09 septiembre 2015

Historia del matacán.- Quinta parte

Me llamo Santi. Entonces tenía nueve años. Y precisamente aquel día había conseguido, por primera vez, convencer a mi padre para que me dejara ir al día siguiente de caza con el señor Goyo, o sea, con Gregorio el Mondacimas, que vivía en la casa de al lado.
Yo admiraba mucho a Gregorio el Mondacimas y me impresionaba ver venir a mi vecino con dos o tres conejos apiolados del cinto o con un par de perdices o alguna liebre. Me encantaba verle llegar cada vez que regresaba de caza. De hecho, conocía sus horarios y le esperaba cuando calculaba que iba a regresar. No le decía nada, ni él a mí tampoco, sólo le miraba y le acompañaba boquiabierto calle arriba hasta que entraba en su casa. Además, me había hecho amigo de su perra, la Fa, y por eso nunca me ladraba, ni me enseñaba los dientes, ni me gruñía como les hacía a los demás chicos del pueblo.
Mi padre era molinero y, aunque me parecía un hombre muy fuerte y le quería mucho, no tenía comparación con el Mondacimas. Mi padre se pasaba la vida trabajando en la aceña y, sin embargo, el Mondacimas, sobre ser agricultor, no paraba de zurcir los campos, los montes y la sierra, día sí día no, cazando en compañía de su fiel Fa. Yo le imaginaba variando cada día de aventuras, enfrentándose al azar, a los temporales, viviendo portentos y aceptando las sorpresas y peligros que proporciona el monte incierto. Y, en mi imaginación de niño,  todas aquellas cosas revoloteaban mezcladas como pájaros exóticos. La imagen que yo tenía de mi vecino era fascinante y legendaria.
Así que aquella tarde me la pasé esperando a que el Mondacimas llegara a su casa. En cuanto sentí ruido en su cuadra y vi el brillo de la luz del candil, bajé, llamé a su puerta y esperé.
Abrió la puerta y la Fa inmediatamente me reconoció y  meneó el rabo a modo de saludo.
-Hola, señor Goyo, que quería decirle que si me deja ir de caza mañana con usted –dije yo muy educado porque, entonces, a todos los mayores había que llamarles de usted y, si además eran poderosos, ricos o gente de estudios, había que decirles el don delante del nombre.
-¿Lo sabe tu padre? –cortó el Mondacimas.
-Sí que lo sabe y ni se imagina lo mucho que me ha costado que me diera permiso. Pero me ha dicho que la última palabra la tiene usted, señor Goyo –dije yo, con cierta solemnidad pero sobre todo con la ilusión dibujada a lo ancho de la cara.
-Pero es que voy a andar mucho –respondió el Mondacimas.
-Sí, pero estoy seguro de que voy a aguantar. Además, como mañana es domingo, no tengo que ir a la escuela. Es el único día que puedo ir con usted, señor Goyo –dije, en un tono suplicante, cuando noté que el Mondacimas no se fiaba de mi resistencia.
-No sé, no sé –dijo el Mondacimas rascándose el cogote, y luego añadió - ¿Cuántos años tienes, no eres demasiado pequeño?
-No, señor –dije yo, un poco ofendido y empinándome para parecer más alto- Tengo nueve años pero muy pronto voy a cumplir diez.
El Mondacimas se entretuvo un momento, que a mí se me hizo largísimo, ponderando mi caso. Finalmente dijo:
-Bueno, en ese caso, si casi tienes diez años, te llevaré. Pero, como me falles y tenga que volverme porque te canses, será la primera y la última vez que vengas conmigo. ¿Estamos?
-Gracias, señor Goyo –dije yo con una alegría tan grande que me puse a dar saltos al tiempo que la Fa se me unió jugando y ladrando alegremente a mi lado.
-Déjate de saltos. Mañana al amanecer estarás preparado. Dile a tu madre que te haga un bocadillo porque no sé a qué hora vamos a volver. ¡Ah! Y, si no estás en la puerta cuando yo salga, aquí te quedas.
-Gracias, señor Goyo. Ya verá como estaré.
-Bueno, pues entonces a cenar y a la cama –dijo el Mondacimas con gesto serio.
-¡Hasta mañana, señor Goyo! –contesté un segundo antes de salir corriendo hacia mi casa.
Llegué sofocado a la cocina y, por mi cara de satisfacción, mis padres supieron que el Mondacimas me iba a llevar. Engullí la cena y me acosté. Ni siquiera me entretuve en jugar con mi hermana, como solía hacer antes de que a ambos nos mandaran a la cama. Creía que me iba a ser imposible dormir aquella noche, porque en mi cabeza la fantasía y la ilusión se abrazaban. Eso me producía un nerviosismo tan descomunal que estaba seguro de que los latidos de mi emocionado corazón y las ensoñaciones que pasaban por mi magín me mantendrían despierto hasta el alba.
Me equivoqué. Cuando mi madre me despertó estaba dormido como un cesto y me parecía que apenas había pasado un minuto desde que me acosté. Ella sólo tuvo que decir:
-Santi, va a amanecer.

08 septiembre 2015

Historia del matacán.- Cuarta parte

En un rincón de la tasca, sentado en un taburete, Gregorio el Mondacimas escuchaba la conversación sin perder ripio. Había visto al matacán varias veces en los últimos dos años. Sabía que esas liebres eran animales ligeros que, a fuerza de sobrevivir a tanta carrera, habían desarrollado mucho las patas traseras y que también eran livianos y magros de carne. Por todas esas cosas corrían como cometas, dada su fuerza y ligereza, y parecía que cortaban el aire en sus briosas carreras y, además, rompían a los mejores perros con la agilísima brusquedad de sus quiebros. Por otro lado, sus numerosos encuentros con humanos y canes, habían desarrollado en ellos una astucia superior a la habitual. Pero, sobre todo esto, al Mondacimas jamás se le pasó por la cabeza llevar un matacán a su cocina pues tenían fama de tener una carne más dura, fibrosa y amarga que el berceo. Y, por encima de todo, aquel matacán que tantas veces se había salvado de los perros y de los cazadores gracias a su astucia y a su empuje, le parecía al Mondacimas una fuerza de la Naturaleza digna de ser respetada para que siguiera burlando a los mejores galgos y podencos y, también, para que les bajara los humos a todos aquéllos que cazaban únicamente por distraer su aburrimiento.
Así que el Mondacimas no pudo contenerse y habló.
-Hay animales que no aprovechan a nadie aunque, por otro lado, sirven para poner a prueba a perros de mucho postín y a cazadores de muchas campanillas. Así que yo dejaría vivir al matacán y nunca le pegaría una perdigonada porque, quien se jacte de tener buenos perros, ahí le tiene para probarlos pero, abatir a tiros a un animal que ha desarrollado tanta astucia y tan grandes cualidades, no me parece que fuera de mérito para quien lo hiciera. Teniendo en cuenta, además, que la carne de los matacanes es puro cuero.
-Pero, ¿y el orgullo de colgárselo? –dijo el Boqui, cambiando repentinamente de actitud y, sobre todo, molesto por la inesperada intervención del Mondacimas que acababa de robarle el protagonismo.
-El orgullo tampoco es cosa de alimento. Si lo haces con perro, de igual a igual, puede que sea una proeza cazar al matacán, sobre todo para el perro. Aunque no creo que los perros sepan lo que es el orgullo. Pero si le esperas o le rondas a traición y lo tumbas de un cartuchazo no le veo ningún mérito, ni tampoco sé qué orgullo habría en ello –le contestó el Mondacimas
-Pues sabes lo que te digo, –contestó el Boqui con la vesania que proporciona el vino al vanidoso- que mañana mismo me lo cargo. Que si el matacán se ha hecho famoso por su astucia, más conocido soy yo en la comarca por cazar lo que viene en gana. Y te juro que el matacán mañana no llega a la noche.
Gregorio el Mondacimas no quería discutir con el Boqui, pues no le caía bien, y menos porfiar con él después de que se hubiera merendado una ensalada de vino con bastante caldo. Así que quiso zanjar la discusión diciendo:
-Ya veremos. Mañana será otro día.
-¿Cómo que ya veremos? –se revolvió el Boqui como una sabandija- He dicho que mañana despacho a esa liebre patuda y lo que yo digo va a misa. En el campo a mí no hay animal que se me escape – y al terminar la frase soltó un juramento que atronó la taberna como un trallazo.
-¡Alabado sea Dios! –dijo por lo bajinis la tía Peseta a la par que se santiguaba.
El Boqui dio la espalda a todos bruscamente y, rabioso como una fiera corrupia,  pidió una copa de aguardiente y se quedó bebiendo otras hasta tarde mientras rumiaba en silencio sus intenciones.
Gregorio el Mondacimas se calló y se marchó enseguida. Bajó preocupado a su casa aquella noche. Lamentó que el Boqui fuese de aquel jaez y que se hubiera picado con sus palabras y que, como consecuencia, hubiera decidido matar al día siguiente al bravo matacán.
Cuando llegó a su casa, bajó a la cuadra a echar de comer a sus dos gorrinos y a su borriquilla Perlita y, enseguida, su perra, la Fa, se le acercó muy contenta moviendo el rabo muy fuerte para que la acariciara. El Mondacimas se sentó en una banqueta que tenía en la cuadra y la Fa se acurrucó rilando entre sus piernas. Entonces Gregorio el Mondacimas dijo, reflexionando para sí mismo:
-Mira, Fa. Estoy muy disgustado. Por las palabras que he dicho en la taberna, ese fantasmón del Boqui quiere matar mañana al matacán. Y me fastidia que lo haga sólo por sentirse superior a los demás. Me estomaga que quiera matarlo sólo por la soberbia de sentirse mejor que nadie. Hay que ver las cosas malas que los hombres hacemos sólo por vanidad y orgullo.
Y la Fa pegó su cabecilla a los pies del Mondacimas y gimoteó un poco, como siempre que notaba triste a su amo o, quizás, porque le entendió.

02 septiembre 2015

Historia del matacán.- Tercera parte.

Pues bien, estaba una noche el Mondacimas en la taberna de la tía Peseta, que era la única taberna que había en su pueblo, cuando se presentó una cuadrilla de cazadores con las botas embozadas de barro. Tres de ellos eran señoritos de la ciudad y, apenas entraron, se dejaron caer pesadamente sobre las banquetas de la tasca, casi sin saludar, de cansados que venían. El cuarto era un cazador del pueblo, Mariano el Boqui, que se distinguía de los de la ciudad por su atuendo, que era un traje oscuro de pana, y por su aspecto recio y, desde luego, por parecer mucho menos cansado que sus compañeros de caza de la ciudad.
-¿Qué? ¿Cómo ha ido la caza? –dijo la tía Peseta.
Los de la ciudad ni se molestaron en contestar, como si el cansancio les hubiera producido sordera, pero Mariano el Boqui torció el gesto y, mirando de soslayo a sus derrengados compañeros, dijo:
-No muy bien.
-Entiendo, pero no se preocupen que, por lo menos, van a merendar en condiciones, que ya les tengo lista la comida que encargaron –dijo la tabernera, dirigiéndose a los de la ciudad.
Mientras la hacendosa mesonera servía la merienda a los cazadores, a Gregorio el Mondacimas le quedó claro que al Boqui no le gustaban aquellos tipos, ni le parecían gente avezada en los trajines de la caza y que, por eso, fue tan escueto en su contestación.
Aunque en el Boqui era cosa rara que hablara poco pues, no en vano, su apodo venía de “Boquita”, por lo mucho que le gustaba criticar y chulearse, alardeando de su habilidad y experiencia en todo lo relacionado con la caza, en particular, y las mujeres en general. Y, también, por tirarse faroles muy a menudo o por exagerar el número de piezas que había traído. Pero se ve que, aquella tarde, el Boqui no quería menospreciar a los cazadores de la ciudad ya que éstos le habían pagado para que les acompañara, les enseñara el término y les orientara en las querencias de los animales. Y es que el Boqui conocía bien el campo, pues uno de sus trabajos era hacer de guarda jurado en la finca que, en el término de aquel pueblo, tenía la Marquesa de Picos Pardos, la cual, de vez en cuando, venía con su coche y su servidumbre desde Madrid.
Sin embargo, después de tomar unos vinos, y ya mediada la merienda, uno de los cazadores foráneos dijo, dirigiéndose al Boqui:
-Lo de esa liebre no me lo explico. A mis dos galgos no se les va una y esa, sin embargo, les ha burlado dos veces y les ha despistado totalmente. Todavía no me lo creo. Esa liebre no es normal, corre como una exhalación.
-Es que esa liebre no es como las rabonas tontuzas que cogen tus perros en terreno llano –dijo el Boqui que, animado por el vino, empezó a hacer honor a su apodo.
-¿Cómo que no? ¿Qué tiene de especial esa liebre? –dijo el aludido un poco escamado.
-No lo es, no es igual a otras liebres. Esa liebre es un matacán. Y, si acaso, sólo la matará el plomo y a traición. A esa no hay galgo ni lebrel que la agarre. Ya te lo digo yo – remachó el Boqui, con un puntito y medio de chulería.
-Y, ¿qué demonios es eso de un matacán? –dijo el otro como un párvulo.
-Una liebre especialmente escurridiza que ya ha burlado muchas veces a los perros y que se las sabe todas y, además, se conoce perfectamente los terrenos de aquí y también todos los perdederos por donde escaparse. En resumen, una liebre que no se deja coger por señoritos ni por los perros de los señoritos –insistió el Boqui, cada vez más crecido.
-Y, ¿cómo no la ha matado nadie con la escopeta? –siguió el de fuera.
-Porque tampoco se deja acercar y, si acaso se deja, se aplasta de tal modo en los jarales más profundos o en los aliagares más densos o en los estepares más espesos, de manera que no hay perro que la haga saltar o, si por fin salta, salta lejos, siempre fuera de tiro o totalmente tapada por la fusca. Y eso es así porque ya ha escapado muchas veces de todos los peligros y es un animal que no se deja sorprender y que sabe latín y no lo habla porque no quiere, ¿te enteras, pardillo? –contestó el Boqui con toda la altanería que se le escapaba de sus adentros.
-Ya será menos. No hay liebres tan listas –dijo el otro, un poco mosqueado.
-Pues ya lo habéis visto vosotros mismos, ni tus perros ni las escopetas de tus compañeros han servido para hacerse con ella. Pero, si queréis quedaros mañana e intentarlo,  os vuelvo a acompañar y lo haré gratis si sois capaces de cazarla. Fijaos hasta dónde llega mi seguridad. Que me parece a mí que mucha facha tenéis, pero sois cazadores de caminos –les retó el Boqui con mucho retintín y mucha sorna.
-Después de la paliza que nos hemos dado hoy, no nos quedamos ni locos y menos para matar a ese pedazo de piel con patas que, en lugar de correr, parece que vuela planeando a ras del suelo. Seguro que sólo tiene nervios, pellejo y una carne más dura que tu negro cogote –dijo el otro, con guasa, regodeándose con las sonrisas de sus compañeros de ciudad.
-Sí, pero es más lista que vosotros tres juntos. Y después de venir con esas escopetas tan caras, esa munición extranjera y esos galgos de pura raza y tanto pedigrí y tanta mandanga, os vais con el rabo entre las piernas,  los perros y los amos. Así que no despreciéis tanto lo que no habéis sido capaces de cazar- dijo burlón el Boqui haciendo alarde de su superioridad ante aquellos pisaverdes.
-¿Ah, sí? ¿Y por qué no la has cazado tú que estás aquí y que tanto sabes de ese dichoso matacán? Porque parece que le conoces como si fuera de tu familia –le devolvió el forastero el reto y el menosprecio al Boqui, entre las nuevas risas de sus compañeros.
El Boqui, entonces, apuró el vaso de vino, sacó la petaca, lió un pitillo con mucha chulería, se lo llevó a los labios, lo encendió y, exhalando el humo de la primera bocanada, adoptó su aire más chulo. Luego, mirándoles con arrogancia y descaro, dijo:
-Porque yo soy un cazador de altura y no un bambarria ni un barzoneador. A mí lo que me va es la perdiz, el pelo lo mato por encargo o lo dejo para los que queréis hacer carne. Yo soy un cazador de verdad, de los que se fajan con el esfuerzo y la persecución verdadera, que es la de la perdiz. Si yo quisiera matar a ese asqueroso matacán, mañana estaría muerto. Pero yo soy un tío elegante que no se dedica a cosas fáciles ni desperdicia un cartucho con ese tipo de bichos.
Y el Boqui habló balanceándose sobre las piernas, mientras la vanidad le reventaba las costuras de la camisa y la comisura de los labios, y dejaba bien claro al auditorio que su carácter no tenía ninguna tendencia a la humildad franciscana.

01 septiembre 2015

Historia del matacán.- Segunda parte

La historia que voy a contaros es la historia del matacán.
He de reconocer que yo, cuando oí por primera vez esta palabra, no sabía lo que significaba. Pero, como puse mucha atención a las palabras del tío Mondacimas, que fue quien me contó todo esto hace muchos años, pronto supe de lo que se trataba y además, durante todo el relato, tuve ocasión de enterarme de lo que significaban muchas otras de las palabras que Gregorio el Mondacimas pronunció durante su narración.
Y es que la gente de los pueblos sabía y sabe muchas palabras que los de las ciudades desconocen pero que son palabras verdaderas y que, si alguien duda de ellas, puede mirar en los diccionarios y las encontrará. A mí, al principio, me parecían palabras raras pero, luego, me di cuenta de que eran, casi todas, palabras muy bonitas que casi nadie se sabe en las ciudades.
El tío Mondacimas era cazador en sus ratos libres. Él se llamaba Gregorio, pero todos le llamaban el Mondacimas porque solía subir a los cerros oteros dándoles vueltas en espiral, como el que pela o monda una manzana con un cuchillo. Cuando iba de caza solía llevar su escopeta de dos cañones y una perrilla pequeña, negra con una sola manchita blanca en el pecho. La perra, de orejas puntiagudas con la punta doblada y ojos brillantes y muy negros, se llamaba Fa y, para más señas, era garabita. Lo de garabita no lo entendí al principio, pero enseguida me enteré de que la palabra quería decir que la perra no era de pura raza, sino de raza desconocida o de mezcla de varias razas, o sea, que era una perra mestiza,  pero a mí la palabra garabita me parecía, sin comparación, mucho más bonita. Lo de Fa, el nombre que Gregorio le puso, venía de que, de cachorra, la encontró abandonada en el campo, tiritando de frío y muerta de hambre. Como la perrilla estaba famélica, el Mondacimas se la llevó a su casa, le dio de comer y la cuidó pero, como famélica era un nombre muy largo para una perra, decidió llamarle solamente Fa.
La Fa era una perra muy lista, ágil, rápida y espabilada, como si, de las muchas razas de las que procedía, hubiera heredado lo mejor de cada una. El tío Mondacimas no habría cambiado a su perra Fa por ningún perro de pura raza, por fuerte y elegante que pareciera y por mucho pedigrí que tuviera.
Gregorio el Mondacimas era de un pueblo, como ya os habréis imaginado, que se llamaba Chorrón del Muedo. Y digo que se llamaba, porque el Gobierno, a instancias de las bienintencionadas autoridades provinciales, decidió cambiarle el nombre por el de Santa María de la Fe. Pero, a los del pueblo, les dio igual porque ellos seguían diciendo que eran del Chorrón o, los más condescendientes, de Santa María del Chorrón, con lo cual, el nuevo nombre, no trajo sino más polémicas.

31 agosto 2015

Historia del matacán.- Primera parte

Hace muchos años la mayoría de la gente no vivía como ahora. Para empezar, en lugar de vivir en ciudades grandes, casi todas las personas vivían en pueblos pequeños. Y, para continuar, en vez de ir a trabajar a fábricas, oficinas, empresas, obras, aulas, supermercados o conducir camiones, furgonetas u otros vehículos, la mayoría de ellos sólo tenían un sitio donde laborar. Ese sitio era el mismo durante todo el año y era un lugar donde hoy no trabaja mucha gente, de hecho, no trabaja casi nadie y por eso está casi desierto durante la mayor parte del año. Ese lugar del que estoy hablando es el campo.
Y todos los pueblos estaban, y siguen estando, en mitad del campo porque así la gente tenía muy cerca su trabajo, como quien dice: a la puerta de casa. Y casi todo el mundo vivía en esos pueblos. Sólo unos pocos vivían en las ciudades que no eran, ni mucho menos, tan grandes como lo son ahora.
La gente que vivía en las ciudades, no sé la razón, se consideraba superior a la gente que vivía en los pueblos y, por eso, los de las ciudades llamaban a los de los pueblos cosas como: catetos, paletos, gamos, palurdos, patanes, pueblerinos, gañanes, destripaterrones, tuercebotas, ganapanes y otras palabras que les parecían despectivas.
Pero los de los pueblos no se quedaban atrás con las palabras y, en legítima defensa, llamaban a los de las ciudades: pisaverdes, señorones, maulas, finolis, señoritos, papanatas, panolis, bambarrias, remilgados y cursis, además de otras muchas cosas que sonaban bastante peor y que hasta está feo decir.
La gente de los pueblos trabajaba en el campo, como ya he dicho, y obtenía de su trabajo productos alimenticios con los que podía procurarse el sustento. Así, los labradores, recogían cosechas de trigo, cebada, centeno, maíz, alfalfa, arroz, garbanzos, judías, lentejas…;  los hortelanos obtenían verduras, frutas, legumbres…; los pastores criaban ovejas, corderos, vacas, terneros, cabras, cabritos…; los porqueros criaban cerdos y lechones y, en general, todos tenían en sus casas gallinas para tener huevos y otros animales, como vacas y cabras, para tener leche, o cerdos para hacer matanza y tener jamones, lomos, chorizos, morcillas, güeñas, tocinos y torreznos. Todos obtenían de la tierra lo necesario para su vida. Y lo que les sobraba lo vendían a los de la ciudad o lo intercambiaban entre ellos mismos para tener así de todo lo necesario.
En aquellos tiempos había también leñadores, pues no existía el butano y la electricidad no había llegado a muchos pueblos y, desde luego, no existía la televisión, ni se imaginaban los ordenadores ni los teléfonos móviles, y sólo algún que otro afortunado tenía una radio. Pero, el que tenía radio, tenía que tener electricidad porque las radios de entonces había que enchufarlas a la luz, que es como llamaban a la electricidad. Total, que todo era una cadena que ataba a las gentes directamente a la tierra y pocas cosas había por entonces que escaparan a ese ciclo.
Así que la gente se calentaba y hacía la comida en los hogares de sus cocinas prendiendo hogueras, custodiadas por morillos, y colocando sobre ellas, en unos trípodes que se llamaban trébedes,  los pucheros, las sartenes, las cacerolas, los cazos y las ollas. Y, por lo tanto, la madera de los montes era muy necesaria, aunque en los pueblos a la madera solían llamarle leña.
Por supuesto, en aquel tiempo, casi nadie tenía coche porque sólo podían tenerlo los que tenían mucho dinero. Pero la gente de los pueblos tenía mulas, caballos, yeguas, potros, asnos, pollinos y machos para que les ayudaran en sus trabajos en el campo pues, por aquel entonces, había poquísimos tractores y casi todas las faenas del campo se hacían a mano y con ayuda de las caballerías.
Eso sí, al igual que ahora, había escuelas y los niños y niñas tenían que ir todos los días, incluso los sábados y sólo los domingos quedaban libres de ella. Aunque, cuando acababa la escuela, podían vagar libremente por toda la villa y jugar con el sinnúmero de perros, gatos y demás animales de la localidad porque entonces todos los bichos podían andar por ahí sueltos. Aunque a estos animales nadie les llamaba mascotas ni animales de compañía. Porque esas palabras, o mejor, esos conceptos eran desconocidos por entonces.
Además, la gente se sentaba por las noches alrededor del fuego de la cocina y, a falta de televisión, se contaban historias entre ellos. Aunque, la verdad, es que casi todas las historias las contaban los más viejos porque eran los que más años habían vivido, los que habían conocido a más personas y los que habían visto más cosas e ido a más lugares. Y, escuchando aquellas historias, descubrí que casi toda la gente de los pueblos tenía un mote, un apodo que pasaba de padres a hijos muchas veces. Y también me di cuenta de que era más fácil localizar a alguien por su remoquete que por su verdadero nombre cristiano. Así, por ejemplo, la tía Peseta, la tabernera, era la viuda del tío Peseto, y casi nadie en el pueblo sabía que se llamaba María Paniagua Pérez, y cuando querían dar su nombre completo, para que no hubiera dudas, decían María la Peseta. Y así pasaba con casi todo el mundo. Era muy raro quien no tuviera un sobrenombre.
Pero, aunque la gente no tenía tantas cosas como tenemos ahora, tampoco padecían algunos de los problemas actuales. Por ejemplo, las aguas de los ríos, de los riachuelos y de los arroyos y manantiales,  por entonces, no estaban contaminadas y, en ellas, se criaban cangrejos, truchas, barbos, anguilas y otros peces que la gente pescaba, en sus ratos libres, convirtiéndose así en pescadores ocasionales para su solaz y el bien de sus despensas.
En el campo había también gran cantidad de caza, en particular conejos, liebres y perdices, y también codornices en su tiempo, por lo cual la caza era otra fuente de alimentación que se apreciaba mucho entre la gente de los pueblos por considerar que su carne montuna era un manjar. Y por eso algunos tenían un perro y una escopeta y, cuando no tenían cosa mejor que hacer y, a veces, aun teniéndola, salían al campo a buscar algún conejo, perdiz o liebre que añadir a sus comidas habituales. Y también algunos otros, que no tenían escopeta ni ganas de tenerla por no gastar en munición, sabían poner cepos, losas y lazos para los conejos, y perchas y otras trampas para las perdices. Y los hacendados, que no tenían estas habilidades de cazadores o tramperos o disfrutaban más con la holganza, compraban la caza.
Y es en este punto donde comienza nuestra historia.
He tenido que contaros todo lo anterior para que la entendáis mejor, porque en aquellos años la vida era muy distinta a como es ahora.

28 agosto 2015

Hallazgos pastoriles o apariciones extraordinarias

Del origen de las innumerables vírgenes que son objeto de devoción en las ermitas, santuarios e iglesias de España no tengo una opinión basada en estudios ni en pruebas documentales, pues no soy un erudito ni un historiador, si acaso un mal lector, y ni siquiera me tengo por devoto.
Me gusta imaginar, en mi ignorancia, que en aquellos siglos, que la historia recopiló vagamente bajo el nombre global de La Reconquista, las fronteras entre los dominios árabes y cristianos fluctuaban continuamente. Así las inseguras tierras fronterizas tal vez fueran escenarios de razias musulmanas o de incursiones cristianas con tanta frecuencia o más de las que cuentan los anales y, en ambos casos, convencidos ambos bandos de la única y verdadera identidad de su Dios y fidelísimos a Él, se entregaran en sus efímeras y mudables conquistas a la iconoclasia. En esta dolorosa destrucción de imágenes temo que llevaran la peor parte los cristianos, pues no les era permitido a los musulmanes la representaciones sagradas en iconos.
Esto me hace suponer que algunos fervorosos cristianos, que a los largo de esos siglos poblaron las inestables fronteras, hartos de ver quemadas sus iglesias, sus adoradas imágenes y sus sagradas reliquias, dieran en preservarlas escondiéndolas en los lugares más inexpugnables, remotos e inaccesibles que les proporcionara la orografía circundante.
Así, al cabo de los años, solían aparecer imágenes de vírgenes, santos, crucificados u otros exvotos y reliquias de apóstoles muy principales, en los lugares más insospechados y chocantes. De tal modo que parecían haber sido puestas allí más que para que alguien alguna vez las encontrara, para que jamás las encontrara nadie. Sin embargo solían ser halladas por humildes e iletrados pastores o por honrados patanes y ganapanes que habían de buscarse su sustento en lo más fragoso de las sierras.
Algunos dicen que estos hallazgos, principalmente por parte de los rabadanes y zagales, eran una cosa natural y esperada, habida cuenta de que los primeros que acudieron al Portal de Belén donde nació el niño Dios fueron gente de este gremio. Y, sin atreverme a poner en duda esta realidad nunca negada, me aventuro a pensar si este hecho no tendría más que ver, en nuestro país, con la trashumancia de los ganados.
Este hecho de la trashumancia se da por antiquísimo pues el ganado, ajeno a las creencias, ambiciones y codicias de los hombres, tenía necesidad de los pastos frescos que dan las recónditas y elevadas sierras en las agostadas y, durante el invierno, de las acogedoras temperaturas y herbazales de las tierras más bajas. Por tanto la vida de los pastores era un deambular constante con sus hatajos por sierras, valles, cañadas, cordeles,  veredas, coladas, vericuetos, atajos y senderos la mayor parte del año.
De esta realidad fueron conscientes desde muy antiguo los más principales y así el mismo don Alfonso X El Sabio, seguramente haciendo honor a su sobrenombre y siendo secundado luego por otros sagaces monarcas, dicen que dio origen al Honrado Concejo de la Mesta que, desde 1273 hasta 1836, defendió con incontables privilegios la práctica de este oficio. Desempeño que era provechoso para los tesoros públicos y privados (que entonces ya también se solapaban) de la nación por el importante comercio y exportación de lanas y el aparejo de impuestos que lo anterior traía consigo.
Y como estos hechos parece que son aún más antiguos que los primeros documentos que los datan, imagino que ésta es la razón por la que tantas imágenes y otros vestigios sagrados fueron encontrados por pastores. Sobre robles, encinas, madroños o hayas aparecieron. En cuevas, márgenes de ríos o taludes también. Asimismo en otros lugares insospechados y sorprendentes.
Pero, lamentablemente, no puedo dar por cierto estos hechos pues carezco de pruebas que avalen mis elucubraciones y, por otro lado, nadie puede afirmar que no fueran ángeles, querubines o arcángeles, como la fe y el buen criterio sostienen, quienes realizaran tales portentosos trasportes y, la Divina Providencia, quien guiara a tan escondidos parajes a quienes descubrieron estas santas imágenes.

04 febrero 2015

XL.- El Renuncia: Los Airheads de Montago

El silencio era espeso e incierto, parecía más una tregua, y le daba a la estancia la chocante inmovilidad de una ciénaga en calma. Serafín, deseando sacudirse la sensación de incomodidad que se había apoderado del ambiente, preguntó, con voz interesada y amable, si habían averiguado algo interesante sobre el santuario. MP, si bien con gesto serio, carraspeó y se puso en actitud atenta, como si diera por sentado que los estudiantes tuvieran la obligación de informarles de lo que sabían.
Los muchachos se miraron y, sin duda, considerando que lo que dijeran iba a ser aburrido y tedioso para los dos hombres, omitieron datos precisos, fuentes y rutinarias fechas, pero les contaron, a ratos él, a ratos ella, la siguiente historia:
-La primera cosa que nos llamó la atención –comenzó el chico- fue la doble rosa que aparece en distintos lugares y principalmente en los dinteles de las puertas y ventanas principales. Al principio, pensamos que esas rosas de cinco pétalos regulares y otros cinco interiores, girados y concéntricos, podrían tener que ver con el pentágono y con los símbolos del Temple, que todo el mundo dice encontrar hoy en día por doquier. Los Templarios parece que se han puesto de moda –ironizó el muchacho- Después pensamos que podría tratarse del símbolo del loto, muy habitual también en las decoraciones arquitectónicas. Pero, lo que finalmente creemos es que, los símbolos, hacen referencia a la época de Las Dos Rosas en Inglaterra, es decir, a la rosa de Lancaster y la rosa de York y a la posterior unión de las dos en la rosa de Tudor. Esta época, de guerra civil en Inglaterra, tuvo lugar a mediados del siglo XV y, por tanto, en la época de nuestro beato o barón.
-¿Por qué habéis pensado en esas rosas y no en otras? –dijo Serafín, cuando vio que los chicos mostraban interés en contar lo que sabían.
-Pues, porque el Barón de Montago, por lo que sabemos,  vino aquí procedente de Inglaterra, en la época a la que los románticos llamaron La Guerra de las Dos Rosas, que, aparte del nombre, fue un tiempo de intrigas y luchas salvajes por la sucesión en el trono de Inglaterra, que, de romántico, tuvo muy poco. Los contendientes eran las dos casas que se creían con derecho a ello, la de Lancaster, la rosa roja, y la de York, la rosa blanca.
-¿Y cuál de las dos es la que se ha simbolizado en este edificio? –preguntó MP.
-Pues eso es lo curioso, que no es la una ni la otra, sino otra posterior que se hizo cuando se logró la paz y las dos casas se fusionaron: la doble rosa, la rosa de Tudor. Un símbolo de reconciliación, que siguió a la boda del rey Enrique VII con Isabel de York en el año 1486, y que, simbólicamente, quiso poner fin a los enfrentamientos de los años anteriores, que tantas muertes, desolación y desgracias causaron.
-¿Y qué tiene que ver el beato Montago con todo eso? –continuó MP.
-Creemos que ese nombre es una deformación de un nombre inglés que bien podría ser el de Montagough o Montagu. De hecho, en aquellas guerras, participaron muy activamente John Neville, marqués de Montagu, y su hermano Richard, más conocido por ser el conde de Warwick, o también por Warwick the Kingmaker, un apodo que significa, algo así, como el hacedor de reyes. Ambos fueron personajes claves en aquella larga guerra de sucesión y singularmente el segundo, de ahí su apelativo. Pero, por otro lado, ambos murieron en ella. Y además el mismo día, el 14 de abril de 1471, en la batalla de Barnet.
-Por lo tanto ahí se pierde vuestra pista, pues no pudieron ser ellos los que vinieran aquí para quedarse y hacer esta fundación–replicó MP.
-No del todo, porque John Neville, marqués de Montagu, fue nombrado, por sus hechos de guerra, conde de Northumberland, y es de esta zona de donde se supone que proviene nuestro Montago.
-Sí. El panel informativo lo pone: El Barón de Montago, señor de los Airheads de Northumberland –dijo MP.
-Sí, es una afirmación algo grandilocuente y pomposa, como tantas que se hacen sobre hechos que, en profundidad, desconocemos y que, a falta de certezas, nos gusta mantener en el ámbito etéreo de eso que llamamos tradición. Sin embargo, observen ustedes, que no se cita al marqués de Montagu, ni al conde de Northumberland, sino a un barón, que es un título de menor rango. Así que nosotros nos hemos centrado en la figura de John Neville, marqués de Montagu y conde de Northumberland.
-¿Pero no acabáis de decir que murió en 1471?
-Sí, pero nos intriga la probable existencia de algún hermano o hijo que fuese el que, bajo la protección de esos dos poderosos, los Neville, el marqués y el hacedor de reyes, tan decisivos en aquellos hechos, se trasladase al Muedo y se estableciese aquí.
-¿Y qué razón habría tenido un hermano de esos dos potentados para venir a parar aquí?
-Pues mire, puede que él no tuviese ninguna voluntad de hacerlo, pero sí los que le rodeaban para, de algún modo, deshacerse de él. Northumberland es un condado al norte de Inglaterra, fronterizo con Escocia, agreste y muy poco poblado actualmente, y, menos poblado aún, en aquella época. Sin embargo, se considera, por los historiadores actuales, que es el lugar donde germinó la cristianización de la isla. Entre las leyendas de la época se cita la existencia de una especie de ermitaño, que predicó en Inglaterra contra aquella guerra entre hermanos que diezmó al país y que trajo consigo la miseria y el hambre. Al parecer, el tal ermitaño, atrajo a muchos partidarios. Éstos se resistían a utilizar la violencia contra sus hermanos y preferían las penurias compartidas antes que sobrevivir o perecer, por razones para ellos intangibles, entre las mesnadas de uno u otro bando. Los nobles, los comerciantes y los poderosos les denominaron los Airheads, con burla y desprecio, y el mote triunfó, y aquella mofa se extendió por toda la isla.
-Pero, ¿cómo los Airheads de Northumberland habrían podido desplazarse desde Inglaterra hasta aquí, siendo gente pobre, sin medios, y sin protección? –dijo MP.
-Nosotros sostenemos que el predicador, el ermitaño aquel,  era un hombre influyente. No obstante, el número de sus seguidores, tomado a broma en un principio, fue creciendo tras cada batalla y llegaron a ser una multitud que habitaba las agrestes tierras de Northumberland, sobreviviendo con lo indispensable y dando una alternativa, inédita entonces, a todos los desgraciados que las levas de los dos contendientes pretendían reclutar sin otra opción.
-¿Y cómo los poderosos no acabaron con aquella cofradía de miserables traidores y cobardes que se mostraban en contra de la guerra? –dijo MP, tan serio como un estadista responsable.
-El hecho de ser Northumberland el condado en el que se concentraban, nos hace suponer que el conde, a la sazón marqués de Montagu, por alguna razón, les protegía y ayudaba. Nuestra idea es que el predicador era un hermano menor del marqués, un Montagu. De ahí la protección que él y sus seguidores tuvieron en el condado. Pero, finalmente, abochornados los dos aguerridos hermanos mayores por las cristianas recriminaciones del hermano menor y por el mal ejemplo que daban al pueblo los Airheads, con su activa oposición a la guerra y la admisión de prófugos y desertores entre ellos, hicieron que el ermitaño pusiera tierra de por medio y, con el título honorario de barón, y la protección de su nombre e influencia, se las arreglaron para que atravesara Francia y se estableciera aquí con los suyos.
-¿Podría tratarse de un incipiente movimiento pacifista en una sociedad en la que tales movimientos no se contemplaban ni se concebían? –dijo el Renuncia.
-Puede que así fuera –dijo la muchacha- pero eso no podemos saberlo. Ha habido movimientos de ese tipo siempre pero, por unas razones o por otras, también siempre se silenciaron a lo largo de la historia. Se construyó un pensamiento contra la lógica. Se inventaron las ideas de la lealtad al rey, o de los nacionalismos patrióticos, o de la ortodoxia religiosa que identificaba a la deidad con la patria y con el rey, u otras, igual de partidistas, para sofocar esos movimientos de natural disidencia que siempre han existido. Y, la verdad, es que, hasta nuestros días, esas ideas, sustitutivas del sentido común, han venido funcionando con éxito e, inexplicablemente, movieron y mueven a las masas. Han sido y son una llamada al gregarismo identitario que, inexplicablemente, nunca hemos perdido los humanos. Tal vez sea una idea primaria, procedente de la prehistoria, y encajada en nuestro cerebro como una impronta defensiva y visceral.
-Ni debemos perderla –terció MP- pues si no defendemos nuestra identidad y nuestra historia, estaremos perdidos irremediablemente.
-No estoy muy segura –dijo la chica- pues, si lo que usted dice fuera cierto, hoy los capitales no hubieran saltado las fronteras, las empresas no hubieran buscado su auge en lugares extraños donde pudieran medrar con más ganancias, las personas no emigrarían buscando mejores horizontes, los talentos no se venderían al mejor postor y, para no abundar más, los nacidos en cada sitio no mirarían sino por su comunidad. Pero esto ni es así, ni lo ha sido, y camino lleva de serlo cada vez menos pues, el egoísmo que propugnaban y propugnan todos estos movimientos, ha terminado globalizando el mundo y, la comunicación, que pretendía dominar las ideas e incluso la realidad, ha terminado por informar a cada cual en el planeta de lo que pasa, por más que muchos se empeñen aún por evitarlo. Entre que el mundo sea de todos o de algunos, triunfará lo primero o, lejos de haber un triunfo, sólo conoceremos barbaries y desgracias.
-No me diga, señorita sabia, –interrumpió un MP repentinamente enfurecido- que el futuro va a librarnos de nuestras ataduras, ¿es que cree usted que nuestra época es distinta de las demás por el mero hecho de que la vive usted? Las cosas son como han sido siempre y el mundo está hecho a la medida de quienes lo dirigen y, cuanto antes se entere usted de esto, antes podrá hacer algo decente por los demás y por usted misma. El mundo está regido por la honradez y la decencia de los muchos que simplemente lo habitan, porque los pocos que accidentalmente lo dirigen raramente se evaden del sarcoma que el poder encierra.
La muchacha se quedó callada, sin saber si el viejo y ella hablaban de lo mismo, y luego, con una tristeza impropia de su edad, miro a MP y dijo:
-Usted puede seguir con sus ideas. Seguramente llevará razón. Sería tonto que yo pretendiera convencerle. Pero, pese a todo, con cada generación se avanza un paso y, en la mía, no seré yo quien se resigne a no darlo.
MP no contestó. Le gustó el temple de la chica. Y, se dijo, que, diciendo cosas diferentes, podían llevar razón dos personas a la par. Se metió dentro de sí, como un caracol que se retrae bajo su concha, y pensó que ojalá fuera otra vez joven, sabiendo lo que ya sabía. Pero, enseguida, se percató de su contradicción, ya que, lo que sabía, lo sabía por viejo, y, su conocimiento, sólo serviría para detener a un joven, para hacerle un escéptico precoz y, por tanto, un ser tan inútil como él había sido. Y se dijo también que no era lo mismo saber que aprender. Y que, en su caso, el haber aprendido mucho no significaba que supiera lo suficiente; y que la experiencia era una defensa, más para sobrevivir que para saber y progresar. La experiencia busca seguridad y no riesgo, y tampoco incita a buscar lo oculto, a enfrentarse con la vida verdadera, esa que dicen que nos cerca permanentemente, que nos hace desconfiar de los demás, que nos hace sentirnos amigos o enemigos por instinto, y, así, ocultarnos mutuamente. Dudó, por un momento, de la utilidad de esa acumulación de vivencias que dicen que a los viejos les sirven para sobrevivir pero que, a los jóvenes, no les sirven para vivir. Y pensó también que sobrevivir y vivir eran, definitivamente, las palabras que, simulando afinidad, matizaban la gran diferencia entre jóvenes y viejos. Y que los jóvenes están para vivir. Los viejos ya, daba igual.
Como se había hecho de nuevo el pesado silencio, Serafín lo rompió de nuevo:
-Bien, pero, tal vez, la cosa sería fácil de averiguar si se consiguiera el testamento del beato Montago. Seguramente en él aparecerá su nombre verdadero y el origen de sus gentes y de sus propiedades. El obispado de Nogüenza, titular de la herencia del Barón y albacea de todas las otras disposiciones que éste dejó en ese documento, debe tener certeza de quién era ese hombre.
-Sí, pero dicen que ya no se conserva en sus archivos tal documento. Que lamentablemente no ha quedado rastro escrito de esta historia. Y, aunque les pedimos otras referencias indirectas, nos dicen que no las hay.
-Y vosotros no les creéis –terció MP.
-Nosotros podemos creer que los papeles originales hayan desaparecido. En los últimos quinientos años ha habido numerosos avatares: guerras, saqueos, incendios, robos, etc. pero, lo que nos tiene perplejos, es que no nos den siquiera referencias, documentos que hablen sobre otros documentos, viejos catastros, cuentas antiguas…, no sé, algo que nos indique por dónde seguir –dijo la chica.
Llegado este punto, vieron que la historia no tenía ya posibilidad de continuación, excepto en lo que cada cual pudiera imaginar. Así que los muchachos se despidieron y ya se marchaban a su tienda, cuando MP les hizo una última pregunta:
-¿Y qué significa exactamente “airheads”, el mote ese que les dieron a aquellos viejos disidentes del bipartidismo de entonces?
-Algo así como cabezas huecas –contestó la chica- pero, si prefiere usted algo menos literal y más acorde con las palabras que empleamos hoy en día, se podría traducir por “gilipollas”: Los gilipollas de Northumberland.
Los dos hombres quedaron pensativos y fumaron un cigarro en silencio. Ambos comprendieron que ya entonces, en el siglo XV, el sistema imperante despreciaba a aquellos que pretendían cualquier alternativa a lo establecido, y eso les dio que pensar. Se acostaron enseguida a la tenue luz rojiza del rescoldo.

XXXIX.- El Renuncia: Los estudiantes

Apenas bajaron de la moto, y casi sin terminar de estirarse, pie en tierra, de la forzada posición que habían mantenido en el viaje, descubrieron a los dos hombres que les miraban inmóviles desde la casa. De inmediato saludaron con la mano y se acercaron a ellos relajadamente, con una sonrisa amistosa.
-No esperábamos encontrar a nadie por aquí –dijo el chico
-Nosotros tampoco –dijo MP secamente, sin dar confianzas.
-No se preocupen por nosotros –dijo ella- somos estudiantes y andamos haciendo averiguaciones sobre el santuario y el Barón de Montago y, aprovechando el fin de semana, hemos venido a dar una vuelta.
Reparó entonces Serafín en que habían perdido, al menos él, el calendario interno de los días, ése que nunca se olvida en la ciudad. No sabían el día en que vivían. Así que, el que los muchachos se lo hubieran recordado, casi le pareció una intromisión.
-Para nosotros todos los días son iguales, –contestó MP, como si le hubiera escuchado el pensamiento- pero compartiremos el albergue, como es de justicia.
-No, muchas gracias, no se trata de eso. Preferimos instalar nuestra tienda. Venimos equipados. Tal vez luego nos veamos, si no les importa –dijo el chico, y los dos se marcharon a descargar el equipaje de la moto.
Les observaron desde la casa montar una pequeña tienda, a unos cien metros, en la zona seca de la pradera. Descargaron después los otros bultos y lo metieron todo en ella. Tras colocar la pesada moto al lado y apoyarla en su pata de cabra, se dirigieron hacia el santuario.
Bordeándolo por la parte contraria a la casa, se acercaron a la pared rocosa y anduvieron por allí mirando, sin duda, aprovechando el poco tiempo de luz que le quedaba al día. Luego les perdieron de vista.
A la noche los muchachos se acercaron al refugio. Traían comida y bebida y les pidieron permiso para cenar con ellos. A MP pareció agradarle el comedimiento que mostraban, pero asintió con un ademán que pareció de indiferencia. A Serafín le gustó ver gente nueva, sobre todo porque éstos, para variar, eran muy jóvenes.
Mientras compartieron cobijo, fuego y cena supieron que eran estudiantes de historia y también que investigaban sobre el enigmático Barón de Montago.
Por lo visto, nada fiable se conocía sobre él. Según los muchachos, existía la sospecha de que, bajo tal nombre, se ocultó otra persona de identidad desconocida. No les cabía duda de que en los archivos del Reino Unido, de donde se suponía que Montago procedía, y en los de otros países europeos, por los que se presumía que había pasado, tenía que haber alguna información sobre él y, sin embargo, no la había o, al menos, hasta ahora nadie la había encontrado. Según los estudiantes, de un personaje de la categoría de Montago, era imposible tal carencia de información y referencias. Así que ya llevaban seis meses investigando con más pena que gloria y, sobre todo, con ese desánimo que proporcionan los vacíos inexplicables.
-Seguro que en los archivos del obispado podrán proporcionaros alguna información –dijo MP, recordando sus búsquedas en los archivos del ministerio.
-Ya se la pedimos, pero el breve informe que nos han enviado no nos ha aportado más que vaguedades y tópicos. Vamos, esas cosas que escriben los cronistas locales y que se limitan a trasmitir tradiciones o leyendas con poco o ningún rigor histórico.
-Pero se supone que el testamento del Barón ha de encontrarse en los archivos del obispado.
-Puede que así sea o puede que no, pues, por desgracia, a consecuencia de las guerras y conflictos de los últimos siglos, muchos documentos han desaparecido, se han trasladado o, incluso, se encuentran en colecciones particulares a las que el acceso es casi imposible. Y, en el caso de que no haya sido así, las guerras proporcionan una buena excusa para dar por perdido lo que no se desea mostrar.
-¿Y en los archivos del Vaticano? –sugirió Serafín.
-Puede ser. Pero parte de ellos tienen un acceso muy restringido, incluso para los dignatarios de la iglesia. No sueltan prenda los del obispado, cómo para conseguir algo del Vaticano.
-¿Y a vosotros qué os importan los secretos de la Iglesia? –preguntó MP con repentina exasperación, algo de inquina en el tono, y su habitual tacto.
-Ya se le reconocen a la Iglesia muchos secretos, sin contar los misterios en los que esa fe se asienta –dijo suavemente la chica- pero, a nosotros, nos interesa la historia y no lo que cada cual quiera creer. Por tanto, el Barón de Montago, tiene para nosotros un significado y un valor histórico que pertenece a la Humanidad y que no es patrimonio ni, en su caso, debería ser secreto de ninguna asociación religiosa. La doctrina de la Iglesia y la Iglesia misma nos traen sin cuidado, mientras ésta no se convierta en una entidad protagonista de la historia porque, en tal caso, sus hechos, que no su doctrina, entran en el ámbito del acervo colectivo, ése que todos tenemos derecho a conocer por ser, como lo es la historia, algo común a todos –acabó la muchacha más en tono didáctico que buscando diatriba con aquel viejo malencarado y con pinta de vagabundo, tan presto a la cólera.
Sin embargo, en mala hora lo hizo, pues MP se dio por aludido y encarándose con ella le espetó:
-Oiga usted, señorita, ¿es que no le parece suficiente que la Iglesia haya preservado hasta hoy la mayor parte del patrimonio cultural que tenemos? ¿Es que no le parece suficiente su obra ingente? ¿Es que se cree usted con derecho a inquirir de los Papas y de esta benefactora institución lo que a usted se le antoje? ¿Es que…?
Y Serafín, viendo que don Macario se estaba poniendo de manos, terció:
-Pero deje que se explique la chica, que no la deja usted ni respirar.
-Mire, si la Iglesia intervino en la historia de estas tierras, más allá del bienestar espiritual que procurase a sus fieles, es mi deber indagarlo como historiadora y, luego, divulgarlo para el mejor conocimiento de las cosas. Es cierto que la Iglesia ha preservado muchas cosas pero, los fondos, procedieron de todos los que de grado o por la fuerza hubieron de contribuir con sus tributos y sus diezmos a ella y no veo, además, la razón de que una cosa justifique la otra. ¿A qué viene, en su caso, ese deseo de ocultar la historia? Por otro lado, a todos nos gusta averiguar cosas y, seguramente, el hecho de que usted, a sus años, camine errante por ahí, en compañía de este hombre sencillo, tampoco será ajeno a tal anhelo.
Se preparaba MP para rebatirle airado, pero el último razonamiento de la chica le contuvo. Calló como si hubiese olvidado cuanto iba a decir. Miró al fuego, sacó un cigarro y jugó un momento con él entre los dedos. Lo encendió con parsimonia y dijo:
-Me alegro de que en la Universidad les enseñen a ustedes a pensar.
El Renuncia alargó el botillo a la chica:
-Prueba el vino.
Ella, sin retirar los ojos del viejo, tomó el botillo y dio las gracias. Al cabo de un rato, volvió a dirigirse a  MP  y dijo:
-No olvide usted que, a pensar, nos enseñamos también unos a otros.

05 enero 2015

El color del monte

Se internaría en solitario en el Marojal. Estaba amaneciendo. Hacía cinco grados bajo cero. Era un día de enero. El cielo no enseñaba una sola nube y no había viento. Aunque sentía frío, sabía que el día venía de anticiclón y que dentro de una hora le abrigaría el propio monte, le caldearía el sol, bajo un cielo totalmente azul, y después, seguramente, tendría calor. El ejercicio de subir y bajar barrancas cerradas de vegetación, con empalizadas de marojos tan densas como las púas de un erizo, también ayudarían a generar calor propio y, enseguida, sudaría. Era el destino seguro que le reservaba el día, lo demás era aleatorio, todo sorpresivo, nada previsto. Así era aquel monte en particular y la caza en general, lo sabía de sobra.
La sensación de silencio y soledad no le cabía en el cuerpo. Sabía que el monte era un laberinto tan intrincado como espeso, con zonas inexpugnables a rodear. Los años le habían enseñado mucho sobre él. Sin embargo, pese a ello, se sentía como un minúsculo parásito que se internara en el espeso plumaje de un ave o en el denso abrigo de la piel de un zorro. Y sabía que, sin estar perdido, el monte le trasmitiría a ratos la acostumbrada sensación de impotencia del que perdido estaba o, al menos, del que en aquellas espesuras sin horizontes se sentía inerme e insignificante.
La tentación, para el que sabía lo que le esperaba, era cazar las lindes del Marojal, siempre más transitables y claras, en busca de la liebre, y dejar a un lado las casi impenetrables espesuras. Pero eso hubiera sido renunciar a la sorpresa, a lo incierto, a la promesa oscura del corazón del monte.
Sin embargo, el monte cerrado, prometía constantes torturas e incontables obstáculos. Abrirse paso en aquel arcabuzal no era fácil. Sabía que el ramaje, las alreras enredadas entre los tallos de otras plantas espinosas, la fusca espesa y, a veces, impenetrable, los obstáculos del terreno abrupto, serían castigos constantes que le harían deambular, siempre recortando, y con poca visibilidad. Pero el monte cerrado es así. Lo tomaba o lo dejaba.
El pilar del monte, junto al Camino Real, fue el punto de partida. Las perras se acercaron al pilar de la fuente que estaba helado bajo una costra de un dedo de grosor.
Decidió, tras una corta cavilación, tirar a la derecha del camino, hacia Los Temblares, para, gradualmente, ir subiendo e internarse lentamente en el monte. Tiempo tendría en el día para ir ascendiendo hacia las crestas más altas.
Las perras iban sincronizadas, la Fary, poderosa, cazaba cuarenta o cincuenta metros por delante, revolviendo el terreno con ansia y describiendo grandes eses sesgadas; la pequeña Tiqui no se alejaba más de diez o quince metros, zarceando a su alrededor. Y el cazador se sentía capitán de un diminuto ejército bien organizado.
Nada nuevo tras una hora. Subiendo lentamente, atravesó al paraje de Los Enechos y sabía que, ascendiendo, pronto llegaría a la vieja Senda de la Sierra, casi perdida y en desuso, poblada de jaras ya en su centro.
Eran casi las 10 cuando se paró, para tomar resuello y quitarse ropa. Como imaginó, estaba sudando. Había de quitarse chaleco y forro para despojarse de la pegajosa camiseta. Al volver a vestirse se notó más ligero y fresco, como si se hubiera quitado diez años de encima.
Si guardaba la altura que había alcanzado, daría a la Solana del Barranco Grande; si cruzaba el camino y seguía subiendo, se metería en La Marota, coronada arriba por sus peñas agrestes. Si hubiera buscado al jabalí encamado, debería haber tomado la solana, pero él no era cazador de jabalí, no lo había sido nunca, ni sabía de ello. Por otro lado, era el primer día que podía cazar en el monte y sabía muy bien que, desde que empezó la temporada, lo habían estado cazando los vascos.
Éstos venían de lejos, de los umbríos bosques de la Cordillera Cantábrica y eran considerados verdaderos especialistas en materia de becadas. Traían setters especializados con collares delatores, que pitaban cuando el perro hacía muestra, y, además, soltaban un pastón por este tipo de caza.
No le extrañaba que, a los locales, sólo les dejaran cazar el monte a final de temporada, cuatro días, por puro compromiso. Así que calculaba que, si quedaba alguna, estaría en lo más inaccesible, resabiada por las apretadas manos de los expertos vascos, y, por tanto, optó por seguir subiendo por la dura umbría de la Marota, lo más agreste del contorno cercano.
Esa umbría era un arcabuco, una espesura tan desesperante que le hacía dar vueltas para poder atravesarla penosamente, teniendo a veces que retroceder, al quedar atollado, para buscar nuevos pasos entre la alta maleza, las piedras y los apretones infranqueables de marojos y zarzas íntimamente enmarañados.
Pero se produjo la sorpresa, y vio a la Fary de muestra cuarenta metros por delante. En lo más empinado del umbrío laderón, estaba clavada mirando hacia abajo. Sostuvo la muestra hasta que llegó a ella. Apenas un segundo después oyó el ligero arranque de la becada, pero fue casi una intuición, porque no la vio y sus alas fueron como seda cortando el aire, como un suave roce, casi sin ruido. Tal era la espesura y altura de los marojos de los que había salido, tirando después ladera abajo y ocultándose tras ellos siempre.
Se quedó con mal sabor de boca. Pero pensó que la becada se defiende así, en el breñal, y que, si él fuera becada, habría hecho lo mismo. Se explicaba que los vascos tiraran con cartuchos cargados con 40 gramos de plomo de décima, lo sabía por las vainas que había encontrado. Y, con un poco de humor, daba en imaginar que, algunas veces, tirarían de oído con semejante carga. Pero, qué más le daba a él lo que otros hicieran, sabía que con su escopeta del 20 y con 28 gramos de sétima, si no veía la pieza aunque fuese un cuarto de segundo, no había nada que hacer.
Entre las peñas de la Marota había charcos helados. Con la culata de la escopeta rompió la costra helada de uno, aparente para que las perras bebieran. El día era de una claridad impresionante. No había evaporación alguna y, mirando al noreste, se veía a grandísima distancia la mole inconfundible del Moncayo con su cima nevada. Muy pocas veces en el año la vista llegaba tan lejos. También era cierto que, para que allí llegara, había que subir a la Marota o más alto.
Pero, después de aquello, tuvo una intuición. Sabía que, si se bajaba del breñal de La Marota y cruzaba el arroyo de La Enguajarda, había una punta, bajo el camino de la Bodera que, por quedar un poco aislada y a trasmano, puede que estuviera sirviendo de refugio a alguna becada fogueada. Estaba en la dirección en que había volado la que oyó y sabía que el esfuerzo para ir a esa zona, relativamente pequeña, en teoría no compensaba. Y también aventuraba que, los vascos, podían no haber dado con ese perdedero o que, por sus pequeñas dimensiones, lo hubiesen descartado y no se tomaran la molestia de mirarlo habitualmente.
Guiado por esa intuición, al cabo de media hora de atravesar la barranca, atollándose varias veces, y franqueando el arroyo por donde pudo, se internó por la ladera, mucho menos espesa, más de sardón que de monte alto, del cerro oblongo coronado por las derruidas tainas de la Mata.
Enseguida le animaron los gestos de las perras, pues ambas parecían interesadas en aquel terreno en cuanto lo pisaron. Pero era la braca la que denotaba mayor nerviosismo en la punta de su rabo corto, antena por la que mostraba su interés. Pero, por aquel lado, no estaba lejos la linde del monte con el  terreno más limpio del término y, por eso, pensó que, en lugar de la becada, fuera una liebre la que le diera la sorpresa.
La ladera del alto de la Mata se espesaba paulatinamente. Acababa de saltar una cerrada rodeada de espinos. Apenas lo hizo, vio a la braca, treinta metros delante, muy picada. Eran masas de estepas, manchas de retamas, algunos robles salteados y grandes zarzones junto a una gran carrasca. La braca paró en seco ante aquel mohedal. No deshacía la muestra. Casi sin duda era la becada. Y lo era. Pero, una vez más, saltó a resguardo, salió por detrás de la espesa carrasca. La levedad del vuelo susurrante de su escape al cazador le sonó a burla, pero sólo la vio un instante trasponer, allá lejos, fuera de tiro, como una sombra. Aún sintió la tentación de disparar, pero no lo hizo.
No acaba de abominar de su mala suerte o de admirar el instinto de supervivencia de estas aves, cuando reparó en que la braca no había deshecho la postura y, en ese instante, saltó otra que intentó velozmente remontar la carrasca. Pero, esta vez, le ofreció tiempo para apuntar y, antes de que quebrase bruscamente hacia abajo para taparse, como tienen por costumbre, la perdigonada se la llevó por delante. Al momento la braca la tenía entre sus fauces, entregó la pieza y luego, loca por el tufo del ave, se revocó, con un placer casi lujurioso, sobre el suelo donde dio las plumas. Le sorprendió, una vez más, la pasión de la braca por la caza y, más aún, le maravilló que hubiese dos becadas juntas, dada la fama que las chochas tienen de solitarias.
Bueno, se dijo, parece que los bilbaínos aún han dejado alguna. Y, animado, decidió mirar el alto de las tainas de la Mata a conciencia porque, primero, no le había fallado la intuición y, segundo, había que hacer caso a las perras que, tras la captura, seguían vivamente interesadas en los rastros de la zona.
Así que, una vez recorrida la parte baja y media del cotarro, decidió darle la vuelta por lo más alto, ya a la vista de las tablillas del término, no fuera a ser que en aquel extremo del monte le hubiera dado por refugiarse a alguna sorda más.
Y lo recorrió un poco más ligero, porque la vegetación no era tan espesa y porque pensaba que demasiada suerte había sido ya el haber dado con dos y porque, a decir verdad, desconfiaba de que hubiera más. Pero no le quitaba el ojo a la braca pues, la colina, no hacía más que mover nerviosamente el rabo. Imaginaba que las dos picudas, ya vistas, se habrían estado moviendo por el cerro y que el fino olfato de la Fary aún daba con sus rastros y no le hubiera extrañado que hubiera hecho alguna muestra en falso.
Sin embargo, en el último mechón de marojos aislados, cuando ya estaba a punto de descender del cerro y cambiar de escenario, la braca se quedó de muestra.
Él salió corriendo para tener visibilidad pues, tras la dirección del hocico de la perra, estaba el corte final de la ladera y, si no llegaba a tiempo, lo que saltara, si es que algo saltaba, lo haría fuera de su vista.
Llegó junto a la perra, que no deshizo la postura. A la izquierda dominaba la bajada de la ladera, a la derecha el terreno con visibilidad que daba al término. Era difícil que la becada le buscase el punto ciego en su huída. Pero ni la perra se movía, ni la chocha saltaba. Azuzó a la braca, pero ésta no se movió. La Tiqui, sin embargo, tan nerviosa como él por tanta espera, se metió entre los robliscos de un brinco y a los dos segundos voló la becada cuesta abajo. Y, dejándose ver, se sentenció, porque, en estos casos, no ofrecía el tiro más dificultad que el de una codorniz en lo limpio.
Dos becadas en enero. No podía pedir más. Se sentó en una piedra, comió un poco y engulló el bote de agua isotónica. Mientras lo hacía, pensó en la dirección a tomar. Sabía que aquellos altos eran la zona preferida de los bilbaínos y, lo mismo que había dado con ese pequeño reducto donde abatió dos, pensó qué otra zona del monte podrían haber utilizado de refugio las fogueadas aves. Como en las cercanías no encontró ninguna buena proporción, pensó en dar un gran paseo. Mataría el resto del día en cruzar el monte a la aventura. Cortaría a la Senda de la Sierra, avanzaría por ella sin dificultad hasta el Barranco Grande y, llegado allí, bajaría por la Tesuguera hasta Los Ojos y la linde con Cardeñosa.
Una hora más tarde subía la umbría del Barranco Grande para cruzar a la Tesuguera. Era un sinfín de vueltas las que tenía que dar para ir ascendiendo entre tanta maleza. En todo el recorrido, sólo su ruido entre las brozas asustó a una lechuza que, con su blando volar sin sonido, blanco y canela, cortó silenciosa barranco abajo a buscar un nuevo dormidero hasta la noche.
Estaba a punto de remontar la umbría, a veinte metros del lomo. La Tiqui se lanzó entre sus pies inopinadamente, entre aquella maraña que apenas dejaba ver el suelo, sobresaltándole. El tiro desequilibró a la liebre, tanto que él la dio por muerta, pero disparó nuevamente a la maraña de zarzas donde la vio desaparecer. Unos segundos después la vislumbró descumbrar, apenas un asomo de sombra, entre toda aquella maleza, seguida por los ladridos de la Tiqui. La braca apareció al instante quedándose de muestra a un metro de él y tirándose a la cama vacía. No podía creerse que se le hubiera ido. Pero, al reparar, se dio cuenta que la había tirado a apenas cuatro metros. El círculo del tiro, como un puño, había levantado la tierra y la hojarasca, tan cerca de la liebre o, quizás, bajo ella, que la desestabilizó dando la impresión de que la había alcanzado, pero no había sido así. No la había tocado y el segundo tiro se lo tragó la fusca. Pensó que, en toda su vida, jamás una liebre le había salido en una zona tan profunda y enmarañada del monte y, menos, en una umbría. Pero así había ocurrido.
Bajó, lo mejor que pudo, por el barranco de la Tesuguera. Abajo, junto al arroyo, vio el promontorio con grandes bocas que daba nombre al paraje. Allá se veían las grandes huracas sobadas de los tejones o tasugos.
Allí cambió de idea y, en lugar de seguir por Los Ojos a la linde de Cardeñosa, tomó la senda de la Tesuguera, casi perdida entre maleza, para salir al Camino Real, entre Peñarrubia y los Puntales, zonas bajas que lindan ya con Riofrío. Desechó la idea de atravesar por Los Ojos por ser aquello una zona de lavajos, algo pantanosa, que algunas veces podía convertirse en un auténtico tremedal.
Apenas llegó al Camino Real, lo tomó a la derecha. Quería atravesar los bajos de los Puntales hasta la linde con Riofrío. Pero en la misma espuenda izquierda del Camino Real, la braca se puso de muestra. Imaginó la liebre, encamada como suelen junto al camino, brincando a él y poniendo pies en polvorosa rápidamente por su firme. Pero no fue así.
La Fary deshizo la postura y se internó ágilmente en la fronda de marojos a la izquierda del camino. Rápidamente la siguió, con la Tiqui a su lado, para verla de muestra nuevamente, veinte metros metida entre los apretados troncos de marojos. Deshizo la muestra para repetirla de nuevo quince metros más adentro. Aquello era un correr nervioso entre el apretado marojal, porque la Fary repitió la faena un par de veces más. Al final la becada se levantó. Salió sesgada hacia arriba cruzando veloz entre troncos verticales hasta salvar por encima toda aquella maleza, justo en ese momento disparó, sin darle tiempo a que quebrara, ya libre de obstáculos, buscando dirección. Se felicitó por haberse reportado y haber sabido esperar el momento del tiro y no haberse precipitado arriesgándose a fallar doblando entre la fusca. La Fary la cobró con ansia y luego de entregarla, se dio los revolcones de rigor.
Al rato llegó a la linde de Riofrío. Se sentó en un mojón del monte, junto a una tablilla y despachó todo lo que le quedaba de comer. Lo empujó con otro bote de agua con sales. Estaba contento. Pero tenía que regresar al coche, junto al pilar del monte. Y la caminata, que aún tenía pendiente, iba a ser un añadido al tullimiento que ya llevaba encima. Y temió que, un día, esa afición que le llevaba de un lugar a otro, se olvidara de que había que reservar fuerzas para volver.
Buscó el cauce de un arroyo seco, que subía por entre Peñarrubia y los Valondos, y lo usó como atajo para llegar de nuevo al Camino Real, acortando gran trecho. Pero se dio cuenta de que ya ni las perras ni él iban cazando. Estaban los tres locos por llegar al coche. Y apenas lo divisaron a trescientos metros, las perras corrieron y se tumbaron junto a él. Eran más de la cinco y media y el sol quería ya ponerse. Se volvió y miró al monte. Y se dijo que el monte, en invierno, tenía los colores del lomo de una liebre o los del mimético plumaje de la chocha.