltas, siempre ascendentes de la pista, vuelan en algunos recodos las torcaces con gran estrépito y algún corzo espantado nos regala con su ladra perdida entre la fusca y la masa impresionante del pinar.
Son casi tres kilómetros ininterrumpidos de subida. Cuando estamos casi arriba, una pradera se abre paso entre el tupido pinar a nuestra izquierda. Paramos para recobrar el resuello y allí, a unos cuatrocientos metros, divisamos un imponente jabalí. Por la mota que hace, pese a la distancia, suponemos que se trata de uno de esos solitarios que andan por los cien kilos. Husmea por los grandes escarbaderos que los suyos tienen levantados en la pradera y, luego de un poco, nos enfila con un trote decidido que me hace suponer que se nos va a meter encima o a pasarnos muy cerca. Pero, cuando está a unos cien metros, se desvía en diagonal y desaparece sin pararse entre lo más cerrado de los pinos.
Llegamos al punto más alto. Hay otra pequeña caseta de pizarra y una pista forestal surge a nuestra derecha. Pero nosotros continuamos con la pista inicial y nos disponemos a bajar hacia el barranco del río Sonsaz.
Son dos kilómetros y medio de bajada pronunciada. En un tramo, ya más de mediada la pendiente, aparece una pequeña fuente a la derecha. Es una fuente que desprende un hilo de agua del tamaño de un meñique desde una piedra en cuña colocada con mimo. Seguramente es obra de un vaquero cuidadoso. Estas fuentecillas perdidas, pero que alguien mantiene con esmero, siempre enternecen a los caminantes.
Abajo topamos con el cauce semiseco del Sonsaz que, a estas alturas del verano, no tiene flujo continuo y sólo pequeñas pozas guardan ranas y truchas poco más grandes que alevines. Hay, en este punto y junto al cauce del río, una cabaña y tres mesas de pizarra con sus bancos. Allí nos sentamos a descansar y a tomar un bocado. Nos da pena dejar el lugar pero, tras media hora de descanso, emprendemos la marcha nuevamente. Siguen los pinos densos y algunos sumamente esbeltos en la subida. Tiene ésta aproximadamente un kilómetro y medio y, a su derecha, mediada la cuesta, sale otra pista forestal que hay que dejar atrás.
Culmina la subida en una señal de curvas. A partir de ahí, todo ya es bajada. Primero suave, hasta salir del pinar, y luego ya más pronunciada pero sin grandes desniveles hasta bajar, tras algo mas de 7 kilómetros, hasta el pueblo de Majaelrayo.
Esta bajada tan larga se hace algo tediosa y, el terreno, ya desprovisto de sombras, propicia más calor. Otro regato de agua ameniza la bajada. Hay una caseta y un horno de pizarra y varias mesas de idéntica factura a su lado. Descansamos de nuevo pero poco tiempo, porque nos comen los mosquitos.
Al llegar a una nueva bifurcación de caminos, se divisa Majaelrayo, un pueblo de pizarras bajo el pico Ocejón, y perezosamente nos dejamos caer por la cuesta, ya suave, hacia el pueblo. Es la una cuando llegamos. Mañana desharemos el camino en sentido inverso. Pero mañana ya será otro día. Hoy hemos sido felices.

12 junio 2012

Bolarque (parte 13ª)


Las ensoñaciones de Juan Escribano, además de desorientarle por su falta de atención al camino, le habían despistado en el cuadrante de ese tiempo, tan liviano y sutil para los seres distraídos y ausentes, que separa el día de la noche.
Su caballo había aminorado la marcha tanto y caminaba tan a su paso, que parecía no sentir al jinete y daba la impresión de deambular a voluntad. Y, al cabo, se detuvo en un cruce de caminos. Porque los caballos intuyen la voluntad de quien los monta y, sin el gobierno de ésta, sienten el desamparo de mover sólo un peso. Y el caballo, asustado, temió llevar a su lomo algo tan inerte como el peso de un muerto.
Ante el parón del animal, Juan salió bruscamente de su ensimismamiento, se irguió y, aturdido, pensó en qué lugar se hallaba. Pero fue inútil: era de noche y no podía ver las referencias que le hubieran orientado. Se dijo que la luz llena los días y da certeza a las cabezas y que, cuando ésta falta, todo queda vacío, como si se perdiera la memoria, faltase el conocimiento y quedara sin timón la voluntad. Pero se quiso tranquilizar pensando que todo era el efecto de la oscuridad de la noche y que no confluían en sus sentimientos otras cosas extrañas.
El encuentro con Cunmeigas le había trastocado. Y ni siquiera sabía el itinerario que había seguido para llegar al punto desconocido donde ahora se encontraba.
Se sintió absorbido por un punto vacío. No era la primera vez que le pasaba, lo sintió tras su primera batalla. Recordaba que, agotado, se sentó en una piedra. Dejó sus armas y pertrechos a un lado. Miró al suelo. Observó, como si nunca antes hubiera reparado en ello, las diminutas plantas, la piedrecillas, el polvo, el deambular de los insectos, los instrumentos artificiales de sus armas, sus pies calzados, oyó las voces de sus compañeros, los gemidos de los heridos y los moribundos, las imprecaciones presurosas y ácidas de los despojadores de cadáveres, los sonidos metálicos de las trompetas llamando a la reagrupación y, seguramente, los vivas de los suyos celebrando la victoria. Pero él no sentía nada, porque no puede sentir cosa alguna el que es incapaz de entender. Y él, pasado aquel tumulto interno que incita a defender la propia vida sin pensar en más, no se explicaba aquella división aleatoria entre muertos y vivos con que culminaba una batalla y por eso miraba al suelo, cuyos diminutos seres permanecían ajenos al sentir de los hombres. Pero, como ser educado en la milicia, hizo lo único que sabía hacer: obedecer. Y acudió a la llamada de su tercio.
Esa noche no había llamada alguna, si no era la del sobresalto interior de su propio abandono. Ninguna obligación le impelía a salir del agujero del vacío y se sentía ausente. Y, como estaba solo y el monte respiraba silencio, tuvo miedo de sentirse así y dio en acariciar al caballo en el cuello por sentir algo cálido y vivo a su lado. Desmontó, ató a Gastón a un marojo y le quitó mecánicamente la silla y las alforjas. Luego, acumulando hojarasca, improvisó un lecho vegetal y poniendo las alforjas por almohada, y cubriéndose con una manta que sacó de ellas, se dispuso a pasar la noche en aquel lugar imprevisto e impreciso, donde la oscuridad de la noche, y no la luz del día, le hizo despertar de su ensueño para encontrarse perdido y doblemente solo, como si se hubiera despertado en el vientre de un océano de oscuridad.
Deseaba dormirse para hacer más breve el paréntesis de aquella noche tan extraña. Pero, al acurrucarse bajo la manta y apoyar la cabeza en las alforjas, la cureña, la verga y el cranequín de la ballesta desmontada le hicieron difícil acoplar ésta. Había olvidado el arma. Ni el peso inusual de las alforjas, al desprenderlas del caballo, le había recordado el artilugio. Sólo, al apoyar la cabeza sobre aquellas durezas angulosas, recordó que la llevaba.
Eso le distrajo del sueño. Inmediatamente pensó en Abeladan. Aquel muchacho quería ser soldado. Sólo faltaba llevar a casa un arma. Sabía que, en cuanto viera la ballesta, no pararía de rogarle que la montara, que le enseñara a manejarla, y él no sabría negarse, ni valdría la pena que lo hiciera, porque los deseos impetuosos no pueden pararse y ya le había demostrado el muchacho su vehemencia por la caza.
Él no quería que Abeladan se fuera de soldado. Y no era sólo por el egoísmo de verse solo nuevamente, sino porque la vida soldadesca cambia a la gente y no siempre a mejor. Es más, él lo sabía bien, la vida de soldado hiere mucho más por dentro que por fuera, por extraño que pueda parecer, y deja inefables heridas en el alma que, de no morir prematuramente en la profesión, acompañan a los hombres de por vida, y no les dan descanso sino desasosiego, y jamás cicatrizan ni se olvidan.
Él no quería aquello para el chico. Hubo un tiempo en que pensó en convencerle pero, sabiendo que la experiencia es intransferible, desistió. Seguramente sus relatos, lejos de desanimarle, avivarían más su deseo; y su oposición, si el muchacho la veía rotunda, reafirmaría más a éste en su voluntad. Nadie aprende de la experiencia ajena. Así era el mundo, que los que nacen no heredan los conocimientos de sus antecesores. Estos conocimientos, sólo en una pequeña parte y a muy duras penas, pueden ser trasmitidos a algunos y raramente a los propios. Pero los burdos vicios son machacona e insistentemente repetidos por el común de las gentes, como si todos ellos vinieran con nosotros, como si la vida estuviera predispuesta a mantenernos necios y remisa a darnos fácilmente algo de juicio.
¿Cómo se podía estar tan decidido y ser, a la vez, tan ignorante?
En sus pensamientos sobre Abeladan, en un arranque, a punto estuvo de decidirse a desembalar la ballesta, quemar cuerdas y cureña en lo oscuro de la noche, machacar la nuez con una piedra, desvencijar el cranequín  y tirarlo, junto con la verga y los dardos, en cuanto amaneciera, en lo más frondoso de la espesura de algún barranco inaccesible o, mejor, sepultarlo todo para siempre en lo más profundo del Tajo.
Pero Juan se quedó dormido.

28 mayo 2012

Bolarque (parte 12ª)


Doña Dulce Agua de Niebla era una flor anónima, y por tanto inaccesible, en el pensil de la casa ducal. Y, al tiempo, usaba el adorno de su discreción para que, siendo mujer inusual en todo y de un talento mayor que su belleza, todas aquellas cosas pasaran desapercibidas o, mejor, ni siquiera pudiera nadie sospechar su confluencia en ella.
Tal era su arte que, enseguida, llegó a ser una de las damas de la princesa de Éboli. Y sabía muy bien que su permanencia al servicio de la tal señora pasaba por vivir replegada en sí misma, sin un atisbo de brillo personal que pudiera desviar, ni por un instante, ojo alguno del resplandor de tan altiva y absorbente princesa. No olvidó jamás que tales premisas eran indispensables para permanecer en aquella suerte de corte provinciana.
Y así, Doña Dulce se difuminaba permanentemente a sí misma en un segundo o tercer plano en el estar, y en una apariencia tan liviana que pasaba desapercibida en el ser. Y tan bien logró desenvolverse en todo ello que, el mismísimo capitán Cunmeigas, llegó  a dudar de su existencia, y pensaba que aparecía y desaparecía, silenciosa como un fantasma, a conveniencia.
Quiso indagar el capitán, tan concienzudo siempre en su trabajo protector, sobre la dama, y un día, que se acercaba al despacho del intendente de palacio con la intención de pedirle información sobre ella, se abrió inopinadamente una puerta de los aposentos de la princesa. Inmediatamente se dispuso el soldado a saludar respetuosamente a su señora. Pero fue doña Dulce la que salió silenciosamente de aquellas estancias, le miró a los ojos un instante, y se cruzó con él sin decirle palabra, pero con el dedo índice cruzado, como por azar, sobre sus labios. Quedó Cunmeigas tan desconcertado y aturdido, que se quedó clavado en el sitio y tardó un par de minutos en recordar el modo de moverse. Impresionado, olvidó al instante su visita al intendente.
Fue entonces cuando recordó lo acontecido algunos años atrás. Fue la primera vez que vio a doña Dulce, aunque sería más propio decir que la sintió. Iba a dar unas órdenes Cunmeigas, recibidas de su señor don Ruy que se hallaba en la corte del rey, y que sabía que contrariarían los deseos de su esposa, la princesa de Eboli. El capitán era ciego servidor del duque, su señor, y, aunque sabía de las reacciones que aquellas disposiciones generarían en la soberbia y temperamental dama, él se disponía inexorablemente a cumplir lo ordenado. La lealtad no conocía brechas en su pecho.
Luego supo que era doña Dulce la que se cruzó por su espalda y, además del susurro de sus ropas al caminar ligera, escuchó el capitán unas palabras quedas, como de alguien que hablara para sí:
-        No tengas prisas en contrariar a quien has de servir de aquí a tres días.
Cunmeigas vio como se alejaba una nuca rubia, apenas percibida entre el tocado discreto de una mujer esbelta, más alta que baja, que ni siquiera se volvió a mirarle. Sorprendido por la voz e impresionado por su propia decisión, que le pareció dictada por una voluntad protectora y ajena, calló las órdenes que se disponía a dar, carraspeó, fingió meditar y, enseguida, disolvió a los presentes hasta nuevo aviso.
Tres días después llegó la triste noticia de la muerte inesperada del señor duque don Ruy en Madrid. Pero Cunmeigas, como buen soldado, nada comentó a nadie, y ninguna palabra dirigió a la dama y, únicamente, cuando se cruzaba con ella, se miraban ambos un segundo a los ojos y, sin palabras, seguían su camino.
Y entonces reparó Cunmeigas en que ninguna descripción podría hacer de ella pues, al intentarlo, descubrió que sólo conocía sus ojos y su pelo rubio y ninguna composición podía hacerse de aquella mujer. ¿De dónde le venía ese respeto hacia quien no conocía? ¿Cómo supo con antelación aquella dama la prematura desaparición de su señor? ¿Ocultaba, tal vez, el conocimiento de un asesinato bajo la apariencia de una muerte repentina?
El capitán se propuso observar su físico la siguiente vez que topara con ella. Mirar siquiera el corte de sus manos, observar su porte, mirar sus labios, su mentón, su nariz y su frente.
Pero no tuvo ocasión tal cual él imaginaba. Una de aquellas noches, mientras daba vueltas en su cama, sintió su nombre viniendo de las sombras en su estancia:
-        Yago Cunmeigas, Yago Cunmeigas…
-        ¿Pero qué hacéis aquí señora, cómo habéis entrado? –se incorporó alarmado en la cama.
-        No hagáis preguntas a las que no deseo contestar.
-        ¿Quién sois?
-        Tú ya lo sabes. O, si no, sólo tienes que buscar en tu memoria para encontrarme. Las de mi clase, somos todas una.
-        ¿Soliña?
-        Vas bien, Cunmeigas. Andas cerca. Veo que no te pusieron mal el nombre.
-        ¿Qué queréis?
-        Decirte que has de cambiar de camino. Tu vida es insegura en el que llevas.
-        ¿Cómo os atrevéis a cuestionar mi lealtad y mi oficio de armas, pidiéndome eso?
-        Porque tu lealtad de nada vale, habiendo muerto quien la recibía y la apreciaba. Los asuntos de la corte no quieren lealtades, al contrario, quieren domésticos adaptados sólo a obedecer la circunstancia. Educados en ello, son capaces de mudar las veces que haga falta. Tú no, y por eso peligras. Tú fuiste un soldado leal a tu señor, pero tu señor murió y ahora, independientemente de lo que él pensara, hay dos facciones que se disputan el poder y el favor del rey de las Españas. Los unos son los partidarios de tu antiguo señor, los ebolistas, y, los otros, los del Duque de Alba. Los primeros tienen talento pero no tienen ya fuerza, los otros tienen fuerza sobrada, pero les falta la visión certera de los hechos, que en vida poseyó tu señor. Ni que decir tiene que se impondrá la fuerza, como siempre. Sé que la princesa se verá encerrada entre los muros de su palacio en breve y que, si alguna fuerza aún visible le queda, esa fuerza eres tú. Y, por ello, serás quebrado. Márchate, cuanto antes, si quieres conservar la vida. Pide licencia de soldado, y vete a algún lugar remoto, a alguno donde el agua y el aire, y no el acontecer de los hechos, sea la medida, el reloj de la vida. Allí encontrarás refugio. Piénsalo y hazme caso. Que un militar es necesario en las batallas pero, en la política de conveniencia, sólo estorba las más de las veces.
-        No os conozco, señora. ¿Cómo podría hacer caso de lo que decís?
-        Porque vas a conocerme, Cunmeigas. Sé que ansías hacerlo y que me tienes en tu mente, y no soy yo nada remilgada para eso. Al contrario. Porque mujeres y hombres tienen su mayor comunicación cuando yacen y, a falta de otras garantías, tienen en el hecho gran confianza y descanso. Así que, amigo Yago, he venido a entregarme a ti. No sólo como garantía de cuanto te digo, sino porque también es mi deseo de mujer. Será un modo de sellar mi confidencia. Pero, después de esta noche, jamás has de buscarme que, si yo lo quisiera, ya te encontraría por mi misma.
Cunmeigas, según la dama se iba despojando de sus prendas, quedaba cada vez más extasiado y aturdido. El cuerpo de la hermosa mujer iba surgiendo lentamente de entre sus ropas discretas y apreciábale Yago más resplandeciente por momentos, tal vez, más adornado por su imaginación y por su intriga y, más que nada, por la fuerza del poderoso deseo que sentía.
Y mucho tiempo después quería recordar, sin conseguirlo, la sinuosa figura desnuda de doña Dulce, sus senos altivos, sus gruesos pezones, la redondez de sus caderas, el poder de sus muslos, la ligereza de sus brazos y sus pantorrillas, la esbeltez de su cuello, la suavidad del pelo, el olor desconocido de su cuerpo y la unidad voluptuosa de todo ello junto… pero jamás supo si la respuesta apasionada de su cuerpo excitado fue contra un fantasma o contra las hechuras de carne y hueso de aquella mujer. Al despertar sólo tuvo un recuerdo que no podía abarcar, que como arena se escurría entre sus dedos, y que le era imposible de discernir con certeza de la realidad. Y, sobre todo, lo que no olvidó fue el pronóstico certero de una premonición que se acercaba. Curiosamente, de eso jamás dudó.
-        Yago, Yago, la mayoría de la gente cree que conoce su pasado, se engaña muchas veces al hacerlo, pero yo, que creo conocer el futuro, rara vez me engaño. Hazme caso y vete.
Aquello fue lo último que recordaba del encuentro, que, a ratos, estaba seguro de haber tenido y, a ratos, dudaba de haber vivido, con la señora de Niebla.