20 septiembre 2014

XXVII.- El Renuncia: MP el presunto inocente

MP, paseando de esquina a esquina, con el ritmo monótono de un péndulo, intentaba imaginar los motivos de aquella onerosa detención que, por extraordinaria, había confundido en un primer momento con un portento reservado a ciertas almas elegidas.
Qué equivocado está el hombre con todo cuanto le sucede, pensaba don Macario. Y lo peor es que, a veces, cree firmemente que las cosas son lo que imagina y no tiene, como en aquel caso, guardia que le desengañe. Así, achacamos los sucesos a lo que suponemos y, raramente, terminamos conociendo con certeza su meollo, desarrollo y entretelas. Y MP, incapaz de detenerse, seguía caminando por una de las diagonales de la celda, mientras se devanaba los sesos con aquellos pensamientos, hasta que una esquina le devolvía a la opuesta.
Pero, bajo qué sospecha podían haber caído ellos dos. Y se dio cuenta de que hasta él comenzaba a creerse culpable de lo que ignoraba, tal era el choque que había producido en su mente aquella detención tan espectacular como fulminantemente inesperada. Y es que, tan acostumbrados estamos a dejarnos deslumbrar por los rápidos efectos, que raramente nos queda racionalidad y tiempo para buscar sus causas. Y eso, se dijo MP, nos ocurre a los hombres a lo largo de toda la vida que, por esto, solemos pasarla vertiginosamente deslumbrados, pero sin ninguna calmada certeza.
Luego de dar un par de vueltas más, en suspense, dedujo que, lo más probable, fuera que se tratarse de una confusión, pues ni Serafín ni él habían dado motivo, ni tenían antecedente alguno, que él supiera, para que les aplicasen la legislación antiterrorista y que, por tanto, incomunicados como a terroristas les tuviesen. Aunque, bien mirado, los aterrorizados habían sido ellos sin necesidad de haber aterrorizado previamente a nadie, que supieran. Y es que el terrorismo y el antiterrorismo deben de andar así así en sus métodos, se dijo MP en plan dubitativo.
Lo admitía. Acostumbrado a ver de todo, como funcionario jubilado de Hacienda, hubo un instante en que llegó a desconfiar de Serafín, diciéndose que bien podría ser un etarra fugitivo que hubiese decidido camuflarse bajo esa capa inusual de la renunciación. Pero enseguida su lógica cartesiana, forjada en el citado Ministerio, desechó la idea pues, si los etarras pensaran así, se habrían hecho franciscanos en vez de terroristas. Y, además, aquel apocado de Serafín no servía para esas cosas, se veía de lejos.  No obstante, se dijo también que, de los alucinados, podía esperarse cualquier incongruencia.
MP estaba ofendido, esa era la palabra. Ni por asomo se le había ocurrido que podía verse en aquella situación. En su vida había conocido algunos casos en los que recalcitrantes delincuentes, a fuerza de insistir, habían terminado finalmente en la cárcel. Pero, los más de ellos, nunca la pisaron. Así que algo muy grave había de sospecharse de ellos para tenerlos en el trullo, sin contemplaciones, en una democracia tan asentada, escrupulosa y garantista como la española.
Reflexionaba MP sobre el delito en general, pues no en vano había ocupado un puesto de responsabilidad y confianza en la Administración. Y concluía que la sociedad y su brazo ejecutivo, la justicia, tenían los delitos muy bien clasificados por su grado de alarma. Y su claro discernimiento le decía que, perdonada sea la abreviada manera de decirlo, los había de ricos y de pobres, y, a los primeros, siendo de graves consecuencias para la Hacienda Pública o sirviendo de ruina para muchos incautos, se les tenía en algo así como sutilezas del pensamiento, fantasías contables, amigables relaciones socio-económicas o funambulismo financiero, y, naturalmente, al pasar desapercibidos, carecían de peligrosidad social. Eran, en su conjunto, actividades tan nebulosas, etéreas, virtuales, intangibles y abstractas, que escapaban al burdo y alarmante nombre de crimen y estaban más cercanas al nombre inofensivo, castizo, sofisticado y cuasi mágico del arte de birlibirloque. Y esto era así hasta el punto de que el vulgo terminaba por admirar a delincuentes de esa clase, y como el mundo estaba lleno de vulgo, pues no había mayores problemas, en la resolución de estos delitos, que los que se derivaban de la impunidad y el olvido, una especie de admirada y consensuada absolución social.
Y, bien mirado, cómo iba a rehabilitar la cárcel a algunas de las mentes mejor formadas del país. En estos casos la cárcel era un contrasentido, y lo de restaurar lo robado no solía aplicarse pues, al igual que los grandes almacenes cargaban en los precios los posibles hurtos, se tenía en los Presupuestos Generales del Estado una partida para prevenir estas inevitables contingencias. Porque, en estos casos, siempre es mejor prevenir discretamente que curar públicamente. El mejor escribano echa un borrón. ¿O no?
Eran, por otra parte, delitos tan finos y sutiles en su ejecución, que muy pocos eran descubiertos y, si los más de ellos pasaban desapercibidos y los otros pocos causaban admiración, no podía decirse que la sociedad se alarmara por lo que desconocía, ni que causara mal ejemplo lo que se admiraba. Así que, en ambos casos, se imponía la clemencia y el piadoso olvido, pues la calidad humana de sus ejecutores siempre aportaba otras buenas acciones al país, bien en la política, la banca o los negocios y, al fin y al cabo, si fuera lo perdido a sus bolsillos, bienvenido fuera lo ganado en los de todos. Y es que hasta los genios tienen sus sombras.
Pero bien sabía MP que otra cosa muy distinta era el delito común, vulgar, sangriento o callejero, hechos escandalosos, indisimulados y zafios a todas luces, verdaderas lacras sociales, cuyo rudo e ineducado incivismo era evidente y saltaba a los ojos de toda persona de bien o simple ciudadano. Para estos últimos delitos ostentosos el castigo debía ser inmediato y ejemplar, pues todo estaba desde el primer momento tan meridianamente claro que no se necesitaba ni la presunción de inocencia ni otras garantías para identificar de inmediato al culpable y, por pocos que hubieran sido los perjudicados o por leve que hubiera sido el daño, los jueces sabían que estos desafueros estaban al alcance de cualquiera y que habían de ser castigados con severa contundencia y celeridad fulminante, porque, desgraciadamente, donde no hay castigo no hay enmienda y enseguida, el impune descaro, desata la imitación al mal ejemplo.
Había que reconocer, por otro lado, que estos delitos tan específicos y públicos, apenas daban trabajo a nadie. Pues no se necesitaban detectives privados, ni escuchas telefónicas, ni grandes investigaciones, ni bufetes de abogados, ni recursos a otros tribunales, ni demoras, ni se usaban los mil artificios legales de dilatación, condonación, prescripción, anulación, pacto o indulto, por ser hechos muy simples, que no necesitaban de un cuerpo probatorio muy elaborado ni requerían años de pesquisas pues, normalmente, eran de una sencillez tal, que hasta los jueces más bisoños notaban que, aquellos casos tan vulgares, no suponían para ellos ningún reto a su finura intelectual. Era, ante este tipo de hechos delictivos, ante los que gustaban de lucir su efectividad, con honroso y merecido orgullo, los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, pues los resolvían en un chisgarabís, deteniendo inmediatamente a los culpables y dejando los hechos tan claros, que el juez, sin ningún interés en el caso y casi con desgana, no tenía otra salida que decretar de inmediato un humanitario ingreso en la cárcel, para propiciar la rehabilitación de los implicados.
MP, repasando su vida, se dio cuenta de que él nunca tuvo acceso a delitos de fundamento, o sea, propios de personas de peso. Lo achacó, seguramente, a su débil formación académica y a su carencia, no sólo de currículum universitario, sino también de, al menos, media docena de másteres en universidades extranjeras de prestigio o, en su defecto, a la falta de tres o cuatro premios de las Confederaciones Empresariales o del Gobierno, por su ingente labor en la economía nacional.
Además, MP, durante toda su vida, se había alejado de los delitos comunes por sus ineludibles, nefastas e inmediatas consecuencias, aparte de por su moral intachable. Y, estando organizado el mundo así, no aspiró nunca a lo vedado a su estatus y tampoco delinquió en lo que le era asequible, por sus resultados perniciosos. Así que, en unos casos, por imposibilidad manifiesta y, en otros, por honradez firme pero sin contrastar, se había visto durante toda su existencia alejado, por fortuna o infortunio, del crimen lucrativo y también del común.
Pero allí estaba ahora, a pesar de la continencia que siempre tuvo ante el delito, sin imaginar siquiera de qué se le acusaba. Y debía de ser muy notorio y grave su desmán cuando las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado se les habían echado encima de aquella manera, sin pasarles siquiera por la legalidad que a toda detención otorga, en democracia, la brillante toga, satinada y  negra, de un buen juez garantista de sus derechos.

19 septiembre 2014

XXVI.- El Renuncia: Serafín el contrito

Serafín, sentado sobre la colchoneta que, tendida sobre una especie de escalón alto adosado a la pared, hacía de catre, miraba las cuatro paredes encaladas que le circundaban. Pensó entonces, por primera vez, si su renuncia podría alcanzar también a la libertad. Y, enseguida, se dio cuenta de que así no valía. Sin libertad, se anulaba la renuncia como la sal se disuelve en el agua o el humo se desvanece en el aire. Porque era una ilusión pretender renunciar a lo que, por la fuerza, ya te habían quitado.
Notó El Renuncia que aquella brusca privación de libertad le impelía a buscar razones que la justificaran, porque en la esencia del hombre está buscar las causas de las cosas. Y, por más que pensaba, no encontraba ninguna. Pero, se dijo, que aún habiendo encontrado alguna causa, eso no cambiaba la sensación que le inundaba. Y, puesto que con razones o sin ellas, sin libertad estaba, sólo dio en preocuparse por su estado cierto y, para no sentir el miedo que sentía, quiso dejar de lado el misterio por el que allí le retenían. Sin embargo, su miedo no tenía origen en él mismo, no le pertenecía a él, sino que lo manejaban quienes se lo provocaban y, por tanto, no podía escapar a sus efectos. Así que lo que por un lado le quitaban se lo daban por otro.
Y notó que, sin libertad, todos los sentimientos dejan de ser espontáneos y, al condicionarlos el miedo y su amiga la incertidumbre, quedan desvaídos y borrados, fuese cual fuere su origen. Y, el prurito por perseverar en esos sentimientos o el mostrarlos de modo retador a los guardianes, no era ya cosa del común de las personas, sino cosa muy meritoria propia de héroes, líderes, santos e, incluso, de mártires prestos a derramar su sangre. Así que El Renuncia, no sintiéndose en ninguno de esos casos excelsos, pensó que la renuncia no podía ser genuina sin libertad y, por tanto, no era posible concebirla, de modo natural, en ausencia de ella. Y así, sintiendo que le acababan de arrebatar la libre renunciación, pensó que sus guardianes no podían ir más lejos, a menos, claro, que le quitasen la vida.
Luego, se sintió mal. Las cuatro paredes desnudas le recordaron el mismo sentimiento de pérdida, de desorientación y de carencia que experimentó cuando desapareció su mujer. Recordó que no había imaginado que aquello pudiera ocurrir. Y se dio cuenta entonces de que hasta aquel día consideró, sin pensarlo, que ella era una fiel prolongación de sí mismo. Algo con lo que no había que contar, como no cuenta uno con que le fallen el corazón o los riñones. Y, sin haberla tenido en consideración en el pasado, comprendió que, sin ella, se sentía incapaz de afrontar el futuro. Había sido como si, repentinamente, le hubieran dejado sin aire en los pulmones.
Recordó que fue entonces cuando eligió la renuncia como escape de toda aquella realidad inesperada. Lo hizo, tal vez, por ser todo lo contrario a lo que había practicado hasta entonces. Aquella vieja vida que se había construido con dinero, que había llenado de caprichos, de mujeres que no le interesaban, de vicios y de placeres de cualquier clase con tal que le llenaran el tiempo, de codicia por la mera codicia, de soberbia por la sola soberbia, de vanidad por no encontrar otra cosa que le hiciera sentirse superior… Aquél era el enemigo del que huía. Recordaba cómo se había construido aquella forma de pensar, que a todo le daba derecho, porque todo daba igual, todo estaba a su alcance, nada importaba. En aquel mundo, artificialmente vano, llegó a moverse sin parar como una anguila escurridiza, sin responsabilidad, sin afectos, sin metas, sin conciencia, sin reparos, sin remordimientos, sin, ciertamente, nada, pero teniéndolo todo. Sobrevolaba entonces la vida normal, la habitual, la de cualquier trabajador; eludía también las leyes, la justicia y todo lo que le daba a la sociedad visos de estabilidad pues, cuando no saltaba los preceptos legales, los eludía, al sumergirse bajo ellos con el auxilio de toda la jurisprudencia que los ricos se habían hecho, durante generaciones, para sí mismos y con la ayuda de los abogados y otros expertos en burlar legalmente las leyes que hiciera falta. Conoció también políticos capaces de regularizar nuevas situaciones no previstas, de modo que el delito pasara a ser normalizado por la ley.
Ante Serafín pasaron los últimos años de su vida anterior. Algo que le dolía y que no quería recordar. Y hasta creía que había conseguido olvidarlos con el mismo empeño que, a veces, ponía en negar las propias palabras, como si pudiera volver a meterlas en el lugar de donde salieron, o enterrar más profundamente en la memoria aquellos hechos que le avergonzaban. Como si oponerse a recordar hundiera más profundamente las cosas en su mente y le añadiera carretones de olvido a su pasado. Pero, ¿quién rige las mareas del recuerdo? ¿Cómo puede lograrse que la madera deje de flotar sobre el agua o que, un dolor que quisiste desterrar, no vuelva del exilio cuando se le antoje?
Serafín comprendió, entre aquellas paredes, que la vida que había iniciado era una alfombra bajo la que su mente estaba queriendo ocultar la vida vergonzosa que tuvo y ganar día a día otra con algo de sentido. Y, sobre todo, borrar aquel absurdo desenlace que, aunque inesperado, él mismo había provocado.
Cuando acabó lo de su mujer, el psiquiatra le dijo que necesitaba descansar. Como si el descanso fuese una mercancía más que los ricos pudieran comprar a su antojo. Al menos, el tiempo de renunciación, le había enseñado que nada importante podía comprarse, que todo lo importante era gratis o, si no lo era, no podía lograrse con dinero. Y pensó que, el fin y la causa, se habían juntado y que, tal vez, por eso tomó entonces aquel incomprensible y, aparentemente, loco camino hacia la renuncia. Fue su único modo de pretender encontrar todo lo que le faltaba pues, de lo que se podía tener,  lo tuvo todo. Puede que alguna vez diera con la cordura y, tras ella, viniera todo lo demás, se decía el contrito Serafín Tirado.

17 septiembre 2014

XXV.-El Renuncia: El cuartelillo

-        Le haré una sola pregunta: ¿Dónde han colocado el explosivo?
-        ¿Qué? –dijo Serafín, dejando después la boca abierta, y olvidándose de cerrarla, mientras permanecía fijo, mirando absorto la cara amenazadora del sargento.
El sargento jefe de puesto dedujo que el detenido era lelo o era sordo. Para descartar la segunda posibilidad preguntó de nuevo:
-        ¿Qué hace con la boca abierta y sin contestarme, es que no me ha oído?
-        Ah, sí señor. La he abierto yo.
-        ¿Y del explosivo qué tiene que decirme? Confiese y nos ahorraremos trabajo.
-        ¿Qué? –respondió de nuevo Serafín, volviendo a dejar la boca abierta.
El sargento Sacramento, dudando ahora de si el detenido era tonto de baba o le estaba vacilando, dijo con gran solvencia y marcial sequedad:
-        Bien, como usted quiera. Incomunicado en la celda tres, no perdamos el tiempo, el grupo antiterrorista se encargará de averiguarlo. Ellos saben cómo hacer cantar a un carro.
El sargento Sacramento, mirando con desprecio al detenido, dirigió estas últimas palabras al guardia primero Monago. Y añadió:
-        Ah, y a la vuelta, tráiganme al otro detenido.
Al poco, el guardia primero Monago y el guardia raso Monje, condujeron al despacho del jefe de puesto a MP que, poseído por una santa indignación, no había parado de vocear a la ciega Justicia, desde que le metieran en el calabozo del cuartelillo de la Guardia Civil de Medina de Castroceli.
El sargento oía las indignadas quejas de MP según se lo traían sus subordinados pasillo adelante. Y al instante de entrar en su despacho, sintiéndose finalmente frente a una autoridad, el viejo estalló a gritos con los ojos rabiosos y la faz indignada:
-        …Pero, ¿de qué se nos acusa? ¿A qué España estamos llegando, donde se detiene sin más a dos hombre honrados, a dos personas de orden y provecho? Por lo que se ve, en esta España, ya hay fuero ciego para detener a un pobre jubilado y a otro pobre en activo, de voluntaria solemnidad. Y todo esto así, de una manera tan vil, con nocturnidad, por la fuerza, en mitad del descanso, sin explicaciones, sin hábeas corpus, sin razón, sin garantías constitucionales y, sobre todo, con esta desproporcionada desmesura indigna de quien la practica. ¿Y quién hace esto? No lo hacen unos prepotentes guardias jurados beneficiarios de alguna inmobiliaria, ni una policía local inexperta, timorata y despistada, ni los familiares guardias municipales, ángeles custodios de las pequeñas poblaciones, ni una policía autonómica celosa por demostrar su eficiencia en el sagrado territorio histórico bajo su jurisdicción, ni siquiera la eficiente y honesta Policía Nacional, no señor. Lo hace la mismísima Guardia Civil, un cuerpo de un renombre, de una entidad, de un prestigio contrastado y de una ascendencia nacional e internacional tan merecida, que muy pocos institutos armados gozan de su prestigio en Europa. ¡Qué digo en Europa! Ni en Europa, ni bajo la bóveda entera del planeta y ellos, precisamente ellos, cuya divisa es el honor, vapulean a dos inocentes y conculcan los derechos fundamentales de dos ciudadanos que…
-        ¡Se calle usted! –cortó secamente el sargento Sacramento.
-        Si me callo será por el respeto que, pese a estos avatares luctuosos de los que somos víctimas, aún mantengo hacia la institución y si no fuera porque…
-        ¡Se calle, coño!
Y el sargento jefe de puesto, le repitió la misma pregunta que a Serafín, pero más matizada, visto el carácter locuaz y porfiador del viejo.
-        ¿Dónde han colocado el explosivo? ¿De qué tipo es? ¿Se trata de una mina? ¿Qué tipo de temporizador han utilizado?
-        Pero, ¿qué explosivo ni qué custodias? Pero, ¿se puede saber de qué habla? –respondió MP.
Y, como éste comenzara a despacharse mencionando la palabra explosivos junto a muchas otras, conocidas vulgarmente como tacos, más cultamente como imprecaciones, maldiciones y juramentos y hasta, desde el punto de vista pío, como blasfemias, el sargento Sacramento pensó que no podía permitir en su presencia, ni por más tiempo, semejante desacato a su autoridad. Y, renunciando a utilizar contra el preso los vocablos más soeces, que abarca entre sus amplios límites el rico acervo de la lengua castellana, o a darle dos hostias, que es lo que le pedía el cuerpo, el sargento sólo dijo con solemne sobriedad castrense:
-        Éste, incomunicado a la cinco. Y que se les informe a los dos de que están bajo la legislación antiterrorista.
-        ¿Cómo que incomunicados? ¿Cómo que terroristas? Exijo la presencia de un abogado y me rebelo ante el hecho de que mis derechos se vean conculcados sin prueba alguna, del modo más abusivo, sin respeto a la protección que la ley me…
-        ¡Que se calle, coño! ¡Monje, Monago, quiten a este individuo de mi vista, joder! 

12 septiembre 2014

XXIV.- El Renuncia: El mágico despertar

Serían las cuatro de la madrugada. Al unísono se despabilaron.  Súbitamente una intensísima luz resplandeciente y blanca penetraba por cada uno de los minúsculos resquicios que el chozo tenía. Y nunca habrían pensado que tuviera tantos, por pequeños que fueran, ni tan parecidos a los poros de una esponja. Casi a la par, un ruido rítmico tan potente y zumbante, que parecía salir de la misma tierra, hacía retemblar las losas, piedras y pizarras del rústico refugio pastoril y también vibrar de un modo aterrador y descomunal al mismísimo suelo.
MP y El Renuncia, arrebatados violenta e inesperadamente del plácido sueño y bruscamente aterrorizados por lo desconocido, no terminaban, sin embargo, de despertarse. Envueltos como estaban por las telarañas más pegajosas del sueño, se palparon mutuamente para comprobar que estaban despiertos. La luz que penetraba dentro del refugio era tan viva, y producía tal resplandor y tan alucinantes efectos dentro del pequeño recinto, que ambos distinguían nítidamente sus asustadas caras, moteadas de luz, y notaban en los ojos del otro, desmesuradamente abiertos, la alerta repentina y la tensión animal que aquel pánico, de origen desconocido, les provocaba. Y, aturdidos por aquel repentino y extraño fenómeno, dieron sus cabezas en adivinar lo que pudiera ser aquello.
-Extraterrestres –acertó a musitar Serafín.
-Una manifestación celeste- exclamó MP, transido su gesto de una crédula beatitud.
-Seres de otro mundo –reiteró, con aire misterioso y en voz baja, El Renuncia.
-¿Qué? –gritó MP, que con el estrépito no conseguía entenderle.
-Puede que estemos a punto de ser abducidos – insistió El Renuncia, seguidor en otros tiempos de la parapsicología, en general, y del profesor de Jiménez del Oso en particular.
-¿Cómo que seducidos?, bendecidos será, en todo caso –replicó el viejo, cada vez más persuadido del milagro.
-Esto sólo puede ser un encuentro en la tercera fase –aventuró Serafín, crédulo seguidor del fenómeno OVNI.
-¿Qué dices de la tercera frase? ¿Te refieres al secreto de Fátima? – contestó MP, más terco que nunca, en parte por su sordera momentánea y, en parte, por su fe en el carácter místico de aquel avatar insólito.
En esas estaban, padeciendo la incomunicación que se deriva de las profundas creencias de los hombres, cuando una voz potente y metálica se abrió paso entre todo aquel estruendo. Estiraron de inmediato los cogotes, orientaron los despavoridos rostros, desencajados y somnolientos, y, con las pupilas dilatadas al máximo y aguzados todos los demás sentidos, prestaron gran atención.
Los alienígenas iban a manifestarse, dedujo el amedrentado Serafín; el mensajero del Todopoderoso o, tal vez, la Santísima Virgen, en su nombre, iban a transmitirles su nueva, esperó tembloroso de emoción MP.
-Atención, atención. Les habla el oficial al mando del Grupo Especial Operativo de la Guardia Civil. No intenten escapar. Están cercados. Salgan lentamente con las manos en alto. No ofrezcan resistencia o serán abatidos instantáneamente.
MP y Serafín intercambiaron dos miradas estúpidas. No entendían nada.
-¿Tú crees que será la voz de un arcángel? Parece muy ronca para tratarse de la Santísima Virgen –dijo MP, ya arrodillado hacía un rato y, ahora, con los brazos abiertos, en cruz, y tocando con las manos las piedras del recinto circundante.
-Vamos a ser detenidos –dijo el Renuncia con repentino realismo.
-¿No decías antes que seducidos? –dijo don Macario.
-Salga inmediatamente, don Macario, que éstos nos achicharran aquí mismo.
-¿A qué vienen ahora las chicharras? ¿Qué importan las chicharras ante una revelación? Cada vez te entiendo menos, Serafín.
La voz metálica se impuso de nuevo sobre el ambiente espectral de luz y ruido.
- Avisamos por segunda y última vez: somos el Grupo Especial Operativo de…
Antes de que terminara la repetición de aquella retahíla, Serafín, viendo que el viejo no terminaba de ubicarse, y que bajaba humildemente los ojos al suelo con gesto de entrega y oración devota, movió los macutos que cerraban la entrada, salió lentamente, con las manos en alto, y gritó mirando a todos lados y deslumbrado por aquella luz que le impedía ver:
-Soy Serafín Tirado, también conocido como El Renuncia en La Gavina de Polvoranca y no estoy solo. Estoy con un compañero, que es jubilado de la administración y se llama don Macario Prosopón. No tiren, nos entregamos.
Apenas El Renuncia dijo estas palabras, tartamudeando sí, pero con mucha decisión y toda la fuerza de sus pulmones, se vio encañonado por seis agentes del Benemérito Instituto que surgieron a su lado de las sombras con cascos y trajes de camuflaje y que, alternativamente, le apuntaban a él y, luego, a la entrada del refugio con nerviosismo y tensión. Por encima, un helicóptero con varios focos iluminaba la escena con la misma claridad que la luz mediterránea inunda de ordinario las playas de Marbella y, por los lados, los faros de tres coches, con luces destellantes en la capota, enfocaban al mismo objetivo.
Don Macario, más por seguir a su compañero que por haberse percatado de la situación, salió del chozo. Pero, apenas MP atravesó el umbral de la guarida, con las manos juntas, humildes los ojos, y un gesto de mística entrega, se arrodilló. El viejo parecía no haber abdicado aún de sus suposiciones.
Los dos fueron arrojados y aplastados violentamente contra el suelo por los agentes e inmediatamente esposados con los brazos atrás. Mientras, los haces de luz de varias linternas acompañaban a los cañones de las armas automáticas explorando codiciosamente el interior de la cabaña. Indagaban si había algún otro individuo que pretendiera hurtarse a la acción del cuerpo benemérito. Pero no lo hubo y sólo el agente más voluntarioso, en el cumplimiento del deber, tropezó en un macuto y se pegó un calabartazo tremendo contra la piedra del dintel de la puerta. El casco le salvó de desnucarse.
- ¡¡Ondiá!! ¡Aquí no hay nadie más, mi teniente!
Luego, y pese a las enérgicas protestas de MP, desengañado ya de la celeste aparición y de nuevo en la vulgar Madre Tierra, fueron concienzudamente cacheados. Y pese a los airados alegatos de MP al hábeas corpus, a la presunción de inocencia, a la detención ilegal, a las garantías constitucionales y a otras figuras jurídicas más o menos conocidas, los guardias, como si fueran autómatas sordomudos, les metieron a empujones en la trasera de un coche todo terreno sin dirigirles la palabra ni hacer el menor caso a las razonables protestas de don Macario, que ya voceaba como un vendedor de melones. Uno de los agentes echó, en la trasera de otro coche, todas sus pertenencias. Todo el tinglado se desmontó en un minuto y los vehículos salieron de allí, a toda marcha, con rumbo desconocido.
Hay que ver la paz que se respira en el bendito campo. Sobre todo en la solitaria Castilla. Y más, de noche.

09 septiembre 2014

XXIII.- El Renuncia: Durmiendo

Ya habían caminado juntos bastantes días. Pero, pese a ello, los dos caminantes eran una pareja por hacer. Y, las parejas, contra todo pronóstico optimista, tardan en acoplarse a la monotonía y a las disparidades de costumbres y carácter. Y es que no es lo mismo verse de vez en cuando, que pasar las veinticuatro horas de cada día codo con codo, en el mejor sentido de la expresión.
Dicen que el roce engendra el cariño y así suele ser, cuando es frecuente y voluntario, mas, cuando es continuado e inevitable, no siempre puede afirmarse lo anterior. Incluso cuando el citado roce conlleva tentadoras connotaciones sexuales, no es infrecuente que, con el tiempo, el amoroso y sensual contacto, pueda convertirse en erosiva fricción, insoportable y permanente, entre dos egos tan incompatibles y reacios al contacto como el agua bendita y la piel de vampiro o el salfumán y los tejidos oculares. Y lo de sensual no tiene aplicación al caso de MP y Serafín, que, según consta, siempre mantuvieron una cohabitación casta, sino que, en general, atañe a parejas que ni siquiera tienen en común el mismo sexo, lo cual, en principio, lo hace todo aún más difícil y extraordinario.
Sin embargo, al contrario que en la ciudad, don Macario, recorriendo los caminos solitarios y recreándose con el bucólico paisaje, había perdido su carácter huraño, destemplado, extemporáneo, desabrido y retador. Serafín, a su vez, no tenía que preocuparse, pese a su renunciación, del sustento, pues la pensión y los ahorros de aquel mecenas jubilado habían resultado providenciales para su vida desinteresada y contemplativa. Así que ambos ejercitaban potencias poco usadas, por lo apegadas que habían estado a su antiguo entorno sus vidas anteriores. Y, así, caminaban los dos admirados el uno del otro y sintiéndose ambos imprescindibles, sin decirlo, para el compañero.
Los días se sucedían entre charlas amables y razonables discusiones, a veces apasionadas, pero infrecuentes, que, de acontecer, solían acabar en una entente, confirmada por las palabras o implícita por el mutuo silencio. Que, tanto palabras como silencios, pueden conseguir el acuerdo entre gentes juiciosas y educadas.
El pan, como símbolo general de los alimentos, y el vino, significándose a sí mismo, no faltaban ningún día.
Las noches, sin embargo, eran lo peor. Eran éstas muy frías todavía. Había algunas en las que encontraban cobijo razonable, y otras en las que, como aquélla, habían de improvisárselo en ruinas o refugios similares a éste de pastor. No obstante, fuera cual fuere el albergue, la ausencia de toda preocupación  influía favorablemente en su sueño. Y, el sueño profundo, como toda persona cultivada sabe, es un arte poético más, y tan sublime, que su influencia rige, para bien, las vigilias que le suceden y el reloj cotidiano que ordena los volubles y caprichosos cuerpos.
Dormía Serafín envuelto en las figuraciones con su amada, Maleni Gracia, y disfrutaba del placer cosquilleante, cálido y nebuloso de creerse junto a ella, viendo sus deseos espirituales de compenetración gozosamente colmados y a punto de saciarse otros apetitos, también de compenetración más prosaica, pero tan concretos y físicos como libidinosos. Y, así, se sentía abducido en alma y cuerpo por aquella presencia etérea y, a la vez, sensual, que los sueños regalan con facilidad a petición del interesado.
Don Macario, por su parte, se sentía más seguro que nunca. Tenía por colchón la tierra y por mágico edredón la áspera piedra de aquel chozo. Y dormitaba pensando que la Naturaleza le dispensaba su amparo por todos lados y que, aquellas fuerzas telúricas, por necesidad habían de dar a cualquier humano confianza y sosiego, pues no cabía comunión mayor ni más perfecta con la natura, que la de ser en ella una bestezuela más de las que el Creador puso sobre la Tierra. Sin duda, para dar la oportunidad a las personas de crear su propio paraíso y habitarlo, sin necesidad de buscar otros a ciegas. Idea esta, estaba convencido MP, de la que sólo la ambición nos había ido alejando a los humanos y de la que, su máximo exponente, es decir, la vida moderna, nos había ido apartando hasta la total degradación de las personas. Y se sentía regenerado de raíz por su descubrimiento de la vieja y sagrada Madre Tierra y gozaba, en su entrega, de su sumisa y reverente integración en ella. Y su mayor paz la obtenía al sentirse meramente uno más de los seres puestos por la divinidad en el planeta para el orden y equilibrio de éste. Y el viejo soñaba con este milagro prodigioso, convencido de que lo más simple era lo fundamental y lo primero y, el resto, sólo vanos artificios del ser humano enloquecido y soberbio.
Y, así, dormían ambos mansamente, ajenos al derroche energético que suponía mantener las galaxias encendidas a esas horas.

08 septiembre 2014

XXII.- El Renuncia: La noche

Gorriones que despertáis
Y que alegráis las mañanas
¿Dónde dormisteis anoche?
¿Qué coméis entre las brañas?

Siempre aparecen semillas
y hay huecos entre las cañas
y el hombre, que hace paredes,
casi nunca las acaba…

Un tronco cónico, pero ligeramente abovedado, era el refugio de pastor que les protegía del Norte y, cuya estrecha entrada, estaba orientada al mediodía. Había dentro hueco suficiente para los dos y hasta encontraron en él algo de leña seca, en un pequeño haz primorosamente atado con un trozo de pleita. Emplearon la leña para caldearlo del relente y, de paso, ahuyentar con el humo algún parásito, de esos afines a ganados, perros y personas, que, como ellos, hubiera buscado asilo momentáneo, bajo aquella especie de perdido túmulo de piedra, casi funerario. Cuando la hoguera mermó y sólo quedó el rescoldo brillando, entraron al refugio y se templaron al amor de las brasas y, cobijados en el vetusto cascarón de piedra, dejaron fuera el relente. Luego se hicieron café, y después cada uno se embutió en su saco de dormir. Y todo lo hicieron sin palabras pero al unísono, sin parecerles que para algunos diálogos hicieran falta los sonidos.
Se les había echado la noche encima antes de alcanzar algún pueblo y, temerosos de andar sin luz y a falta de cosa mejor, en el viejo chozo se quedaron.
Según caminaban el último kilómetro habían comido el pan que les quedaba con algo de queso y embutido y también habían escurrido el último vino de la bota.
El Renuncia casi se quedó dormido según entró en el saco pero Macario, tras un rato de quietud, salió fuera, se estiró, abrió los brazos, torció hacia atrás la cabeza, suspiró profundamente y, sin pretenderlo, sus ojos toparon con el cielo.
Estaba despejado por el anticiclón de invierno y, en ausencia de cualquier luz artificial, las estrellas vibraban en el firmamento, azules o amarillentas, como si palpitaran en silencio, nítidas y deslumbrantes, como cosa viva. Ni recordaba el viejo cuando había visto aquello por última vez. Tal vez de niño, se dijo. Pero, ¿había sido esa la primera o la última vez? Qué más daba, era un espectáculo siempre nuevo. Las cosas que, olvidadas, se volvían a ver, podían ser incluso más nuevas y sorprendentes que la vez primera que se vieron. Así le pareció al viejo, de lo oculto que tenía en el saco oscuro de sus recuerdos, la impronta lejana e imprecisa de aquel cielo.
Y bajo aquella semiesfera silenciosa, se sorprendió pensando en cómo sería el seno de su madre cuando le amamantó por primera vez y luego se dijo que, tal vez, fuera esa contemplación primera la que ataba a los hombres, de por vida, al seno de las mujeres y que, del mismo modo que ahora se maravillaba del firmamento habiéndolo tenido encima de por vida, también la fascinación por la mujeres se podía volver a descubrir una y mil veces.
En esas estaba cuando, alertado por el resoplar del Renuncia que rompía en solitario el silencio de la noche, salió de la sorpresa de sus fascinaciones y sintió frío. Notó cómo descendía el aire helado casi de forma sólida y cómo la tierra, bajo sus pies, comenzaba a congelarse volviéndose de piedra. Enseguida buscó el doble seno: el del cálido saco, encerrado a su vez, en el templado cono del refugio antiguo. Ningún placer duraba, pensó mientras lo hacía. Ni siquiera aquella maravilla se dejaba contemplar sin resistencia. Dio un tiritón y tapó la pequeña entrada con los voluminosos macutos que, hábilmente encajados en ella, casi la cegaron por completo.

04 septiembre 2014

XXI.- El Renuncia: En camino

¿Cuándo vendrás amor?
¿Cuándo vendrás a verme?
Que los días se desvanecen,
y mi cuerpo se vuelve de arena, sin verte.

Caminaban el viejo y el Renuncia otra mañana más. Por fin había dejado de llover. Serafín iba recordando las noches de lluvia bajo la chapa de su coche viejo. Órgano, en la negrura de aquellas noches, de conciertos irregulares o monótonos de gotas imprecisas e improvisadoras o, a veces, regulares. Las variables sinfonías de los arreones del agua del cielo, allá en el corral del Mondacimas, se le antojaban viejas y borrosas, como si el tiempo las hubiera envuelto en su neblina y, el hecho de rememorarlas, las volviera aún más usadas y sobadas.
El viejo se acordaba del olor a humedad secular de su escalera, y de las manchas de aquélla en ésta, y del olor a cocido y a guiso antiguo de cebolla repartido por igual y por doquier en las paredes, los rincones, los techos y los suelos de su piso de siempre en la calle de la Madera.
-        Es bonito oír cantar a una mujer haciendo las labores de su casa.
-        Sí que lo es, Serafín. Pero, aparte de eso, quién sabe cuál será el amor que la mujer añora.
-        ¿Cuál ha de ser? Será el de su novio o el de su marido o el de su amante que, cantando así, no tiene por qué descubrirlo ni ella descubrirse.
-        Puede que sea así, Serafín. Pero el corazón de las mujeres suele ser mudo y, para el amor perdido, las más de las veces suelen guardar el mejor recuerdo, por eso de que, como no fue realidad o no lo es ya, puede imaginarse a conveniencia.
-        ¿Y cree usted que las mujeres, siempre tan prácticas, guardan ese recuerdo tan celosamente?
-        Así lo creo, Serafín. Porque es la realidad la que se empeña en que refuercen los tales recuerdos. Rara es la que consigue en la vida lo que quiere, por no decirte, abiertamente, que lo que hayan en ella suele decepcionarles de continuo, por más que, las más de las veces, hagan por disimularlo y les dé por decir que son todo lo felices que habían deseado.
-        Pero, igual les ocurrirá a los hombres.
-        Te engañas, Serafín. El hombre es menos imaginativo y, al conformarse con poco, piensa que puede conseguir lo que desea y, cuando lo hace, aún da por mucho lo conseguido. La mujer es el motor del hombre, es la que le espolea como si lo montara y, los más de ellos, a nada llegarían si no fuera por su jinete. La mujer está hecha para progresar o para el progreso, según se mire. El hombre se parece más al buey, más hecho a la comodidad del pasto y de la holganza.
-        Y, entonces, ¿nosotros dos, qué somos?
-        Un viejo al que el juicio le ha llegado con tardanza y un iluminado que, sin saber lo que hace, camina por las trochas desconocidas de la suprema sensatez. Aunque también te digo que, para la estampa que das, más te valiera ser un poco más listo y un poco menos joven. No obstante, la naturaleza corregirá lo segundo y, lo primero, si tienes suerte y pones voluntad, se irá acrecentando  con lo que aún has de ver y con la reflexión sobre lo que ya tienes visto. Que todo ayuda.
Y así se alejaron los dos, sin darle más vueltas a la cosa. Como si cuanto habían dicho les hubiera llegado con el aire fresco de la mañana y, con la misma fresca, se hubiese marchado.
Como dos motas pardas se perdieron camino adelante mientras la canción de la mujer, añorando su amor verdadero o sólo imaginario, resonaba ya sólo en sus mentes.

21 abril 2014

XX.- El Renuncia: La salida

El día que decidieron salir de la ciudad madrugaron. La víspera habían hablado de por dónde salir. No tenían preferencias por lugar alguno e idearon marchar por el camino que antes les sacara a campo abierto.
Así, aquella mañana, antes de que el sol saliera, dejaron las calles del centro. Lo hicieron con paso silencioso y ligero, como si no quisieran despertar al amigo que se deja, a ese amigo de siempre que un barrio viejo representa.
Enseguida comenzó a sentirse el lento avance de la marea de la urbe despertando y, por contra, su pasó se aceleró deliberadamente para escaparse en una huída meditada y silenciosa. Querían alejarse antes de que la ola urbana, definitivamente, se encrespara.
Así, con decisión, pero también un poco de nostalgia, se encaminaron hacia la circunvalación paralela a la Avenida de la Bicicleta. Con la primera luz del día, oculta todavía por los cerros del Este, cruzaron la autovía por uno de los túneles que había bajo ella. Las aguas y los fríos habían alejado de él a los desahuciados que lo ocuparon durante el buen tiempo. Sólo quedaban basuras, excrementos, un olor hediondo y un colchón en el que, como en un mapa, el moho, la humedad y las manchas habían dibujado contornos de un modo aleatorio y caprichoso. Al salir del túnel el aire se hizo de nuevo respirable.
Sentían intensificarse la luz a cada paso como en esas obras de teatro en que, con la luz artificial, se simula el avance de los amaneceres.
Ya caminaban por un camino irregular, de tierra blanquecina, poblado de piedras al albur, erosionado por las aguas y con profundos sonruedos de tractores.
Al llegar a las ruinas de una granja, donde acababan las labores, MP se detuvo. El camino se transformaba allí en sendero. Las tierras de cultivo limitaban con el inicio de una ladera pina, con un barranco que la hendía por medio.
-Mira, Serafín, esa es la Cuesta La Culebra. Hace muchos años, en ese barranco, murió un niño. No lo había recordado hasta este momento.
-¿Conocía usted al chico?
-Sí.
-¿Qué le ocurrió?
-Murió sepultado en una cueva. Tuvo una agonía lenta y larga. Metieron un tubo para que respirase mientras intentaban rescatarle. Incluso llegaron a hablar con él. Pero todo fue inútil. Recuerdo, sobre todo, los gritos de la madre cuando se lo dijeron.
-¿Y cómo le ha venido a la memoria?
-No lo sé. Tal vez porque es el único lugar en el que hay sitio para todo: para lo nuestro, para lo ajeno, y hasta para los niños muertos. Quizás porque en la memoria, igual que en el campo surgen flores silvestres, brotan, inesperadamente, recuerdos pequeños, de hechos diminutos o nimios que, en su intrascendencia, nos llenan de desazón ante lo que no comprendemos. Y también porque me he imaginado al grupo aquel de niños huracando, cada día un poco más, en la cueva que un día iniciaron, hasta que, carentes de cálculo, se les vino encima. A las personas, teniendo el cálculo del que los niños adolecen, nos pasa muchas veces lo mismo, que cae sobre nosotros esa cueva en que, a veces, nos empeñamos en convertir nuestra existencia.
MP comenzó a caminar, ya sin prisa, por el sendero. Éste se iba haciendo cada vez más angosto. Cuando llegaron a media ladera las aliagas, a ambos lados, casi lo cerraban. Tardaron media hora en culminar.
En lo más alto, los dos se volvieron. Contemplaron las tierras que habían atravesado. Lejos quedaba la autovía, rutilante en la distancia por los brillos veloces de los coches, y, al fondo, la ciudad que, en la lejanía, era sólo una imagen estática y muda a la luz oblicua del amanecer. El ruido lejano era sólo rumor. Se recrearon, los dos silenciosos, un rato en las vistas.
Unos grajos graznaron en el barranco del niño muerto y una perdiz cantó a lo lejos, a golpes, con su voz de carraspera. A Serafín, los nuevos sonidos le parecieron un saludo; Macario estaba absorto en la ciudad, sabiendo que, con el gesto sencillo de girarse, se despedía de ella.
Y luego, quedaron los dos solos en el campo abierto.

20 abril 2014

XIX.- El Renuncia: Los preparativos

MP tan pronto como terminó la cena, excitado por los acontecimientos del día y, sobre todo, por la inesperada decisión que a sus años había tomado, se acostó. A los cinco minutos, sus ronquidos profundos y regulares proporcionaron un palpitar propio al piso viejo y destartalado de la calle de la Madera. Al Renuncia, acostumbrado a los conciertos nocturnos polífonos y descompasados de la fonda del tío Simancas, aquel solo rítmico y nasal le pareció un murmullo somero, incapaz de turbar su descanso. Serafín, tras las chuletas fritas con pimientos que cenaron, se había echado a dormir en el sofá bajo una manta que le había pasado el viejo.
Se despertó Serafín, abruptamente sobresaltado por el rumor bronco, salpicado de alaridos de sirenas, del tráfico del centro. Permaneció unos instantes desorientado, abrumado por un fragor que ya sólo tenía en el recuerdo. Tan abrumador era el clamor urbano, que Serafín buscó con ansia la claridad del día. Ésta había sido su despertador silencioso últimamente y, al encontrarla irisando los visillos y darse cuenta de que, aún tenue, estaba comenzando a entrar en la pieza, se tranquilizó. Se incorporó, apartó la manta, y quedó sentado en el sofá que le sirvió de lecho. Sobre la mesa baja había un cenicero, con la mitad apagada del cigarro que don Macario le ofreció, y las dos copas de coñac, vacía la que bebió su anfitrión, y con medio dedo la suya. Tomó el medio cigarro y lo encendió. La primera calada le supo agria y apestosa. Se llevó la copa a los labios y apuró el medio dedo de coñac de una vez. Le escoció ligeramente la garganta y, para compensarlo, aspiró de nuevo el cigarro recién encandilado. No se oía ya ronquido alguno o, tal vez, si lo había, la estridencia aguda de la calle lo tapaba.
Se sorprendió pensando en lo que iba a dejar. Pero, enseguida, pensó que no dejaba sino una cosa dentro de otra. Se dijo si la vida no sería un abandono concéntrico de cosas. Porque, hasta él, seguía manteniendo pertenencias y, por insignificantes o intangibles que fueran, a todas les cogía apego. Era, se dijo, como si la vocación natural fuera el tener y el único acto que requiriese de la voluntad fuera el abandonar.  Y se sintió viajero de una noria que le subía a lo alto y que de inmediato le devolvía a ras del suelo. Dejaba cosas para, sin remedio, conocer otras y apegarse de nuevo a ellas. El Renuncia se sentía niño con sus pensamientos. Y, se decía, que al tener nunca se le acababa el fondo pero, al desear, tampoco se le apagaban los anhelos y las ansias. El tener pesa y el desear nos vuelve tan ligeros que volamos. Y cayó en la cuenta de que le habían engañado con aquello de que es mejor tener que desear.
En eso andaba su cabeza, cuando se levantó don Macario. Sin muchas palabras, se fueron los dos a trastear a la cocina y desayunaron sendos tazones de café con leche y galletas María. Luego se adecentaron un poco en el servicio y cuando ambos, en su concepto y medida, se encontraron presentables salieron a la calle.
Una vez en la tienda de sofisticado material deportivo, se dejó don Macario aconsejar por Serafín en la elección de la impedimenta necesaria. Pero antes, MP despotricó a modo sobre la moda deportiva y sus tendencias. También abominó de todo aquel diseño, que el dependiente, deshecho en explicaciones técnicas y con un alarde de palabras extrañas, se empeñaba en mostrarles. Terminaron por comprar botas aparentes, sacos de dormir, macutos y otros pequeños aditamentos que, aunque don Macario consideró pijoterías vergonzantes para el equipo de un hombre, Serafín estimó necesarios. Finalmente, vino el poner el grito en el cielo por los precios que, naturalmente, eran muy altos para estar acordes con la elevada tecnología de las prendas y objetos. Pero MP, al fin, dejó de protestar porque consideró que no era buen comienzo el iniciar aquel periplo indefinido montando una gresca de calado con el de la tienda y, menos aún, con el compañero, que habría de serlo, de fatigas.
Como invirtieron la mañana entera en aquella tarea, se metieron a comer en una taberna cercana de parroquianos tan abundantes como vocingleros. Pidieron un consistente menú del día a base de judías con chorizo, huevos con morcilla, frasca de morapio y, de postre, cuajada. Y andaban ya en la sobremesa, rematando el vino, cuando el Renuncia dijo, en tono reflexivo:
- No termino de entender, don Macario, como me veo metido en esto. Casi me parece que lo estoy soñando.
- Hay momentos lúcidos en los que, sin tener evidencia de nada, lo ves todo claro –contestó con parsimonia MP- Te das cuenta de que en cada momento hay algo nuevo que descubrir. Algo inesperado que súbitamente aparece e ilumina una parte, hasta entonces oscura, de tu entendimiento. Pero, a la vez, tampoco es que descubras sino lo obvio, como tantas veces pasa –hizo una pausa, tomó un sorbo del vino y siguió- A los viejos nos acude periódicamente la verdad al ánimo, sin aviso, como las aves migratorias que cada año vuelven impertérritas y machaconamente a sus sitios. Y fíjate, Serafín, en medio del estrépito de este bar, veo las cosas como son, aunque tantas veces me he obcecado en verlas de otro modo. Dentro de nuestros seres todo es secreto y todo anda anegado en el agua tibia de la soledad y el miedo. Da igual que seamos hombres o mujeres, el fenómeno se repite indefectiblemente y sin fallos. En todos nosotros ocurre lo mismo, como si fuéramos diminutos relojes de sangre y conciencia. Pero hay momentos de especial lucidez, de una clarividencia inesperada que apenas necesita de palabras o, mejor, que no las necesita en absoluto. Entonces algo, que permanecía oculto, se desvela. Sucede sin dramatismo, sin conciencia apenas de que se produzca, sin causa, pero, por una vez, con la certeza de que algo nuevo ha sucedido en tu interior; de que, de repente, has aprendido algo más y, sobre todo, algo sorprendente e inesperado. Admira más la forma en que se produce que el hecho en sí. Y esto fue lo que me ocurrió ayer, amigo Serafín. Fue un día de clarividencia que, en estos momentos y gracias a ti, me ha puesto la cabeza donde debe.
- No comprendo el porqué, don Macario. Pero, si usted lo cuenta con ese convencimiento, de algo serio e importante para usted debe tratarse.
- No me interrumpas con cumplidos. Te hablo de la vida de los seres humanos, no te estoy contando anécdotas personales. Lo que estoy diciendo tiene que ver más con la capa de la soledad, a la que todos estamos avocados, y con la boca del miedo, entrada de la caverna adonde los años terminan por llevarnos. No te hablo de lo que damos cotidianamente por importante o por sabido, porque esto queda siempre atrás.
- ¿Y en medio de este estrépito es usted capaz de concentrarse en tales cosas?
- Y aún en medio de una tempestad sería capaz de hacerlo. Nada de lo que nos acontece aparece porque sí. Todo obedece a circunstancias personales que se aprovechan o no.
- ¿Es, entonces, una especie de lotería?
- En cierto modo sí. Es la lotería del pensamiento. En ella, quienes más piensan, pueden tener alguna posibilidad de ser premiados y quienes deambulan por ahí, sin plantearse nada, no pueden serlo de ningún modo. Y te digo esto, porque la casualidad, que ha hecho que nos encontremos, nada habría producido si nosotros dos no fuéramos personas de pensamiento y, por tanto, seres ajenos al común de los conversadores, saludadores, fumadores, comedores y bebedores que en este momento nos rodean y nos invaden con su efímero bullicio. Ese bullicio, que es la forma más sofisticada de disfrazar de algo lo que sólo es la matanza del tiempo, ese bullicio, al que por, otra parte, somos tan aficionados y tanto nos distrae.
- Pero, quienes nos rodean son gente común, personas como nosotros.
- No te engañes, Serafín, son personas que pudiendo o aparentando ser como nosotros, no lo son. Nadan en la superficie de las cosas, pero nosotros no. Nosotros estamos hundidos en las cosas, metidos dentro de ellas. Ellos son náufragos y nosotros nos hemos dado ya por ahogados, y vagamos sin miedo muchos metros bajo la superficie que ellos sobrenadan. Apenas compartimos con ellos la especie. Nuestras vidas tienen que ver con las suyas lo mismo que la de un halcón con una almeja.
- Muy clasista le veo, don Macario. ¿No le estará sentando mal el vino? –dijo Serafín por banalizar tanta profundidad.
- No te tengo por tonto, Serafín, así que no me contradigas ni me contraríes por esa moda, tan vigente como idiota, de la controversia insulsa.
- Dios me libre –dijo Serafín, muy serio ahora, pensando que, tal vez, su compañero iba a contarle algo aún más sorprendente y desconocido.
Sin embargo, el otro calló y estuvo un rato pensativo. Ambos miraban distraídamente a la gente que, ajena a sus honduras, llenaba todos los espacios del bar con su presencia, sus conversaciones y sus voces. El viejo se había trasmutado de repente en un ser cansado, no por la algarabía reinante, sino cansado de verdad, aterido por el frío escandaloso de toda aquella inconsecuencia que les rodeaba.
Al cabo de un rato el viejo dijo:
-Me gustaría poder describir lo que siento. Pero para mí, que no he renunciado a nada en mi vida, resulta difícil. Tal vez tú, Serafín, que eres un ser más puro, alguna vez seas capaz de hacerlo. Puede que ahora ni siquiera lo pienses pero, el día que te llegue la hora de sentir las cosas que se ocultan bajo tanta superficie, puede que hayas aprendido a hacerlo y, sin darte cuenta, lo hagas. Quizás tú, amigo, reúnas algún día el talento necesario para ello.
Serafín, viendo al viejo súbitamente tan marchito y lejano, no abrió la boca. Le miró y sintió como aquél, sin atender a su mirada, apreciaba la caricia atónita y comprensiva de su actitud respetuosa y sorprendida.
Y así, quedaron los dos tranquilos y con las ánimas suspendidas entre el griterío festivo que les circundaba. Conformes a la fuerza. Sumergidos bajo aquella superficie ruidosa.

19 abril 2014

XVIII.- El Renuncia: El proyecto

Dejaron la taberna e iba Serafín a despedirse, para emprender su caminata de vuelta a La Gavina, cuando don Macario le propuso tomar café en su casa.
- Hombre se agradece el detalle pero, si se me hace tarde, tendré que pernoctar en la calle y no me gustaría.
- No se preocupe que, llegado el caso, algo se nos ocurrirá.
Así se encaminaron tranquilamente hacia el pisito antiguo de MP, en la calle de la Madera, que no quedaba lejos.
Era un segundo piso. Según subían los peldaños de madera gastada, percibió Serafín los olores antiguos que impregnaban escaleras y rellanos, pisos, paredes y puertas. Eran una mezcla rancia de humedad y guisos populares los que, entremezclados, daban al edificio un aroma particular que el Renuncia no supo calificar porque, no era desagradable ni tampoco placentero del todo.
Abrió con parsimonia MP los dos viejos cerrojos que cerraban la puerta de su piso y cedió cortésmente el paso a Serafín para que entrase en la vivienda. La luz tenue, que procedía de la única ventana, pasaba a través de una puerta, de cristal traslúcido en su parte superior, que daba desde la pieza principal al minúsculo recibidor. De éste salían otras dos puertas, la una, a una estancia alicatada de blanco y con una cocina económica de hierro fundido sobre la que había un hornillo de butano, y, la otra, a un dormitorio oscuro con un cuarto de baño adosado, pequeño y añejo, cuyos grifos goteaban casi silenciosamente. En menos que tardó el Renuncia en apreciar esos detalles, ya había terminado el viejo de enseñarle su vivienda.
Le condujo luego al comedor, la pieza más alegre por la luz que le venía de fuera. La única ventana era de dos hojas con visillos, cenicientos por el uso y amarilleados por el tiempo, que tuvieron un lejano pasado de blancura. MP le hizo seña de que se sentase.
Serafín se sentó en el sofá, frente a una anticuada librería de formica brillante. MP, con parsimonia, sacó, abriendo la puertecilla abatible de un compartimento del mueble, una botella de coñac mediada y dos copas abombadas, ni grandes ni pequeñas, que llenó sin consultar. Dejó abierta la puertecilla del mueble y así quedó encendida una minúscula lucecita que tenía dentro. Se dejó caer en el único sillón de orejas y alargó una de las copas al Renuncia.
MP bebió un sorbo largo de su copa y fijó después la vista en la pared. Le pareció a Serafín que miraba una foto de una pareja que, sin duda, sonreía esperanzada por lo reciente de su boda. Adivinó el Renuncia que aquel era el fantasma que recordaba a don Macario su implacable soledad diaria. Y, con esa solidaridad espiritual que tanto le gustaba ejercer, ya iba el Renuncia a decir algo amable cuando la voz de MP le cortó el revesino.
- Esta casa es mi ataúd. En ella voy saboreando, a mi pesar, lo inexorable de mi condición, de mi futuro sin esperanza, ni alegría alguna. Aquí degusto a diario mi derecho consolidado al tedio. Siempre he pensado que irme de esta casa sería desertar, intentar vanamente contravenir mi sino, que ya daba, hasta hoy, por trazado. Sin embargo, es éste tan triste y lo tengo ya tan paladeado, que esa locura, que usted me ha propuesto hace un rato, me ha tentado.
- Sí, pero yo…
- No, no hace falta que se justifique. De sobra sé que es una insensatez, una petulancia, por mi parte, atreverme a iniciar un conato de vida nueva. Porque, al fin y al cabo, esa es la condición que tiene para un hombre, a mi edad, iniciar un viaje a pie, sin saber si tengo fuerzas para ello, y, por demás, cuando el camino carece de destino y de finalidad, excepto la del viaje en sí. Es justamente lo que jamás he hecho en mi vida. Por eso estoy seguro de que, independientemente de lo insensata que pueda ser mi osadía, emprenderé una acción por mí nunca intentada y, si le soy sincero, ni tan siquiera imaginada.
- Bueno, yo, fundamentalmente, hablaba en teoría. No quisiera, don Macario, que por mi culpa abandonase usted este paraíso de paz del que disfruta en solitario y, sin proponérselo, se embarque usted también en este mundo de la renunciación sin meditarlo bien.
- Meditaciones razonables son las que atiborran desde siempre el cuenco de mi cabeza. No puedo criticar un día más lo marchito de cuanto me rodea y que, por lo que veo, me lleva indefectiblemente a la inercia, a la anuencia y al desánimo. Y, aún temiendo que me hayas contagiado en parte tu locura, pienso que será más razonable ponerle un punto de ilusión al final de mis días. Aunque sea un inconsciente, como tú, quien me lo venga a sugerir. Al fin y al cabo, la sabiduría quizás tenga más que ver con la ilusión que con lo rutinario.
- No me ofende, don Macario, con su sinceridad. Pues lo mismo que dos manos tiene el hombre y la una se auxilia de la otra, y los viejos segadores llevaban la hoz afilada en la una y la zoqueta roma en la contraria, y siendo ambos instrumentos tan distintos se complementaban,  lo mismo la conjunción de dos espíritus dispares y, a veces, contrapuestos, pueda dar resultados valiosos e incluso sorprendentes en el diario trajinar. Así que, tan pronto como se decida, estaré dispuesto a despedirle y desearle la mejor de las suertes.
- ¿Cómo a despedirme? ¿Es que no piensas acompañarme en acontecimientos tan nuevos para mí? ¿Piensas dejar a este viejo a la aventura, luego de ponerle la miel en los labios? Es tu compañía cuanto necesito para partir, ese es mi equipaje imprescindible. ¿Cuento con ella?
- Me obligará usted a dejar cuanto tengo que, en este momento, es lo que quiero. Mientras que usted hará lo mismo pero por voluntad de buscar cosas nuevas. Tendré que pensarlo.
- Vaya, estaría bonito. Yo creía que eras un renunciador natural y, sin embargo, veo que te sientes atrapado por la situación que tienes, basada en todo lo que no tienes pero circunscrita a un lugar. ¿Ha quedado atrapada tu renunciación por un lugar y una situación? Por lo poco que te conozco, no me cuadra que me digas que tienes que pensarlo. Sepas que contigo cuento y, en principio, mañana nos pondremos, los dos, manos a la obra.
- ¿Cómo manos a la obra?
- Pues sí, porque tendremos que comprar algunos efectos que posibiliten nuestra supervivencia de transeúntes del mundo. Aunque tampoco estaremos siempre al albur, que yo, que no tengo hecho voto alguno de renunciación, no pienso renunciar a mi pensión aunque me disponga a padecer o a disfrutar, que ya ha de verse, con aquello que me ofrezca la vida errante.
- En ese caso, yo, que nada aporto ni aportaré, le ayudaré en todo lo que pueda y, siendo más joven, soportaré las cargas y los trabajos más duros. De otro modo, no podré aceptar.
En ese momento MP se acercó al estante iluminado de donde había sacado la botella y sacó de una caja metálica dos puros finos, tendió uno a Serafín y luego, tras darle fuego, prendió el suyo.
- Fumemos estos cigarros y tomemos estas copas para sellar nuestra sociedad, recién creada, de ociosos errantes. La SOE.
- Fumemos, don Macario.
Y aspiró el Renuncia su cigarro, gozoso de ascender otro grado en la renunciación a instancias de quien menos pensaba.

09 abril 2014

El control de lo nimio

Al llegar al coche, tras unas horas de caminata por las foscas de barrancas y pinares, me estaba esperando la Guardia Civil. Estaban junto al coche que había dejado al amanecer en el culo del mundo. Nada más verles, saqué la munición de los dos cañones de la sobada escopeta y, seguidamente, desmonté ésta. Entonces me acerqué al automóvil de los guardias y uno de ellos se bajó.
-        Buenos días.
-        Buenos días.
-        ¿Al rececho del corzo?
-        Sí. Al rececho.
-        Por favor, carnet de identidad.
Y les mostré el carnet. Luego, las peticiones siguieron con monotonía burocrática: Licencia de armas, guía de la escopeta, seguro de caza, licencia de Castilla-La Mancha, tarjeta del coto, permiso para el corzo, autorización del titular del coto, precinto para la pieza abatida. Para satisfacción de los guardias y, sobre todo, mía, todo estaba correcto.
-        Ha de mostrarnos la munición que lleva. Ya sabe que a la caza mayor sólo está permitido dispararle con bala.
-        Comprueben que sólo llevo balas –dije mostrando el chaleco.
Así lo hizo el guardia y luego dijo:
-        Hemos de ver el macuto por si lleva piezas no permitidas.
-        Sólo llevo en él unos prismáticos, pero aquí lo tienen. Compruébenlo.
Tras de hacer las comprobaciones, me indicaron amablemente que había de abrirles el coche por si en él llevaba alguna pieza cobrada con anterioridad o prohibida.
Abrí el coche y ellos comprobaron que nada de lo dicho había dentro.
Después de todo ello, el guardia me saludó y amablemente dijo:
-        Muchas gracias.
-        Que tengan buen servicio –respondí yo en idéntico tono.
Mientras el coche de los guardias civiles se alejaba me quedé pensativo. Para salir al campo en busca de un animal salvaje, me paré a contar todos los requisitos. Si no me equivoco, fueron doce. Repasé los papeles y los ordené. Volví a guardarlos cuidadosamente en la vieja carterilla y los puse de nuevo en el bolsillo del chaleco.
Según arrancaba el coche, no llegaba a entender cómo era posible, con tanto control para lo nimio, que escaparan de balde tantos defraudadores, explotadores, corruptos y granujas, a gran escala, como pululan por el país. No era posible. No podía ser. Algo fallaba. Sin duda algún matiz se le escurría por sus añejas grietas a mi pobre y caduca inteligencia.